Las virtudes masculinas que necesitamos más
Jesús nos muestra lo que significa ser hombre.
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Jesús nos muestra lo que significa ser hombre.
[.article__paragraph--cap]Cuando regresé a los Estados Unidos desde Europa en 2024, me sorprendió la frecuencia con la que me encontraba conversando con otros hombres sobre la “masculinidad bíblica”. Escuché los refranes habituales: “Los hombres de hoy son afeminados”, “La iglesia se está volviendo blanda” y “La forma de hacer avanzar el evangelio es que los hombres se vuelvan hombres”. Claramente, ya pasaron los días en que la “hipermasculinidad” o la “masculinidad tóxica” eran las culpables; ahora es la “feminidad”.[.article__paragraph--cap]
Hoy en día, esta idea de que el futuro del cristianismo depende de un proyecto de recuperación basado en el género no es marginal, sino cada vez más común. Se presenta a diario, directamente a los jóvenes, quienes absorben con entusiasmo su contenido. Consideren la reseña promocional del libro de Dale Partridge, La virilidad de Cristo: Cómo la masculinidad de Jesús erradica el cristianismo afeminado: “El cristianismo de hoy está obsesionado con el sentimentalismo, la pompa y una experiencia de adoración con iluminación tenue destinada a hacerte mover las caderas para Jesús”. Dale Partridge demuestra cómo la Biblia presenta la pura virilidad de Cristo y cómo esta debería restaurar radicalmente la masculinidad en la iglesia. Si bien parte de este lenguaje me resulta familiar de la cultura evangélica, la agudeza de la retórica se siente nueva.
Por supuesto, esta retórica se asemeja mucho al lenguaje utilizado en los ámbitos políticos. La misma lógica anima ambas críticas: una se burla de la iglesia actual por ser “femenina”, mientras que la otra tacha a los liberales de “afeminados”. La suposición tácita es que la feminidad es mala y la masculinidad es buena, incluso cuando no hablamos de hombres, sino de un partido político o una religión.
Esto me lleva de vuelta a mi propia infancia, pegado al sofá, viendo una grabación en VHS de un combate de la WWE a finales de los noventa. Mick Foley, luchando como Mankind, se enfrentó a The Undertaker en el combate conocido como “King of the Ring”, donde ambos luchadores terminaron encaramados en lo alto de una jaula de cinco metros. The Undertaker lanzó a Mankind fuera de la jaula, y este se estrelló contra una mesa que había debajo. De alguna manera, tras recuperarse, Mankind volvió a trepar, solo para ser lanzado con un chokeslam a través del techo de la jaula en una caída que ayudó a sellar el lugar del combate en la historia de la lucha libre. Mirando la pantalla, mi pulso se aceleraba mientras absorbía el caos.
De niño, esos momentos me parecían reales, casi sagrados, en su certeza. Veía a estos hombres como protectores, encarnaciones de fuerza y coraje, luchando por lo que creían o simplemente luchando para ganar. Aunque las historias estaban guionadas y las motivaciones eran inventadas, mi mente joven e impresionable no captaba estas distinciones. Lo que yo veía, en cambio, era un ideal de masculinidad: dolor absorbido sin quejarse, dominio demostrado en público y valor medido por cuánta violencia un cuerpo podía infligir y soportar.

A lo largo de mi infancia y adolescencia, mis ídolos reflejaban el mismo mundo machista que consumía como entretenimiento. Mis héroes del cine eran Jackie Chan y Jet Li, hombres capaces de enfrentarse a docenas de enemigos y salir ilesos, hombres que eran las figuras más valientes y audaces que podía imaginar. Los domingos, me encantaba ver a mi equipo de la NFL, los St. Louis Rams, animando a Kurt Warner, Marshall Faulk y Torry Holt, mientras dominaban el campo con poder y habilidad.
En mi mente, “ser varonil” significaba dar una paliza en la pantalla y en el campo de fútbol americano. Recuerdo ver la película original de Mortal Kombat una y otra vez, y luego The Matrix, completamente absorto. Me fascinaba lo genial que se veía todo, la coreografía de la violencia, la sensación de que pelear e, incluso, matar podían representarse como estilo, como confianza, como algo digno de admiración.
Al crecer, la masculinidad no fue algo que los hombres adultos de mi vida se sentaran a enseñarme, aunque se me mostrara de maneras sutiles. En cambio, me formé a través de la liturgia de los deportes, el entretenimiento y un conjunto de suposiciones poco sólidas sobre cómo se supone que debe ser un hombre. Sinceramente, no puedo recordar ni una sola conversación con un modelo masculino mayor sobre lo que era la masculinidad, ni en el grupo juvenil, ni en la escuela, ni en ningún otro lugar.
A medida que crecí, coseché el fruto de esta liturgia masculina. Los rasgos que absorbí —violencia, agresividad y dureza emocional— no se consideraban un lastre en el mundo del que provenía, sino que se alababan como virtudes. En la preparatoria, algunos de mis peores impulsos solo se atenuaban con el fútbol americano y la lucha libre, donde la agresividad podía redirigirse hacia algo disciplinado, incluso “productivo”. Y esta experiencia no fue exclusiva de mí; la compartían mis compañeros varones. Nos nutríamos de los mismos héroes, ideales culturales y demostraciones de dureza. Me llevó años, después de convertirme en cristiano, desaprender los hábitos que me habían formado y reconocer cuán profundamente estos valores habían moldeado mis instintos. Por eso me irrito cuando oigo a la gente decir que la iglesia se ha vuelto “demasiado femenina” y necesita volverse “más masculina”.
Encontramos una mejor comprensión de la masculinidad bíblica en David y Jesús. David era un guerrero de renombre, pero también era capaz de mostrar ternura. Cuando perdió a su mejor amigo Jonatán, no tuvo ningún problema en expresar afecto, derramar lágrimas y plasmar su amor en poesía (2 Sm 1:11-27). Jesús también expresó sus emociones sin vergüenza. Sí, expulsó al ganado con un látigo y volcó las mesas de los cambistas (Jn 2:14-17), pero también lloró ante la tumba de Lázaro (Jn 11:35) y por Jerusalén (Lc 19:41-42). Sea lo que sea la masculinidad bíblica, claramente da cabida al dolor, a la ternura y a la cercanía sin tratar nada de eso como debilidad (Jn 13:23-25). Más importante aún, Jesús no temía mostrar compasión y piedad, especialmente hacia los débiles y los marginados (Lc 10:25-37), y dijo que sus seguidores serían pobres de espíritu, mansos y misericordiosos (Mt 5:3-10).
Cuando me convertí en cristiano, uno de los dones más importantes que recibí fue la obra del Espíritu de hacerme honesto conmigo mismo. Aprendí a notar mis emociones en lugar de negarlas, y a prestarles atención sin dejarme dominar por ellas. Me sentí como si me hubieran dado nuevos ojos, una forma de ver mi vida más allá de mi ego y mi perspectiva limitada. En ese sentido, comencé, poco a poco, a verme a mí mismo como Dios me ve. Esa nueva visión me dio espacio para examinar mis motivaciones y acciones con claridad, y para rastrear los patrones que me habían llevado hasta allí. Comencé a reconstruir mi vida sobre valores diferentes, aprendiendo a preocuparme por los demás antes que por mí mismo, a escuchar en lugar de actuar y a reconocer a las personas vulnerables como preciosas a los ojos de Dios.
Nuestro momento cultural
Mientras atravesamos un momento cultural que trata la “afeminación” como un problema, sea lo que sea lo que esa palabra signifique, debemos prestar mucha atención a las virtudes que aún moldean a los jóvenes. Estamos en una encrucijada. Un camino se basa en la agresión, el dominio y el desprecio, llamando a todo esto “fortaleza”. El otro mira hacia la vida de Jesús —que terminó en la cruz—, donde la fuerza se mide por la moderación, el valor se expresa a través del sacrificio y la madurez se manifiesta en la ternura hacia los vulnerables.
Los pódcast protagonizados por pastores tatuados y “hombres varoniles” insisten en que los hombres deben volverse más masculinos. Al mismo tiempo, un ecosistema en auge de pódcast y plataformas, a menudo llamado la “manosfera”, está motivado y sostenido por las amenazas percibidas hacia los hombres debido a las normas sociales cambiantes. Esta esfera, definida en términos amplios, ofrece formación a través de figuras que transmiten dureza y dominio. La fantasía, a menudo moldeada en torno a hombres entrenados para matar o luchar como medio de vida, se ve reforzada por la retórica en las iglesias que advierte contra una cultura cristiana feminizada y una sociedad afeminada en general.
Como alguien que ha vivido y viajado ampliamente por Europa, el Medio Oriente y partes de Asia y África, he visto cómo las expectativas estadounidenses de masculinidad no solo son inusualmente intensas, sino también notablemente frágiles. Los hombres estadounidenses a menudo perciben a los hombres de otras culturas como menos masculinos, lo que sugiere que estamos consumiendo un tropo cultural y político, no un ideal atemporal. En otros países, me he sorprendido a mí mismo haciendo esto instintivamente, juzgando a los hombres como menos masculinos porque muestran el afecto de manera diferente, o se comportan de manera diferente, o no demuestran dureza de las formas en que me enseñaron a reconocerla. La rapidez de estas comparaciones me dice lo que necesito saber. La masculinidad estadounidense no es neutral. Es una liturgia cultural y, también, moldea nuestra sensibilidad. El problema no es que los hombres estadounidenses sean insuficientemente masculinos. Más bien, es que nuestra cultura ya ha restringido la definición de “masculinidad” de maneras poco útiles, glorificando la fuerza física, el dominio, el desprecio y el control.
Estoy totalmente a favor de la responsabilidad personal, la sabiduría financiera, los círculos sociales sólidos y los mentores masculinos. Los deportes también pueden ser una excelente manera de enseñar lecciones de vida. Muchos grupos de hombres, pódcast y libros abogan de manera útil por esas cosas. Pero la fijación obsesiva en una sociedad estadounidense “afeminada” y la propuesta de que debemos reafirmar las normas masculinas para sanar a la nación son erróneas. No quiero que nuestra sociedad o nuestras iglesias se vuelvan más masculinas. A través de la conversión, el arrepentimiento y la formación espiritual a la manera de Jesús, yo mismo finalmente he salido de la sombra de una masculinidad malsana, superficial y distintivamente estadounidense, y conozco su lógica deshumanizante y su desprecio por la debilidad. Este “ideal” no es algo que debamos desear, y no es bueno para nosotros. El camino que debemos seguir es recuperar las virtudes que nuestra cultura ridiculiza como débiles, virtudes que, de hecho, son semejantes a las de Cristo.
[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson[.smalltext]