¿Qué busco cuando fotografío una historia? Miro las manos de un hombre. Y los zapatos de una niña, si es que tiene. Sus manos y sus zapatos te dirán lo que aún no se han atrevido a decir.

Hay que encontrar las palabras que nadie dice. Hay mucho ruido y gritos: políticos y famosos, ruedas de prensa y protestas, inauguraciones y nuevos productos, predicadores y ferias itinerantes, por no hablar de bombas y terremotos. Pero los callados guardan sus palabras, esas que salen muy lentamente, si es que salen. No hablan con nadie porque ni siquiera saben que tienen algo que decir.

Todas las fotografías copyright © 2026 por Philip Holsinger. Usadas con permiso.

Encuentra a la persona callada. Y encuentra la manera de escuchar su vida. Pero ten cuidado: esta manera no te dará respuestas rápidas, y también te exigirá algo. Debes ser paciente, cenar y sentarte un rato. Como el hombre callado aún no ha aprendido lo que se espera que diga, es posible que no diga nada. Quizás te cuente sobre el día de su boda, hace cuarenta años, o sobre el día en que murió su padre y se sintió completamente solo en el mundo. Puede que te cuente que le duelen los pies y las manos. Tendrás la tentación de pasar por alto estas cosas, pero no lo hagas, porque te dirán quién es él. Y en él, empezarás a ver a su nación.

Toma esta fotografía de las manos del viejo vaquero de Arambala, en las montañas del noreste. Mira lo que la tierra ha escrito en su cuerpo. Él es un libro que, si te tomas el tiempo necesario, puedes leer. Será la historia de tu vida. Y como es salvadoreño, será un libro sobre El Salvador. Quizás no sea la historia completa, pero sí la esencia. Cada bellota contiene un roble.

Hay cosas que sentirás la tentación de eludir en tu historia: cosas vergonzosas u horribles. Algunas personas creen que los pobres son vergonzosos y evitan mostrarlos. Otros explotan a los pobres, utilizándolos como meras ilustraciones o, peor aún, para expresar su propia indignación. No debemos esquivar la verdad, pero tampoco debemos dejarnos llevar por nuestra indignación. Como regla general, creo que es mejor no mostrar imágenes que hieran innecesariamente a las personas. Pero hay cosas difíciles que deben mostrarse. No debes temer mostrar los caminos de tierra y la pobreza, pero no caigas en la trampa de los activistas: ocultar las sonrisas de las personas.

La dignidad no solo se refleja en las uñas sucias, sino también en la amabilidad. Las cosas cercanas al suelo expresan la paciencia de la tierra; algo que, personalmente, me ha sorprendido en El Salvador ha sido la paciencia de la gente.

Después de los horrores, las visitas a los campos de muerte y las prisiones, la joven periodista que viajaba conmigo parecía haber perdido el habla. Estábamos andando hacia nuestra camioneta después de un día agotador en las prisiones y quería decirle: “No puedo decirte que sé de lo que estoy hablando, pero puedo decirte lo que sé”.

Sé que las manos y los zapatos son el lenguaje. Sé que cuando me paré frente al árbol de la muerte, interioricé el dolor. Pero también sé que, con demasiada frecuencia, me emociona la caza. Sé que me enorgullezco demasiado de cada vez que me disparan, como si una bala que no me alcanza me hubiera convertido en valiente. Sé que el mundo está lleno de dolor. Pero el aire que respiramos no es doloroso, es una maravilla.

Antes de que la joven periodista se marchara, la llevé a Tasajera, una remota isla de pescadores y agricultores de anacardos. Quería presentarle a la pequeña Luna, a quien conocí durante mi primera expedición, cuando su madre la llevó, a medianoche, a la clínica del gobierno. Luna estaba sufriendo un peligroso ataque de asma. Me encontraba allí para investigar la veracidad de los proyectos sociales del gobierno, como era el caso de la clínica, y como mi método consiste simplemente en instalarme y esperar, allí estaba yo, en esa clínica, la noche en que llegó Luna.

Los proyectos sociales pasaron rápidamente a un segundo plano cuando mi reportaje se centró en la guerra del gobierno contra las pandillas, pero a lo largo de un año seguí regresando a la isla para ver a David, mi amigo pescador, y a Luna y su familia. Con el tiempo, registré una imagen profunda de la vida de Luna: en la escuela, jugando a ser princesa, y con su padre, en la salvaje y remota playa.

Esta isla es un lugar salvaje, y la playa no es una playa para los buscadores de tesoros: es el borde de la tierra, difícil de alcanzar. No hay casas en el lado oceánico de la isla y el clima es demasiado adverso. Un lado de la isla es oscuro y tranquilo, frente a un canal de aguas negras y manglares; el otro lado es la luna. Y a Luna le encanta, aunque solo puede ir con su papá cuando él tiene tiempo.

En esta visita, nos subimos al bote de David con Luna y su familia y navegamos lentamente por el canal de la isla, a través de los misteriosos manglares, hasta el extremo remoto de la isla, donde las olas rompen sobre una lengua de arena.

Cuando desembarcamos, fue Luna —descalza y con su vestido de princesa de Disney— la primera en saltar de la proa del bote a la lengua de arena, y subir a la playa y al mar. Corrió y se agitó como una loca, lanzando arena volcánica negra al aire, gritando canciones al cielo, como si ninguno de nosotros estuviera allí y se comunicara con algo más grande que todos nosotros. Su asombro se convirtió en mi asombro. Y vi que la joven periodista también se emocionaba ante el espectáculo de una niña pequeña que parecía coreografiar el mar.

Cuando volvimos al barco, estuvimos en silencio un rato; al poco, la joven periodista se giró para preguntarme, en voz baja y discreta: “Agradezco que me hayas traído aquí, pero ¿qué tiene que ver Luna con la historia de El Salvador?”.

Su pregunta me dolió, y me sentí un poco tonto por no tener una respuesta preparada. Pero entonces la supe: Luna es como la arena. Es como el mar y los manglares, con sus raíces acuáticas que sostienen ramas negras bañadas por el sol. Es el agua del océano. Es una piedra negra descubierta por una ola rompedora. Son cosas sin opiniones, sin ideas ni juicios. No hay titulares en los árboles. Entre los pelícanos no hay guerra. Luna recoge el calor de una estrella diurna y la sal marina decora su piel. Como una piedra al sol, Luna no juzga ni teme el final del día.

Luna es El Salvador sin engaños. Luna es lo que sería El Salvador sin política, sin intereses comerciales y sin todas esas cosas que falsamente etiquetamos como “progreso”. Luna no es una fotografía, es la realidad. Si quieres saber en qué podría convertirse El Salvador, solo tienes que contemplar lo que es Luna.

Nos quedamos en silencio ante el viento ensordecedor. Levanté mi cámara y fotografié a Luna en la proa, con una mano sujetando su cuerpo contra la madera y la otra sobre un ancla. Y pensé en lo parecidos que son Luna y ese viejo ancla: anclados a las raíces de las cosas, en lo más profundo, donde nadie puede verlos.


Traducción de Coretta Thomson