Subtotal: $
Caja
¿Qué diferencia hace la Pascua?
Nuestra misión verdadera es traer este amor pascual al extranjero, al pobre y al olvidado.
por Marilyn Lacey, RSM
jueves, 09 de abril de 2026
Otros idiomas: English
¿Qué cambió gracias a la Pascua? Los incrédulos se burlan de la resurrección. Los teólogos debaten sobre la tumba vacía. Nadie puede “comprobar” la Pascua. Pero esto está claro: la primera Pascua transformó a un grupo heterogéneo de discípulos temerosos y confundidos en testigos gozosos de Jesús resucitado. Su experiencia de Jesús como el Cristo los convirtió en valientes proclamadores de la Buena Nueva frente a la persecución, y hasta los confines del mundo conocido.
¿Qué cambia en nuestras vidas gracias a la Pascua? El mundo sigue siendo un caos. Miren Siria, Ucrania, la República Centroafricana, Sudán del Sur. El sufrimiento no ha desaparecido. La muerte sigue llegando a todos. Como individuos o como tribus, grupos étnicos o partidos políticos o naciones, nos infligimos dolor unos a otros. Pero el Cristo resucitado nos invita a estar cerca de los que sufren: “Venid, poned vuestros dedos en las heridas de mis manos y vuestra mano en la herida de mi costado”.
A veces evitamos el sufrimiento, pensando que esquivarlo nos traerá felicidad; pero Dios está con los quebrantados de corazón. Cuando nos ponemos del lado de quienes sufren, nos encontramos con el Dios de la misericordia. La Pascua nos impulsa a buscar a los demás dondequiera que estén sufriendo, especialmente allí donde el sufrimiento se produce a gran escala. Una vez que sepan estas cosas, serán bendecidos si las ponen en práctica.
Este es el camino hacia adelante: creer que compartimos un solo planeta, que dependemos unos de otros para sobrevivir y que somos capaces de aliviar el camino a los demás. La vida no consiste en llevar la cuenta de nuestros avances o faltas en la virtud, sino en mantener la mirada fija en Dios. Se trata de que Dios nos invite a bajar nuestras defensas y a dirigirnos hacia una nueva forma de amar. Cuando el amor sostiene la balanza, como dice el poeta Kabir, esta deja de funcionar. No hay necesidad de medir, comparar, impartir justicia o dar a cada uno lo que le corresponde; ninguno de nosotros merece lo que Dios siempre nos da.
William-Adolphe Bouguereau, Las Tres Marías, 1876.
Muchos de nosotros todavía nos sentimos más cómodos con un Dios justo que con un Dios misericordioso. Nos molestan esas extrañas parábolas sobre los jornaleros que trabajan solo una hora y reciben el mismo salario que los que han trabajado toda la jornada bajo el sol abrasador. No entendemos por qué Jesús elogia al siervo tramposo que falsificó los libros y recortó la cantidad que debían los acreedores de su amo. Queremos que la vida sea justa. Nos esforzamos por ser buenos; queremos obtener lo que nos merecemos. Pero, por supuesto, nunca obtenemos lo que nos merecemos de Dios. Siempre recibimos la misericordia, abundante y desbordante, inmerecida y maravillosa. De esa experiencia de Dios surge la alegría de la Pascua. Somos amados, sostenidos y apreciados, pase lo que pase.
El autor Richard Rohr, en Hope Against Darkness, escribe:
Lo maravilloso de las historias de la resurrección en los evangelios es que Jesús no tiene una actitud punitiva hacia las autoridades o sus cobardes seguidores; y los propios seguidores nunca piden ningún tipo de guerra santa contra quienes mataron a su líder. Es evidente que algo nuevo ha sucedido en la historia. No es la trama habitual y esperada. Todo lo que Jesús hace es respirar perdón (Jn 20:22).
La reconciliación, la compasión, el perdón y la comunidad se hacen posibles cuando vivimos la Pascua. Dios anhela nuestros corazones y quiere que nos acerquemos a él, pero también a nuestros vecinos, cercanos y lejanos. La Pascua es una llamada a la solidaridad.
Una vez que nos fundamentamos en Dios, nos sentimos impulsados a estar con personas que son diferentes de nosotros. ¿Por qué? Porque Dios es otro y viene como un extraño. Al abrirnos a personas e ideas que nos resultan extrañas, nos abrimos al encuentro con Dios. Debemos arriesgarnos, aventurarnos en relaciones que nos exijan y aceptar a los extraños en nuestro círculo. No es una carga, sino un regalo. ¿En qué otro lugar podemos esperar encontrar al Dios cuyo mejor nombre es “sorpresa”?
La Pascua significa que vivimos para los demás y no para nosotros mismos. Hace muchos siglos, el poeta sufí Rumi escribió:
Conviértete en aquel que, cuando entra,
la suerte se traslada a quien la necesita.
Si no has comido, sé tú el pan.
Una descripción extraordinaria de la Eucaristía. Reza para convertirte en alguien de quien la suerte se desplace, para que el otro pueda obtener más. Incluso si tienes hambre, concéntrate en tus vecinos y encuentra formas de ser pan para ellos. ¿Te sientes solo o deprimido? ¡Haz algo por otra persona! ¿Crees que nadie te presta atención? Entonces, presta atención a los demás. Da gracias, no solo por tener tu pan de cada día, sino por poder ser pan para los demás. Entonces, la alegría de Dios crecerá en tu corazón.
Vemos en las escrituras que, cuando Dios está activo, las personas se dirigen hacia la solidaridad, alejándose de su tendencia natural a permanecer en sus zonas de confort de familia, clan o pueblo elegido. Usa los ojos de Dios para mirar nuestro mundo. Ve a los demás como Dios los ve, como seres amados. El amor quiere estar con el amado. Ese es el movimiento que fomenta toda solidaridad.
La Pascua en el mundo real significa volverse cada vez más amoroso. No importa cuál sea nuestra vocación en la vida; nuestra verdadera misión es traer este amor como consuelo para todos los que anhelan a Dios, ir a todas partes donde Dios va, que es siempre hacia el extranjero, el forastero, el pobre y el olvidado, los don nadie de este mundo. Esa es la fuente de la alegría de la Pascua.
La Pascua es un amor más fuerte que la muerte, un amor que es en sí mismo un martirio, que lo cuesta todo. No es la gracia barata. No son sentimientos cálidos y difusos, ni una espiritualidad empalagosa. ¿Cómo podemos hablar de Dios en medio del sufrimiento indescriptible? Todo lo que podemos decir es que Dios vive en estos lugares abandonados y está allí antes que nosotros. Nuestro Dios es el Dios de la pérdida, la disminución y el fracaso; el Dios de los campos de refugiados, del abandono, de los malentendidos, del dolor, de la soledad y las muertes lentas; el Dios cuya vida terminó, aparentemente, en una cruz, pero que en esa misma rendición transformó el sufrimiento de una vez por todas. Esa es la Buena Nueva.
Las historias de Pascua en las escrituras están llenas de sorpresas y alegría delirante. Nosotros también vivimos en Pascua. El único Jesús que podemos conocer es el Cristo resucitado. Debemos examinar detenidamente estas historias y preguntarnos: ¿Cómo está sucediendo esto en mi vida ahora? ¿Dónde aparece Dios para enjugar mis lágrimas, para darme valor, para evitar que vuelva a caer en mis viejos hábitos, para invitarme a alimentar a sus ovejas?
Con tanto por lo que estar agradecidos, crecemos en el amor. Una alegría brota en nosotros, que no depende de circunstancias externas. Esta alegría es el regalo pascual que Dios nos da, y nada nos la puede quitar.
Este artículo se publicó en originalmente en 2014. Traducción de Coretta Thomson