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    painting of stones and trees at Kennet Avenue

    ¿Qué viene después de la religión?

    El proyecto de forjar una sociedad cristiana está en declive. ¿Qué viene a continuación?

    por Peter Mommsen

    lunes, 04 de mayo de 2026

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    Tan solo seis años luego de que Constantino el Grande se inclinara ante el Dios de los cristianos, reclutó a los líderes de la iglesia para servir al Imperio Romano. En el 318 d.C. los obispos aún se estaban recuperando de la feroz persecución de Diocleciano, con memorias frescas de la tortura y ejecución de sus compañeros creyentes. Bajo una nueva ley, ahora conseguían el poder para regir sobre disputas legales, con sus sentencias respaldades por la autoridad imperial, inapelables por los tribunales civiles. Era un cambio de suerte alucinante.

    Inicialmente, este nuevo rol judicial para los obispos (la audientia episcopalis) significaba poco más que un arbitraje legalmente vinculante: una alternativa voluntaria a las cortes corruptas y saturadas del imperio (que más tarde evolucionaría hacia un sistema legal eclesiástico completamente desarrollado). Incluso en esa época, sin embargo, la ley de Constantino marcó un primer paso hacia la cristianización del estado y la sociedad, un acontecimiento que tendría amplias consecuencias.

    El proceso de cristianización inaugurado por la ley de Constantino no fue una revolución teocrática absoluta, como la de Irán en 1979. Más bien, progresó irregularmente durante generaciones. Creencias arraigadas en el Nuevo Testamento (la santidad de la vida humana, los derechos de los pobres, la monogamia, la igualdad de los hombres ante Dios) reformaron lentamente la ley y las costumbres. Por ejemplo, en los dos siglos posteriores a Constantino, sus sucesores restringieron gradualmente el infanticidio, los juegos de gladiadores, el aborto, la prostitución forzada y el rapto sexual. Limitaron la tiranía de acreedores sobre deudores, facilitaron el proceso de manumisión (sin abolir la esclavitud en sí misma), y establecieron caridad organizada para los pobres y un derecho de asilo en las iglesias. Eventualmente, legisladores cristianos introdujeron la novedosa idea del consentimiento mutuo en el matrimonio.

    Los cambios en las leyes reflejaron y motivaron cambios en la cultura. A medida que el cristianismo se expandía, el evangelio de un Dios crucificado generó una transformación lenta pero radical en la visión del mundo: Jesús prometió que los débiles, no los fuertes, eran los bienaventurados que heredarían la tierra. De esta transformación surgirían los ideales modernos de emancipación, derechos humanos y democracia, según argumenta el historiador Tom Holland en su libro de 2019 Dominio. Como resultado del proceso que inició Constantino, según Holland, hoy el cristianismo prevalece como el sistema operativo de Occidente (aunque, hay que admitir, de forma algo disfrazada).

    ¿Por cuánto tiempo? Hoy en día el proceso de cristianización fundado por Constantino ha dado marcha atrás, al menos en Occidente. Según los científicos sociales, la secularización gana ritmo, mientras cada generación reporta menores tasas de creencia, afiliación religiosa y asistencia a la iglesia que la anterior. De acuerdo con algunas versiones, en los Estados Unidos la tendencia secularizadora parece haberse enlentecido en los últimos años, y algunas iglesias católicas, ortodoxas y pentecostales en Norteamérica y Europa incluso reportan un aumento de bautismos adultos y asistencia dominical, especialmente por parte de hombres jóvenes. Los despertares religiosos en los campuses de universidades de Estados Unidos sin duda han transformado vidas individuales.

    Sin embargo, como reporta el demógrafo Ryan Burge en su nuevo libro The Vanishing Church (La iglesia desvaneciente), estadísticamente estas conversiones, aunque alentadoras, no compensan la decadencia general de la creencia y práctica religiosas. A medida que las generaciones mayores y más religiosas son reemplazadas por grupos más jóvenes y seculares, los cristianos parecen estar destinados a convertirse en minoría en los Estados Unidos, como lo han hecho en otros países históricamente identificados con la cristiandad.

    painting of stones and trees at Kennet Avenue

    Anna Dillon, La avenida de Avebury, óleo sobre tabla, 1996. Usado con permiso.

    Junto con el declive demográfico del cristianismo durante los últimos cincuenta años en los países occidentales, ha decaído también su influencia en el estado y la sociedad. La expansión del apoyo a la eutanasia y al acceso simplificado al aborto atestigua la pérdida de un consenso cristiano anterior por la santidad de la vida humana. Tasas de matrimonio en caída y la legalización de las uniones homosexuales reflejan el colapso de las normas tradicionales cristianas, a raíz de la revolución sexual. Incluso las tasas de fertilidad decrecientes (por debajo de los niveles de reemplazo en la mayoría de Europa) parecen correlacionarse con una creciente secularización.

    El síntoma más claro de la descristianización, sin embargo, tiene menos que ver con cualquier dilema ético que con algo mucho más fundamental. El cristianismo enseña que cada ser humano está hecho a la imagen de Dios, y que la humanidad, con toda su diversidad, es una sola. La doctrina teológica de la igualdad ante Dios, como nos recuerda Holland, sostiene cualquier apelación moderna a la igualdad bajo la ley o a los derechos humanos intrínsecos. Y la insistencia bíblica en la unidad de la raza humana relativiza toda división entre grupos étnicos y nacionales. Juntas, estas reflexiones son la base esencial de la democracia liberal.

    A medida que el cristianismo retrocede, este legado cede ante una era de nihilismo: al menos esa es la tesis del sociólogo James Davison Hunter en su libro de 2024 Democracy and solidarity (Democracia y solidaridad). Según su diagnóstico, el vacío dejado por la descristianización está siendo llenado por la voluntad desnuda por el poder, ya sea en clave de izquierda o derecha. En contraste con la versión de Nietzsche de la voluntad de poder, que sostenía ser afirmadora de la vida, el nihilismo actual está marcado por lo que Nietzsche llamó ressentiment, donde grupos mutuamente hostiles (Hunter los llama "públicos contrarios”) se definen a sí mismos contra los otros por medio de “narrativas compartidas de agresión”. La lógica del ressentiment empuja a las personas a rechazar la búsqueda común de la verdad, a favor de la búsqueda por aplastar a los adversarios de su grupo. En última instancia, un nihilismo tal es incompatible con el compromiso por la dignidad y derechos universales. (Mientras que el libro de Hunter se enfoca específicamente en el experimento estadounidense, los paralelismos en otras sociedades occidentales parecen suficientemente claros).

    Today, as always, our vocation remains the same: to live already now as citizens of the New Jerusalem.

    ¿Cómo han de responder los cristianos a la descristianización y sus consecuencias? Un camino es abrazar el ressentiment y portar la identidad cristiana como arma en la guerra nihilista de un grupo contra el otro, bajo riesgo de traicionar la misma fe que uno intenta defender. Figuras prominentes de la actualizad han elegido este abordaje, aprovechando mensajes e imágenes cristianos en servicio de fines anticristianos. De manera alternativa, los cristianos podrían abandonar la esfera pública y reagruparse, formando comunidades cerradas hasta que pase la “nueva barbarie”, por tomar prestada una frase del libro de Ron Dreher de 2017, The Benedict Option (La opción benedictina).

    Los cristianos de la era de la conversión de Constantino enfrentaron desafíos similares, pero tomaron una opción diferente. Sus números eran magros, comparados incluso con el presente secularizado: formaban quizá un 10% de la población del Imperio Romano. Como los cristianos hoy, solían estar divididos internamente, y su fidelidad era imperfecta. Pero, a pesar de su insignificancia demográfica, poseían una confianza destacable. Como los describió el Cardenal Joseph Ratzinger (tomando prestada una frase de Arnold Toynbee), eran una “minoría creativa”, cuyo poder no radicaba en números sino en su vitalidad espiritual y vidas transformadas. Para citar al obispo del siglo III Cipriano de Cartago, “somos filósofos no de lengua, sino de hechos... no profesamos grandezas, sino las vivimos”.

    Estos creyentes tempranos, aunque razonablemente agradecidos por que Constantino hubiera aceptado la fe y acabado con la persecución, no podrían haber anticipado el proyecto de cristianización que había comenzado, y que duraría siglos: sus éxitos, sus fracasos abyectos, o lo que ahora parece ser su desmantelamiento. Su confianza no dependía de la capacidad del su grupo para reformar las leyes del imperio (aunque valoraban la legislación que reflejaba las verdades del evangelio) o revolucionar las costumbres de su sociedad (por más que su ejemplo tuvo ese efecto eventualmente, en distintos grados). Más bien, estaban seguros de la promesa de Jesús de que “las puertas del Hades no prevalecerán” contra su iglesia a la larga, porque él había sido el Señor de la historia y un día volvería para hacer todas las cosas nuevas.

    Los cristianos de la actualidad, si se encuentran desmoralizados, pueden ganar coraje de estos pioneros en la fe. El debilitamiento de las iglesias y la descristianización de la cultura y las instituciones sociales son dolorosos, y simplemente malos para los seres humanos desde una perspectiva cristiana. Pero según nuestra fe, no son el fin de la historia. Hoy, como siempre, nuestra vocación sigue siendo vivir ya mismo como ciudadanos de la Nueva Jerusalén.

    El credo niceno nos recuerda hacia dónde se dirige el futuro: “Y de nuevo vendrá con gloria... y su reino no tendrá fin”. ¿Qué vendrá luego del cristianismo? Cristo mismo. En el interín, les ha dado a sus seguidores, sean pocos o muchos, grandes cosas para vivir y trabajo para hacer.


    Traducción de Micaela Amarilla Zeballos
    Contribuido por portrait of Peter Mommsen Peter Mommsen

    Peter Mommsen es director de la revista Plough Quarterly. Vive en el estado de Nueva York con su esposa Wilma y sus tres hijos.

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