Joy Marie Clarkson, de Plough, conversa con Ben Quash, profesor de Cristianismo y Artes y editor general de The Visual Commentary on Scripture, un proyecto que dirige en colaboración con la National Gallery de Londres.
Plough: ¿Cómo se trata el tema de la belleza en las escrituras cristianas?
Ben Quash: En el griego del Nuevo Testamento, los lenguajes relativos a la belleza y a la bondad suelen ser prácticamente intercambiables. Por ejemplo, en Marcos 14:6, Jesús dice que la mujer que ungió sus pies ha hecho algo hermoso. En inglés se traduce como “a beautiful thing” [una cosa hermosa], pero la palabra en griego es kalos, que significa “bueno”; literalmente, Jesús la felicita por un “buen trabajo”. ¡Eso es interesante! Igualar la bondad moral o espiritual con la belleza es algo característico del Nuevo Testamento, en sus contadas referencias a lo bello. Esta cercanía entre bondad y belleza anticipa discusiones medievales posteriores sobre la belleza como una propiedad trascendental del ser, arraigada en la existencia y, finalmente, en Dios.
Por el contrario, en el Antiguo Testamento hay abundancia de palabras para belleza, y parte de aprender a interpretarlas implica darse cuenta de que algunas se aplican principalmente a criaturas, y otras solamente a Dios. Hay personajes en el Antiguo Testamento notables por su belleza física, incluyendo al joven David, Abigail y Absalón, por más que a este último no le sirvió de mucho, porque su “hermosa” larga cabellera se engancha en un árbol, provocando su muerte. Entonces, ya hay en el Antiguo Testamento una conciencia de que la belleza de las apariencias también puede ser algo peligroso.
David Jones, Montes et Omnes Colles, acuarela y lápiz, 1928. Arte de The Whitworth, The University of Manchester, Whitworth Art Gallery /Bridgeman Images. Usada con permiso.
Luego hay una idea de la integridad como belleza. Job es descrito como poseedor de la cualidad de la integridad. Es la misma palabra usada para describir sacrificios aceptables en el templo. Deben carecer de defectos. En otras palabras, y esto me interesa realmente, la belleza en dicho contexto no significa algo idealizado y despojado de lo ordinario. En los términos del Antiguo Testamento, esta clase de belleza se trata de ser precisamente lo que se supone que debes ser. Así, un cordero sin defectos es simplemente un cordero muy cordero; no algún tipo de cordero excepcional, distinto de todos los otros, sino un cordero con todos los componentes correctos en los lugares adecuados. Y eso es, en mi opinión, un lindo recordatorio para que nuestra propia cultura del siglo XXI se cuestione su obsesión por destacarse, y su búsqueda por una belleza que te aleja de los demás.
Finalmente, en el Salmo 29, somos invitados a adorar al Señor en la belleza de su santidad. Allí la palabra es una distinta a la que se usa para describir la belleza de las apariencias humanas. Es el lenguaje del esplendor. Y luego hay un lenguaje único para la gloria (kabod en hebreo) que solo se usa con relación a Dios.
¿Cómo entiende Platón la belleza, y cómo eso moldea la narrativa de la tradición cristiana sobre la belleza?
Esa es una discusión en desarrollo, especialmente cuando se refiere a las artes. Pero, en general, para Platón las cosas más reales son las formas ideales incorpóreas: las cosas materiales que encontramos en este mundo son solamente reflejos de lo real. Cuando se refiere a la belleza, la reconoce como parte del mundo creado, e interpreta nuestros encuentros con ella como inferiores a lo ideal. Estos encuentros son mediadores (en distintos aspectos y grados) de la belleza ideal de lo Uno. Mediante la belleza podemos orientarnos hacia lo Uno, pero solo podemos ascender abandonando el mundo material.
El cristianismo tomará y usará mucho de esto. La idea platónica promociona un ascenso, partiendo de un estado de atención por el orden creado alrededor nuestro, hacia el origen de esa belleza; en términos cristianos, ese origen es el Creador, el dador de toda la vida, aquel que glorifica todas las cosas con su belleza. La diferencia crucial entre Platón y el cristianismo es que, en Platón, la trascendencia radical de la Forma ideal deriva muy fácilmente en un dualismo: el mundo creado es malo y debemos escaparle, mientras que el mundo espiritual es bueno. Puede existir una mediación en nuestras experiencias de belleza, y puedes acercarte a las Formas ideales mediante ellas. Pero, en cierto sentido, el mundo de lo material es denigrado.
Traherne habla de la Creación como “el frontispicio de la eternidad”: es esa primera página de un libro, cargada con la promesa de lo que viene a continuación.
El evangelio cristiano de la Encarnación, por el contrario, afirma poderosamente el orden material como el lenguaje elegido por Dios para divulgar su belleza para el mundo. Y que la acción de glorificar y exaltar este mundo creado, y los cuerpos humanos como parte de él, está absolutamente en el núcleo del evangelio. De ninguna manera se deduce que debamos dejarlos atrás cuando subamos la escalera de la belleza. Son asumidos. La escalera misma también es asumida. Y creo que esa esa una diferencia muy importante.
¿Y qué tal Aristóteles?
Hay diferencias importantes con Aristóteles, el otro peso pesado de la antigua filosofía griega. Para él, la belleza se trata principalmente de alcanzar o realizar la potencialidad. Y eso le ofrece un abordaje mucho más positivo hacia las artes. Platón suele ser considerado, quizá injustamente, como un enemigo intransigente de las artes, debido al último libro de La República, donde dice que los artistas no tienen lugar en la ciudad ideal porque nos engañan, y que las imitaciones son siempre engaños porque son versiones inferiores al objeto real que imitan.
Aristóteles es mucho más claramente positivo hacia las artes. Y creo que eso, en parte, se debe a que él ve en los artistas la función de realizar del potencial de las cosas: desbloquear el potencial de un bloque de piedra para convertirse en escultura, por ejemplo. También encuentra valor moral en la representación artística. Para tomar un ejemplo literario: al ver una tragedia griega, es cierto que se nos presentan imitaciones de situaciones que podrían ser reales en la vida humana; pero a través de ellas logramos reflexionar sobre cuáles acciones son correctas en el mundo, y por lo tanto desempeñan una función educativa, una función pedagógica que sirve al bien. Y eso es parte de actualizar nuestra propia potencialidad como criaturas humanas hacia el bien. Puedes ver que ya me deslicé desde una discusión sobre la belleza hacia una discusión sobre las artes, porque incluso en ese entonces se entremezclan constantemente.
¿Quién es tu teólogo de la belleza favorito?
Thomas Traherne. Leer a Traherne me deja al borde de las lágrimas. Fue un poeta del siglo XVII y el más exquisito escritor de prosa. Un místico anglicano, en verdad, escribiendo en el remoto oeste de Inglaterra. No sabemos mucho sobre él. Muchas de sus obras están perdidas, pero se han encontrado algunas recientemente. Escribe con el estilo de poetas metafísicos como John Donne y George Herbert. Y la belleza es un hilo conductor en su obra. ¡Está intoxicado por ella! Le da color a cómo ve el mundo a su alrededor, de una manera algo platónica, pero también afirmada en el mundo material. Habla de la Creación como “el frontispicio de la eternidad”: es esa primera página de un libro, cargada con la promesa de lo que viene a continuación. Entonces, cuando miramos el mundo, solo estamos viendo el frontispicio, pero este no oculta, sino que promete. Promete lo que está por venir. Y, en todo lo que observa Traherne, ve a la eternidad anunciándose. Puede meditar extáticamente en la cosa más pequeña, en una humilde mosca, y ver el respeto y la gloria de su iridiscencia como el plato de entrada a la gloria. Es asombroso.
David Jones, Jardín amurallado, óleo sobre tabla, c. 1930. Arte de Bridgeman Images. Usado con permiso.
Creo que la influencia de Traherne recorre a los autores románticos, hasta cierto punto. Siento un espíritu traherniano en Coleridge, a quien también admiro, y sospecho que también en personas como Gerard Manley Hopkins. Y luego alcanza el siglo XX. Es una tradición que llamo empirismo místico. La parte empirista es observar el mundo y sus objetos, sus criaturas, con intensa atención. No idealizarlas, más bien mirarlas realmente como lo que son. Y es místico porque, precisamente, en esa atención cuidadosa a las particularidades de las cosas te encuentras de repente sintiéndote a ti mismo en contacto con lo último, con la gracia, con la comunicación divina. Estas criaturas son manifestaciones de la presencia y el propósito de Dios, precisamente en sus particularidades únicas. Observarlas se vuelve una suerte de forma mística de encuentro con lo divino. Esto es lo que hace Hopkins cuando observa al halcón o “cómo se incendia el martín pescador”.
David Jones, el poeta y pintor, es uno de los cuales identifico como los grandes apreciadores de la belleza según esa tradición en el siglo XX. Y tanto de eso se relaciona con el mundo natural, y con prestarle atención. No es una de esas ideas intelectuales sobre la belleza que encontrarías en la tradición platónica anti materialista, sino la contemplación de las cosas particulares del mundo, las rosas a través de tu ventana, las hojas cambiantes a través de la mía, esa insinuación hacia lo real que les trasciende.
Traherne escribe durante el nacimiento de la ciencia moderna. Aquí tiene lugar el primer paso hacia la ciencia natural organizada como disciplina independiente, con sus propios métodos. Pero se ubica en ese breve momento, esa cúspide, donde no existe distinción entre el método científico natural y la alabanza. Es como una ciencia doxológica. Es una ciencia que aporta gloria. Y en los cincuenta a cien años posteriores a que Traherne escribiera, parece que esto deja de ser posible. Es una puerta que se cierra. Pero para Traherne, una enciclopedia puede estar salpicada de exclamaciones de alabanza en cualquier punto. Estás registrando el mundo, aprendiendo sobre él, y refiriéndote a Dios constantemente en alabanza. Anhelo una ciencia doxológica. Una ciencia que pueda reconocer la belleza.
Habiendo enseñado y trabajado contigo, me inclino a pensar que tu descripción de la belleza está profundamente influenciada por el paisaje inglés. ¿Estás de acuerdo?
Me inspiran profundamente las múltiples capas de un lugar habitado desde mucho tiempo atrás. Como lo expresa Gerard Manley Hopkins, un paisaje “parcelado y dividido”, “majada, barbecho y sementera”; las capas de habitantes perennes, colectivos, y las relaciones que evolucionan entre criaturas humanas y no humanas. El suelo, la fauna y la flora juegan mucho en mis propios instintos de lo que encuentro bello y de lo cual saco conclusiones teológicas sobre la generosidad de Dios y lo que constituye una vida sabia.
El paisaje inglés ha sido muy maltratado en las últimas décadas. Las técnicas de agricultura moderna lo dañan mucho, y la biodiversidad de Inglaterra es mucho menor a lo que era hace cien años. Hay problemas reales que enfrentamos, y uno puede fácilmente tratarlos con excesivo romanticismo. Sin embargo, en las tradiciones literarias, al igual que las teológicas, que adoran la campiña inglesa, encuentro un mutualismo complejo entre humanos y no humanos, construido durante siglos, culminando en una descripción convincente de lo que es belleza.
Uno de los teólogos de quien aprendí mucho fue Dan Hardy, estadounidense de origen, que luego hizo buena parte de su carrera académica en el Reino Unido. Solía contrastar el jardín inglés con el campus de la Universidad de Virginia. La arquitectura original de esta última era y sigue siendo muy clásica, en su esencia. Y decía que dicha arquitectura declaraba la exclusión de la naturaleza virgen frente a la razón. Entonces, la razón humana deja a la naturaleza fuera, la mantiene a una distancia prudente. Solías mirar el jardín del campus de la Universidad de Virginia y encontrar la naturaleza en la distancia, mientras que todo aquello dentro del perímetro estaba bajo control racional humano. Eventualmente, incluso esa vista hacia el exterior fue bloqueada por más edificios. Y él decía que esta es una especie de metáfora de una forma de relación con la naturaleza que la trata de salvaje, peligrosa, ajena, irracional. Y la belleza eran todos esos frontones y columnas con su correcta distribución.
David Jones, Landscape in Kent, óleo sobre lienzo, 1921. Arte copyright © los administradores de la sucesión de David Jones / Bridgeman Images. Con permiso de Amgueddfa Cymru – Museum Wales.
Por contraste, la campiña inglesa es mucho más recíproca y desordenada. Su belleza radica en la sucesión de negociaciones interminables entre las plantas, mientras encuentran el lugar adecuado para adquirir algo de luz y agua; pero también los habitantes humanos que trabajan con las plantas para hacerlas su mejor versión. Estos derrames e interrelaciones sugieren un trato muy diferente con el mundo natural. Y es en relaciones como esas donde yace la belleza. No es algo medible, que miras y dices “esta es una proporción de tres a cinco, una razón hermosa”. Es mucho más un sentido intuitivo, instintivo, de cómo las cosas conviven bien o no lo hacen. Este tipo de juicios me apetece más. Son más orgánicos y expresan mejor un amor por el mundo como es, por sobre intentar hacerlo algo que no es. Entonces, esta fue una forma larga de afirmar lo que has detectado en mí: me gusta este estilo de belleza orgánica, desordenada, interactiva y recíproca. La veo como belleza inglesa.
David Jones tiene un bello y pequeño ensayo donde reflexiona sobre el jardín inglés, en el segundo volumen de su obra (The Dying Gaul [El gálata moribundo], publicado luego de su muerte). Cree que hay algo distintivamente inglés sobre ese tipo de jardín, y ve precursores de él en ciertas pinturas y tapices ingleses de la época medieval, pero sostiene que hay una tradición continua que aún sobrevive.
Hablar sobre la belleza puede, a veces, parecer muy abstracto o elitista, pero lo haces ver como algo muy integral. ¿Cómo afecta nuestras vidas cotidianas tu idea de belleza?
Esto nos lleva de vuelta al lenguaje del relacionamiento. Lo que experimentamos a nuestro alrededor, sostenido por formas de relacionamiento hacia esas cosas perpetuadas en el tiempo, puede despertarnos creer en la belleza. Por el mismo motivo, la fe puede ser algo que suele sentirse vulnerable ante la evidencia. Hopkins habla sobre el afianzamiento de ciertas fuerzas tóxicas, destructoras de lo salvaje. Y Jones, de manera similar, lamenta los picos uniformes de las botellas de fabricación industrial. Busca el Logos en estas cosas (y en los postes eléctricos imponiéndose sobre el paisaje) y no lo puede encontrar.
Hopkins y Jones están al tanto de esta vulnerabilidad. Son conscientes de que uno podría catalogar de inocente optimismo el creer que la belleza es algún tipo de cosa última que el mundo revela para nosotros. Pero creo que a menudo, como con la fe, vivir en y acercarnos a ella equivale a encontrar confirmaciones de ella. Y eso cambia la forma en la que vives. La creencia de que la belleza busca hablarnos debería volver nuestra atención más gentil, paciente y optimista. De hecho, más esperanzadora. Porque la esperanza es más que el optimismo. Es una disposición, no un sentimiento; una disposición a la cual a veces debemos aferrarnos. Algo que necesitamos perseguir activamente. Esa forma de determinación resultará en mejores relaciones, no solo con las cosas que observamos (ya sean obras de arte u objetos naturales, las cosas que podríamos categorizar como objetos estéticos), sino con el otro y las comunidades que formamos parte. Porque hay belleza en todas las relaciones. El relacionamiento, de cierta forma, es belleza. Buenas relaciones son belleza. Y eso incluirá la relación entre dos notas, o tres notas, en una composición. La relación entre dos colores en una pintura, las proporciones de un espacio arquitectónico. Pero se extiende a otras formas de relación, otras formas de buena proporción. En las jerarquías de nuestras organizaciones sociales, en las formas de cuidado mutuo y recíproco y la distribución de responsabilidades que toda familia o sociedad humana necesita, donde buscamos cumplir nuestro papel en relación con otros. Cuando esas cosas funcionan, son bellas.
Entrevista realizada el 2 de octubre de 2025 y editada para mejorar la claridad. Traducción de Micaela Amarilla Zeballos.