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    an open Bible lying on a table

    La Biblia no es un libro cualquiera

    No puedes leer la Biblia como una novela. No son solamente palabras en una página.

    por Alastair Roberts

    lunes, 06 de abril de 2026

    Otros idiomas: English

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    Nunca ha habido, seguramente, una época en que las personas leyeran tanto como lo hacemos hoy en día. Si sumamos todo el tiempo que pasamos leyendo libros, revistas, redes sociales, mensajes en nuestros dispositivos u otros textos como esos, probablemente dedicamos varias horas de cada semana a algún tipo de lectura. Sin embargo, a pesar de (o debido a) leer tanto, solemos ser lectores desatentos. De hecho, buena parte de los textos que consumimos están escritos para lectores impacientes y distraídos, no exigiendo ni premiando una atención constante, prolongada y repetida.

    Pero esto no es lo que queremos. Y lo sabemos. Recordamos, la mayoría de nosotros, otro tipo de lectura: la experiencia de leer con cuidado, solos o con otros, un texto que parece infinito en sus matices, significados e implicaciones. Este anhelo se satisface en nuestro acercamiento a las Sagradas Escrituras.

    Las Sagradas Escrituras no están escritas para ser consumidas y digeridas rápidamente; no puedes “haber leído” las Sagradas Escrituras, sino siempre debes estar leyéndolas, releyéndolas y digiriéndolas. Las habilidades y hábitos que requiere esta lectura pueden no resultarnos desconocidos a muchos de nosotros, pero pueden a menudo ir en contra de hábitos que se han vuelto naturales para nosotros.

    Las Sagradas Escrituras, leídas de forma apropiada, no solamente nos informarán, sino que nos formarán. Nuestros hábitos y prácticas de lectura típicos nos preparan para textos que se ponen principalmente a nuestra disposición: son para nuestro entretenimiento, uso o información. Si bien las Sagradas Escrituras nos enseñan y nos equipan para interpretarlas correctamente, debemos nosotros ponernos a su disposición y acercarnos a ellas según sus propios términos. Los lectores modernos pueden prescindir fácilmente de las palabras, tratándolas como vehículos descartables para ideas o verdades. Muchos estudios bíblicos intentan avanzar rápidamente de la lectura del texto a extraer los mensajes devocionales, doctrinas o enseñanzas morales que contiene, al punto que las palabras del texto pueden dejarse atrás. Sin embargo, las Sagradas Escrituras nos exhortan de otra manera, llamándonos a detenernos en sus palabras, memorizarlas, meditarlas y atesorarlas. Hemos de leerlas públicamente, repetírselas a nuestros hijos, hablar de ellas (Deut. 6:6-9). No debemos conformarnos con las guías de estudio.

    an open Bible lying on a table

    Fotografía de bburdette / Adobe Stock.

    Luego de la lectura pública de las Sagradas Escrituras durante el culto, los fieles de varias tradiciones cristianas concluyen con “esta es la palabra de Dios”. Si bien esta afirmación concierne a la autoría, quizás de forma similar a “esta es la palabra de Platón” tras leer La República, las afirmaciones cristianas sobre la “palabra de Dios” van más allá. Hebreos 4:12, por ejemplo, declara que “la palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón”. Del mismo modo, 1 Pedro 1:23 habla de “la palabra de Dios que vive y permanece”.

    Esta palabra de Dios no es un texto sin vida en una página; ni siquiera se trata de una crónica y reflexión sobre eventos y agentes históricos, inspirada divinamente (y por ende singularmente confiable), como una conversación en una especie de caja de comentarios celestial. Por el contrario, es un actor en la historia, dinámico y poderoso. De hecho, es el actor primario de la historia que narra y en la vida posterior del pueblo de Dios.

    Fue por su palabra poderosa que Dios creó los cielos y la tierra (Heb. 11:3); la historia de la creación es principalmente una serie de actos de habla. La palabra del Señor es también lo que impulsa el desarrollo de la historia, tanto en la revelación como en la profecía. El propósito providente de Dios en la historia está expresado en términos de su palabra eficaz, tal como se lo asegura a su pueblo en Isaías 55:10-11:

    Así como la lluvia y la nieve
    descienden del cielo,
    y no vuelven allá sin regar antes la tierra
    y hacerla fecundar y germinar
    para que dé semilla al que siembra
    y pan al que come,
    así es también la palabra que sale de mi boca:
    No volverá a mí vacía,
    sino que hará lo que yo deseo
    y cumplirá con mis propósitos.

    El Evangelio de Juan comienza con un sorprendente versículo acerca de la Palabra (el griego logos), mediante la cual Dios creó todas las cosas, identificando esta figura tanto con Dios como con Jesús de Nazaret, la Palabra que se hizo carne. A través de este versículo, nos adentramos en un relato aún más extraordinario de la palabra de Dios (en minúsculas). La Palabra de Dios, en la cual Dios actúa y se revela, es nada más ni nada menos que Jesucristo. Las palabras creadoras de Génesis 1 se basan en esta Palabra creadora; los juicios eficaces del Señor proclamados por los profetas no son otra cosa que el testimonio de Jesús (Apocalipsis 19:10), y Cristo continúa actuando mediante su palabra en el poder de su Espíritu para su iglesia. Esta revelación debería expandirde la Palabra de Dios: en última instancia, la palabra de Dios revela la Palabra de Dios, quien se manifiesta en esto y actúa a través de ella.

    Nuestra comprensión de lo que significa leer las Sagradas Escrituras debe surgir de esa visión teológica de la palabra de Dios. Cuando prestamos atención a la palabra del Señor, nos conectamos con la obra de la Palabra de Dios en la historia. La encarnación (la Palabra hecha carne) es la verdad central de la cual debe extraerse todo lo demás. Cuando damos a esta verdad el lugar que le corresponde, muchas otras cosas cobran sentido.

    No puedes “haber leído” las Sagradas Escrituras, sino siempre debes estar leyéndolas, releyéndolas y digiriéndolas.

    Al igual que la historia que narran, las escrituras están ordenadas enteramente hacia la Palabra hecha carne. La encarnación de la Palabra en la historia no se trata meramente de Jesucristo como individuo, sino que incluye el cuerpo en el que habita junto a su Espíritu, la iglesia. Los cristianos y la iglesia pueden ser descritos como “una carta escrita por Cristo y expedida por nosotros; carta que no fue escrita con tinta sino con el Espíritu del Dios vivo, y no en tablas de piedra sino en las tablas de corazones que sienten” (2 Cor. 3:3). Los textos sagrados describen un movimiento histórico redentor, que parte del regalo de la palabra hecha piedra en las tablas de la ley, y sigue con la escritura de la ley en los corazones humanos durante la nueva alianza por el Espíritu de Cristo. En este movimiento, las propias Sagradas Escrituras son un actor; leyéndolas y oyéndolas, la gloria de Cristo nos transforma corriendo el velo de nuestros corazones por obra de su Espíritu (2 Cor. 3:12-18).

    Analizando más allá de tal yuxtaposición entre la antigua y la nueva alianza, buena parte de las Escrituras describen y ejecutan un movimiento transformador desde una palabra externa de mandato divino a una palabra que se hace carne y la anima mediante el Espíritu de Dios. La ley otorgada en el Sinaí tiene un significado focal y fundacional, y la sucesiva revelación se desarrolla sobre y a partir de ella, hasta que es consolidada en la encarnación de Cristo, quien personifica perfectamente la voluntad divina de Dios.

    Habiendo recibido la ley en Sinaí, Israel fue obligado a someterse a sus mandamientos con una confianza obediente hacia el Dios que los rescató de la opresión en Egipto y reveló su ley para enmarcar su nueva existencia libre. La postura fundamental de Israel hacia la ley resultó ser su postura fundamental hacia Dios mismo: fe y obediencia. Como niños pequeños bajo la instrucción de sus padres, sin embargo, la ley también servía un rol formativo. Habían de moverse más allá de una adhesión ciega y esclavizante a los mandamientos de Dios, hacia una comprensión, respeto deliberado y deleite en ellas. Esta es la educación de todo un pueblo según las maneras del reino de Dios, las maneras de la vida.

    En consecuencia, además de instruir a Israel a someterse a sus mandamientos, la propia ley repetidamente convoca a las personas a convertir dichos mandamientos en parte íntima de su vida. La ley debe ser instituida en el corazón de la vida comunal y familiar de Israel. Sus palabras deben repetirse constantemente, y atenderse más de cerca. Memorizar y meditar la ley se volvería fundamental:

    Estas palabras que hoy te mando cumplir estarán en tu corazón, y se las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés en tu casa, y cuando vayas por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Las atarás en tu mano como una señal, y las pondrás entre tus ojos como frontales, y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas. (Deut. 6:6-9)

    Israel internalizaría la ley a través de estas prácticas, tal como el músico debe internalizar los principios de la música y su instrumento mediante repetición extrema y entrenando la atención (una comparación que encontré por primera vez en la obra de James Jordan). No alcanza con saber meramente cosas en teoría y en abstracto; necesitan volverse automáticas.

    El libro de los Salmos comienza con la ley. Describiendo al hombre bendecido, el salmo que abre y enmarca el libro entero habla de alguien que se deleita en la ley y la medita día y noche. En los salmos vemos algo de la ley internalizada en canción, que recluta nuestra voluntad y afectos, uniéndonos en una voz y expresión comunes. Aquí, la ley no es meramente un imperativo externo al cual nos sometemos, sino una palabra que atesoramos y nos deleitamos en ella. El salmo es una canción que brota dentro de quien trata a la palabra de esta manera, y cantarlo es la respuesta comunal alegre.

    La ley del Señor es perfecta: reanima el alma.
    El testimonio del Señor es firme: da sabiduría al ingenuo.
    Los preceptos del Señor son rectos: alegran el corazón.
    El mandamiento del Señor es puro: da luz a los ojos.
    El temor del Señor es bueno: permanece para siempre.
    Los decretos del Señor son verdaderos, y todos ellos justos.
    Son más deseables que el oro refinado
    y más dulces que la miel que destila del panal.
    (Salmos 19:7-10)

    La ley también es fuente de sabiduría. En Deuteronomio, Moisés dijo a los israelitas que, si se adherían a los mandamientos del Señor en la tierra, los pueblos vecinos se maravillarían ante su sabiduría (Deut. 4:5-8). Tal sabiduría también vendría cuando Israel y sus gobernantes meditaran sobre la ley. Cuando incorporaran la ley, sus principios más profundos les otorgarían una inteligencia moral y prudencia que los haría destacarse. El rey, en particular, era llamado a escribir para sí una copia del libro de las leyes, que releería continuamente (Deut. 17:18-20). El Salmo 119:97-100 describe notablemente el acto de meditar y guardar la ley, estudiándola como fuente de sabiduría extraordinaria.

    ¡Cuánto amo yo tus enseñanzas!
    ¡Todo el día medito en ellas!
    Me has hecho más sabio que a mis perseguidores,
    porque tus enseñanzas están siempre conmigo.
    Entiendo más que mis maestros,
    porque tus testimonios son mi meditación.
    Comprendo mejor que los ancianos,
    porque obedezco tus mandamientos.

    La propia ley ofrecía una pedagogía en jurisprudencia. En Deuteronomio, por ejemplo, los Diez Mandamientos son repetidos en el capítulo 5, al que le sigue el cuerpo principal del libro (capítulos 6 al 26) dedicado a desglosar cada uno de los mandamientos sucesivamente. El lector que desarrolle su atención memorizando, meditando, discutiendo y observando, descubrirá una lógica moral más profunda, de amplia aplicación, en la relación entre los mandamientos básicos y su refracción en el extenso cuerpo de casos legales que les sigue. Cuando nos detenemos y la apreciamos más de cerca, descubrimos en la ley una profunda coherencia y unidad, que exceden una miscelánea de mandamientos aleatorios.

    La literatura sapiencial se basa en el principio de miedo al Señor y obediencia de sus mandamientos, principios enseñados por primera vez en la ley. El aprendiz fiel a la ley y su instrucción aprenderá sabiduría a través de ella, que ofrece una inteligencia hacia el mundo fuera de lo común. Identificar la ley con la enseñanza de la Sabiduría (personificada) nos ayuda a apreciar algo de la unidad entre la Torá y la literatura sapiencial en las Sagradas Escrituras.

    Estos libros de la ley, los salmos y los libros sapienciales son, por lo tanto, los más auténticos Espejos de Príncipes: libros cuya intención es servir de manuales para aquellos que gobiernan. En cierto sentido, son del mismo género que el De regno de Aquino, el género que Maquiavelo ridiculiza en su El Príncipe. Estos textos son apropiados para nosotros tal como somos, aquí, debiendo regir sobre nosotros mismos y nuestros hogares, pero también porque estamos entrenando para formar parte de aquel concilio divino por el cual Dios rige el universo: “¿No saben ustedes que nosotros juzgaremos a los ángeles? ¡Pues con más razón los asuntos de esta vida!” (1 Cor. 6:3)

    La propia opacidad y dificultad, las múltiples capas y la naturaleza polisémica de las Sagradas Escrituras son parte de su carácter real: “Encubrir un asunto es honroso para Dios; descubrirlo, es honroso para el rey” (Prov. 25:2).

    En nuestra práctica de la palabra de Dios buscamos encontrar a Jesús y ser transformados por su gloria. Buscamos profundizar nuestro goce y amor por él.

    Si los salmos y libros sapienciales exhiben (y alientan) la internalización de la palabra del Señor en afectos, reflexión, memoria, entendimiento y perspicacia, en los profetas vemos la internalización de la palabra del Señor en hombres que son separados del resto y autorizados a portarla, en los hechos. Crónicas de iniciación profética describen la palabra del Señor posándose y purificando los labios y boca del profeta, habilitándolo a hablar con santidad y magnitud como portavoz efectivo de la palabra de Dios (Isa. 6:6-7; Jer. 1:6-10; Ezeq. 2:8-3:11). El profeta asume la palabra del Señor dentro de sí mismo, personifica su santidad y poder, y la exclama al pueblo como mensajero del Señor y participante del consejo divino. En el profeta, la palabra del Señor se hace carne de manera más plena. Además de su propia internalización de la palabra del Señor, los profetas anticiparon una época en la que Dios escribiría su ley sobre los corazones de todo su pueblo (Jer. 31:31-34), cuando su Espíritu sería puesto dentro de ellos (Ezeq. 36:26-27), y cuando todos hablarían con visión y poder proféticos (Joel 2:28-29).

    Consideradas desde la perspectiva del Nuevo Testamento, las formas en las que la palabra del Señor se hace carne en el Antiguo Testamento anticipan la Palabra convirtiéndose en la carne de Jesús. Jesús es la plenitud de la ley en el amor. Es el rey que, deleitándose verdaderamente en la ley de Dios, guía a su pueblo con su canción. Como escribe Pablo en Colosenses 3:16, “La palabra de Cristo habite ricamente en ustedes. Instrúyanse y exhórtense unos a otros con toda sabiduría; canten al Señor salmos, himnos y cánticos espirituales, con gratitud de corazón”. Cristo es la Sabiduría hecha persona. Es la culminación y realización de la palabra profética, y la revelación apoteósica de Dios.

    En Jesucristo la enseñanza de la palabra de Dios encuentra su meta: nuestra devoción al estudio de la palabra en las Sagradas Escrituras debe crecer en devoción hacia él. En nuestra práctica de la palabra de Dios buscamos encontrar a Jesús y ser transformados por su gloria. Buscamos profundizar nuestro goce y amor por él. En él encontramos el modelo perfecto del amor por el cual la ley es cumplida. Buscamos madurar en una sabiduría y perspicacia como la de Cristo, viendo el mundo como Dios querría que lo viéramos. Buscamos ser fieles portadores de la autoridad de la palabra, hablando con una efectividad y poder humildes, como sirvientes de Cristo por su Espíritu en nuestro mundo. Practicamos la palabra de Dios para que la palabra de Cristo pueda habitar ricamente en nosotros y vivificarnos. Practicamos juntos la palabra de Dios, para que podemos entrelazarnos más en la vida de su cuerpo. La lectura verdadera de las Sagradas Escrituras es un entrenamiento en Cristo, la palabra de Dios hecha carne.

    Si nos motivan tales convicciones sobre el carácter de las Sagradas Escrituras, nuestra manera de leerlas debería transformarse. No somos lectores casuales buscando extraer información de nuestras Biblias, sino meditando devota y continuamente, atesorándola y declarándola, como aquellos quienes esperan encontrarse y ser formados por Cristo en el proceso. Las Sagradas Escrituras no son letras muertas en papel, sino la palabra viva de Cristo en el corazón de la vida de la iglesia, una palabra en la cual debemos buscar el poder de su Espíritu, una palabra que ha sido dada a nosotros para que formemos parte del reino que describe y al cual hemos sido convocados. Leer las Sagradas Escrituras es una práctica formativa por la cual palabras que en otro momento estuvieron fuera de nosotros se convierten en principio animador de nuestra existencia, su coherencia y unidad descubiertas en la Palabra eterna hecha carne.


    Traducción de Micaela Amarilla Zeballos
    Contribuido por portrait of Alistair Roberts Alastair Roberts

    Alastair Roberts se doctoró en la Universidad de Durham y dicta clases en los institutos Teópolis y Davenant.

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