La iglesia a la que fui casi toda mi infancia y adolescencia era fea; su falta de atractivo no era causada por negligencia, sino intencionada. La alfombra era de un color naranja amarronado que las sillas replicaban exactamente. Las paredes blancas y ciegas estaban vacías, excepto por un crucifijo de madera colgado detrás del púlpito. Era una iglesia joven, y con los años algunas mujeres intentaron suavizar su aspereza. Colocaron plantas cerca del púlpito. Convencieron a los ancianos de pintar las paredes de azul claro. Eventualmente consiguieron nuevos asientos, incluso una nueva alfombra. Pero, durante toda esta transformación, nadie se atrevió a proponer (ni pensó en proponer) introducir arte visual en el interior de la iglesia. No se consideraron pinturas, esculturas ni vitrales. Esta actitud era, por supuesto, una forma de fidelidad.
Lo que mi fea iglesia quería evitar era la idolatría, un pecado de infidelidad que recorre la historia cristiana, provocando respuestas iconoclastas. Comienza en las escrituras. Cuando Moisés ve a los israelitas bailando alrededor de un becerro de oro, destruye las tablas de los Diez Mandamientos y pulveriza su ídolo; ya han roto el segundo mandamiento, que prohíbe las imágenes grabadas. Varias generaciones después, anhelando devolver a Israel a una pureza en la devoción, el Rey Josías hace una alianza con el Señor y derribó los altares locales. Incluso Jesús tiene sus momentos iconoclastas. Volcó las mesas de los cambiadores de dinero en el Templo, proclamando que han convertido una casa de oración en una cueva de ladrones, haciendo del dinero un ídolo como el becerro de oro. Y practicó la iconoclasia rompiendo reglas, sanando y recogiendo alimento en el Sabat, a pesar de las interpretaciones de los fariseos sobre que esas acciones deshonraban los mandamientos. Isaías incluso profetiza la falta de belleza del Mesías, declarando que no tendrá ni atractivo ni hermosura para que más lo deseemos.
Dirck van Delen, Destrucción de iconos en una iglesia, óleo sobre tabla, 1630. Esta pintura representa el Beeldenstorm, o “ataque a las imágenes o estatuas”, una ola iconoclasta en verano de 1566, cuando los protestantes destruyeron retablos, estatuas y artículos sagrados en innumerables iglesias de los Países Bajos. Wikimedia Commons (dominio público).
En la historia post bíblica hubo dos períodos conocidos de iconoclasia en el cristianismo: la disputa bizantina sobre las imágenes en los siglos VIII y IX, y la rotura de imágenes durante la Reforma en los siglos XVI y XVII. Pero la iconoclasia cristiana no está acotada a estos dos momentos. Abarca la tradición. Algunas ramas del monacato del desierto se preocupaban de cómo las imágenes podrían infectar la imaginación. Evagrio Póntico, por ejemplo, prohibió hasta las imágenes mentales durante la oración, para evitar que engañaran a la persona sobre el Dios que trasciende toda imaginación. En la Edad Media, Bernardo de Claraval sostuvo que las abadías debían usar materiales simples sobre preciosos para sus objetos litúrgicos, y que dichas iglesias no debían adornarse indebidamente. El argumento de Juan Calvino de que el corazón es una fábrica de ídolos provocó a cristianos de distintas naciones y siglos a despojar sus iglesias de imágenes y arte, e inspiró a los puritanos a desconfiar de cualquier inversión en estética. En la década pasada, algunas iglesias, y muchos otros tipos de edificios u espacios públicos, han experimentado una nueva racha de iconoclasia, lidiando con los legados racistas de sus monumentos. En Duke, donde trabajo actualmente, la escuela quitó la estatua de Robert E. Lee de la capilla en 2017. Donde solía estar, ahora hay un nicho vacío entre el presidente Thomas Jefferson y el poeta Sidney Lanier.
Como sugiere la diversidad de estos ejemplos, la iconoclasia puede expresar una gama de diferentes impulsos. Algunas veces la iconoclasia intenta intervenir en la adoración de un falso dios, como Moisés demoliendo el becerro de oro. Otras veces responde a interpretaciones erradas del verdadero Dios o corrupciones en nuestra devoción a ese Dios, como Jesús en el templo o el Rey Josías atacando los lugares altos. En ocasiones, como en la obra de Bernardo de Claveral, la iconoclasia pretende reorientar nuestra atención: hacia el Dios que trasciende cualquier arte humano, por ejemplo, o hacia nuestros hermanos y hermanas necesitados. A veces expresa preocupación por la indulgencia sensual. Y otras veces, la iconoclasia quiere proclamar la omnipresencia de Dios, cómo el no puede ser contenido por ninguna imagen particular, estatua o lugar sagrado. Este celo para preservar la trascendencia de Dios inspiró a mucha de la furiosa remoción de imágenes de lugares de culto durante la Reforma. “Si eres Dios, sálvate, pero si eres hombre, entonces sangra”, ridiculizan los iconoclastas mientras arrancan un crucifijo de una iglesia en Basilea. La demostración pública de la impotencia de la imagen es un gesto contra la idolatría para insistir que Dios no puede ser contenido por artefactos.
La iconoclasia puede compartir propósito con las imágenes; las imágenes pueden querer lo mismo que los iconoclastas. Una imagen puede invitarnos a purificar nuestros corazones para orar, a redirigir nuestra atención al Dios que no se define por riqueza o jerarquía terrenal, o a nuestro prójimo necesitado. El artista Kelly Lattimore reinterpreta la huida de la Sagrada Familia a Egipto como la de inmigrantes contemporáneos buscando refugio. También, en su pietà de 2020 titulada “Mama”, muestra a la Virgen y al Niño negros. Mediante estos íconos busca llamar la atención del observador hacia la presencia de Cristo en comunidades marginalizadas. En varias imágenes presenta a Cristo entre aquellos sin hogar: el nacimiento entre los escombros de Gaza, la Sagrada Familia en un campamento de refugiados. Su trabajo no carece de controversia. Un grupo de estudiantes de la Universidad Católica de América solicitaron remover a “Mama” de la capilla de la escuela de Derecho donde colgaba, llamándola “irrespetuosa y sacrílega”. Antes de que la universidad respondiera, el ícono fue robado.
¿Quién es el iconoclasta aquí? ¿Los que argumentan a favor de quitar el arte de Lattimore? ¿Lattimore, por desafiar imaginaciones convencionales sobre una imagen religiosa? ¿Qué significa que ambos bandos quieran dirigir la atención de los observadores hacia Cristo? Los tipos de fidelidad buscada por los creadores de imágenes y los iconoclastas están interrelacionados de maneras complejas. A veces el iconoclasta redirige la atención de una blasfemia, como Moisés rompiendo el becerro de oro o la capilla de Duke quitando a Robert E. Lee de su santuario. Pero otras veces el propio iconoclasta blasfema, confundiendo la santidad o crítica de la blasfemia por blasfemia en sí misma. Quizá consideramos ver de esa forma a quienes atacan las imágenes de Lattimore. El esfuerzo por ser fiel puede verse marcado por el pecado y el error, y en sus esfuerzos mutuos el amante y el destructor de la imagen pueden estar más cerca de lo que parece.
Los interiores de las iglesias que he elegido para adorar como adulta contrastan claramente con la iglesia de mi juventud. Las imágenes se han convertido, durante estos años, en una parte importante de mi vida espiritual, y la belleza es para mí un signo importante de presencia divina. Sin embargo, aún encuentro algo para admirar en la fea iglesia que alguna vez llamé hogar. Su austeridad encarnaba la esperanza de una forma de adorar sin distracciones, de que los fieles pudieran habitar una singularidad de devoción. Creo que la belleza y las imágenes son cosas buenas, pero incluso y en especial las cosas buenas pueden convertírsenos en ídolos. Las mismas cosas que nos acercan a Dios pueden volverse las que nos distraen, absorbiendo nuestra atención y adoración para ellas mismas en vez de dirigirnos hacia el Señor.
Mi iglesia iconoclasta estaba alerta a ese peligro, vigilando atentamente cualquier cosa que pudiera interponerse entre nosotros y el Más Alto. Mi historia con esa comunidad la llevo conmigo, cuando entro ahora a los espacios de devoción hermosos y llenos de imágenes. Llevando conmigo el recuerdo de la única cruz de madera en esas paredes vacías que se alzaban sobre una extensa alfombra de color naranja amarronado, me pregunto cómo puedo, en una vida llenade imágenes, honrar esta lucha por la atención divina.
Traducción de Micaela Amarilla Zeballos