tierra y cada paisaje corriente,
me parecían
ataviados de luz celestial.
—William Wordsworth
Durante las madrugadas de otoño, cuando paseo a mi perro por el bosque de arces azucareros detrás de nuestra casa, puedo ver el mundo fácilmente con los ojos del joven Wordsworth. Un resplandor carmesí ha comenzado a cubrir las montañas Hudson cuando Ajax molesta al ciervo de ocho puntas que disfruta yacer en la hondonada. Esto sucede casi todas las mañanas, y el ciervo despreocupado se aleja por la maleza, ondeando bandera blanca. Ajax se lanza en persecución, pero frena en seco cuando recuerda “no persigas ciervos” y mira atrás con aire culpable. Nos acercamos a la superficie humeante del lago, salpicada de hojas amarillas. Como de costumbre, la gran garza azul caza ranas entre los juncos. Se detiene al sentir nuestra presencia, y aletea sin prisa hacia la orilla opuesta. Esperamos, codo a codo, observando el ascenso de la lubina negra.
Luego aparece el sol. Los lingüistas dicen que la palabra para el amanecer es de las más antiguas en las lenguas Indoeuropeas; es una diosa, cuyo nombre original reconstruido, Ausōs, nos da la palabra Easter (Pascua). Los antiguos humanos debían sentir lo mismo que sentimos nosotros ahora: el amanecer es tan hermoso que debe ser sagrado. Los animales también son tan hermosos, tan parecidos a nosotros y tan diferentes, que su belleza debe significar algo. ¿Qué?
El cristianismo ya tiene una respuesta: la belleza es un emblema de lo divino. A partir del Nuevo Testamento, los cristianos han visto en la belleza de la creación un signo de la belleza del Creador; un Artista que, por su parte, contempla su obra con deleite: “y Dios vio que todo lo que había hecho estaba muy bien” (Gen. 1:31). Para los patriarcas, los Salmos garantizaron esta teología de la belleza: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (S. 19:1). Según esta manera de pensar, la belleza del mundo, que provoca nuestro amor, está ordenada así para acercarnos a amar a su Creador; la belleza se vuelve una invitación a la fe. Es por esto que, según el teólogo Hans Urs von Balthasar, “El cristianismo es la religión estética par excellence”.
Jasper Francis Cropsey, El lago Greenwood, óleo sobre lienzo, 1870. Wikimedia Commons (dominio público).
Padres de la Iglesia como Cirilo de Alejandría recurrieron especialmente al Libro de la Sabiduría, una escritura anónima que se originó en la comunidad judía de Alejandría, probablemente en la época de Cristo. Los paganos que adoran a la naturaleza son tontos, dice el libro de la Sabiduría, porque “a pesar de ver tantas cosas buenas, no reconocieron al que verdaderamente existe; los cuales, a pesar de ver sus obras, no descubrieron al que las hizo”. Los sabios, por contraste, aman al mundo natural porque les enseña a conocer al “autor de la belleza” mediante analogía: “partiendo de la grandeza y la belleza de lo creado, se puede reflexionar y llegar a conocer a su creador”. (Sab. 13:5).
El libro de la Sabiduría nos alienta a ver al mundo cargado de significado. Este amanecer, este bosque, este venado, este perro, esta garza: cada uno es un poema sobre Dios. Como explica el monje bizantino del siglo XII Pedro Damasceno:
El hombre iluminado anhela al Creador cuando considera la belleza y utilidad de todas las cosas, y cuando comprende todas las cosas sensibles, las creaciones superiores e inferiores, es decir, el cielo, el sol, la luna, las estrellas, las nubes, los torbellinos, las lluvias, la nieve, el granizo, que el agua se congela a pesar del intenso calor, luego los truenos, los relámpagos, los vientos, el aire y su alternancia, las estaciones, los años, los días, las noches, las horas, los momentos, la tierra, el mar, los innumerables animales, los cuadrúpedos, las fieras y reptiles, las muchas especies de aves, las fuentes, los ríos, las innumerables especies, domésticas y salvajes, de plantas y hierbas. Ve en todo el orden, la estabilidad, los tamaños, la belleza, el ritmo, la cohesión, la armonía, la utilidad, la concordia, la diversidad, el placer, la postura, el movimiento, los colores, las formas, las especies, el retorno a ellas y su permanencia en lo corruptible, y en general, recordando todas las creaciones sensibles, se asombra.
Como Wordsworth tituló su poema, nuestras experiencias de belleza vienen a nosotros como “insinuaciones de inmortalidad”.
Pero aún el paisaje natural maravilloso no es del todo paz y amor. Donde Pedro Damasceno miraba el mundo y veía el “orden”, la “estabilidad”, la “armonía”, la mente moderna se pregunta cómo lidiar con la violencia subyacente: la competencia darwiniana por la supervivencia, la “naturaleza roja en diente y garra” de Tennyson. El bosque de arces puede parecer encantador, pero cualquier árbol puede estar compitiendo contra el resto para acceder a los nutrientes y el sol. El venado, noble en apariencia, probablemente alberga inmundos parásitos y, al llegar el invierno, enfrenta una probabilidad en tres de morir por enfermedad, hambre o un coyote. Cuando las lubinas negras se reproduzcan la próxima primavera, 99,8 por ciento de sus crías perecerán antes de adultos, muchos canibalizados por sus propios hermanos.
Con estos hechos desconcertantes como contexto, la psicología evolucionista complica nuestro intento de buscar sentido trascendente incluso en nuestras experiencias más adorables. El placer de ver un paisaje prístino, por ejemplo, proviene de genes heredados de nuestros ancestros cazadores y recolectores, según una hipótesis muy citada del biólogo Gordon Orians. Argumenta que los humanos prehistóricos evolucionaron para preferir praderas fértiles salpicadas por árboles y fuentes de agua accesibles, porque dichos hábitats prometían comida abundante y hacían más visibles a los predadores. Por eso, un paisaje nos generará placer cuanto más se parezca a las sábanas fértiles del este de África, origen de nuestra especie. La belleza, a la luz de esta teoría, no existe excepto como una respuesta subjetiva codificada genéticamente.
En cuanto al potencial de la belleza como fuente de significado moral o espiritual, se han planteado dudas desde más allá de la psicología evolucionista. Como escribe el teólogo David Bentley Hart, hay una “ofensa ética innegable en la belleza”. Esto se debe parcialmente a que los devotos de la belleza (connoisseurs, patrones del arte y la música, practicantes de l’art de vivere) han pertenecido generalmente a élites avaras. Pero, continúa Hart, el problema puede yacer en la belleza misma:
Hay algo inquietante en la prodigalidad de la belleza, algo desenfrenado en cómo exhubera incluso en los entornos más atroces, con una dulzura anodina que a menudo parece hacer soportables las circunstancias más intolerables: una aldea devastada por la pestilencia puede yacer a la sombra de la cresta de una magnífica montaña; el reposo marmóreo de un niño recientemente fallecido de meningitis puede presentar un cuadro sorprendentemente punzante; los campos de exterminio camboyanos solían estar cubiertos de abundantes flores; los comandantes nazis se dormían ocasionalmente con las melodías de Bach, interpretadas por conjuntos de reclusos judíos; y, sin duda, los campos de exterminio se veían habitualmente bañados por los delicados matices de un cielo crepuscular.
Las obras de arte fascistas ofrecen una imagen radical de las ambigüedades morales de la belleza. Tomemos las películas de la aclamada cineasta Leni Riefenstahl, creadora de propaganda para el Tercer Reich. Su Olimpia, un documental visualmente magnífico de los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín, celebra la belleza de los cuerpos atléticos en movimiento. Sus innovaciones técnicas siguen influyendo la imaginería de los deportes y la moda; y también lo hace su peculiar cualidad de ser “lascivo e idealizador a la vez”, como lo diagnosticó Susan Sontag. Esta es una belleza que reduce a los seres humanos a especímenes espléndidos, vagamente pornográficos, intercambiables y carentes de alma. Ese tipo de belleza se define por lo que (y quien) deja fuera: un año luego del lanzamiento de la película, el régimen con quien Riefenstahl colaboraba comenzó su campaña de “muerte piadosa” a personas con discapacidad. En los años 60, un ex simpatizante nazi agradecería a la cineasta por hacer películas que mostraban “los seres humanos más bellos, y no los lisiados”.
Aunque este sea un ejemplo extremo, echa luz sobre por qué la desconfianza hacia lo bello está garantizada, incluso en contextos más inocuos. Cualquier belleza que excluya las imperfecciones y vulnerabilidad humana tiende a resultar subhumana. E incluso la saludable belleza de la naturaleza es solo una verdad parcial, en un mundo con niños hambrientos en zonas de guerra o traficados para ser abusados.
Sin embargo, la belleza permanece, porfiada. Se encuentra allí en la garceta color nieve que vi esta mañana, un destello blanco volando en círculos sobre el lago donde suele estar la garza. Se encuentra allí en las modulaciones exquisitamente conmovedoras de una chacona de Bach. Se encuentra allí en actos de grandeza moral que tienen el poder de abrumarnos con una visión de esplendor. Pienso, por ejemplo, en el 21 de septiembre del año pasado cuando la activista americana Erika Kirk habló durante el servicio funeral de su esposo asesinado, Charlie Kirk, ante una audiencia de millones. Dijo esto sobre su asesino:
Lo perdono. Lo perdono porque es lo que hizo Cristo, y es lo que haría Charlie. La respuesta al odio no es odio. La respuesta que conocemos del evangelio es amor y siempre amor. Amor por nuestros enemigos y amor por quienes nos persiguen.
Solamente una extraordinaria hazaña de fe puede haberle dado la fuerza para hacer eso. Una hazaña parecida a la de Felecia Sanders quien dijo en 2017 al asesino de su hijo, Tywanza Sanders, “te perdono”, durante el juicio al autor del tiroteo masivo en la iglesia Madre Emanuel en Charleston, Carolina del Sur. Acciones como esa, que trascienden su tiempo y contexto, son testigos de belleza divina. Para citar a Hart de nuevo: “Ninguna otra cosa llama nuestra atención con un poder tan maravilloso y una inmediatez tan evocadora a la vez. La belleza está ahí, presente en el orden de las cosas, manifestándose una y otra vez de una manera que desafía la descripción y la negación con igual impertinencia”. No podemos evitar percibirla, y no nos dejará en paz.
Jasper Francis Cropsey, El río Hudson en otoño, óleo sobre lienzo, 1860. Wikimedia Commons (dominio público).
Para los cristianos, la solución al problema de la belleza es una Persona, en quien Felecia Sanders y Erika Kirk confiaron. “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva!” exclama Agustín sobre Cristo en sus Confesiones. Como el Logos que estaba con el Creador en los comienzos, él es el “autor de la belleza” del Libro de la Sabiduría, el origen de todo lo que es hermoso en el mundo. Y, como el Hijo del Hombre hecho carne, su belleza fue la de un bebé judío particular, nacido en la oscuridad de un pesebre, quien terminaría sufriendo voluntariamente una muerte nefasta para redimir a la creación de sus pecados y horrores.
Pocos han escrito tan elocuentemente de esta belleza como la Madre María Skobtsova. Nacida en la aristocracia rusa en 1891, se estableció en París, hizo votos monásticos, y pasó sus últimos trece años de vida sirviendo a los pobres de la ciudad, hasta morir en 1945 en las cámaras de gas de Ravensbrück. En uno de sus escritos se imagina a Cristo emergiendo de una espléndida iglesia para caminar las calles y “mezclarse con la multitud: los pobres, los leprosos, los desesperados, los amargados, los santos locos”. Vagando en medio de una humanidad degradada, busca a “los pobres y los lisiados, las prostitutas y los pecadores” y ve, incluso en su deformidad física y espiritual, la chispa de su propia belleza.
¿Acaso no ve Él en nuestra fealdad, en nuestras vidas empobrecidas, en nuestras llagas purulentas, en nuestras almas lisiadas, no ve Él allí su propia imagen divina y un reflejo de su gloria y belleza eternas? Y así volverá a las iglesias y traerá consigo a todos aquellos a quienes ha convocado al banquete nupcial.
Para Skobtsova, Cristo es una belleza que nos convoca con amor infinito. Entendido de esta manera, la famosa definición de Sendhal de la belleza como la promesse du bonheur, la promesa de alegría, señala una verdad fundamental sobre la realidad: como la belleza es Cristo, todas sus manifestaciones existen para atestiguar, ya sea tenue o gloriosamente, su promesa de que el amor tendrá la última palabra.
Traducción de Micaela Amarilla Zeballos