Una espada se saca de la piedra; otra se clava en ella.
El legendario Gran Rey de Camelot, Arturo, es un héroe muy conocido. Según el famoso relato de Thomas Malory en Le Morte d’Arthur, Arturo sacó la espada que estaba clavada en una piedra de mármol para determinar quién debía gobernar el reino. Solo aquel que fuera lo suficientemente digno y virtuoso podría sacar la espada. Muchos caballeros y nobles intentaron esta hazaña, pero ninguno lo consiguió. Arturo actuó sin egoísmo, pensando solo en su hermano. “Y así, agarró la espada por las empuñaduras y, con decisión pero sin esfuerzo, la sacó de la piedra, montó en su caballo y cabalgó hasta llegar donde estaba su hermano, Sir Kay, y le entregó la espada”. Este acto lo identificó como el próximo rey de Bretaña. Continuaría unificando el país mediante victorias en Escocia y Gales, lo que consolidó su derecho al trono.
Las narrativas sobre “los elegidos” perduran por una buena razón: apelan a nuestro propio deseo de ser heroicos. Insinúan que la grandeza ya vive dentro de nosotros; todo lo que necesitamos es un momento mágico para revelarla. Los largos años de oscuridad serán reemplazados por un destello del destino.
Contrasta esta historia con la de Galgano Guidotti. Nacido en una casa noble entre las onduladas colinas de la Toscana, alrededor de 1148, llevó una vida sin necesidades ni preocupaciones. Sin embargo, el respeto que acompañaba a su nombre y el oro que heredaría le irritaban el alma.
Lo único que Galgano Guidotti tenía que hacer para ganarse su estatus era comportarse como un caballero de virtud inmaculada. En la Toscana del siglo xii, esto significaba participar en torneos públicos y, cuando el honor lo exigía, matar a quienes desafiaban su nombre. Era un trabajo sangriento, pero mantener su título lo era todo para él, y le reportaba grandes beneficios, no solo en forma de monedas que recibía de sus padres, sino también en forma de adoración y disfrute de los placeres terrenales.
Fotografía de Silvia Cozzi / Alamy Stock Photo.
Sin embargo, cada noche cabalgaba solo hasta la silenciosa cima del monte Siepi para despejar su mente. En uno de esos paseos, su caballo se asustó y Galgano se estrelló contra el suelo. Cuando recuperó el conocimiento, un ángel lo esperaba. Le pidió que renunciara a todo lo que había conocido, que arrojara su espada y que entregara su vida a Dios. Esto molestó mucho al caballero Galgano. Pensó que el ángel se estaba burlando de él. Se rio, aceptó el reto y proclamó: “¡Sería más fácil partir esta piedra con una espada!”. Entonces, bajó su espada con todas sus fuerzas y esta se deslizó fácilmente en la roca sólida. Formó una cruz, el símbolo de Cristo.
Fue entonces cuando la nube de descontento se levantó de Galgano. La aprobación que antes consideraba esencial ya no le provocaba nada. Juró renunciar a la violencia y la ambición. Ya no tenía que impresionar a los demás, lo que le había proporcionado tan poca alegría. En cambio, al darse cuenta de que su historia no tenía por qué consistir en conquistas, lo abandonó todo para vivir el resto de su vida como ermitaño. Vivía contento, entre las colinas azotadas por el viento, donde ahora se encuentra una iglesia de piedra, construida sobre la tumba de San Galgano. La espada sigue allí, sin que nadie haya vuelto a desenvainarla jamás.
Nos criamos con historias de héroes que matan dragones y triunfan sobre el mal. Leyendas como la de Arturo impregnan nuestra cultura moderna. Ardemos con el fuego de la ambición o tememos lo que sucederá si dejamos de querer más y más. Tenemos miedo de que nuestros compañeros nos dejen atrás y de que un mundo cada vez más acelerado nos supere. Nos preocupa que, sin pruebas de nuestros logros, no seamos nada.
Galgano también vivió en un mundo así. Sin embargo, en un momento crítico de su camino, vio a través del velo de la futilidad y vislumbró una vida sin la necesidad de tomar el destino por los cuernos. Su milagro no fue el martirio, sino el simple acto de dejar la espada. Con ello, se negó a demostrar nada en absoluto.
Algunas de las victorias más difíciles son silenciosas: espadas enterradas, ambiciones liberadas, poder renunciado. Por supuesto, aunque hayamos depuesto las armas, seguirá habiendo momentos en la vida en los que debamos actuar. Puede que tengamos personas que dependan de nosotros, obligaciones que debemos cumplir con cuidado. Dejar ir no tiene por qué significar desaparecer en las montañas para vivir una vida hermética. Puede significar no vincular nuestro valor a nuestros ingresos. Puede significar crear sin elogios.
La espada de Galgano permanece enterrada en la piedra como símbolo de rechazo. Sin guerras santas. Sin coronas. Sin gloria. Solo la decisión de dejar atrás la ambición.
Como dijo Jesús una vez: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada, a espada perecerán” (Matt 26:52). Un camino conduce a la guerra; el otro conduce a la paz.
Traducción de Coretta Thomson