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El Camino
Dos milenios de comunidad cristiana
April 21, 2025

La historia de la vida comprometida en comunidad cristiana es una historia de caminos. Los primeros seguidores de Jesús se llamaron a sí mismos el “Camino”, un nombre que evoca la halakha judía, “el camino de la vida” consagrado en la Torá, así como la creencia de los discípulos de que Jesús era “el Camino” hacia Dios Padre.

La primera comunidad que se formó en Jerusalén después de la ejecución de Jesús estaba compuesta por los discípulos originales y peregrinos que habían viajado a Jerusalén para celebrar las fiestas sagradas. Unidos por la convicción de que la resurrección de Jesús era una señal de renovación del Pacto y la nueva creación, estos judíos marcharon a través del Mar Rojo del bautismo hacia un estilo de vida radicalmente nuevo, en el cual todas las posesiones se tenían en común, no había personas necesitadas y todos los miembros eran “de un corazón y mente”. El espíritu del antiguo Israel envolvía a la Ciudad Santa y, por un breve período de tiempo, se reconstituyó la comunidad utópica del jubileo.

Finalmente, la guerra expulsó a todos los cristianos y judíos de la tierra. Aun así: las huellas de ese movimiento original quedaron tan marcadas en su memoria que los discípulos que huyeron de Jerusalén siguieron estableciendo comunidades contraculturales de economía compartida, el estudio de las Escrituras, el culto participativo y el servicio al pobre.

Estos primeros cristianos recorrieron el camino pionero de Jesús. No fueron los únicos que vivieron intencionalmente; en los primeros siglos de la Era Común hubo otras asociaciones fraternales de ayuda mutua, organizadas por profesión, devoción religiosa o simplemente adhesión voluntaria. Las comunidades cristianas eran diferentes, como observó Tertuliano en el siglo III, en su caridad hacia los desfavorecidos (Apología 39.5-6). Los grupos de cristianos se organizaron en comunidades económicas llamadas parroquias, una palabra derivada del griego paroikia que significaba “vecino” pero también “extranjero” o “peregrino”. Por lo tanto, así como parroquia es similar a paria en inglés, el nombre les habría recordado a los cristianos que eran marginados y exiliados en una tierra extranjera.

Los caminos palestinos eran inestables, constituidos por senderos de tierra compactada, con frecuencia estrechos y serpenteando entre las numerosas montañas de la región. La persecución forzó a familias enteras de cristianos a recorrer estos polvorientos senderos hacia nuevas ciudades, donde formaban comunidades estrechamente unidas de unas decenas de personas. En tiempos de dificultad, los cristianos confiaban entre ellos para cubrir las necesidades básicas. Por ejemplo, si un cristiano era encarcelado, contaba con la comunidad para que le llevara alimentos y lo cuidaran. Estas presiones forjaron la unión de la parroquia en unidad familiar, algunas veces llamada “el hogar de la fe”.

El desarrollo de las carreteras romanas —entre ocho y treinta pies de ancho; construidas en capas de grava, arena y pavimento; diseñadas para drenar el agua eficientemente— no solo facilitó la vida de las personas, sino que también ayudó a expandir el cristianismo a lo largo de todo el imperio. A medida que disminuyeron las presiones externas, la dependencia de los cristianos entre sí también disminuyó. A finales del siglo III, la parroquia había evolucionado de una comunidad contracultural a una jurisdicción administrativa de la iglesia institucional. Este cambio ocurrió a diferentes ritmos en varias regiones; sin embargo, a finales del siglo IV el cristianismo era la religión oficial del Imperio Romano y estaba firmemente establecido en las principales áreas urbanas. Desde este punto hasta la época moderna, los cristianos en Europa vivirían en tensión entre una sociedad supuestamente “cristiana” y el ideal comunitario de la iglesia primitiva.

El nacimiento del monacato

Irónicamente, un hombre acreditado con la renovación de la comunidad cristiana pasó la mayor parte de su vida viviendo como ermitaño en el desierto egipcio. Antonio nació en 250, proveniente de una familia acomodada del Bajo Egipto. Sus padres fallecieron cuando era joven y Antonio recibió una herencia significativa. Un día, al entrar a una iglesia justo cuando estaban leyendo el evangelio, escuchó al lector decir: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme” (Mt 19:21). Inmediatamente, Antonio vendió sus posesiones y distribuyó el dinero entre los pobres. Vivió como un marginado a la salida de la villa, buscando a Dios solo en el desierto. Durante veinte años, él preparó el camino del Señor mediante la oración, el ayuno y las vigilias. A medida que crecía su reputación, otros lo siguieron por la carretera desierta, estableciéndose en celdas individuales cerca de él. Estos peregrinos fueron llamados “monjes”, del griego monos , que significa “solo”.

Aunque el cristianismo ahora era aceptado en todo el imperio, algunos cristianos creían que la fe se había debilitado, diluida por su respetabilidad social y asimilada a las normas culturales dominantes. Inspirados por el ejemplo de Antonio para recuperar la visión original de los seguidores de Jesús, muchos se despojaron de sus propiedades y preocupaciones mundanas, dejando incluso la seguridad del matrimonio para perseguir una vida sencilla de oración y trabajo manual. Para ellos, el compromiso con Dios no era una cuestión de palabras (hablaban poco) sino de actuar. Se abstenían de tener lujos en todas sus formas, preferían la comida simple, la vestimenta sencilla y un refugio básico. Incluso renunciaron a su autonomía sometiéndose a la supervisión de un anciano espiritual llamado abad (de abba , “Padre”). Estas decisiones finalmente evolucionaron en los tres votos monásticos de pobreza, castidad y obediencia.

Painting by Juan Rizi, Saint Benedict at Table

Juan Rizi, La cena de San Benito, óleo sobre lienzo, s. XVII. Dominio público.

El “Camino del Señor” pronto se congestionó a medida que oleadas de aspirantes a monjes ingresaron a los desiertos de Egipto, Siria y Palestina. Los hombres empezaron a unirse en grandes colonias, reuniéndose ocasionalmente para tener tiempos de oración y comunión. Esta vida en común fue tomando forma debido a Pacomio, quien organizó a los monjes en casas comunales bajo el liderazgo de un anciano. Los hombres comían juntos, tenían sus bienes en común, y seguían un orden común de oración comunitaria, trabajo manual y, más adelante, estudio bíblico. Su forma de vida se denominó cenobítica, del griego koinos biosi, “vida común”. En pocos años, Pacomio tenía tres mil seguidores, y a mediados del siglo IV, había varias casas de hombres, ubicadas al otro lado del Nilo, y por lo menos una casa para mujeres. Después de la muerte de Pacomio, sus seguidores escribieron sus reglas comunitarias que se publicaron en latín por Jerónimo y se hicieron muy famosas, el primero de muchos pactos en comunidad.

En ese momento, la mayoría de los monjes que abandonaron la ciudad para ir al desierto eran laicos sin educación insatisfechos con la mundanidad de la iglesia. Basilio de Cesarea, un noble educado de Capadocia, fue la excepción. Intentó incorporar los principios monásticos en un entorno urbano bajo la guía de los líderes de la iglesia. Escribió su propia Regla y estableció una comunidad en la propiedad de su familia cerca del mar negro. Su meta fue lograr el equilibrio entre el individualismo y la santidad personal de los monjes del desierto con el llamado de Jesús a involucrarse en el mundo con actos de justicia y misericordia. Para cumplir este objetivo, Basilio construyó uno de los primeros hospitales del mundo en su comunidad, un lugar que ofrecía hospitalidad, especialmente a aquellos que no podían pagar la atención médica. El hospital era parte integral de la comunidad intencional denominado La Basiliada, en honor a su fundador. Los médicos y enfermeras vivían en los terrenos, al igual que los estudiantes que estudiaban en la escuela de medicina adjunta al hospital. El complejo también incluía espacios para hospedar viajeros y brindar educación. Las Reglas de Basilio siguen siendo la base de la vida monástica en las iglesias ortodoxas de Turquía, Grecia, Siria y Rusia.

Hasta el siglo IV, la actividad comunitaria se concentraba en el oriente pero, en últimas, todos los caminos conducen a Roma. Los ideales monásticos llegaban a través de los viajeros provenientes de Egipto y Siria y, mediante relatos publicados acerca de los monjes. Juan Casiano vivió entre los monjes orientales durante años, después escribió varios libros influyentes en latín acerca de lo que había aprendido. Su audiencia era una nueva generación de cristianos urbanos que estaban formando comunidades en ciudades a lo largo de Europa. Muchos, incluidas varias mujeres romanas aristócratas, se sintieron inspirados a volver a recorrer los caminos palestinos que Jesús había recorrido. Bajo la guía de Jerónimo, este círculo de herederas adoptó una vida de simplicidad, oración en comunidad, ayuno y obras de caridad. Una de las mujeres, Melania la Anciana, se mudó a Jerusalén en 378 y lideró una comunidad de unas cincuenta mujeres en el Monte de los Olivos. Muchas de estas mujeres hicieron los votos de celibato y se dedicaron al estudio de la Biblia. Otra comunidad se estableció en Belén. De vuelta en Italia, el arzobispo Ambrosio formuló políticas para las muchas mujeres jóvenes que querían vivir el evangelio alrededor de Milán.

Al igual que Basilio, el obispo francés Cesáreo de Arlés creía que los ideales monásticos deberían integrarse a la vida de la iglesia parroquial. Cesáreo predicó cientos de sermones a su congregación acerca de la oración, el ayuno, la castidad, la compasión y la justicia social a lo largo del siglo V. Exhortó a todos los cristianos de las veinticinco o más parroquias rurales de su diócesis a practicar el amor mutuo y la responsabilidad por los demás, a ser comunidades. Sus sermones continuaron circulando durante siglos después de su muerte, inspirando a generaciones de cristianos a practicar los valores cristianos radicales en su vida diaria.

Fuera del Nuevo Testamento, quizás, ningún texto haya sido tan influyente en el desarrollo de la comunidad cristiana como la Regla de San Benito , escrita a principios del siglo VI y perfeccionada gracias a los escritos de Juan Casiano y el escrito anónimo de la Regla del Maestro.

Benito, un noble romano, dejó Roma para retirarse al campo donde estableció varias comunidades monásticas. En estas, todos compartían las responsabilidades de cuidar la granja y preparar los alimentos. El trabajo se interrumpía ocho veces al día para hacer una oración en comunidad, conocidas como “las horas”. La visión de Benito para la vida común, —que integraba el trabajo, la oración, la soledad y la convivencia, la responsabilidad personal y la autoridad— fue extraordinariamente exitosa y estableció el paradigma de las comunidades cristianas durante más de un milenio. Su énfasis en la estabilidad y fidelidad de un área particular se convertirían en características distintivas de una comunidad cristiana intencional.

A medida que los caminos del imperio en decadencia se deterioraban, los monasterios se convirtieron en puestos aislados y dispersos. Los monjes tuvieron un éxito fantástico: eran eruditos y ricos, pero se perdieron en la contemplación. La vida monástica de oración y estudio se profesionalizó y el camino de simplicidad y trabajo manual paulatinamente se perdió. En este periodo empezaron a aparecer caricaturas de monjes obesos.

Una serie de reformas en La Edad Media lucharon por recobrar la visión original de Benito; primero las reformas Cluniacenses en el siglo X, luego, los Cartujos en el siglo XI. De igual manera, los Cistercienses intentaron restaurar la simplicidad original del espíritu benedictino: dedicaban más tiempo al trabajo manual, despojaron sus capillas de arte y decoración suntuosa y adoptaron un estilo de culto simple. Mucho más adelante, los Trapenses reformarían nuevamente a los Cistercienses, agregando su propio énfasis en el silencio.

Las comunidades evangélicas de la Edad Media

A pesar de estas reformas, los monasterios no pudieron contener el impulso radical del cristianismo. Europa estaba experimentando un importante cambio social y económico durante el siglo XII, pasando de una sociedad feudal centrada en las aldeas a una economía urbana. Las antiguas ciudades, dormidas desde la época de Benito, despertaban con un nuevo comercio. Los caminos romanos fueron despejados y reconstruidos. Sin embargo, a medida que el comercio se incrementaba, también se hacía más grande la división entre ricos y pobres. Junto a una creciente clase media urbana de comerciantes, banqueros y abogados, crecía una clase de pobres y subempleados. Empezando por monjes como Ruperto de Deuz (quien escribió un pequeño tratado titulado “Sobre la Verdadera Vida Apostólica”) un movimiento surgió para restaurar el modelo de la comunidad de Jerusalén para toda la iglesia. Otros, como Gerhoh de Reichersberg, sostenían que, si el monaquismo es el patrón para la iglesia, entonces todos los cristianos deberían ser monjes de alguna manera: el llamado de Dios a la vida cristiana es universal, no debería estar limitada a los claustros. Ellos decían: la vida apostólica no era simplemente una vida de oración y devoción sino de justicia social y económica. Los cristianos comunes deberían reconciliar las divisiones económicas a través de la solidaridad con los pobres, uniéndose con aquellos marginados por la nueva economía mediante la caridad fraternal, el estudio de las Escrituras, la pobreza voluntaria y una proclamación activa de la fe.

Painting by Marianne Stokes,  Saint Elizabeth from Hungary, Spinning for the Poor

Marianne Stokes, Santa Isabel del Hungría hilando lana para los pobres, c. 1895. Dominio público.

Este despertar llevó a la formación de pequeñas comunidades evangélicas a lo largo de Europa. Al occidente de Francia, Roberto de Abrissel reunió un grupo diverso de hombres y mujeres, incluyendo un número de ex prostitutas, en una comunidad en Fontevrault conocida como Los pobres de Cristo . En el sur de Francia, grupos de cristianos conocidos como cátaros o “puros” organizaron comunidades radicales que rechazaban las relaciones sexuales, el consumo de carne y la autoridad jerárquica. Los cátaros fueron considerados herejes debido a la denigración de la creación material y fueron perseguidos implacablemente. El norte de Italia produjo un movimiento llamado los humiliati o “los humildes” en la que tanto clérigos como laicos intentaban llevar su vida al llamado del evangelio a la simplicidad. El movimiento incluía personas célibes y casadas, muchos de los cuales provenían de la próspera industria textil de la zona. Aunque las comunidades producían prendas ricas en la industria textil, ellos vestían ropa simple y sin teñir. Se abstenían del compromiso político, servían a los desfavorecidos y oraban las horas benedictinas. A finales del siglo XIII, había comunidades de humiliati en la mayoría de ciudades del norte de Italia.

Al sur de Francia, un rico comerciante llamado Pedro Valdo lideró un movimiento similar. En un relato similar al de Antonio, Valdo renunció a su negocio, hizo reparaciones por sus negocios deshonestos y empezó a repartir pan en las calles de Lyon. Otros siguieron su ejemplo de pobreza y compromiso de estudiar la Biblia, y se hicieron conocidos como los Hombres Pobres de Lyon. El movimiento valdense se esparció rápidamente a Alemania e Italia, donde finalmente se fusionó con los humiliati . Se formaron pequeñas comunas que se comprometieron con el trabajo en común y la predicación de los evangelios; algunas permanecen hasta el día de hoy.

San Francisco se convirtió en el ejemplo más famoso de la vida apostólica. Como muchos de los primeros líderes de la comunidad, Francisco era descendiente de aristócratas que renunciaron a su riqueza, incluso a su ropa (literalmente, estuvo desnudo durante un tiempo). Intercambiando su rica vestimenta de seda por un tosco hábito de lana, Francisco y sus amigos recorrieron Europa predicando y exhortando a las personas a seguir el camino de Jesús. En poco tiempo, las carreteras de la Europa medieval estaban congestionadas con decenas de miles de frailes que cantaban, predicaban y mendigaban el pan de cada día. El movimiento franciscano se extendió a lo largo del continente, desbordándose hacia el norte de África y el Medio Oriente, donde los frailes iniciaron algunas de las primeras conversaciones interreligiosas con los musulmanes. Además de las comunidades de hombres y mujeres célibes, crecieron en las principales ciudades cofradías de personas casadas que hacían votos para seguir el camino sencillo del evangelio.

Painting of St. Francis on his knees looking upward. Francisco de Zurbarán, Saint Francis

Francisco de Zubarán, San Francisco en meditación, óleo sobre lienzo, c. 1635. Dominio público.

Más hacia el norte, en lo que hoy es Bélgica, grupos de mujeres solteras inspiradas por Francisco se unieron para formar comunidades dentro de los grandes centros urbanos de Lovania, Gante y Brujas. Conocidas como Beguinas, establecieron “ciudades dentro de ciudades” que contenían casas, talleres, iglesias, hospitales y dormitorios para los miembros más pobres de la comunidad. Las mujeres practicaban el celibato, la oración diaria y la vida simple; llevaron vestidos sencillos beige. La mayoría trabajaba en las fábricas de textiles belgas, pasaban tiempo extra con los pobres y enfermos. A diferencia de las monjas tradicionales, las Beguinas no hacían votos formales ni compartían una regla de vida, pero todas las mujeres prometían obediencia a la comunidad local y a su pastor. Pronto siguieron su ejemplo comunidades similares de hombres llamados Beguinos. Un poco más tarde, en el siglo XIV, el movimiento de los Hermanos de la Vida Común floreció en Países Bajos y Alemania. Al igual que las Beguinas y los Beguinos, los Hermanos no hacían votos formales. Ellos convivían en grandes casas y ministraban a otros mediante la predicación (algunos eran sacerdotes) y producían literatura devocional. El ejemplo más famoso es La Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, un libro de la vida devocional que ha guiado a muchas personas hacia el Camino.

La Reforma (radical)

Tales movimientos para “monastizar” toda la sociedad cristiana culminaron en la Gran Reforma. Los Reformadores montaron una crítica devastadora de la vida “monástica”, que ya estaba sufriendo bajo el peso de problemas internos. Lutero, él mismo un monje agustino, renunció a sus votos, salió del monasterio y se casó con una monja. Calvino también se opuso al ascetismo tradicional, considerándolo moral y espiritualmente en bancarrota, y creyendo que representaba un doble rasero para los cristianos: todos deberían esforzarse por la perfección moral. Los monjes y monjas en las tierras reformadas fueron liberados de sus votos y muchos se casaron y se unieron a la vida secular.

Mientras tanto, reformadores más radicales como Michael Sattler (un ex prior benedictino) organizaron nuevas comunidades apostólicas que rechazaban el servicio militar y la participación política y revivieron la antigua práctica del bautismo de creyentes. Entre estos “anabautistas”, los menonitas consideraban que no debería haber pobres entre ellos como una marca de la verdadera iglesia. Los huteritas fueron más allá, aboliendo por completo la propiedad privada y practicando la plena comunidad económica. El espíritu igualitario se manifestó en la práctica de llamar a otros miembros “hermano” y “hermana”; de ahí que algunos grupos en Moravia y Suiza fueran simplemente llamados “Hermanos”. Perseguidas en toda Europa por católicos y protestantes por igual, las comunidades anabaptistas se veían a sí mismas como siguiendo los pasos de la iglesia primitiva perseguida.

La “era de la exploración” abrió las vías del mar y conectó el mundo de maneras antes inimaginables. Dondequiera que los cristianos peregrinaron, se desarrollaron comunidades intencionales. Cientos de bautistas y otros disidentes abandonaron sus hogares en Inglaterra y Escocia para construir una sociedad cristiana en el Nuevo Mundo. Tanto los Peregrinos que se establecieron en la Colonia de Plymouth en 1620 como los Puritanos que establecieron la “Commonwealth bíblica” en la Colonia de la Bahía de Massachusetts en 1630 intentaron crear comunidades cristianas cohesionadas. Los Peregrinos de Plymouth practicaron la disciplina de la propiedad compartida en la primera generación de su colonia; todos compartían un alto estándar de disciplina moral. El idealismo de estas comunidades fundadoras influyó directamente en la formación del sentido de misión distintivo de Estados Unidos y dejó un legado de comunidad utópica, tanto cristiana como no cristiana, en el Nuevo Mundo.

Muchas de estas comunidades del Nuevo Mundo tenían un carácter milenarista; creían que la Segunda Venida estaba cerca. La austera comunidad de Bohemia Manor, fundada en la década de 1680 en Pensilvania por los seguidores de Jean de Labadie (el segundo Calvino), no tenían propiedad privada y compartían el trabajo común en la finca; la comida y la ropa eran sencillas. Unos años más tarde, los Bautistas del Séptimo Día establecieron una comunidad, también en Pennsylvania, llamada el Claustro de Ephrata. Quizás los más exitosos fueron los Shakers, establecidos justo antes de la Guerra Revolucionaria. En la década de 1830, habían atraído a unos cuatro mil miembros a más de sesenta comunas célibes llamadas “familias” en casi veinte asentamientos diferentes desde Maine hasta Indiana. Una comunidad permanece, en Sabbathday Lake, Maine. Otras comunidades norteamericanas también atrajeron a miles: los pietistas alemanes acudieron en masa a comunidades como Harmony y Economy en Pennsylvania y New Harmony en Indiana. Otra secta alemana, los Inspiracionistas, construyeron siete aldeas comunales en Amana, Iowa, en la década de 1850, que sobrevivieron hasta la Gran Depresión. Las comunidades cristianas intencionales más grandes del Nuevo Mundo son los huteritas, que huyeron de la opresión en Europa y establecieron extensas colonias agrícolas en las llanuras occidentales de los Estados Unidos y Canadá. Hoy en día hay alrededor de cuarenta mil viviendo en más de cuatrocientas colonias.

A group of young people playing instruments at Taize in France.

La comunidad Taizé en Francia. Fotografía cortesía de Maciej Biłas.

Una tradición viva

El siglo XX fue testigo de un renacimiento de la comunidad cristiana radical. La vida comunitaria centrada en el discipulado fue vista como una forma de sanar las heridas dejadas por siglos de conflictos religiosos y agitación política. En respuesta a la complicidad de la iglesia en la guerra, Eberhard Arnold fundó la comunidad Bruderhof en Sannerz, Alemania, en 1920. Unos años más tarde, en 1933, Dorothy Day y Peter Maurin fundaron El Trabajador Católico, una comunidad comprometida a servir a los pobres sin hogar. En 1934, Dietrich Bonhoeffer inició la comunidad cristiana clandestina experimental en Finkenwalde, que se convertiría en el tema de su libro, Vida en Común . En 1938, un pastor presbiteriano llamado George MacLeod fundó la Comunidad de Iona en Escocia, con el objetivo de cerrar la brecha entre los cristianos de clase media y trabajadora. En 1946, Roger Schütz, conocido como Hermano Roger, fundó la Comunidad de Taizé en Francia como una orden religiosa ecuménica de católicos y protestantes. Un año después, Basilea Schlink, una luterana, fundó la Hermandad Evangélica de María en Darmstadt, Alemania, con la misión de arrepentirse por el Holocausto y trabajar por la reconciliación entre judíos y cristianos alemanes. Casi al mismo tiempo, el movimiento Focolare estaba emergiendo en Italia y, lo que ahora es la Comunidad Católica Integrada comenzó en Alemania. Muchas comunidades carismáticas y activistas también surgieron en este período, centradas en el Sermón del Monte de Jesús y trascendiendo las viejas líneas confesionales. En las últimas décadas, los Nuevos Frailes, los Nuevos Monásticos y una plétora de esfuerzos misionales urbanos y neo-anabautistas en América del Norte han combinado elementos de las tradiciones activa y contemplativa en un esfuerzo por incorporar el reino de Dios en la vida cotidiana.

Las comunidades mencionadas aquí son solo una muestra de los miles de grupos de cristianos que han decidido vivir vidas de discipulado intencional en comunidades modeladas según la iglesia de Jerusalén. Las historias de muchas de estas comunidades, especialmente aquellas fuera de Europa y América del Norte, aún quedan por contar. Y sin duda, muchas comunidades que sirven silenciosamente a otros permanecerán desconocidas para siempre. Aunque la narrativa de cada comunidad es valiosa en sí misma y digna de ser recordada, cada una es también un capítulo en la historia general y continua de los cristianos en el Camino, un pueblo que camina por muchas sendas diferentes con la misma intención y el mismo destino, cada grupo buscando experimentar la presencia y el poder de Dios en la vida compartida de la comunidad, una preparación para la gran comunión que está por venir.


Traducción de Clara Beltrán

Ironically, one man credited with the renewal of Christian community spent most of his life living as a hermit in the Egyptian desert. Anthony was born in 250 to an affluent family in Lower Egypt. His parents died while he was young, and Anthony received a significant inheritance. One day, entering a church just as the gospel was being read, he heard the lector say: “If anyone would be perfect, go, sell what you have, and give it to the poor, and you will have treasure in heaven; and come, follow me.” Immediately Anthony sold his possessions and distributed the money to the poor. He lived as an outcast on the margins of the village, seeking God alone in the wilderness. For twenty years, he prepared the way of the Lord through prayer, fasting, and vigils. As his reputation grew, others followed him down the deserted highway into the wilderness, settling in individual cells near him. These pilgrims were called “monks,” from the Greek monos, which means “alone.”

Although Christianity was now accepted throughout the empire, some Christians believed the faith to be weakened, diluted by its social respectability and assimilated to prevailing cultural norms. Inspired by Anthony’s example to recover the original vision of Jesus’ followers, many divested themselves of property and worldly concerns, leaving even the security of marriage to pursue a simple life of prayer and manual labor. For them, commitment to God was not a matter of words (they spoke few) but of action. They eschewed luxury in all forms, preferring simple food, plain dress, and basic shelter. They even surrendered their autonomy by submitting themselves to the oversight of a spiritual elder called an abbot (from abba, “father”). These decisions eventually evolved into the three monastic vows of poverty, chastity, and obedience.

The “way of the Lord” was soon jammed with traffic as waves of would-be monks entered the deserts of Egypt, Syria, and Palestine. The men began to join together in large colonies, meeting occasionally for prayer and communion. This common life was given form by Pachomius, who organized the monks into communal houses under the leadership of an elder. The men ate together, held their goods in common, and followed a common order of communal prayer, manual labor, and later, bible study. Their way of life was called cenobitic, from the Greek koinos biosi, “common life.” Within a few years, Pachomius had three thousand followers, and by the mid-fourth century there were several men’s houses and, situated on the other side of the Nile, at least one house for women. After Pachomius died his followers wrote down his communal rules, which were published in Latin by Jerome and became well known, the first of many such communal covenants.

At the time, most of the monks who left the city for the desert were uneducated laymen dissatisfied with the worldliness of the church. Basil of Caesarea, a well-educated nobleman from Cappadocia, was an exception. He attempted to incorporate monastic principles in an urban setting under the guidance of church leaders. He wrote his own Rule and established a community at his family’s estate near the Black Sea. His goal was to balance the individualism and personal holiness of the desert monks with Jesus’ call to engage the world with acts of justice and mercy. To that end, Basil built one of the world’s first hospitals in his community, a place to offer hospitality especially to those who could not afford medical care. The hospital was an integral part of the intentional community, which was named the Basiliad after its founder. Physicians and nurses lived on the grounds, as did students studying at the attached medical school. The complex also included space to host travelers and to provide education. Basil’s Rules remain the basis for monastic life in the Orthodox churches of Turkey, Greece, Syria, and Russia.

Until the fourth century, communal activity was concentrated in the east, but eventually all roads lead to Rome. Monastic ideals arrived by way of travelers from Egypt and Syria and through stories being published about the monks. John Cassian lived among the eastern monks for years, then wrote several influential books in Latin about what he had learned. His audience was a new generation of urban Christians forming communities in cities across Europe. Many [including a number of aristocratic Roman women,] were inspired to retread the Palestinian roads Jesus had walked. Under the guidance of Jerome, this circle of heiresses adopted a life of simplicity, common prayer, fasting, and charitable works. One of the women, Melania the Elder, moved to Jerusalem in 378 and led a community of about fifty women on the Mount of Olives. Many of these women took vows of celibacy and devoted themselves to biblical study. Another community was established at Bethlehem. Back in Italy, the bishop Ambrose formulated policies for the many young women who wanted to live out the gospel around Milan.

Like Basil, the French bishop Caesarius of Arles believed that monastic ideals should be integrated into the life of the parish church. Caesarius preached hundreds of sermons to his congregation on prayer, fasting, chastity, compassion, and social justice throughout the fifth century. He exhorted all the Christians in the twenty-five or so rural parishes of his diocese to practice mutual love and responsibility for one another – to be communities. His sermons continued to circulate for centuries after his death, inspiring generations of Christians to live out radical Christian values in their everyday lives.

Outside of the New Testament, perhaps no text has been as important to the development of Christian community as the Rule of Benedict, written in the early sixth century and shaped by the writings of John Cassian and the anonymously written Rule of the Master. Benedict, a Roman nobleman, left Rome for the countryside, where he established several monastic communities. Everyone in the community shared the responsibilities of tending the farm and the kitchen. Work was punctuated eight times each day by common prayer called “the hours.” Benedict’s vision for common life – which integrated work and prayer, solitude and community, personal responsibility and authority – was extraordinarily successful, and remained the paradigm for Christian communities for well over a millennium. His emphasis on stability and fidelity to a particular locality would become hallmarks of intentional Christian community.

As the roads of the crumbling empire fell into disrepair, the monasteries became isolated, scattered outposts. The monks were fantastically successful – erudite and wealthy – but they lost themselves in contemplation. The monastic life of prayer and study became professionalized and the way of simplicity and manual labor was eventually lost. Caricatures of fat monks began to appear in this period. A series of reforms in the Middle Ages struggled to recover Benedict’s original vision, first the Cluniac reforms in the tenth century, then the Carthusians in the eleventh. The Cistercians likewise attempted to restore the simplicity of the original Benedictine spirit: they made time for more manual labor, stripped their chapels of rich art and décor, and adopted a simple worship style. Much later, the Trappists would re-reform the Cistercians, adding their own emphasis on silence.


Despite these reforms, the monasteries could not contain the radical impulse of Christianity. Europe was undergoing major social and economic change during the twelfth century, moving from a feudal, village-centered society to an urban economy. The ancient cities, dormant since the time of Benedict, were awakening with new commerce. The Roman roads were cleared and rebuilt. Yet as trade increased, the division between rich and poor also widened. Alongside a rising urban middle-class of merchants, bankers, and lawyers grew an underclass of poor and underemployed. Beginning with monks such as Rupert of Deutz (who wrote a little treatise titled On the Truly Apostolic Life) a movement arose to restore the model of the Jerusalem community for the entire church. Others, such as Gerhoh of Reichersberg, argued that if monasticism is the pattern for the church, then all Christians should be monks of a sort: God’s call to the Christian life is universal, not limited to the cloister. The apostolic life, they said, was not simply a life of prayer and devotion but of social and economic justice. Ordinary Christians should reconcile economic divisions through solidarity with the poor, banding together with those marginalized by the new economy through fraternal charity, scripture study, voluntary poverty, and active proclamation of the faith.

This awakening led to the formation of small evangelical communities across Europe. In western France, Robert d’Abrissel gathered a diverse group of men and women, including a number of former prostitutes, into a community at Fontevrault known as Christ’s Poor. In southern France, groups of Christians known as the cathari, or “pure ones,” organized radical communities that rejected sexual relations, the eating of meat, and hierarchical authority. The Cathars were regarded as heretics because of their denigration of the material creation, and were relentlessly persecuted. Northern Italy produced a movement called the humiliati, or “humble ones,” in which both clerics and laypeople attempted to conform their lives to the gospel call to simplicity. The movement included both celibate and married people, many of whom were drawn from the thriving garment industry in the area. Though the communities produced rich cloth in the textile industry, they wore only plain, undyed clothes. They refrained from political engagement, served the disadvantaged, and prayed the Benedictine hours. By the end of the thirteenth century, there were communities of Humiliati in most cities in northern Italy.

In southern France, a wealthy merchant named Peter Waldo led a similar movement. In a story not unlike Anthony’s, Waldo gave up his business, made reparation for his dishonest dealings, and began distributing bread in the streets of Lyons. Others followed his example of poverty and commitment to studying the Bible, and they became known as the Poor Men of Lyons. The “Waldensian” movement spread quickly to Germany and Italy, where it eventually merged with the Humiliati. Small communes formed which engaged in common work and gospel preaching; some remain to this day.

Saint Francis became the most famous exemplar of the apostolic life. Like so many earlier community leaders, Francis was a scion of aristocrats, who relinquished all his wealth, even the clothes on his back (he literally went naked for a time). Exchanging rich silk garb for a rough woolen habit, Francis and his friends traipsed across Europe preaching and exhorting people to follow Jesus’ way. Before long the roads of medieval Europe were clogged with tens of thousands of friars singing, preaching, and begging for daily bread. The Franciscan movement spread throughout the continent, spilling over into North Africa and the Middle East, where friars initiated some of the first interfaith conversations with Muslims. Besides celibate communities of men and women, confraternities of married people who vowed to follow the simple way of the gospel grew up in major cities.

Farther north, in what is now Belgium, groups of single women inspired by Francis joined together to form communities within the great urban centers of Leuven, Ghent, and Bruges. Known as Beguines, they established “towns within towns” that contained houses, workshops, churches, hospitals, and dorms for poorer members of the community. The women practiced celibacy, daily prayer, and simplicity, wearing plain beige dresses. Most worked in the Belgian textile factories, spending their extra time with the poor and sick. Unlike traditional nuns, the Beguines took no formal vows and shared no rule of life, but each woman promised obedience to the local community and the local pastor. Similar communities of men called the Beghards soon followed their lead. A little later, in the fourteenth century, the Brethren of the Common Life flourished in the Netherlands and Germany. Like the Beguines and the Beghards, the Brethren did not take formal vows. They roomed together in large houses and ministered to others by preaching (some were priests) and producing devotional literature. The most well-known example is The Imitation of Christ, by Thomas à Kempis, a book on the devotional life that has guided many people to the Way.


Such movements to “monasticize” all of Christian society climaxed in the Great Reformation. The Reformers mounted a devastating critique of the “monkish” life, which was already suffering under the weight of internal problems. Luther, himself an Augustinian monk, renounced his vows, marched out of the monastery, and married a nun. Calvin likewise opposed traditional monasticism as morally and spiritually bankrupt, believing it represented a double standard for Christians – all should strive for moral perfection. Monks and nuns in reformed lands were released from their vows, and many married and joined secular life.

Meanwhile, more radical Reformers such as Michael Sattler (a former Benedictine prior) organized new apostolic communities that rejected military service and political involvement and revived the ancient practice of believer’s baptism. Among these “Anabaptists,” the Mennonites considered it a mark of the true church that there should be no poor among them. The Hutterites went further, abolishing private property altogether and practicing full economic sharing. The egalitarian spirit was manifest in the practice of calling other members “brother” and “sister”; hence some groups in Moravia and Switzerland were simply called “Brethren.” Persecuted across Europe by Catholics and Protestants alike, Anabaptist communities saw themselves as following in the footsteps of the persecuted early church.

The “age of exploration” opened the pathways of the sea and connected the world in previously unimaginable ways. Wherever Christians sojourned, intentional communities developed. Hundreds of Baptists and other dissenters left their homes in England and Scotland in order to build a Christian society in the New World. Both the Pilgrims who settled Plymouth Colony in 1620 and the Puritans who established the “Bible commonwealth” in the Massachusetts Bay Colony in 1630 attempted to create cohesive Christian communities. The Plymouth Pilgrims practiced the discipline of shared property in the first generation of their colony; all shared a high standard of moral discipline. The idealism of these founding communities directly influenced the formation of America’s distinct sense of mission and left a legacy of utopian community, both Christian and non-Christian, in the New World.

Many of these New World communities had a millenarian cast – they believed the Second Coming was at hand. The austere community of Bohemia Manor, founded in the 1680s in Pennsylvania by the followers of Jean de Labadie (the “second Calvin”), had no private property and shared common work on the estate; food and dress were plain. A few years later, the Seventh Day Baptists established a community, also in Pennsylvania, called Ephrata Cloister. Perhaps most successful were the Shakers, established right before the Revolutionary War. By the 1830s they had attracted some four thousand members to more than sixty celibate communes called “families” in nearly twenty different settlements from Maine to Indiana. One community remains, at Sabbathday Lake, Maine. Other North American communities likewise attracted thousands: German Pietists flocked to communities such as Harmony and Economy in Pennsylvania, and New Harmony in Indiana. Another German sect, the Inspirationists, built seven communal villages in Amana, Iowa, in the 1850s, which survived until the Great Depression. The largest intentional Christian communities in the New World are the Hutterites, who fled oppression in Europe and established expansive farming colonies on the western plains of the United States and Canada. Today there are around forty thousand Hutterites living in more than four hundred colonies.


The twentieth century witnessed a revival of radical Christian community. Communal life focused on discipleship was seen as a way to heal the wounds left by centuries of religious strife and political turmoil. In response to the church’s complicity in war, Eberhard Arnold founded the Bruderhof community in Sannerz, Germany, in 1920. A few years later, in 1933, Dorothy Day and Peter Maurin founded the Catholic Worker, a community committed to serving the homeless poor. In 1934, Dietrich Bonhoeffer started the experimental underground Christian community in Finkenwalde, which would become the subject of his book, Life Together. In 1938, a Presbyterian pastor named George MacLeod founded the Iona Community in Scotland, in order to close the gap between middle- and working-class Christians. In 1946, Roger Schütz, known as Brother Roger, founded the Taizé Community in France as an ecumenical religious order of Catholics and Protestants. A year later, Basilea Schlink, a Lutheran, founded the Evangelical Sisterhood of Mary in Darmstadt, Germany, with a mission to repent for the Holocaust and work for reconciliation between Jews and German Christians. Around the same time, the Focolare movement was emerging in Italy, and what is now the Catholic Integrated Community began in Germany. Many charismatic and activist communities also sprang up in this period, centered on Jesus’ Sermon on the Mount and transcending old denominational lines. In the last several decades the New Friars, the New Monastics, and a plethora of similar urban and neo-Anabaptist missional endeavors in North America have blended elements of the active and contemplative traditions in an effort to incorporate God’s kingdom into everyday life.

The communities mentioned here are but a sampling of the thousands of groups of Christians who have determined to live lives of intentional discipleship in communities modeled on the Jerusalem church. The stories of many of these communities, especially those outside of Europe and North America, remain to be told. And doubtless many communities quietly serving others will remain forever unknown. Though each community’s narrative is of value in itself and worthy of remembrance, each is also a chapter in the overarching and ongoing story of Christians on the Way – a people walking many different roads with the same intention and the same destination, each group seeking to experience the presence and power of God in the shared life of community, a preparation for great communion to come.


From Called to Community