Al crecer, no había mejor sensación que sumergirme en una buena historia. Cuando un armario se abría a Narnia o una carta entregada por un búho cambiaba la vida de un niño pequeño, me veía arrastrada a una emocionante aventura. Todavía recuerdo las burlas de mi hermana mayor cuando salí de mi habitación llorando después de la muerte de Dumbledore.

En esos momentos de lectura, experimenté la belleza. No tenía nada que ver con el aspecto de las cosas. Era un viaje del corazón fuera de mí misma y hacia un entero más grande, una experiencia trascendente que me dejó con una profunda sensación de alegría, esperanza y gratitud. Creo que en esta experiencia se expresó, por primera vez, mi deseo inconsciente de conocerme a mí misma como una niña de la familia de Dios.

Charles Choi, Volviendo a casa, óleo sobre lienzo, 2018. Todo el arte de Charles Choi. Usado con permiso.

Pero a medida que fui creciendo, estas experiencias de abandono de mí misma fueron cada vez más escasas. La mayor parte del tiempo, yo era terriblemente autoconsciente. Me costaba mucho entrar de verdad en la vorágine de la vida y me sentía atrapada en mi propia mente y emociones. A mis veinte años, tenía un éxito razonable sobre el papel, una carrera sólida, relaciones románticas y todos los adornos de la vida autónoma moderna. Pero esta imagen pulida ocultaba dolor, confusión e insatisfacción. A menudo, caminaba sin rumbo por la ciudad, anhelando que mi vida se abriera a algo más grande, como pasó en una de esas historias. Nunca imaginé que había Alguien que veía todos esos momentos, quien quería ofrecerme, precisamente, la belleza que yo amaba.

Una respuesta al anhelo

En 2018, soltera y a la deriva, mi empresa de California me envió a una conferencia en Texas. Allí, durante un momento de ocio, un joven de Inglaterra me saludó. Fue un encuentro breve y amistoso, y no le di mucha importancia. Pero cuando volví a encontrarme con Ben en un evento más tarde ese mismo día, casi sin darme cuenta, nuestra conversación superficial se había convertido en una inmersión profunda en aguas desconocidas.

Los dos teníamos veintisiete años, estábamos rotos de diferentes maneras, pero sintonizados con la belleza, persiguiendo los destellos que habíamos encontrado en la música, los libros y los fugaces momentos de trascendencia. Aunque nos conocimos como extraños de diferentes partes del mundo, sentí que, en realidad, no éramos extraños, sino dos caras de la misma moneda, conectadas desde siempre de una manera sólida, pero invisible. Yo no buscaba el matrimonio ni la religión y, desde luego, no me interesaba el cristianismo, pero esta nueva conexión trastocó lo que creía saber. Mientras que Ben, criado como ateo, había llegado a creer en Dios y apreciaba el cristianismo de manera intelectual, yo había cerrado mi corazón a Dios. Criada de manera marginalmente católica por padres divorciados que no seguían a Jesús, y educada en entornos liberales y seculares, consideraba que la religión era engañosa, endeble y poco sofisticada.

Pensaba poco en Dios, pero, inconscientemente, anhelaba ese “aroma de una flor que no hemos descubierto, el eco de una melodía que no hemos escuchado, noticias de un país que aún no hemos visitado”, como C. S. Lewis describe con tanta destreza el anhelo humano. Cuando Ben y yo nos conocimos, fue como si ese anhelo en nosotros hubiera sido respondido, y cada uno de nosotros hubiera recibido el regalo, completamente inmerecido, de una pareja. La lenta comprensión de que esta relación —en la que mi verdadero yo podía ser visto, amado y llamado a existir— había caído aparentemente del cielo, me abrumó con asombro y gratitud. No podía darle sentido dentro de mi cosmovisión existente; sin embargo, las pruebas de algún tipo de intención y diseño marcha atrás de todo esto se acumulaban.

De vuelta en nuestros respectivos hogares, separados por un océano, Ben me envió un mensaje de texto con un versículo que le había impactado una vez, después de que alguien le entregara una Biblia en las calles de Londres. Era Romanos 12:2, y se convirtió en el primer versículo que grabé conscientemente en mi memoria: “No vivan ya como vive todo el mundo. Al contrario, cambien de manera de ser y de pensar. Así podrán saber qué es lo que Dios quiere, es decir, todo lo que es bueno, agradable y perfecto”. Sin que yo lo supiera, esa transformación estaba comenzando; las semillas se habían plantado hacía tiempo. La voluntad de Dios para nosotros era buena, agradable, hermosa, pero yo aún no tenía un marco teológico para comprenderla.

Una invitación divina

Una mañana, poco después, una amiga me envió un enlace a un episodio de un pódcast, sin más comentarios. Titulado “El paisaje interior de la belleza”, incluía una entrevista con John O’Donohue, el difunto filósofo, poeta y sacerdote irlandés. Su voz, cálida y melodiosa, hablaba de la belleza no como un atractivo superficial, sino como una fuerza esencial que nos llama a volver a casa, ayudándonos a sanar viejos patrones y a encontrar nuevos terrenos:

La belleza no se trata solo de ser agradable y encantador. La belleza es algo más completo y sustancial. . . . En ese sentido, la belleza es una plenitud emergente, un mayor sentido de la gracia y la elegancia, una sensación más profunda y también una especie de regreso a casa para el enriquecido recuerdo de tu vida en desarrollo.

Cautivada tanto por la forma como por el contenido de sus palabras, descubrí Anam Cara, su exitoso libro sobre la antigua espiritualidad celta. Mientras leía este libro por primera vez, con los ojos llenos de lágrimas, cada frase daba expresión a lo que estaba experimentando, y abría la perspectiva de mi vida hacia la eternidad.

Charles Choi, Sendero, óleo sobre tela, 2014.

Anam cara significa ‘amigo del alma’ en gaélico. O’Donohue dice que encontrar este tipo de conexión profunda del alma refleja la naturaleza del propio Dios, que se encuentra con nosotros a través de Jesús y nos invita a vivir plenamente a través del flujo de la relación. Escribe:

El anam cara es un regalo de Dios. La amistad es la naturaleza de Dios. El concepto cristiano de Dios como Trinidad es la articulación más sublime de la alteridad y la intimidad, un flujo eterno de amistad. Jesús. . . es el anam cara secreto de cada individuo. En la amistad con él, entramos en la tierna belleza y el afecto de la Trinidad. En el abrazo de esta amistad eterna, nos atrevemos a ser libres.

Empecé a darme cuenta de que el amor que se desarrollaba en mi vida no era solo romántico, sino una invitación divina. Dios, la belleza oculta detrás de toda belleza, estaba empezando a mostrar su rostro.

Una vida transformada

El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar describe la belleza como un acontecimiento dinámico, que requiere una respuesta. Así es, precisamente, como Ben y yo la encontramos, cuando el matrimonio y la fe recién descubierta se combinaron para encaminarnos juntos en un rumbo nuevo. Si éramos amados por un Dios que nos concedió nuestro anhelo más profundo como un regalo completamente gratuito, en un momento en que no éramos más que pequeños pecadores perdidos, ¿qué significaba eso para nuestras vidas?

Intentamos descubrirlo, examinando nuestros hábitos anteriores y reconstruyendo nuestra vida basándonos en la hermosa revelación de Jesús. Dejamos nuestros trabajos, nos mudamos de ciudad en busca de una comunidad y luchamos contra nuestras heridas espirituales y psicológicas. Durante mucho tiempo, era difícil ver exteriormente si estábamos perdidos o encontrados. Nadie a nuestro alrededor parecía entender qué estábamos experimentando. Pero la fe en que estábamos siendo guiados con amor fue suficiente para sostenernos en el desierto del día a día.

Cuando llegó la COVID, estábamos esperando nuestra primera hija, viviendo básicamente al día, y todavía sin un hogar espiritual, a pesar de haber “probado iglesias”, incluidas las denominaciones católica, ortodoxa y reformada. Durante ese tiempo, me topé con un ensayo titulado “The Abyss of Beauty” (‘El abismo de la belleza’), de Ian Marcus Corbin, en Plough.

Qué extraña especie de animales debemos de ser, para sentirnos al borde de algo, siempre a punto de vivir. Lo que tenemos por delante, justo fuera de nuestro alcance, parece ideal, si pudiéramos alcanzarlo. Pero ¿podemos? ¿Existe tal intimidad? ¿Es una ilusión esperar que así sea?

El ensayo explora cómo la apreciación de la belleza puede transformar una vida —o no— y cómo responde un individuo a la epifanía. Hice clic en la página web “Acerca de nosotros” y comencé a aprender sobre el Bruderhof. Al principio, el estilo de vida del Bruderhof me pareció extraño y monótono. Pero cuando miramos más allá de las apariencias, empezamos a emocionarnos con lo que veíamos: cosas como la inclusión de personas mayores solteras en familias, los cuidados naturales y hermosos al final de la vida, una vida sana y segura para los niños. . . . Vimos con entusiasmo a Laura del Bruderhof, responder preguntas en YouTube.

Los dos teníamos veintisiete años, estábamos rotos de diferentes maneras, pero sintonizados con la belleza, persiguiendo los destellos que habíamos encontrado en la música, los libros y los fugaces momentos de trascendencia.

Luego, descubrí los escritos de Eberhard Arnold, el fundador de la comunidad. Arnold explica el llamado radical de Jesús a un estilo de vida, una forma de ser, que es completamente contrario a las costumbres del mundo. Es una vida estructurada acorde a un amor sacrificial que no conoce límites. Solo así se vencen los poderes del mal y las tinieblas, mediante el suave poder del espíritu de Dios, que lleva a las personas a dar la vida por sus hermanos y hermanas.

El que resucitó a la vida por medio del Espíritu tuvo una fuerza que estalló en una actitud totalmente nueva hacia la vida: amar a los hermanos y hermanas y amar a los enemigos, la justicia divina del reino venidero. Mediante este nuevo espíritu, la propiedad fue abolida en la iglesia primitiva. Las posesiones materiales fueron entregadas a los embajadores de la iglesia para los pobres. A través de la presencia y el poder del Espíritu, y por medio de la fe en el Mesías, este grupo de seguidores se convirtió en una hermandad. (Eberhard Arnold, El testimonio de la iglesia primitiva, pp. 4-5).

Una tarde, después de leer a Arnold en nuestra casa de California, desperté a mi esposo de la siesta y le dije entre lágrimas: “Creo que esto es lo que buscábamos”.

La belleza como la forma del amor

En el otoño de 2021, vendimos el coche que acabábamos de comprar para financiar una visita a Maple Ridge, una comunidad del Bruderhof en el estado de Nueva York. Allí nos recibieron personas cálidas y amables con acentos y formas de hablar extrañas; conocimos a niñas con vestidos sencillos y pies descalzos. Nos alojó una familia con tres hijos, con quienes desayunábamos temprano por la mañana, comenzando con canciones y oraciones. De tardecita, pasábamos tiempo con ellos y con otras personas, tanto jóvenes como mayores, compartiendo nuestras experiencias y nuestro viaje.

La gente era auténtica, pacífica y se sentía cómoda consigo misma. A mi vez, yo me sentía más cómoda conmigo misma que nunca, a pesar de estar agotada y abrumada, con mi sistema nervioso en modo permanente de supervivencia —después de pasar el último año luchando por llegar a fin de mes—, y convirtiéndome en madre de una niña con cólicos.

Durante esta primera visita, Dios se movió poderosamente en nuestros corazones. Fuimos guiados, de forma orgánica y bastante sorprendente, a desenterrar pecados largamente suprimidos y a, finalmente, abrirnos con confianza a otras personas que ya habían entregado sus vidas a Jesús. ¿Era hermosa esta experiencia y esta forma de vida? Sin duda, sí, pero no en un sentido brillante ni atractivo. Era una belleza escondida en la entrega de uno mismo, una forma moldeada por el amor.

Participación en la Cruz

Si le hubieras mostrado a mi yo anterior una foto mía de ahora, con ropa sencilla, sin maquillaje y con los ojos brillantes, no habría sabido qué pensar. Desde fuera, se podrían contar historias sobre la transformación que he experimentado: ¿Me radicalicé al conocer a mi esposo conservador? ¿Elegí un estilo de vida alternativo para escaparme del mundo? ¿Creo en una fantasía que me ayuda a dormir mejor por las noches? Pero la verdadera historia es más difícil de fotografiar. Es interna. Continua.

Charles Choi, Aldea, óleo sobre tela, 2016. 

Es cierto que unirme a esta comunidad ha sido como entrar en otro mundo; pero no para escapar del antiguo, sino para descubrir en él que el reino de Dios está verdaderamente cerca. Al igual que las historias que me encantaban de niña, este mundo insiste en que la esperanza es más fuerte que la desesperación, que el amor une a las personas y que la verdadera belleza refleja la unidad interior. Esta forma de vida no es perfecta, pero a través de las comidas comunitarias y el trabajo compartido, el sufrimiento, la celebración y los gestos discretos realizados por amor, escucho a diario los ecos de la eternidad.

Esta belleza, tal y como yo la veo ahora, no tiene que ver con el esplendor visual, sino con el amor abnegado. Es la experiencia de perderme —y luego encontrarme— en una historia mucho más grande y mejor que mi narrativa personal. Esta es una belleza que refleja la belleza suprema de Cristo. Al ofrecerme la amistad de Jesús, Dios no solo respondió a mi anhelo de belleza, sino que me reveló a Aquel que es bello. Lo que una vez experimenté en los libros de ficción —la amistad, la lucha, el sentido coherente— fue como una luz que me invitaba a una nueva vida en Él.

El evangelio no es un cuento de hadas. Es la historia más verdadera, y su belleza se hace carne cuando nos atrevemos a vivirla, de manera imperfecta, juntos.


Traducción de Coretta Thomson