No hemos sido enviados a este mundo para cumplir quehaceres en los que no podamos poner nuestro corazón. Tenemos ciertas tareas que realizar para ganarnos el pan, y hay que hacerlas con ahínco; otras que realizar para nuestro deleite, y hay que hacerlas con entusiasmo: ninguna debe hacerse a medias o a ratos, sino con voluntad; y lo que no merezca este esfuerzo, no debe hacerse en absoluto. Quizás, todo lo que tenemos que hacer no sea más que un ejercicio del corazón y de la voluntad, y sea inútil en sí mismo; pero, en cualquier caso, la poca utilidad que tenga bien puede prescindirse si no vale la pena dedicarle nuestras manos y nuestras fuerzas.
No corresponde a nuestra inmortalidad tomar una facilidad incompatible con su autoridad, ni permitir que ningún instrumento del que pueda prescindir se interponga entre ella y las cosas que este gobierna. Y quien quisiera formar las creaciones de su propia mente con cualquier otro instrumento que no fuera su propia mano, también, si pudiera, buscaría dar órganos de trituración a los ángeles del cielo, para facilitarles su música.
Hay suficientes ensueños, suficiente terrenalidad y suficiente sensualidad en la existencia humana como para que no convirtamos en mecanismo los pocos momentos brillantes de la misma; y, puesto que nuestra vida no es, en el mejor de los casos, más que un vapor que aparece por un momento y luego se desvanece, que al menos aparezca como una nube en lo alto del cielo, y no como la espesa oscuridad que se cierne sobre el marchitar del horno y el rodar de la rueda.
Vilho Sjöström, Sandpit, 1906, óleo sobre lienzo. Wikimedia Commons (dominio público).
Traducción de Coretta Thomson. Fuente original: John Ruskin, The Seven Lamps of Architecture (Dana, Estes and Co., 1849), 167.