El Juicio Final de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina del Vaticano, es sin duda una de las pinturas más famosas en la historia del arte. Durante los dos cónclaves a los que pude asistir (2005 y 2013), tuve tiempo de contemplarlo. Cristo, el juez del mundo, está en el centro. A su derecha, los salvados ascienden al cielo; a su izquierda, los condenados son arrastrados al infierno por demonios. Innumerables visitantes de los Museos Vaticanos se quedan maravillados ante esta obra maestra cada día. ¿Creen ellos que algún día será así, el cielo y el infierno? ¿Creo yo, no teóricamente, sino con toda sobriedad, que algún día también se decidirá mi destino: la felicidad eterna o la condenación eterna? ¿Creía Miguel Ángel en lo que representaba? Entre los condenados al infierno, incluyó a cardenales de su época. ¿Era esto una malicia por parte del artista hacia las figuras poderosas de la Iglesia?

Mil quinientos años antes, alguien le preguntó a Jesús: “Señor, ¿solo se salvarán unos pocos?”. ¿Qué respuesta esperaba que le diera Jesús, generalidades sobre la relación entre el cielo y el infierno? Agustín, el gran doctor de la Iglesia, parece haber creído en serio que solo unos pocos se salvarán y que, en consecuencia, la gran mayoría se perderá para siempre. Su opinión se cernió sobre el cristianismo por siglos como una nube oscura. Hoy, esta parece haberse disipado; parece prevalecer la confianza de la que hablan los renanos en sus canciones: “Todos, todos iremos al cielo porque somos tan buenos”. Las palabras de Jesús no son una broma. No da una respuesta general, ni estadísticas sobre el cielo y el infierno. Se dirige a todos personalmente: “Esfuércense por entrar por la puerta estrecha”. Su predicción es dura y dolorosa: ¡muchos no lo lograrán! Esto nos deja a todos con unas preguntas, si es que nos permitimos contemplarlas: ¿Lo lograré yo? Y, ¿qué debo hacer para atravesar la puerta estrecha?

Michelangelo, El Juicio Final, fresco, 1536–1541. Wikipedia (domonio público).

Debo admitir que me cuesta aceptar la condenación eterna. Sin embargo, me tomo en serio las claras palabras de Jesús sobre el cielo y el infierno. No son una invención de Miguel Ángel. Hay una idea que me ayuda: en la tierra hay tribunales. Los delitos graves se castigan con cadena perpetua. Mis acciones tienen consecuencias, tanto buenas como malas. El fraude se castiga, al igual que el asesinato, con penas mayores o menores. Si creo en la vida eterna, ¿por qué mis acciones solo tendrían consecuencias en esta vida? Jesús habla de un cierre definitivo de la puerta. Existe el “demasiado tarde”, no solo cuando perdemos un tren, sino también si morimos sin haber reparado el mal que hemos cometido. Puede atormentarnos por años si alguien muere antes de que le hayamos pedido perdón. Hemos perdido nuestra oportunidad para siempre. Jesús deja claro que nuestra eternidad se decide aquí y ahora. Si tanto depende de nosotros, ¿solo se salvarán pocos? ¿La salvación depende de si hacemos de la vida un paraíso o un infierno para los demás, aquí en la tierra? Una vez, los discípulos le preguntaron a Jesús con espanto: “¿Quién puede, entonces, salvarse?”. La respuesta de Jesús es nuestra única esperanza: “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible”.


Traducción de Coretta Thomson