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Cuando nos sentimos amenazados, elegimos naturalmente la certeza rígida en lugar de permanecer abiertos a la verdad. Efrén el sirio puede ayudarnos en ese sentido.
Cada año veo lo que ocurre entre quienes comienzan sus estudios teológicos.
Llegan con ojos brillantes y una firme convicción. Se nota en su entusiasmo, en la forma en que sacan apuntes como si cada palabra fuera a perdurar. La fe ha sido un hogar: estable, seguro, claramente trazado. Pero, en cuestión de meses, algo comienza a cambiar. Su lenguaje vacila. Sus certezas tiemblan. Las palabras que una vez dieron vida comienzan a parecer vacías. Y las preguntas se multiplican más rápido que las respuestas.
Algunos sienten que están perdiendo su fe. Otros, aunque aún no puedan nombrarlo, están siendo guiados hacia algo más profundo: una fe que ya no se basa en la certeza, sino en la confianza.
Estudiar teología no es como estudiar un fenómeno. No es un examen distanciado de Dios, como si fuera un objeto que hay que analizar. Es, más bien, como pararse frente a un espejo y darse cuenta de cuán parcial, cuán pequeña, ha sido siempre nuestra imagen de Dios. La teología, en su forma más auténtica, no es la ciencia de Dios. Es el lento desaprendizaje de todo lo que hay en nosotros que impide un encuentro con Dios.
Y ese desaprendizaje puede doler. Sacude las estructuras de la mente: el ansia de claridad, el miedo al error, la necesidad de tener razón. Para muchos estudiantes, esa sacudida se siente como una crisis. Pero, en realidad, es un paso hacia la madurez espiritual: el momento en que la fe comienza a madurar.
En el aula, veo cómo este proceso toma forma académica: aprender a escuchar otras voces, a comprender ideas que uno no comparte, a argumentar sin necesidad de defenderse. Pero, bajo el ejercicio intelectual, yace una disciplina espiritual: la disposición a permitir que la verdad sea más grande que la propia perspectiva.
Lo que ocurre en un aula también ocurre en la sociedad en general. Cuando el miedo se encuentra con la incertidumbre, naturalmente, buscamos la claridad en lugar de la verdad, la pureza en lugar de la presencia. En Suecia, esto salió a la luz recientemente en algo tan cotidiano como el debate sobre Halloween. La oscuridad misma se volvió sospechosa, como si meramente nombrarla invitara al peligro. En la superficie, fue una disputa sobre una festividad, pero puso de manifiesto una condición humana subyacente: nuestro instinto de dividir el mundo en lo que se siente seguro y lo que se siente amenazante.
Vemos el mismo patrón en nuestras iglesias, en la política e, incluso, en nuestras conversaciones en línea: ese impulso constante por clasificar, defender y excluir cada vez que el misterio nos inquieta. Sin embargo, la vida espiritual no puede prosperar si evitamos lo desconocido. Encontrarnos con Dios es arriesgarnos a la complejidad.
Louis Lozowick, Formas de la ciudad, óleo sobre cartón prensado con superficie texturizada de lienzo, 1922–1923. Dominio público.
La psicología contemporánea ofrece lenguaje para lo que la teología ha sabido durante años: la primera reacción de la mente ante el miedo es la división.
El psicólogo Aaron Beck lo llamó “pensamiento dicotómico”, el impulso de dividir la realidad en absolutos. Cuando estamos ansiosos, nuestra vida interior se convierte en un tribunal. Todo es correcto o incorrecto, bueno o malo, seguro o peligroso.
El ganador del Premio Nobel Daniel Kahneman demostró por qué ocurre. Bajo presión, el cerebro desactiva sus capacidades más lentas y reflexivas, y recurre a la creación instintiva de patrones. Ante la incertidumbre, nos aferramos a cualquier cosa que restaure la coherencia. La necesidad de control se vuelve más urgente que el deseo de verdad.
La neurocientífica Lisa Feldman Barrett ha ido aún más lejos. El cerebro, dice, construye el mundo a partir de los conceptos que ha aprendido. Lo que percibimos no es el mundo tal como es, sino el mundo tal como nuestras palabras y categorías nos permiten verlo. Si hemos entrenado nuestras mentes a pensar solo en términos de amenaza y pureza, nos encontraremos con una realidad peligrosa y contaminada, incluso cuando no lo sea.
Esto no es solo un hábito mental privado; se ha convertido en una arquitectura social. Lo que comienza como un mecanismo de defensa de la mente humana pronto se endurece y se convierte en ideología y política. Creamos altares digitales a la certeza: algoritmos que nos proporcionan claridad sin complejidad. Nuestra vida pública ha llegado a manifestar el mismo reflejo neuronal que en su día puso a la teología a la defensiva: la negativa a aceptar la ambigüedad.
Lo vemos en el discurso político, en el que los oponentes ya no están equivocados, sino que son malvados. Lo vemos en la economía de la indignación de las redes sociales, donde la adrenalina moral reemplaza a la imaginación moral. Lo vemos en las comunidades, tanto religiosas como seculares, en las que la pertenencia depende de adoptar el tono correcto de indignación.
Estos no son fenómenos separados; son síntomas del mismo miedo humano. Cuando nuestros sistemas nerviosos se inundan de incertidumbre, no buscamos comprensión; buscamos control. Y los mismos patrones que fragmentan nuestras sociedades fragmentan nuestras iglesias. Las mismas estructuras mentales que hacen frágil a la democracia hacen rígida a la fe.
Es fácil imaginar que esto es algo que ocurre “ahí afuera”: en la política, en la cultura, en otras personas. Pero la línea nos atraviesa a cada uno de nosotros. La mente que simplifica la realidad para sobrevivir es la misma mente que construye muros de creencias para sentirse segura.
Cuando esa estructura se endurece, cuando toda una sociedad o iglesia comienza a vivir dentro de ella, se vuelve peligrosa: una rigidez colectiva confundida con pureza. Las comunidades comienzan a hablar no con confianza, sino con defensa. Se convierten en circuitos cerrados de protección en lugar de cuerpos vivos de comunión. El patrón se repite: cuando los cimientos internos tiemblan, el reflejo no es la curiosidad, sino el control.
Eso es humano. Pero cuando toda una civilización responde de esa manera, se convierte en una crisis espiritual. Una vez que el miedo define los límites, quienes piensan de manera diferente se convierten en enemigos en lugar de en interlocutores. Dejamos de escuchar la verdad y comenzamos a vigilarla. Dejamos de buscar la sabiduría y comenzamos a buscar la seguridad.
La verdadera crisis de la iglesia, creo, no es la secularización, sino algo más sutil: un miedo cognitivo y espiritual a la incertidumbre que se ha confundido con la fidelidad. Y la crisis de nuestro mundo —política, cultural, digital— proviene del mismo miedo, amplificado e integrado en todos los sistemas que premian la velocidad sobre la reflexión, la emoción sobre la empatía, la pureza sobre la paradoja.
Quien cree que la luz debe protegerse ha olvidado la naturaleza de la luz. La luz no teme a la oscuridad. No puede ser contaminada por ella.
La antigua tradición siríaca lo sabía bien. Efrén el Sirio, uno de los primeros poetas-teólogos de la iglesia, no pensaba en opuestos, sino en paradojas. Para él, la realidad no estaba dividida, sino entretejida. Lo divino se revela a través de lo humano; la luz, a través de la sombra; la vida, a través de la muerte. Para Efrén, la paradoja no es un fallo de la lógica: es la lengua nativa de la verdad divina. Dios no puede ser capturado en una definición; a Dios hay que cantarlo. La teología de Efrén es circular más que lineal: se mueve en espirales de símbolo y canto. Él no explica el misterio, lo deja resonar.
En tal teología, la contradicción no es una amenaza, sino un camino. La paradoja abre lo que la dicotomía cierra. Nos enseña que la realidad misma está tejida de tensión: luz y oscuridad, fuerza y fragilidad; no como enemigos, sino como ritmos en una sola creación.
Quizás esa sea la sabiduría que hemos perdido: una visión de la fe y la razón que no teme a la complejidad, sino que se forma a partir de ella. La fe madura, entonces, no consiste en aferrarnos con más firmeza a lo que ya sabemos. Consiste en permanecer atentos a la pregunta. Sabe que el misterio no puede resolverse, solo profundizarse. Recuerda que la encarnación misma significa esto: Dios no huye de lo humano, sino que entra en él. Vivir con tal fe es renunciar a lo binario. Es ver el mundo tal como es: entrelazado, quebrantado y completo a la vez. Es comprender que nuestra tarea, ya sea como iglesia o como sociedad, no es trazar líneas entre lo santo y lo profano, lo puro y lo impuro, lo correcto y lo incorrecto, sino dar testimonio de que la luz y la oscuridad pertenecen a la misma creación.
Lo que vemos ahora en nuestro lenguaje público —las condenas rápidas, el miedo a la diferencia, la obsesión por la pureza— es solo un síntoma superficial de un patrón más profundo: la confusión de la fe con el control, de la verdad con la pertenencia. En cada generación, necesitamos que se nos recuerde que el evangelio no se trata de escapar del mundo, sino de la entrada de Dios en él.
Quizás nuestra tarea hoy no sea creer con más fuerza, sino creer más profundamente. No ganar debates, sino redescubrir la confianza. No separar la luz de la oscuridad, sino permanecer en la oscuridad el tiempo suficiente para que la luz aparezca en ella.
La fe no es tener una respuesta, sino el valor de permanecer con la pregunta hasta que la luz tome forma lentamente en la oscuridad.
Traducción de Coretta Thomson
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