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Lo que aprendí el día que me ahogué

Una experiencia cercana a la muerte a los diecisiete años me ha acompañado desde entonces.

June 25, 2026

[.article__paragraph--cap]¿A quién amas? No debería hacer falta una experiencia cercana a la muerte para que nos venga a la mente una pregunta tan básica.[.article__paragraph--cap]

Poco después de graduarme de la preparatoria, fui a nadar a un lago con un pequeño grupo de amigos. Algunos de nosotros habíamos decidido conducir hasta un lugar apartado en el bosque, a un lago que todos conocíamos, para celebrar nuestro paso a la edad adulta. Había una enorme maraña de troncos flotantes en medio del lago, hacia la que nadamos y de la que saltamos como chicos que pensaban, como la mayoría de los adolescentes, que viviríamos para siempre. No había ningún socorrista, equipo de rescate, bote ni forma de que nos encontraran; sin embargo, no había razón para creer que algo pudiera salir mal.

Ese fue el día en que casi me ahogo.

Aunque entonces no lo sabía, esta historia, en realidad, comienza una generación antes de que yo naciera. El hermano de mi madre, de quien yo recibiría el nombre, acababa de graduarse de la preparatoria. Su iglesia organizó un pícnic a orillas del lago en honor a todos los recién graduados de ese pequeño pueblo agrícola. En ese pícnic de la iglesia, durante las festividades, mi tío se ahogó en ese lago.

Curiosamente, aunque llevaba su nombre, cuando me dirigí al lago tras mi propia graduación, nunca me habían contado la historia de mi tío. ¿Habría tomado mi vida un rumbo diferente si lo hubiera sabido? Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que mi propia experiencia en el lago ha sido un punto de referencia en mi vida durante todas las décadas posteriores.

Después de unas horas de saltar desde la maraña de troncos, llegó el momento de dirigirme a la orilla. Nadé la mayor parte del camino y luego, cuando ya veía la orilla, me hundí.

Siempre había sido delgado y nunca flotaba con naturalidad. Tras el esfuerzo del día, simplemente me había cansado demasiado como para llegar a la superficie y tomar mi siguiente bocanada de aire. Mientras me hundía hasta el fondo, con más de dos metros de agua sobre mí, podía ver la luz del sol refractándose a través de las olas titilantes.

Pero no fue lo que vi lo que me ha hecho pensar durante muchas décadas. Fue lo que oí. A medida que mi campo de visión se reducía, pude oír una conversación, y el tema era yo. Voces suaves y tranquilas: “No puede morir ahora. Aún no ha vivido”.

Y entonces, las voces se dirigieron a mí: “¿A quién amas? ¿Qué has aprendido?”.

Como un chico de diecisiete años, no tenía respuesta para ninguna de las dos preguntas. Me quedé flotando cerca del fondo, como si estuviera esperando un veredicto. La experiencia era como abrir una puerta equivocada y entrar en una reunión a la que no estaba invitado.

Sentí cómo la presión del agua me empujaba aún más hacia abajo; extendí los brazos y noté que una mano agarraba la mía para sacarme del agua. Era mi novia. Me llevó hasta la orilla, y yo me tambaleé hasta el tronco más cercano y caí sobre él.

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Mis amigos ya estaban charlando de nuevo, hablando de paseos y comida y de volver a casa, pero las preguntas seguían resonando en mi cabeza. No le conté a mi novia, ni a nadie, lo que acababa de experimentar. Cuando regresé a casa, tampoco se lo conté a mis padres.

Solo años más tarde me enteré de la muerte de mi tío y de lo similares que habían sido nuestras circunstancias. Mi madre seguramente habría muerto de pena si hubiera perdido a un hermano y a un hijo ahogados. Así que llevé ese recuerdo como una especie de brújula silenciosa, un compañero o un recordatorio de… Todavía no estoy seguro de qué. Nunca pude dejar de lado ese vistazo involuntario a una realidad contigua.

Desde entonces, he sentido, o al menos reconocido, una presencia que se cierne sobre cada uno de nosotros todo el tiempo. Algunos la han descrito como un velo que rara vez se levanta. Después de varias décadas, sigo sin comprender lo que vi y oí aquel día, aunque tal vez “comprender” no sea la palabra adecuada. El simple hecho de saber que existe una realidad más allá de lo que actualmente se puede comprender o medir es quizás el mayor regalo de todos. Sin embargo, más allá de este regalo, también siguen existiendo esas preguntas que siempre exigen una respuesta.

¿A quién he amado? A mi familia, sin duda, pero parece que mi amor debería tener un alcance mucho mayor y más profundo. ¿A quién —o a qué— amo de manera activa, deliberada, tal vez, incluso, con sacrificio? Por la forma en que me plantearon esta pregunta, la respuesta no podía ser una abstracción vaga; había que dar nombres y descripciones: en realidad, ¿a quién amas?

¿Y qué he aprendido? He leído y estudiado en muchos campos —desde la historia hasta la psicología, desde la ciencia hasta los negocios—, pero quizás la lección más importante que he aprendido es que nosotros, cada uno de nosotros, somos frágiles, hermosos, gloriosos y no tan diferentes unos de otros, sin importar cuán diferentes puedan ser nuestras apariencias.

No importa en qué creamos o de dónde vengamos; nuestra fuente última está más allá de la comprensión. Sin importar cómo lo expliquemos o lo neguemos, todos compartimos un destino común. Nuestros acentos, tonos de piel o ingresos puede parecer que marcan una diferencia, pero ese atisbo que tuve al otro lado del velo me muestra que todos nos enfrentamos a un final común que, en realidad, no es un final, ni siquiera un comienzo, sino una especie de continuidad, una transición hacia lo que parece ser una experiencia no del todo ajena.

Desde ese día, a medida que desarrollaba mi carrera y tomaba diversas decisiones en la vida, algunas de ellas me parecían más importantes que a mis compañeros. Y otras que parecían tan importantes para mis compañeros me parecían una pérdida de tiempo. En resumen, ese único momento inclinó mi vida y le dio un sabor que tal vez nunca llegue a comprender del todo, al menos hasta que me instale de forma permanente en mi hogar, en lo que algunas personas llaman el “otro lado”.

“Hogar” es una forma peculiar de describir un lugar donde nunca he estado. Puede que ni siquiera sea un lugar, pero es, en cierto sentido, más real que el mundo que veo y toco todos los días.

[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson[.smalltext]