Una creciente red de iglesias, podcasts y conferencias en Estados Unidos y Europa han comenzado a “solo hacer preguntas”. Estas “preguntas” son acerca de cosas como “la narrativa tradicional” respecto al nacionalsocialismo y el holocausto, los beneficios del “realismo racial” y las “comunidades étnicamente homogéneas”, y si el matrimonio o la adopción interraciales deberían ser censurados y considerados “pecados relativos”.

Ya hace tiempo que tenemos a los skinheads y los miembros del Ku Klux Klan con nosotros. Lo que ha ocurrido en la última década es algo diferente, algo más inquietante: se trata de un resurgimiento intelectual y, de hecho, teológico de las ideas supremacistas y separatistas raciales dentro de los círculos cristianos. A medida que dejamos atrás lo que el historiador británico Alec Ryrie llamó “la Era de Hitler” —es decir, la era en la que simplemente identificar una idea como fascista o nazi era suficiente para desacreditar a alguien— se vuelve necesario hacer algo que no lo era desde la Segunda Guerra Mundial: debemos refutar y resistir abiertamente la supremacía racial y el etnonacionalismo estrecho, exclusivista y odioso. En esta resistencia, debemos argumentar como cristianos. Y, cada vez más, debemos argumentar contra otros cristianos, o al menos contra personas que profesan el nombre de Cristo.

Hay pocos aliados mejores en esta tarea que el teólogo jesuita francés Henri De Lubac.

La resistencia espiritual

En 1943 De Lubac fue forzado a esconderse de los nazis. Solo dos años antes se había unido a la “resistencia espiritual” contra el nazismo mediante su participación en la revista clandestina Cahiers du Témoignage chrétien (“Cuadernos de testimonios cristianos”). El fin de esta revista era informar sobre las fuerzas anticristianas infiltradas que corrompían la Iglesia católica romana. Los Cahiers denunciaban el régimen de Vichy francés y a sus partidarios católicos por colaborar con los ocupantes nazis, y ofrecían información precisa sobre las injusticias, versiones sin censura de los pronunciamientos papales y detalles sobre los esfuerzos de resistencia espiritual al nazismo en otros países. En los propios escritos de De Lubac en Cahiers, intentaba apasionadamente despertar a la Iglesia para que resistiera los males del nazismo. El grupo eventualmente fue descubierto. Muchos de los asociados con De Lubac fueron capturados, torturados y ejecutados, y él fue forzado a esconderse. Incluso escondido continuó resistiendo incansablemente el régimen de Vichy y criticando la ideología nazi por su incompatibilidad con la teología cristiana.

Piet Mondrian, Torre de la iglesia en Domburg, óleo sobre lienzo, 1911. Todo el arte de WikiArt (dominio público).

En ese entonces en Francia, esta clase de resistencia era rara entre los católicos. Múltiples factores contribuían a la colaboración entre fascistas y cristianos, muchos de los cuales resuenan con las circunstancias de nuestros propios tiempos. Más de un siglo de secularización y hostilidad hacia la Iglesia católica, junto con la percepción de decadencia de la cultura francesa, hicieron que muchos católicos se mostraran receptivos a las visiones de la derecha radical. Existía miedo a la dilución de la cultura francesa debido a la inmigración, las bajas tasas de natalidad y las películas estadounidenses. La recesión económica exacerbó las tensiones entre clases, profundizando el pesimismo cultural que encontraba su salida en un antisemitismo creciente y amargo. El espectro del comunismo inflamó una derecha radicalizada, que en respuesta comenzó a articular una visión por una “Francia verdadera” y una “Francia para los franceses”. El primer ministro Édouard Daladier comenzó a hablar de un “proyecto nacional de renovación”, que recibió apoyo de la Iglesia católica debido a las políticas sociales conservadoras de Daladier. Todo esto también estaba teñido de xenofobia debido a una afluencia de refugiados de la guerra civil española. El “proyecto de renovación” confundió los conceptos de nación y raza. El papa Pío XI escribió cuatro encíclicas en 1937, entre ellas Divini redemptoris (una reprimenda al comunismo ateo) y Mit brennender Sorge (una reprimenda a la ideología racista asociada al nazismo). Las publicaciones periódicas católicas dedicaron la portada a Divini redemptoris, mientras que ignoraron en gran medida Mit brennender Sorge.

Luego, en 1940, Alemania invadió y ocupó París. Philippe Pétain negoció un cese en el fuego con Hitler que incluía la división del país en dos regiones: el norte, que estaba ocupado, y el sur, que era “libre”. En el territorio sur, acuartelado en Vichy, Pétain se dio a sí mismo más poder que cualquier otro líder francés desde Luis XIV. Abogó por una “Revolución Nacional”, basada en el eslogan “Trabajo, Familia, y Patria”, un reemplazo del republicano “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Ideológicamente, la Revolución Nacional era una oposición al “individualismo liberal”. Era un intento de volver a los “antiguos valores” y acabar de un plumazo con el legado de la Revolución Francesa. Muchos no tenían cabida en la Francia de Vichy: judíos, extranjeros, masones y comunistas. Se tomaron medidas opresivas contra los “indeseables” políticos y contra cualquiera que se sospechara que representaba un peligro para la seguridad nacional.

Muchos católicos, incluyendo a los de jerarquía, apoyaron rápidamente a Pétain y su Revolución Nacional. Pétain fue visto por muchos católicos conservadores como un “hombre providencial”, y su revolución parecía coincidir con los valores tradicionales. Los líderes eclesiásticos tenían mucha esperanza de cómo este nuevo orden restauraría la relación de la Iglesia católica con el estado y prevalecería sobre el secularismo y el comunismo. Sin embargo, cuando Hitler invadió el territorio sur en 1942, se instauró una economía de guerra en toda regla, que exigía a Francia suministrar más recursos, soldados y trabajadores a Alemania. Alemania comenzó a aplicar la política de redada y exterminio de los judíos, y exigió la ayuda de los franceses. Pocos opusieron una resistencia significativa. 

Piet Mondrian, Árboles junto al Gein al salir la luna, óleo sobre lienzo, 1908.

De Lubac creía que el régimen de Vichy encarnaba la visión política de Charles Maurras: la imponente figura que lideró Action française, un partido nacionalista que repudiaba el espíritu revolucionario y buscaba el retorno a la monarquía y la jerarquía social. Aunque Maurras no era cristiano, buscaba explícitamente la colaboración con la Iglesia católica, y en su programa para unificar el estado, la cultura y la raza pretendía reinstaurar el catolicismo como la religión del estado. Maurras proponía un tipo de historia de salvación secular: “la era dorada” fue el siglo XVII, mientras que la “caída” ocurrió en la revolución de 1789, que introdujo un espíritu de anarquía e individualismo perverso encapsulado en las tres ideas de libertad, igualdad y fraternidad. Detectó afinidad del “espíritu clásico” en el catolicismo por su rechazo al individualismo y al progreso, y por ende buscó una alianza con la Iglesia católica romana para extirpar de Francia “el espíritu de anarquismo místico“. Maurras quería restaurar “trono y altar” para purgar Francia del individualismo restituyendo el orden, la disciplina y la jerarquía. Incluso antes de la ocupación de Francia, muchos católicos apoyaron el programa de Action française y de Maurras durante las primeras cuatro décadas del siglo XX.

El teólogo jesuita Pedro Descoqs, referente de los estudios de De Lubac, defendió notoriamente a Maurras. Para Descoqs, y muchos católicos de la época, una alianza con el movimiento político secular de Maurras era concebible debido a una interpretación de Tomás de Aquino que tomaba sus distinciones entre las verdades reveladas sobrenaturalmente y las verdades de la razón natural para insinuar que las consideraciones sobrenaturales no son relevantes para la esfera política. Esto elaboraba sobre la idea aristotélica de que todos los seres naturales están ordenados hacia fines que ellos pueden alcanzar por sus propios medios. Por ende, Maurras distinguió “hechos políticos” de realidades morales y religiosas, promoviendo una separación estricta entre los órdenes religioso y político. Descoqs defendía a Maurras, diciendo que su sistema lidiaba con los temas de este mundo que no necesitaban ser moldeados por consideraciones teológicas. Las reflexiones religiosas se consideraban cada vez más irrelevantes para la sociedad y la política en general.

En la afirmación de Descoqs sobre Maurras, De Lubac sintió que Descoqs había abandonado tanto las demandas sobrenaturales como las demandas sociales del cristianismo, aliándose con el secularismo. Según De Lubac, Maurras y los de su calaña abrieron el camino a un “brutal retorno al instinto” nietzscheano. Celebraron los afectos básicos, avivándolos como aspectos “naturales” de la existencia humana y resistiéndose a la reforma de esos “instintos” según la revelación cristiana. En esto, De Lubac sintió el legado de Nietzsche, cuya genialidad residía en su capacidad para apelar al deseo de grandeza. Sin embargo, este deseo de grandeza fue promovido para avivar el odio entre los grupos, lo que dio lugar a una interpretación de la historia como lo que De Lubac denominó una “guerra entre razas”, antitética al universalismo de la fe cristiana, al llamamiento a la caridad y al camino de la renuncia consagrado en la cruz. De Lubac vio el nazismo como una forma de neopaganismo que buscaba “corromper el cristianismo desde adentro, paganizarlo, arrancarlo de su universalismo, su caridad, y su sentido de la cruz”. De Lubac argumentaba que la “fe racista” nietzscheana de los nazis, que describía como un “mito de sangre”, necesitaba ser enfrentada por “nuestra fe cristiana y católica”.

La resistencia teológica

La resistencia de De Lubac adoptó la forma de una respuesta a la teología distorsionada que apuntalaba la colusión de la iglesia con el nazismo. Y sus respuestas tuvieron que ver con los orígenes y destino sobrenaturales del hombre y, en función de ello, la vocación unificadora de la iglesia. Cuestionó la idea de que la humanidad pudiera entenderse en términos puramente “naturales”: que la plenitud o el florecimiento humano pudieran lograrse por medios u objetivos naturales, como la política. Así, por un lado atacó al humanismo secular, y por otro a un aristotelismo naturalista disfrazado de cristianismo que se excusaba en una interpretación particular de la teología escolástica de Tomás de Aquino. Buscó debilitar el supuesto del humanismo moderno según el cual, para ser verdaderamente humanista, uno debe ser ateísta, demostrando que visiones como esta son esencialmente inhumanas. De Lubac escribió que la iglesia necesitaba un “sacudón de revelación” para percibir las profundidades de la condición humana; ese sacudón es provisto con mayor claridad por la persona y obra de Cristo, quien fue la revelación más completa de Dios, pero también del hombre. Y argumentó que la teología cristiana había sido cómplice en promocionar una religión insuficientemente social. Las dimensiones sobrenatural y social del cristianismo necesitaban ser recuperadas.

Piet Mondrian, Iglesia del pueblo, medios mixtos sobre papel, 1898.

De Lubac insistía en que no podemos entender la naturaleza humana sin referencia a lo sobrenatural. Los humanos tenemos un “deseo natural por lo sobrenatural”. Tenemos un deseo imborrable que nos acerca a lo que yace fuera de nuestra potestad; dependemos totalmente de la completitud sobrenatural. La humanidad, por su propia naturaleza, no puede completarse persiguiendo bienes mundanos, sean familiares, políticos o raciales, sino solamente orientándose hacia y completándose con el único fin último: Dios. El hombre es, por su naturaleza, no solo un animal político sino más fundamentalmente un animal sobrenatural. Tal como Agustín se dirigió famosamente a Dios: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. O como remarca De Lubac: “La naturaleza fue hecha para lo sobrenatural”.

Esto planteó un desafío para Maurras (y otros como él), cuyo eslogan era “primero la política primero”. Las realidades sobrenaturales reverenciadas por el cristianismo serán escollo para las empresas terrenales, y traerán complejidad a los compromisos temporales. La naturaleza humana es doble: animal y espiritual. El hombre, por lo tanto, está comprometido con cosas de este mundo, pero a la vez atraído “más allá de todo horizonte terrestre a solicitar la atmósfera de la eternidad como su clima natural”. Esto descarta cualquier adoración del estado o la nación; el hombre no puede hacer un absoluto de ninguna sociedad humana u orden terrenal. Por eso la religión cristiana no puede ayudar a reforzar la autocomprensión de los franceses por parte del catolicismo francés del mismo modo que el culto a Atenea reforzaba la autocomprensión de los atenienses.

Lo sobrenatural no meramente eleva la naturaleza o simplemente prolonga su movimiento. No actúa meramente “reforzando” el instinto y el apetito, dándonos superpoderes para alcanzar nuestros deseos carnales. No: lo sobrenatural transforma la naturaleza alterando su forma, exorcizando lo que se opone a su completitud verdadera, y acercándola a unirse con Dios. Esto no implica que los elementos humanos son sobrescritos o abandonados, sino más bien que una cultura será “más profunda y cristiana cuantos más elementos humanos desarrolle . . . pero todos ellos deben ser iluminados, juzgados, criticados, transformados y unificados por este principio asimilador llamado fe que se nutre de ellos”.

Henri de Lubac (1896–1991). Fotografía de WikiMedia Commons (dominio público).

Para De Lubac esto significaba que la vocación de la iglesia estaba integralmente atada a la unidad. La humanidad fue originalmente constituida como una, todas las personas compartiendo en la imagen divina. La Caída fue una brecha en esta unidad original, con Dios y otros humanos. El pecado es una forma de separación, una disrupción que afecta el alma individual y la sociedad. La redención es una forma de restauración; la salvación recupera la unidad sobrenatural perdida con Dios y la unidad entre las personas humanas. Esto reforma nuestra comprensión de “naturaleza”. Debemos entender la naturaleza humana acorde a su fin: en comunión con Dios y con los demás bajo Dios.

Este destino común no borra todas las diferencias, pero sí significa que no podemos darles carácter absoluto como parte de la naturaleza humana, porque nuestra naturaleza está más esencialmente atada a lo sobrenatural que cualquier atributo mundano. Y no podemos abrazarlas de forma narcisista o como argumento para germinar odio hacia los demás. Para De Lubac el crecimiento del racismo (dentro y fuera de la iglesia) se entendía como producto de una teología fragmentada. Los teólogos no lograron enfrentar directamente este problema social y por ende incumplieron una parte de su misión. “Hoy”, dice De Lubac, “cuando la doctrina esencial de la unidad de la raza humana es atacada, ridiculizada por el racismo”, deberíamos angustiarnos de que sea tan débilmente defendida por los líderes cristianos.

De Lubac, sin embargo, no cree que esto signifique que no podamos ser patrióticos. En un ensayo temprano sobre patriotismo y nacionalismo, De Lubac explicó que la lealtad nacional también debe informarse de lo sobrenatural. No se trata meramente de que la nación debe ser ordenada a lo sobrenatural; más bien, nuestra relación con la nación también debe ser reorganizada por ello. Lo sobrenatural no viene a meramente fortalecer las aspiraciones nacionales; viene a asimilar la nación dentro del reino de Cristo y ordenarla a la luz de ese destino último. Para De Lubac, la Iglesia católica está en medio de la nación, pero más fundamentalmente trasciende la nación y moldea sus miembros de manera que coloca la lealtad nacional en su justo lugar. Tiene una misión universal y desea la unión de grupos diversos en su seno. Esto milita en contra de la lealtad nacional absoluta. Un nacionalismo inapropiado también rechaza toda autoridad religiosa que ponga límites a las causas nacionales, y no puede comprender los intereses superiores del reino de Dios o el destino sobrenatural del hombre. Estas realidades sobrenaturales desalientan un nacionalismo absoluto.

Para De Lubac, una función de la iglesia es combatir las perversiones de la “naturaleza”, como el chauvinismo, racismo, y nacionalismo desmedido. Para De Lubac, la salvación es social, sobrenatural (esto es: distinta de, integralmente relacionada a, pero más allá del alcance de la naturaleza), y mediada. Juntos, estos tres aspectos constituyen la iglesia como la encarnación social de realidades trascendentes que la humanidad anhela inexorablemente, pero no puede obtener por sus propios medios.

Este es el rol que la iglesia debería estar cumpliendo. La iglesia es embajadora y arquitecta de la unidad. Proclama a los hombres la unidad que se perdió en la Caída, pero que es el destino de la humanidad, redimido y asegurado por Cristo. Es un medio provisorio que anticipa este destino. “La Iglesia”, declara De Lubac, “ya es aquí debajo, misteriosamente, la figura de esa realidad final y trascendente; la Iglesia, que junta a los hombres en la unidad de su cuerpo; la Iglesia, la verdadera Jerusalén, dentro de la cual toda creación humana debe encontrar su lugar para ser transfigurada allí”. Y por ende el racismo y el nacionalismo estrecho niegan el origen y destino de la humanidad, y el universalismo de la iglesia. Ella no puede operar en “servicio exclusivo de una u otra forma de civilización”. La iglesia sabe que todas las razas y culturas “tienen algo que contribuir al uso debido de la medida divina que posee y guarda”. Es el refugio de todas las variedades de humanidad; “sabe, también, que todos los hombres son uno en la comunidad de su origen y destino divinos”. Su tarea es “purificar y dar vida fresca a cada una de ellas, profundizarlas y llevarlas a buen puerto por medio de la revelación divina que guarda en depósito”. La iglesia es “la forma que la humanidad debe adoptar para finalmente ser ella misma”. A la humanidad se le ordena finalmente ser una con Dios.

Piet Mondrian, Atardecer; Árbol rojo, óleo sobre lienzo, 1908.

La misión irremplazable de la iglesia, entonces, es recordarle al hombre su “vocación divina y sobrenatural y comunicarnos, mediante su ministerio sagrado, la semilla aún frágil y oculta, aunque real y viva, de nuestra vida divina”. Toda la humanidad comparte este fin y, por ende, la iglesia es una sociedad verdaderamente abierta, definida por el universalismo de la caridad. La visión de De Lubac puede, por consiguiente, ser resumida como “humanismo eclesiástico”. La iglesia es el “vientre y matriz que aloja el nuevo mundo” que rehace el mundo. El mundo, en cierto sentido, fue hecho para la iglesia, porque la iglesia es la comunidad final, ese lugar de vida social sobrenatural para el que todos fuimos creados y sin el cual la naturaleza humana no será satisfecha. El mundo le pertenece a ella, y ella rehace la raza humana. Todas las otras comunidades deben encontrarse dentro de ella, si quieren durar. Esto significa que la iglesia causará algo de agitación en el mundo. Ella frustrará las ambiciones de todos aquellos que busquen convertir sus identidades carnales, proyectos temporales, y comunidades terrenales en definitivas.

Unirse a la resistencia

Ahora nos enfrentamos a un recrudecimiento de algunas de las ideas más venenosas del siglo pasado. Pero en De Lubac vemos un ejemplo poderoso de cómo responder a estas formas perniciosas de etnonacionalismo que asoman la cabeza. Su vida nos ilustra un rechazo valiente, persistente y claro a una visión del cristianismo que deja atrás el fin sobrenatural de la naturaleza humana y las demandas sociales del evangelio. De Lubac concibe la iglesia como el lugar divinamente instituido para la realización de la humanidad. La paradoja de la naturaleza humana debe aplicarse a la socialidad: solo la transfiguración escatológica de la sociedad humana mediante la irrupción de la gracia de Dios puede completar la sociedad humana. Esa irrupción se produce socialmente en la iglesia. Y ella ennoblece y transfigura nuestra socialidad, porque eso hace lo sobrenatural, mediado en la vida de la iglesia, con la naturaleza.

Cuando perdemos esto de vista, la raza y la nación pueden convertirse fácilmente en iglesias falsas, parodias del cuerpo de Cristo, que es el lugar de la vida social sobrenatural para la que está ordenada la naturaleza humana. Debido a que estas no son las comunidades definitivas a las que se ordena la naturaleza humana, no la satisfarán. Necesitamos dirigir nuestra socialidad incansable al cuerpo que es el instrumento glorioso de Dios para la vida social sobrenatural, de lo contrario actuaremos de forma menos humana, como si nos olvidáramos de quiénes y qué somos.

Tanto Nietzsche como los defensores de un aristotelismo pagano sospechan, en cierto nivel, que el cristianismo impide a las personas ser humanas como es debido, al alejarlas de su aspiración a la grandeza e interferir en la solidaridad étnica en favor de la solidaridad con sus hermanos y hermanas en Cristo. Lo que De Lubac insiste es que aferrarnos a lo que creemos que necesitamos para ser humanos nos impedirá alcanzar la plenitud de la humanidad que nos ofrece Cristo. Estas otras visiones paganas, como percibió De Lubac, pretenden corromper el cristianismo desde dentro, despojarlo de su amor sobrenatural que rompe las barreras “naturales”. Estas visiones degradan el cristianismo y subyugan a la iglesia. La caridad (revelada en Cristo, dada a los que están en él, generando su “cuerpo de caridad en la tierra”) es lo que eleva y transforma a la humanidad para que sea verdaderamente ella misma. Facilita la unidad de la humanidad, devolviéndola a su destino. En ella se encuentra la fuerza verdadera.


Traducción de Micaela Amarilla Zeballos