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    stainless steel sculpture of a hawk

    Todas las cosas buenas llegan por gracia

    Un artista de Bruderhof da forma al acero, el bronce, la arcilla y la madera para honrar al Creador.

    por Chris Voll

    lunes, 27 de abril de 2026

    Otros idiomas: Deutsch, English

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    A mediados de sus veinte años, Barney Boller era aclamado como una estrella en ascenso entre los artistas de la vida silvestre, pero se alejó justo cuando estaba alcanzando el éxito. Es una historia fascinante. El problema es que, más de dos décadas después, Barney no está particularmente interesado en contarla.

    “No lo centres en mí”, dice. “Las habilidades artísticas no son algo de lo que puedas atribuirte el mérito, no si eres honesto sobre el origen de tu talento. El simple hecho de poder formar parte del proceso es en sí mismo una maravilla y un misterio. Y cuando la gente dice que tu arte apunta a Dios, el artista supremo, es una alegría y una bendición inexpresables. Ese es el verdadero corazón de un artista, no lo demás”.

    Y, sin embargo, como él mismo admite, es lo demás lo que le trajo hasta aquí.

    Barney, el menor de nueve hijos de Magdalena y Christoph Boller, creció en un hogar creativo en New Meadow Run, una comunidad del Bruderhof en las montañas Apalaches al suroeste de Pensilvania. Su padre era un consumado alfarero, carpintero y tornero, al que le encantaba tocar Volkslieder alemanas con su violín antiguo; su madre, una artista folclórica y maestra de jardín de niños con talento para contar historias. Sus hermanos mostraban una gran variedad de habilidades en las artes, la artesanía y la música. Su hogar era un hervidero de actividad artística, pero siempre había tareas que hacer. Los sábados, mientras sus amigos jugaban a la pelota, Barney ayudaba a su padre a cortar y apilar leña.

    bronze sculpture of an otter

    Barney Boller, Torpedo, escultura en bronce, 1998. Todas las fotografías cortesía de Barney Boller.

    Pero este chico alto y desgarbado también tenía tiempo para escaparse al bosque y al campo, donde utilizaba su navaja para tallar bastones o fabricar arcos y flechas. Atrapaba ardillas y conejos, y los diseccionaba para estudiar sus pieles, tendones y órganos. Probó la taxidermia y ayudó a despiezar ciervos, desollándolos para curtirlos. En invierno, Barney pasaba horas en el taller de cerámica de su padre, donde Christoph fabricaba vajillas para regalar a sus amigos o venderlas con fines benéficos. Habiendo crecido en condiciones de pobreza en Paraguay, Christoph siempre buscaba ayudar a los demás. (En una ocasión, las ventas de su cerámica financiaron la compra de varias vacas lecheras para una comunidad cristiana que se estaba formando entre los indígenas aimaras del Altiplano boliviano).

    Christoph intentó enseñar a Barney a tornear arcilla, pero, inevitablemente, los intentos del niño salían desequilibrados y, al acelerar la rueda, salía volando del torno y aterrizaba sin ceremonias en su regazo o en el suelo. Abandonando las tazas y las teteras, modeló diseños para gatillos de ballestas y otros inventos.

    Barney, un niño revoltoso y rebosante de energía creativa, pasó sus años escolares dando tumbos, pero soñaba con convertirse en cirujano. Cuando terminó la preparatoria, aceptó que era un sueño difícil de alcanzar. Encontró trabajo en la fábrica de una comunidad del Bruderhof en Rifton, estado de Nueva York, montando dispositivos médicos, pero lo que le llamó la atención fue el taller de soldadura. Barney se acercó al capataz y le aseguró que era un buen soldador. “No lo era”, confiesa. Pero consiguió el trabajo. “Tuve que convertirme en un soldador de calidad de producción de la noche a la mañana. Pasé la primera semana trabajando hasta tarde, corrigiendo mis errores cuando no había nadie alrededor”.

    Si el capataz se dio cuenta, no lo dijo. Barney siguió adelante. “Me propuse convertirme en el mejor soldador de la historia, no solo bueno, sino el mejor”, recuerda. “¿Arrogante? Claro. Pero también era mi forma de validar mi autoestima”.

    stainless steel sculpture of a hawk catching a snake

    Barney Boller, Pillado desprevenido, escultura en acero y acero inoxidable, 1996.

    El novelista Norman Maclean, gran conocedor de la naturaleza y de la disciplina artística, aprendió de su padre, que era clérigo, que todas las cosas buenas “vienen por gracia, y la gracia viene por el arte, y el arte no es fácil”.

    Bajo su casco Speedglas, Barney estaba aprendiendo, al menos, la última parte de esta máxima. El arte no es fácil. Pero perseveró. Tomó clases de metalurgia en el centro formativo superior, se presentó a los exámenes estatales de soldadura y obtuvo certificaciones; incluso viajó a Inglaterra para obtener la acreditación. La ilusión de estudiar medicina se había desvanecido hacía tiempo. Ahora, como jefe del departamento de soldadura de la empresa, creó un programa de formación y asistió a ferias comerciales por todo el país.

    Un día, todas las muestras de prueba que había tallado, y que había expuesto en el taller, desaparecieron. “Probablemente, un amigo mío se cansó de mi actitud presumida”, supone Barney. Durante una merienda, decidió soldar no otra pieza de prueba, sino algo realista. Moldeó trozos de chapa metálica para formar escamas, apretó material cuadrado para crear un pico y creó su primera escultura soldada: una criatura, algo así como un cruce entre un grifo y un armadillo.

    a sculpture artist welding

    Las cosas se aceleraron rápidamente. El propietario de un negocio local vio la pieza y la compró por una buena suma. Barney siguió creando. Sus primeras piezas dieron lugar a criaturas más caprichosas, productos lúdicos de su imaginación. “Al principio, me centré en mostrar mi dominio del arte de la soldadura, o incluso en ir más allá para intentar hacer lo impensable o inimaginable”, afirma.

    La vida silvestre pronto se convirtió en su tema. Esculpió águilas en pleno vuelo, recortando las plumas de las alas una a una, y sus presas: conejos aterrorizados, congelados entre terribles garras. Cada pieza le llevó semanas. “Nada fue fácil”, recuerda. “Pero mis años pasados al aire libre y mi amor por las aves y los animales me fueron de gran ayuda. Para hacer justicia a la creatividad de Dios, tuve que estudiar anatomía y descubrir la disposición perfecta de los músculos, el pelo o las plumas”.

    “Fue gratificante descubrir cosas que no sabía que poseía. Mi habilidad técnica, ganada con mucho trabajo, fue la clave para desbloquear lo que estaba latente en mí. Poco a poco, mis instintos creativos emergieron, como si salieran de la hibernación. Sabía que no podía atribuirme el mérito de esos dones”.

    Cuando Barney decidió unirse al Bruderhof, sabía que eso significaba renunciar a sus ambiciones personales y a su carrera profesional para abrazar una vida compartida al servicio de una causa común. Pero la comunidad es también un entorno maravilloso para el florecimiento de los talentos y los dones, y cuando los de Barney se hicieron evidentes, le ofrecieron tiempo y apoyo para dedicarse a su arte. Su hermano Hans se convirtió en su gerente comercial.

    A finales de la década de 1990, Barney pasó de las esculturas soldadas a la fundición en bronce de sus creaciones. “Esto me abrió un mundo completamente nuevo”, explica Barney. “La arcilla me liberó de las limitaciones del acero. Descubrí la misma alegría que debió sentir mi padre. Una empresa local fundía mis bronces, pero gracias a mis habilidades con el metal, yo mismo los montaba y acababa. Esto me dio la oportunidad de experimentar con diversos tratamientos con ácido para crear pátinas distintivas”.

    Para entonces, sus esculturas ya llamaban la atención, ganaban premios y adornaban museos y colecciones privadas de todo el mundo: primer puesto en la Florida Wildlife Exposition; honores como escultor invitado en la Northeast Wildlife Expo de Providence, Rhode Island; exposiciones en la Watson’s Wildlife Art Gallery, Delaware; instalaciones públicas en el Benson Sculpture Garden, Colorado; entrada en la colección permanente del Museo de Arte de Glasgow, Escocia; subastas en Christie’s, Londres, y Sotheby’s, Nueva York.

    “Fue una locura”, admite. “Pero también vi cómo el ego puede destruir a los artistas. Pronto me di cuenta de que la fama no es un fin en sí misma. Si el amor propio es tu motivación, estás asegurando tu propia ruina”.

    stainless steel sculpture of a hawk

    Barney Boller, Pillado desprevenido, escultura en acero y acero inoxidable, 1996 (detalle).

    Al casarse y convertirse en padre, su enfoque cambió. Los viajes perdieron su encanto; prefería estar en casa. En lugar de los elogios, su motivación pasó a enfocarse en honrar la creación de Dios a través de su obra artística.

    Tras diez años dedicándose a la escultura, Barney llamó la atención de Joseph A. Hardy III, un multimillonario que le ofreció un encargo deslumbrante para una serie de esculturas —la mayor de estas, un par de ciervos de siete metros y medio— para su campo de golf aprobado por la PGA. Barney hizo un pequeño modelo de arcilla, Hardy voló a Nueva York y cerraron el trato.

    Entonces, todo cambió. A su padre le diagnosticaron un cáncer generalizado, con un pronóstico de semanas, no de meses. Barney se enfrentó a una elección: aceptar el encargo de su vida o pasar el tiempo que le quedaba a su padre a su lado. “Había dedicado mi corazón y mi alma a crear obras de arte”, dice. “Pero sabía que mi primera lealtad era hacer lo que más importaba, y los días de mi padre estaban contados”. Abandonó el encargo.

    Barney pasó los últimos cuatro meses de la vida de su padre cuidándolo. “Quizás solo él entendía realmente lo que me costó renunciar a mis sueños”, afirma. “Nos acercamos de una forma que nunca hubiera podido antes, y descubrí que el valor de dar prioridad al amor entre padre e hijo superaba con creces cualquier sueño o logro artístico”. Desde un punto de vista profesional, “fue una decisión estúpida, pero si tuviera que volver atrás, la volvería a tomar”. Todas las cosas buenas llegan por gracia.

    two men making pottery

    Barney trabaja con su padre en el taller de cerámica, 2002.

    Tras la muerte de su padre en 2002, Barney y su esposa, Rhoda, centraron sus energías en su creciente familia. Se mudaron varias veces, y Barney exploró otros trabajos, lejos del acero y el bronce.

    En 2016, se trasladaron al norte del estado de Nueva York para cuidar un campamento de su iglesia, de varios cientos de acres de naturaleza salvaje en el parque Adirondack. Barney volvió a estar rodeado de osos, coyotes, alces, peces y águilas, que habían inspirado su producción creativa.

    wood chainsaw sculpture of two fish

    Barney Boller, Marlin & dorado, cerezo negro con base de pino blanco.

    Fue Rhoda quien sugirió a Barney que probara a tallar con motosierra. “Ella sabe que las salidas creativas me aportan paz”, dice él. Afiló su Stihl. “Siempre había considerado la talla en madera un arte menor, pero me esperaba una desagradable sorpresa. A diferencia de añadir arcilla o metal, tallar significa cortar. Un corte incorrecto puede ser imposible de arreglar. Y existe un riesgo constante de que se agriete y de que surjan problemas extraños con la veta”. Persistió, optando por talar sus propios cerezos y robles en lugar de utilizar las maderas blandas tradicionales para tallar, añadiendo detalles finos con herramientas manuales, y desarrollando procesos para secar las esculturas y evitar que se agrieten.

    Hoy, las tallas de madera de Barney vuelven a ganar premios. Eso no es importante para él. “Para ser sincero”, dice, “siempre me he considerado más un artesano que un artista. Pero tal vez sean lo mismo, si tu corazón está en el lugar adecuado. La posibilidad de crear en tres dimensiones lo que brota de mi interior es lo que sigue emocionándome y motivándome”, añade. “Y si mis esfuerzos pueden ayudar a otros a apreciar más profundamente el arte inimitable del Creador en la belleza del mundo natural, entonces soy feliz”.

    a sculpture artist posing by one of his creations

    Barney Boller detrás de su obra Vizsla húngaro, cerezo negro. Se puede mirar más obras suyas acá.


    Traducción de Coretta Thomson

    Contribuido por ChrisVoll Chris Voll

    Chris Voll vive en Danthonia, una comunidad Bruderhof en Australia.

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