A las ocho de la noche termino de leer el cuento para dormir de mi hijo, y le digo que es hora de llamar a Tata y Pati; sus abuelos, como se les llama en tamil.

La rutina es la misma todas las noches. Mi padre atiende la videollamada y le grita a mi madre al otro lado de la habitación: “¡Ven a hablar con los niños!”. Ya amaneció en Bangalore, India, donde viven mis padres. Mi madre está a medio metro de la televisión, viendo en vivo un devocional en un templo hindú. Necesita anteojos, pero nunca los usa, así que se inclina hacia la pantalla, entrecerrando los ojos. Cuando mi padre la vuelve a llamar, accede sin protestar y cojea hacia el teléfono que sostiene mi padre.

“Muéstrame tu juguete. ¿Cuál llevas hoy?” le pregunta en un inglés entrecortado a mi pequeño de cuatro años. Él levanta su última creación de Lego. Hoy es una nave espacial, con un ala roja a un lado y una azul al otro. “Mmm, muy bello, muy bello”, dice mientras él se la describe. Por unos tres o cuatro segundos sus ojos se iluminan, como si alguna ventana dentro suya se hubiera abierto. Luego vuelven las sombras. Se voltea y le dice a mi padre en tamil: “Ya está, quítalo, quítalo”, y regresa a la televisión. Volveremos a intentarlo mañana.

Si me hubieras preguntado a la edad de mi hijo qué era la belleza, hubiera apuntado hacia mi madre. En una foto mía con cuatro años estoy junto a ella, sosteniendo mi bicicleta verde. Aún puedo sentirla corriendo a mi lado en el desierto caluroso de Omán, donde crecí: una mano en el respaldo, estabilizando la bici y riendo mientras aprendo a mantener el equilibrio sin rueditas. Es una de las pocas memorias que tengo de ella siendo plenamente feliz sin esfuerzo. En otra foto de esos años me encuentro de pie en el sillón, besando su mejilla mientras ella sonríe radiante hacia la cámara. Pero no recuerdo ese momento ni haberla besado. Esa clase de momentos desaparecían pronto a medida que la mente de mi madre se enfermara severamente. Y mientras progresaba su esquizofrenia, sin tratarla, no cambiaba solo ella, sino la forma en la que yo procesaba la belleza.

Todas las fotografías cortesía de Brandon Vaidyanathan.

Hay dos tipos de belleza. Uno es el que llamaría belleza guionada. Esta es la belleza para la cual tenemos guiones culturales, el tipo que reconocemos y premiamos. La vemos en los físicos atractivos, objetos hermosos, en hogares perfectos con parejas enamoradas sonriendo en fotos familiares. La belleza guionada no tiene por qué ser superficial: puede estar llena de significado y anhelo, y su ausencia de la vida de uno puede sentirse opresiva. El segundo tipo es el que yo llamo belleza revelada; el tipo que suele permanecer oculto, pero que a veces se revela sin ser invitado en momentos de resplandor y reconocimiento cuando algo sorprendente irrumpe.

Importa poder distinguir estos dos tipos de belleza. La belleza guionada tiene su lugar; nos ayuda a respetar las normas y el orden de nuestras vidas. Pero si nos detenemos ahí, confundimos belleza con conformidad. Acabamos lastimando a quienes no pueden seguir los guiones, y nos volvemos inconscientes de su belleza. El valor completo de una persona nunca es evidente a simple vista; permanece velado a nuestros ojos. Y al perseguir la belleza guionada, perdemos de vista el tipo más profundo. No sabemos cómo buscarlo; ni siquiera notamos que está ahí.

Mi madre, al cabo de pocos años, pasó de trabajar como doctora a quedarse sola en casa todo el día, sometida a una intensa preocupación, escudriñando la habitación con la intensidad de alguien que siente un enemigo cercano, hablando horas con presencias invisibles. Nunca supe qué desató su enfermedad. Sus guardias nocturnas trabajando en un hospital en soledad probablemente no ayudaron; renunció cuando yo tenía seis. Tal vez fueron los días largos que pasó sola en casa, sin familia ni amigos, sin el respaldo del idioma y las costumbres. La vida en Omán como trabajador invitado puede generar ansiedad a cualquiera; siempre eres extranjero, nunca en casa, tu visa a una decisión administrativa caprichosa de ser revocada, forzándote a regresar a tu país natal donde el trabajo estable es aún más precario. La genética, la neuroquímica, y otras formas de estrés desconocidas pudieron jugar su papel, pero no sabía nada de esto, y jamás hubiera podido detectarlo desde afuera.

Si me hubieras preguntado a la edad de mi hijo qué era la belleza, hubiera apuntado hacia mi madre.

Probablemente tampoco ayudaba que fuéramos brahmanes, el rango más alto en la jerarquía de castas de India. En nuestro mundo la mente lo era todo. Llevar una vida respetable significaba convertirse en médico, ingeniero o científico. Aquí había otra forma de belleza guionada: debías ser excelente en matemática, probar el poder de la razón. El logro más importante de mi madre fue la medalla dorada que obtuvo por ser la mejor de su generación en la universidad de medicina. Ese era el tipo que su comunidad sabía admirar. Apareció destacado en el anuncio clasificado que su familia publicó en el periódico para provocar propuestas de matrimonio. Pero ¿qué pasa con tu valor, tu belleza, cuando pierdes la cabeza?

Una tarde, volví a casa de la escuela y la encontré gritándole a un visitante invisible. Decía que un mago había aparecido en nuestro apartamento, y era el responsable de que mi padre perdiera su trabajo. Le hablaba en tamil y en inglés, con sus ojos bien abiertos y sus labios tensos. Cuando mi padre sugirió que viera a un psiquiatra, ella estalló con ojos ardientes: “¿Crees que estoy loca? ¡Soy doctora! ¡Medallista de oro!”.

No estaba al tanto de que la anosognosia, la inhabilidad de reconocer la propia enfermedad de uno, es un síntoma común de la esquizofrenia. A mí me parecía negación testaruda, lo cual solamente aumentaba mi frustración. Mi propio discurso endurecido se volvió desprecio y maldiciones. Había decidido que la mujer frente a mí era un problema con el que lidiar, y la resentía, y a mi padre también por no hospitalizarla.

Las películas de Bollywood que mi madre solía mirar presentaban madres sensibles y sacrificadas, alimentando a sus hijos con afecto radiante. Fantaseaba sobre cómo sería crecer en un hogar donde se invitaran amigos, donde pudieras sentir que pertenecías. Los amigos de mi madre nos saludaban con afecto, y nos invitaban a sus ordenadas salas de estar. “Pasen, pasen, siéntense”, nos decía una amiga de mi madre mientras ponía la mesa, donde la familia comía reunida, a diferencia de nosotros. Era la belleza de una hospitalidad reconocible y esperada, una ausente en mi hogar. Mi madre fruncía el ceño y refunfuñaba cuando me daba de comer; comía sola en la cocina, encorvada sobre la encimera, murmurando para sí misma. Nada de esto encajaba en el guion. Y, por ende, nada de esto era bello, y lo repelía, produciéndome vergüenza y disgusto.

Este disgusto no era la única respuesta hacia mi madre; se convirtió en una forma de leerme a mí mismo. Si la belleza era la condición para pertenecer, entonces su ausencia significaba la exclusión y el rechazo. Aprendí a retroceder no solo de ella, sino también de lo que temía en convertirme, y eventualmente de todo lo que había en mí que no coincidía con el guion. Los estándares que solía juzgar en ella se convirtieron en los que aplicaba a mí mismo.

Nuestra cultura obsesionada con la apariencia nos entrena a medirnos por unas formas de belleza muy particulares, al costo de la salud, la libertad e incluso del amor.

Esto siguió alimentando mi resentimiento hacia mi madre. Me convencía de que, si ella solamente hubiera seguido los guiones de hospitalidad y afecto, habría sido más popular en clase. No había nada de malo en una habitación ordenada o un anfitrión acogedor; en muchos hogares esos son los primeros lenguajes de la belleza. Pero usaba esos estándares para castigar a la persona a quien ya no se ajustaban. Lo presentable se convirtió en el precio condicional del amor. 

Una manera en la que esta forma de belleza infecta a la sociedad es a través de lo que la psicóloga Renee Engeln llama “enfermedad de la belleza”. Nuestra cultura obsesionada con la apariencia nos entrena a medirnos a nosotros y a otros por unas formas de belleza muy particulares, al costo de la salud, la libertad e incluso del amor. La investigación de Engeln se enfoca en los efectos de los estándares de la belleza en las mujeres, pero he visto el mismo mecanismo funcionando en mi propia vida. Dichos estándares, según Engeln, son a menudo reforzados por los medios, pero más aún por los miembros de la familia cuando juzgan a sus cónyuges e hijos. En mi propio hogar, medía a mi madre por los guiones que ya no podía seguir. Cuando la belleza se reduce a lo que es legible a través de nuestros guiones, gastamos nuestra energía escrutinando lo que está a la vista y perdemos la capacidad de ver el valor de una persona.

Mi padre y mi hermano menor, en cambio, nunca parecieron víctimas de esta ceguera. De alguna forma, eran capaces de reconocer en mi madre una belleza que yo no veía. No sé por qué fue más fácil para ellos, si por temperamento, costumbre o gracia. En mi caso, fue necesaria una conversión.

Poco después de cumplir diecinueve años, a través de una serie de eventos inesperados, me convertí en cristiano. Es una historia demasiado complicada para contar aquí. Pero me abrió a un nuevo tipo de belleza que no está guionado. Lo que llamo belleza revelada es este resplandor; la forma en la que la realidad brilla tal y como es en esencia.

Me encontré con este tipo de belleza en personas y experiencias que desconcertaban a mi viejo criterio de belleza guionada: un mentor en la iglesia que vio en mí más valor del que yo podía ver; aprender acerca de la Madre Teresa, que podía ver a Jesús en los más pobres de entre los pobres; hacer voluntariado en comunidades de El Arca y amigarme con personas con discapacidades motrices en quienes encontré una alegría y dignidad innegables. Ser cristiano me hizo reconocer que mi valor no yacía en rendimiento, pulido o belleza convencionalmente guionada. Por el contrario, estaba dada, por Alguien que me amaba y me consideraba hermoso. Y si eso era cierto para mí, entonces también lo era para mi madre. Aceptar que Dios se complacía en mí era aceptar que ella era igual de valiosa a sus ojos, sin importar sus capacidades. Como resultado, poco a poco empecé a verla de otra manera y aprendí a encontrar en ella otro tipo de belleza.

Tomás de Aquino identifica el resplandor o claritas como un criterio clave de la belleza: el esplendor de un objeto que hace inteligible su esencia interior. Un psiquiatra me dijo hace poco que este concepto describe acertadamente dónde encuentra la belleza en su trabajo, en los momentos en que reconoce los destellos de carácter que la enfermedad no puede borrar; las miradas y gestos fugaces cuando la verdadera personalidad de su paciente sale a la luz. No se trata de la claridad del orden o la perfección, sino de contemplar a la persona que hay detrás del síntoma. Y eso es realmente algo por lo que alegrarse.

A mi madre solo la diagnosticaron diez años después de que comenzara su enfermedad, cuando mi padre logró engañarla para ir a consultar. Pero los medicamentos que tenían la intención de ayudar a su mente terminaron haciendo un desastre en su estómago. Después de años de intentos fallidos, su psiquiatra concluyó que la vida de mi madre sería más cómoda sin medicación.

Hoy no puede mantener una conversación por más de medio minuto. Incluso en persona, se voltea tan rápido como a través del teléfono. Pero hay momentos regulares, como cuando mis niños le muestran su última creación de Legos en cámara, en que su rostro se vuelve brevemente transparente con alegría. En esos pocos segundos, su atención, que la enfermedad envuelve a menudo, se centra por completo en otra persona. Sospecho que en esos momentos ella también encuentra la belleza.

Ver belleza en mi madre nuevamente es una obligación de atención. Significa negarse a que la legibilidad sea el precio del amor. Significa conciliar el hecho de su enfermedad con el honor que le corresponde como persona. Eso significa llamarla todos los días con mis hijos, e incluso cruzar océanos en un vuelo largo e incómodo una vez al año, con la esperanza de un encuentro, para que puedan ver en ella no solo la extrañeza, sino también la chispa.

La belleza guionada es fácil de procesar; nos entrena, nos encanta, y nos ayuda a ordenar nuestras vidas. La necesitamos. Pero descuidamos otra forma de belleza más demandante. Puede no satisfacer nuestras expectativas y, de hecho, hasta ofenderlas. Nos exige más de nuestros ojos. Llega sin ser invitada y pide paciencia y humildad. Llega en la debilidad y no en la fuerza. Y percibirla puede requerir algún tipo de conversión; ya sea de fe o de atención.

Valorar dicha belleza revelada es entrenarnos a prestar atención a lo que fácilmente se pierde, a esperar el resplandor en la superficie. A reconocer que la presencia es más importante que la presentación.

Solía pensar que la belleza había abandonado a mi madre, pero estaba equivocado. Lo que había desaparecido era la belleza guionada que estaba entrenado para buscar. Aprender a mirar nuevamente me ha enseñado a esperar por la belleza que se revela a través de sus ojos. Esa belleza no ha sanado su enfermedad. Pero me ha ayudado a recordar qué significa ser su hijo.


Traducción de Micaella Amarilla Zeballos