Hacia el final de su ministerio, en los últimos años siglo IV, Gregorio de Nisa le exhorta en una carta a un grupo de presbíteros que sean diligentes en cómo elegirán a su siguiente obispo. Espera visitarlos lo más pronto posible, según les dice, con propósito de apoyar a los conflictivos presbíteros mientras toman la decisión. En la introducción de la carta se encuentra esta referencia al diablo:
Así descubriremos un medio para rectificar los desórdenes que se han producido, y asegurar la seguridad para el futuro, de modo que ya no os dejéis distraer por esta discordia, uno alejándose de la iglesia en una dirección, otro en otra, y siendo así expuestos al hazmerreír al diablo, cuyo deseo y negocio es (en directa contradicción con la voluntad divina) que nadie se salve, ni llegue al conocimiento de la verdad.
Para destacar la intensidad de la enemistad del diablo hacia la iglesia, la advertencia incluye un astuto juego de palabras. En la primera carta a Timoteo, Pablo escribe “Esto es bueno y agrada a Dios nuestro Salvador, pues él quiere que todos se salven y lleguen a conocer la verdad.” (1 Tim. 2:3-4). Gregorio cambia hábilmente “Dios” por “el diablo” como sujeto de la oración. De esta manera le subraya a los díscolos presbíteros que el diablo asecha en los rincones. Esta referencia al enemigo de la salvación es una de muchas en la obra de este obispo, y de otros de su época.
Basilio de Cesarea también condimenta sus mensajes con acotaciones o instrucciones sobre el diablo. En su tratado El Espíritu Santo, entre milagros y dones de sanación que demuestran el poder del Espíritu, agrega, “El diablo es rechazado, ante la presencia del Espíritu”. Esta mención al diablo es tan fugaz que incluso lectores cuidadosos pueden pasar por alto cómo es usado para potenciar el argumento de Basilio sobre la divinidad del Espíritu Santo.
El tonto con dos demonios, maestro del salterio de Ingeborg, c. 1205. Dominio público.
Consideremos también un sermón sobre impuestos injustos de Gregorio Nacianceno. En sus discursos teolólogicos explora temas como la simplicidad, contentamiento, ciudadanía en el cielo, y cómo las personas de Dios pueden usar su tiempo y talentos de la mejor manera de jóvenes y ancianos. Alcanzando la conclusión, exclama, “Que ese mal sea destruido por completo, junto con el Maligno, quien sembró malas hierbas dentro de nosotros mientras dormíamos”. Esta súplica, que evoca la parábola del sembrador en Mateo 13:25, nos dice que el diablo trabaja incansablemente para engendrar codicia. Este ángel malévolo tienta y engaña, y debe ser resistido.
En estos tres textos, los obispos (conocidos juntos como los capadocios) se refieren al diablo con igual brevedad, pero fines distintos. En la primera instancia, el diablo amenaza la unidad de la iglesia. En la segunda, prueba el poder del Espíritu. Y, en la tercera, sus astutos ardides provocan una expresión de lamento. Estas referencias al diablo no fueron tomadas de sermones directamente referidos a la demonología o guerra espiritual, sino que aparecen en escritos aparentemente no relacionados al diablo: elegir un obispo, la doctrina del Espíritu Santo, y la justicia impositiva.
Para no vernos tentados a dejar al diablo atrás en el siglo IV, también nos topamos con él en muchos contextos actuales. Como declaró el Papa Francisco en una homilía de abril de 2014 en Santa Marta, “El diablo existe también en el siglo XXI y debemos aprender del Evangelio cómo luchar contra él para no caer en la trampa. Para hacerlo no hay que ser ingenuos”. La “lucha” es contra el intento del diablo de germinar envidia y codicia para destruir el cuerpo de Cristo (parecido a las preocupaciones de Gregorio de Nisa). Luego en ese año, el Papa Francisco afirmó que el diablo no es “un mito, una figura, o la idea de maldad”.
Consideremos también el uso de “Satanás” y “guerra espiritual” en el lenguaje político moderno. Llamar a nuestro rival “Satanás” deriva de una tradición establecida de utilizar el nombre del diablo para caracterizar a los enemigos políticos. Gregorio Nacianceno emplea esta práctica cuando combina las identidades del diablo y su némesis, el Emperador Juliano. Entre otras imposiciones, Juliano legisló contra los cristianos para restringir que enseñaran y les negó una voz pública. Como respuesta, el obispo compone dos discursos contra el emperador. La primera incluye una descripción de Juliano en la que Gregorio entreteje nada menos que cinco nombres del diablo. Sin embargo, la condenación teológica del emperador pertenece a una serie comprensiva de creencias por las cuales cada ser humano es susceptible a los engaños y tentaciones del diablo. Por el contrario, gran parte de la retórica diabólica actual implica la inocencia de quien emite la condena.
Por ende, como lectores modernos que observan desde otro tiempo y otra cultura, ¿cuál es la mejor forma de abordar el tema del diablo y su ejército de demonios en los primeros escritos cristianos? Algunos teólogos modernos han discutido que la idea del diablo es, de hecho, antibíblica; tal como lo dice Friedrich Schleiermacher, “procedente de la vida común de esa época” más que de las escrituras en sí. En su texto fundamental de 1821, La fe cristiana, Schleiermacher discute que la noción del diablo es innecesaria para la historia de la salvación “ya que aquello de lo que debemos ser redimidos sigue siendo lo mismo (al igual que la forma de nuestra redención), haya o no haya un diablo”. Esta acusación no representa apropiadamente a la teología del demonio en los primeros escritos cristianos. Mientras Basilio, Gregorio Nacianceno, y Gregorio de Nisa desarrollan sus propias versiones del diablo, cada teólogo hace énfasis en el lugar que ocupa en la historia de la salvación la criatura angelical, antaño gloriosa, ahora conocida como “el Maligno”.
En la misma línea, algunos comentaristas caracterizan la creencia en el demonio como “primitiva”. Con una humilde consciencia de los límites de mi propia cultura, me incomoda ese abordaje. Además, el pensamiento capadocio sobre el diablo se encuentra entrelazado con trabajos teológicos maduros sobre la doctrina de Dios, expiación y temas como esos. La catequesis, según Gregorio de Nisa, está ordenada a la realidad de Jesucristo; incorporada en este escrito hay una discusión sobre la historia del diablo, su actividad y ontología. Académicos de una gama de disciplinas estudian estos textos no solo como artefactos de su tiempo, sino como esclarecedores de verdades que perduran. En este contexto, la acusación de “primitiva” simplemente no se sostiene.
Otra respuesta es entrar en la desmitificación, asumiendo que Gregorio de Nisa y sus colegas no hablan “realmente” de la criatura maligna que es el diablo. En interpretación acorde, el nombre “Muerte” podría significar la personificación de la muerte, pero no el ángel caído conocido como el diablo. El problema con este supuesto es que fricciona con las enseñanzas de los autores. Gregorio de Nisa explica que el diablo es llamado tanto “Muerte” como “Inventor de la muerte”, pero también el apóstol dice que “tiene el poder de la muerte”. Cuando los capadocios hablan de “Muerte” no eliminan al diablo. Al contrario, “Muerte” informa su comprensión de las intenciones y alcance del diablo.
Una reacción con igual nivel de alejamiento es celebrar haber identificado una metáfora. El peligro de reducir al diablo a una metáfora cada vez que lo encontramos en los textos es que obviamos la posibilidad de que, en algunas ocasiones al menos, teólogos como Basilio y los Gregorio realmente estén hablando de un ángel envidioso de los que se acercan a Dios. No tenemos evidencia de que estos teólogos estén siempre hablando metafóricamente cuando enseñan el rol del diablo en la historia de la salvación, o cuando le ordenan que huya. Reducir al diablo a una metáfora de forma incuestionada debilita hasta qué punto nuestros teólogos combaten de forma activa al enemigo de la salvación.
Un enfoque diferente a todos los anteriores es asumir que los capadocios hablan del diablo inequívocamente. Aunque apunta a tomar seriamente las enseñanzas sobre el diablo, esta actitud le quita profundidad a sus escritos y las complejidades de su pensamiento. Como autores consagrados, emplean un arsenal de recursos retóricos como símiles, metáforas, ironía, hipérbole, entre otros; técnicas de escritura que podemos, de hecho, aplicar a algunas de sus referencias al diablo. Además, no todos los nombres del diablo aplican a él únicamente; nombres como “Envidia”, por ejemplo, son compartidos con otros poderes, enemigos políticos y personificaciones.
En vez de depender de alguno de estos enfoques, nuestro abordaje a las enseñanzas de los capadocios sobre el diablo debería comenzar con una lectura atenta de los textos. Como ya comentamos, Basilio de Cesarea, Gregirio Nacianceno y Gregorio de Nisa fueron teólogos capaces, pero también autores exitosos que tomaban su labor con seriedad. Subrayan la importancia de prestarle atención a una gama de instrumentos cuando se interpreta un texto antiguo. Los intérpretes modernos, como los antiguos, hacen bien a sus lectores tratando cada mención al diablo en sus propios términos, atendiendo contextos teológicos, literarios, retóricos e históricos.
Para los capadocios, una descripción del diablo involucra doctrinas como la creación, el pecado, el mal, el albedrío, la redención, y la escatología. Sobre todo, la saliencia del diablo en la teología cristiana está anclada en el Padre Nuestro como está escrito en el evangelio de Mateo. Dicho de forma simple, hay una diferencia vasta entre rezar “Líbranos del mal” y rezar “Líbranos del Maligno”. En Sobre que Dios no es el autor de lo malo Basilio explica largamente la diferencia entre “lo que nuestros sentidos perciben como malo” y “lo que es malo en su propia naturaleza”. Los males percibidos no son aquello de lo que debemos pedir que nos rescaten, porque son “traídos a nosotros por el Maestro sabio y bueno para nuestro beneficio”. Por lo tanto, los cristianos no necesitan que los rescaten de cualquier clase de mal, sino solo de tipos particulares de males. Si el mal se interpreta de forma muy amplia, “Líbranos del mal” corre riesgo de ser interpretado como pedir una vida libre de problemas. Como el mismo Jesús enseña que sus seguidores tendrán aflicción (Juan 16:33), esta lectura es errada.
Ser seguidores de Jesús y rezar que nos rescaten del “Maligno”, como enseña Gregorio de Nisa, es pedir ser librados de las tentaciones, engaños e ilusiones que resultan de vivir en un mundo bajo el gobierno tiránico del diablo. También es pedir ser aliviados de los efectos destructivos de parecernos al diablo, de lo que Gregorio de Nisa advierte en sus homilías Sobre el Padre Nuestro. Cuando los humanos son objetos de la voluntad del Maligno, no solo incurren en culpa moral y un quiebre en la relación con su Creador, sino que asumen las propias características del Maligno. Degradados y deshumanizados, ya no pueden reconocerse como imágenes humanas de Dios, sino que son reconocidos por el diablo como propios. La notoriedad del diablo en la teología cristiana, entonces, como la entienden Basilio y los Gregorio, yace sobre todo en la breve plegaria “Líbranos del Maligno”.
Traducción de Micaela Amarilla Zeballos