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Un día en la vida de un militar menonita en Ucrania

En la ciudad de Zaporiyia, acompañé a un capellán pacifista del ejército.

June 15, 2026

[.article__paragraph--cap]Mykola Korobtsov conduce incesantemente por las duras calles de la ciudad industrial de Zaporiyia, en el sudeste de Ucrania. El menonita de cincuenta y siete años se enlistó para servir como capellán militar en seguida de la invasión de Rusia a su país vecino, en febrero de 2022.[.article__paragraph--cap]

Korobtsov tiene motivos para apurarse: Zaporiyia se ubica a menos de cincuenta kilómetros del frente. Constantes cortes de energía y el riesgo de drones rusos ponen a todos en la ciudad en peligro. Durante cuatro años ha hecho entregas, orado y dado sermones; en resumidas cuentas, todo lo necesario para atender las necesidades de soldados y civiles de la zona.

Todo, excepto portar armas él mismo.

Como pacifista, Korobtsov se rehúsa a empuñar un arma. Los menonitas rechazaron tradicionalmente participar en el servicio militar, por su compromiso cristiano no violento, y fueron exonerados de él. Recientemente, algunos menonitas se han ofrecido como voluntarios para roles no combatientes, y algunas iglesias menonitas han ido más lejos y permitido a sus miembros portar armas en caso de ser reclutados, pero no postularse para esos roles.

Antes de la guerra, el capellán, pastor por vocación, hacía de pastor para niños discapacitados y familias en situación de riesgo. Habla con franqueza, en ocasiones con brusquedad. Sin embargo, su dureza oculta una misericordia genuina que extiende a todo aquel que conoce.

Conversamos mientras guía su maltratada camioneta gris a Nova Poshta, el equivalente ucraniano de FedEx, donde entregará un paquete con suministros para algunas de las tropas en su red necesitadas de apoyo.

Mientras esquivamos los pozos de las calles, un par de guantes de boxeo en miniatura cuelgan de su espejo retrovisor: uno amarillo y otro azul claro, los colores cielo y campo de la bandera de Ucrania. El capellán solía subir al ring en su juventud. El brillo en sus ojos sugiere que aún mantiene una buena dosis de lucha dentro suyo.

Todas las fotografías de Kateryna Klochko, una fotoperiodista de Zaporizhzhia, Ucrania, @kateryna_klochko. [.smalltext]Usados con permiso.[.smalltext]

Para observadores como yo, que no comprendemos de inmediato las sutilezas de los grados de pacifismo en tiempos de guerra, Korobtsov (el boxeador con objeción de conciencia) tiene una respuesta preparada.

No se opone a que los menonitas reclutados acepten portar armas, me explica, pero cree que los menonitas nunca deberían ofrecerse para hacerlo. Dice que solo entrega suministros humanitarios, nunca armas de fuego, cuchillos (“armas frías”, según el término eslavo) u otros instrumentos de violencia.

Su postura contrasta marcadamente con la opinión mayoritaria. La mayoría de sus compatriotas ucranianos piensa que las armas son una necesidad absoluta.

Korobtsov encarna los compromisos que muchos pacifistas ucranianos están haciendo, dada la tensión que el conflicto genera en sus convicciones pacifistas. Siente que, al ser voluntario para un rol no combatiente, sirve de ejemplo para sus hermanos, y muestra qué puede hacer un pacifista cuando la guerra golpea su puerta.

[.article__paragraph--cap]La perspectiva de Korobtsov deriva de una práctica más amplia, sostenida hace tiempo por denominaciones tradicionalmente pacifistas como los menonitas, los amish, los testigos de Jehová, y otras, conocida como “pacifismo activo”. De esta manera, los defensores de la no violencia encuentran formas alternativas de actuar y servir, promoviendo la paz en lugar de la violencia.[.article__paragraph--cap]

Oleksiy Garkusha, un pastor de veintiocho años de la iglesia menonita Nova Nadiya (Nueva Esperanza), explica que el pacifismo para él no es tan simple como abstenerse de participar.

“No sostenemos armas, pero tampoco le decimos al gobierno ‘no serviremos’”, dice Garkusha. “Todos debemos servir”.

Como alternativa para honrar a Dios sin ejercer de soldado, los pacifistas como él apuntan al servicio humanitario, capellanía, y tareas alternativas. Los pastores Korobtsov y Garkusha comparten su lugar de reunión en el Centro Reimer, una caridad que concentra los recursos de dos comunidades evangélicas del centro de Zaporiyia. Me encontré con Korobtsov allí una mañana de noviembre para acompañarlo durante su jornada de ministerio.

Los menonitas ucranianos derivan de inmigrantes alemanes que se asentaron a mediados del siglo XVIII, cuando Ucrania formaba parte del Imperio Ruso. Vinieron como invitados de la emperatriz rusa (y compatriota alemana) Catalina la Grande, quien prometió libertad religiosa, exoneración de impuestos y de reclutamiento militar. Desde entonces los menonitas locales han rechazado luchar, aun ofreciéndose para labores civiles de servicio.

Como país en desarrollo que solo ocasionalmente se asemeja a una democracia madura, las leyes de Ucrania sobre servicio militar no se parecen a las de la mayoría de Occidente. La objeción de conciencia carece de reconocimiento legal, y por ende no está protegida, bajo el régimen ucraniano actual de ley marcial, según la Oficina Europea por la Objeción de Conciencia, una organización de supervisión. Una sentencia del año pasado enfatizó aún más las débiles protecciones legales para quienes se resisten a la guerra: en abril, la Suprema Corte de Ucrania falló en contra de un testigo de Jehová que objetaba el alistamiento militar por motivos de conciencia religiosa. El individuo recibió una pena de tres años de prisión.

Enfrentándose al servicio obligatorio o a la prisión, los objetores en Ucrania parecen tener pocas opciones. Sin embargo, pacifistas activos como Korobtsov están encontrando maneras de cumplir sus deberes cívicos, distintas a las de otros ucranianos uniformados más ordinarios. Deberán persistir mientras continúe la lucha, y mientras la paz permanezca evasiva.

[.article__paragraph--cap]Tras concluir la visita en Nova Poshta, Korobtsov sigue su camino para encontrarse a almorzar con un amigo que lleva años evangelizando.[.article__paragraph--cap]

Durante el recorrido el capellán cuenta historias sobre cómo la guerra lo ha hecho cambiar. Antes de 2022 Korobtsov se sentía “más amable y virtuoso”, dice. Cuatro años después siente que el conflicto lo ha endurecido.

En más de una ocasión, me cuenta Korobtsov, ha llamado por teléfono a uno de sus contactos soldados ucranianos, y ha oído a un soldado ruso del otro lado de la línea. Las voces rusas han sido frías, hasta burlescas. Las conversaciones acaban pronto y no llegan a ninguna parte. “Bloqueo el número y ya está” dice. “No me quedo sentado, reflexionando. Tengo demasiado trabajo por hacer”. Agrega que lo más duro para él es perder soldados que no se han arrepentido de sus pecados.

[.article__paragraph--cap]Al llegar al restaurante Da Vinci, en la Avenida de la Catedral, la calle principal de Zaporiyia conocida por su longitud, Korobtsov saluda a su viejo amigo Konstantyn Chorny con un cálido abrazo. Los dos se conocen desde la escuela. Chorny se ofreció como voluntario en el ejército ucraniano en 2022, con cincuenta y siete años. En 2023 sufrió una grave herida de metralla mientras luchaba en la ciudad de Bakhmut, en el este, ahora en ruinas. Un proyectil, un fragmento de metal del tamaño de una punta de flecha, atravesó su muslo izquierdo. Otro fragmento separado formó una muesca profunda en su casco. Una lluvia de metal salpicó su peto. Chorny pasó ocho meses en el hospital, soportando cinco cirugías. Sus heridas fueron lo bastante graves como para dejarlo fuera de servicio permanentemente.[.article__paragraph--cap]

Korobtsov ha alentado a Chorny a interpretar su supervivencia en términos espirituales. El soldado cuenta que ha empezado a concurrir a una iglesia ortodoxa ucraniana. Korobtsov lo ha invitado a reuniones menonitas, hasta ahora sin éxito.

Chorny cree que Dios salvó su vida. Un ángel guardián debe haberle vigilado, dice, ahorrándole una herida más grave, o la muerte. Quizá Dios dispensó “algún tipo de misericordia” hacia él.

“Cualquier hombre creería en Dios luego de una experiencia como la mía”, dice Chorny.

Tras un abrazo final, Korobtsov pone rumbo hacia los suburbios del oeste de Zaporiyia. Pasamos por la famosa represa hidroeléctrica de la ciudad en el río Dniéper. La presa, otrora un proyecto de prestigio elogiado en toda la Unión Soviética, ayudó a conectar Ucrania a Rusia por buena parte del siglo XX. Ahora, el gigante herrumbrado se siente como una reliquia.  Muchos ucranianos anhelan superar los vestigios soviéticos como ese: una nueva infraestructura, emancipación de su vecino dominante y una paz duradera.

Mientras tanto, Korobtsov se dirige a su próximo destino para sembrar un poco de paz por su cuenta.

[.article__paragraph--cap]La sala de cirugía del Hospital del Distrito Central de Zaporiyia está llena de pacientes que, en su mayoría, son militares. Korobtsov reparte bolsas de plástico blancas con pasta y cepillos de dientes, galletas y otros artículos de uso diario, además de ejemplares de color verde claro del Nuevo Testamento en ucraniano.article__paragraph--cap]

Hombres (de edades tan dispares que algunos podrían ser padres de otros) deambulan por allí, matando el tiempo antes o después de sus operaciones. En un rincón, un acuario verde y mugriento burbujea. Un retrato de Taras Shevchenko, el poeta nacional de Ucrania, cuelga de la pared como un icono, iluminado por la deprimente luz fluorescente típica de todos los hospitales.

Korobtsov reúne a algunos hombres en una especie de sala de estar para realizar una breve ceremonia. Con rostros impasibles, los hombres esperan a ver qué tiene que decir el capellán. Korobtsov comienza con una oración, pronuncia un breve sermón y termina con otra oración.

Cuando Korobtsov me presenta como el “Amerikanksyi zhurnalíst” y pregunta si alguno hablaría conmigo, ninguno se ofrece a dar su opinión.  Tras insistir un poco, algunos acceden, con la promesa de que no se utilizarán sus nombres completos y de que no se les fotografiará el rostro. Respetando su privacidad y su reticencia, consigo hablar con algunos de los heridos en la guerra. Algunos de ellos volverán al frente tan pronto como se hayan recuperado.

Dmitro tiene treinta y cinco años y al día siguiente tiene una cirugía de pierna programada, seguida de un mes de rehabilitación antes de regresar a su unidad. Lleva siete años de servicio; un recordatorio de que la agresión de Rusia no comenzó en 2022 sino en 2014, con la anexión de la península de Crimea, al sur de Ucrania, y la invasión de menor escala de la región oriental de Donbás. Fue en Donbás donde Dmitro resultó herido. El hospital es acogedor, “normal”, en el sentido clásico eslavo.

Pero “yo no sé” sobre los días siguientes, dice. “Es demasiado pronto como para planificar”. Accede a que Korobtsov rece por él, y se pone de pie para persignarse y recibir la bendición al estilo ortodoxo oriental.

Svyatyslav tiene veintidós años, está convaleciente luego de una pequeña intervención. Prestó servicio en Donbás y en la región de Zaporiyia. Insiste en que no está cansado de la guerra: “me quedaré y lucharé el tiempo que haga falta”.

Cuando le pregunto si tiene hijos, solamente responde: “Gracias a Dios. No”.

A la vuelta, en su propia habitación, un soldado accede a hablar con más franqueza. Serhii Rulkov tiene cuarenta y seis años, hace tres días tuvo una cirugía en su estómago y en su pierna derecha. Es oriundo de Zaporiyia, y peleó por dos años. Su esposa, Natalya, está aquí para acompañarlo esta tarde; usa calcetines con pequeñas banderas de Ucrania, parte de la proliferación de todo lo azul y amarillo, tan habitual en el estilo urbano ucraniano desde 2022.

Rulkov muestra una foto de sí mismo en el frente, con un mechón en la frente y un bigote parecido al de una morsa. Cada uno de esos rasgos es característico de los cosacos de Zaporiyia, una tradición de guerreros a caballo. En el hospital, Rulkov lleva una camiseta verde militar con un tridente bordado, el símbolo nacional de Ucrania y otra imagen omnipresente de la solidaridad patriótica.

Al igual que Chorny, las heridas de Rulkov son lo suficientemente graves como para que sea dado de baja sin necesidad de volver a combatir ni de prestar servicio. Pronto se reunirá con su hijo, de veinte años, y su hija, de nueve.

Natalya señala la ironía de que la lesión de su marido, lo suficientemente grave como para la baja y lo suficientemente leve como para no matarlo, lo ha traído de vuelta a casa con su familia para siempre.  

“Está lastimado para siempre, pero al menos volvió vivo”, dice.

Korobtsov da un giro a la conversación hacia la fe. Ambos miembros de la pareja se definen como creyentes cristianos ortodoxos. Rulkov dice que se sintió “más cerca de la verdad” y de Dios mientras estaba en el frente, dada la claridad de pensamiento que exige estar poniendo en juego la propia vida. “Cuando vuelan los misiles, solo puedes rezar”.

Korobtsov ora por la pareja y su familia. Dejamos el hospital bajo la luz menguante del atardecer, avanzando hacia el este nuevamente a través del Dniéper.

[.article__paragraph--cap]La sesión de estudio de la Biblia luego del horario laboral en la iglesia menonita Nove Zhittya (Nueva Vida) ya está avanzada cuando llegamos, pero Korobtsov asume la dirección de la reunión apenas entra. Guiando el estudio de Lucas 19:1-10 sobre el recaudador de impuestos Zaqueo, que estaba tan entusiasmado por ver a Jesús y oír sus palabras, Korobtsov se enfoca en la esperanza de pecadores antiguos como Zaqueo, quien pudo recibir a Jesús mediante su arrepentimiento y descansar en su salvación.[.article__paragraph--cap]

Durante una pausa en la discusión, Korobtsov invita a todo aquel en la habitación a compartir algo sobre sí mismo, probablemente para hacerme el favor. Muchos vinieron desde pueblos periféricos, habiendo visto el combate o sus casas y comunidades dañadas. Varios han soportado algún período de ocupación rusa.

Una mujer, Natasha Volkova, de pelo rubio platinado y deportivos rosa igual de brillantes, dice, “Dios me trajo aquí”, a Nove Zhittya y a Zaporiyia. Sin embargo, su esposo, que lleva ya tres años sirviendo en el ejército, permanece lejos de casa. Mientras habla sobre él estalla en lágrimas. Korobtsov no emite comentarios.

Benyamin Velichko, de veintiocho, está visitando el grupo de estudio por primera vez, y planea volver a Nove Zhittya. No dice si está en el ejército, un tema sensible entre los varones ucranianos en edad de servicio. En cuanto a cómo sobrellevar la guerra, dice simplemente, “Mi fe me ayuda, por supuesto”.

Korobtsov ora para concluir la reunión y vuelve a salir a la camioneta. En la hora que estuvimos adentro, la noche se ha extendido sobre la ciudad como una alfombra. Debido al racionamiento de energía, sumado al éxodo de varios miles de habitantes, cada noche en Zaporiyia trae oscuridad profunda. Volvemos al Centro Reimer, donde comenzó el largo día.

[.article__paragraph--cap]En una habitación superior (la única iluminada en un edificio a oscuras) hombres y mujeres ancianos conversan y esperan en fila para servirse té. Esta es su hora semanal de socialización, organizada por los menonitas de Nova Nadiya. Dado el costo y la escasez de la calefacción, los participantes mantienen sus sombreros y abrigos. Entre las variadas disrupciones a raíz de la guerra, encuentros como este ofrecen a los adultos de Zaporiyia la oportunidad de interactuar cara a cara, y recordar que no enfrentan la guerra por sí solos.[.article__paragraph--cap]

El pastor Garushka habla primero, alentando a los ancianos a reflexionar sobre Efesios 4:31. La enseñanza parece apropiada, y desafiante, para una audiencia bajo amenaza mortal de un enemigo cercano. “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”, lee Garushka. Los ancianos asienten en concordancia, o simplemente miran hacia adelante sin reaccionar.

Garushka agrega un motivo algo menos bíblico para sentir gratitud. “Si despertamos en Zaporiyia esta mañana, alabado sea Dios”, dice sonriendo, y provocando sonrisas similares a lo largo del recinto.

Korobtsov, el único que viste pantalones de faena, sube al púlpito a leer 1 Corintios 9:16. Su elección parece resonar con la misión de vida del capellán militar. “Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme”, lee Korobtsov, citando al apóstol Pablo. “Porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!”

Korobtsov cambia lugares en el púlpito con Garushka, quien invita a discutir abiertamente los versículos y la enseñanza. El capellán me da un abrazo silencioso, luego baja las escaleras hacia la oscuridad, sin duda para planificar la jornada del día siguiente.

Su silueta que se desvanece parece endurecida, aunque intacta, por la guerra cercana.

Ha servido bien, y fielmente, peleando los quince asaltos de un boxeador durante este único día de servicio. Tal es la necesidad que carga en sus hombros. Evangeliza como si su trabajo, y la salvación de los demás, dependiera de ello. El pacifismo de Korobtsov es el más activo posible.

[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]