Por los túneles mineros de los Apalaches
Investigué la historia de mi pueblo natal, que albergó el Juicio del Mono.
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Investigué la historia de mi pueblo natal, que albergó el Juicio del Mono.

Robert Yonke, Treinta y dos acres, acuarela, 2012. [.smalltext]Todo el arte de Robert Yonke. Usado con permiso.[.smalltext]
[.article__paragraph--cap]Que yo supiera, siempre había estado allí, ese amplio agujero negro en el costado de la gruta.[.article__paragraph--cap]
Era una adolescente, en un pequeño pueblo del este de Tennessee. Mis amigos y yo disponíamos de pocas actividades divertidas los fines de semana: podíamos ir al salón de billar, pasear por el estacionamiento del Walmart, o asistir a la única sala de cine, cuyo viejo proyector solía atascarse, destrozando el rollo de 35mm en plena película: lo que llamarías un “hasta mañana”.
Por suerte, a todos nos entusiasmaba el aire libre (como la mayoría de los niños del sur de los Apalaches), lo que implicaba pasar mis sábados de verano merodeando las orillas rocosas del arroyo Richland, cuyas rápidas aguas se adentraban en las profundidades de la cordillera Walden de la Meseta Cumberland.
Bajo los imponentes robles y abedules, recorríamos el sendero embarrado que llevaba a nuestro lugar favorito para nadar: el pozo azul. Nos quedábamos en traje de baño y nos zambullíamos de bomba; el agua turquesa resplandeciente refrescaba nuestros cuerpos acalorados. Manteníamos nuestra distancia de los viejos restos de caballetes de ferrocarril que asomaban desde el lecho del arroyo, infectados de serpientes y demasiado resbaladizos para trepar. Pero si nos sentíamos especialmente valientes, subíamos a las cascadas Snow o Laurel, quizá hasta Buzzard’s Point. En el camino parábamos a descansar recostándonos contra muros de piedra cubiertos de musgo, hornos industriales florecientes de trillium blancos.
Era inevitable que uno de los jóvenes del grupo desafiara a otro a adentrarse más allá de la boca de ese agujero negro en el costado de la tierra. Algunas veces íbamos juntos, agarrados de la mano y de puntillas, hacia el súbito escalofrío de oscuridad húmeda y terrosa. Pronto el miedo (y nuestro buen juicio) nos traía de vuelta hacia la luz. Nunca averiguamos qué tan profundo y oscuro era ese agujero, o a dónde llevaba, aunque siempre intuí algún lugar misterioso y premonitorio: un verdadero abismo.
Supongo que siempre supe que era alguna clase de mina. Pero nunca me detuve demasiado en averiguar la historia de tales estructuras fantasmagóricas, quién las habría construido, y por qué habrían sido abandonadas. Nunca me cuestioné qué se había extraído de la tierra aquí, y el papel que esas ruinas habían protagonizado en la historia de mi pueblo. En mi cabeza, eran parte del paisaje creado por Dios. No tenía idea de las historias que descansaban bajo mis pies.
[.article__paragraph--cap]Veinticinco años después, me encuentro encorvada sobre las páginas mohosas de un viejo libro de historia, perdido entre las incontables estanterías de la biblioteca de la Universidad Estatal de los Apalaches en Boone, Carolina del Norte. El libro, Miners, Millhands, and Mountaneers (Mineros, obreros y montañistas, 1982), por Ronald D. Eller, es un análisis de la industrialización en el sur montañoso y el impacto del auge del carbón y la madera en los inicios del siglo XX sobre las comunidades y los patrones migratorios.[.article__paragraph--cap]
Mientras ojeo los capítulos del libro, dos palabras me llaman la atención: Arroyo Richland. Leyendo, aprendo que, en 1895, bajo esas colinas que merodeaba de joven, veintinueve hombres y niños perdieron sus vidas en una explosión y derrumbe, solo cinco días antes de Navidad.
Leo que aquel no fue el único incidente. Otros dos accidentes severos ocurrieron en las minas a lo largo del arroyo Richland, en 1901 y 1902, matando a veinte y dieciséis hombres respectivamente. Las víctimas de estas tragedias están enterradas en cementerios a lo largo y ancho de mi pueblo.
Cementerios que nunca había visitado. Nombres que nunca había sabido. Cuentos que nunca había oído. Una historia completa escondida en mi propio lugar natal.
La historia de estos accidentes no fue lo único que aprendí en la biblioteca de la Estatal de los Apalaches. Allí comencé a entender la larga historia del despojo de tierras en la región montañosa, cómo las empresas carboneras habían adquirido enormes extensiones de terreno, montaña tras montaña, granja tras granja, mediante intimidación, acuerdos desiguales y contratos nefastos de derechos mineros.
Aprendí sobre la devastación ambiental que causó la industrialización en los Apalaches, cómo las empresas madereras habían despojado de árboles a las laderas y cómo la minería a cielo abierto había contaminado el suelo y los cursos de agua, envenenando la base ecológica de la economía de subsistencia de la región. Aprendí cómo el carbón había creado una nueva monoeconomía, en la que se pagaba a los mineros con vales de la empresa (que solo tenían valor en la tienda de la empresa), se construían pueblos de la empresa y se colocaba a políticos títeres en puestos de poder.
Y luego aprendí que, cuando los mineros pelearon por sus derechos, gremializándose y haciendo huelgas para exigir salarios justos y mejores condiciones laborales, las empresas intentaron aplastarlos con su mano de hierro, enviando a su policía privada y agentes rompehuelgas, y expulsando a las familias trabajadoras de las viviendas de la empresa, dejándolas sin hogar en pleno invierno. Y, mientras el país observaba el drama de las Guerras del Carbón, los poderosos magnates del carbón justificaban su reinado del terror estereotipando a estos mineros como rednecks atrasados y gentuza desubicada.
El arquetipo del montañista degenerado es longevo y sobrevive hasta hoy en la imaginación estadounidense. Desde los retratos bucólicos de los escritores de viajes de fines del siglo XIX a los violentos hillbillies estereotipados en la industria del cine mudo, los Apalaches han sido vistos (en palabras de William Wallace Harney, un escritor y emprendedor, en 1873) como una “tierra extraña”, y sus habitantes “un pueblo peculiar”. Los estereotipos perpetuados por la cultura popular no estaban basados en la realidad, sino más bien en la hipérbole y la conjetura (y el deseo de entretener y atrapar a los lectores y espectadores).

Así, los Apalaches ha sido vista como una cultura alejada del estándar estadounidense y suele ser objeto de lástima o ira colectiva de la nación. Sesenta años luego de que los Apalaches se convirtieran en el epicentro de la guerra contra la pobreza de Lyndon B. Johnson, comentaristas políticos siguen descendiendo sobre la región en busca de contenido para sus columnas sobre el “territorio trumpista”. El ascenso al poder del propio vicepresidente J. D. Vance fue, en parte, gracias a su libro enormemente popular Hillbilly, una elegía rural, memoria no solo de su familia sino de una cultura en crisis: los Apalaches y los hijos de su diáspora. Usando los mismos recursos que los escritores de viajes del siglo pasado, la crónica de Vance insinúa que las mejores épocas de la región están en el pasado (hasta incluso que sus mejores días fueron, quizá, un poco demasiado incivilizados).
Como lo resumió el científico político Jack E. Weller en 1965, los Apalaches son el hogar de “la gente de ayer”. De la mano de estas percepciones viene la sugerencia implícita de que los pueblos de esta región son un impedimento al progreso, un obstáculo para el desarrollo de los Estados Unidos.
De hecho, fue “la gente de ayer” quien, durante generaciones, minó el carbón y taló la madera que permitió al país avanzar sin freno hacia su futuro brillante y productivo. El carbón minado en los márgenes del arroyo Richland, y en otros lugares de los Apalaches, forjaron el acero con el que se construyeron los esplendorosos rascacielos de nuestra nación, y que ayudó a Estados Unidos a salir victorioso de ambas guerras mundiales. Las huelgas de mineros en los Apalaches provocaron avances importantes en la causa de los derechos laborales, construyendo una base para una fuerte clase media estadounidense.
Sin embargo, muchos en nuestra región internalizaron los estereotipos hillbilly impuestos sobre ellos, creyendo la versión externa ficticia de esta tierra y su gente. La creencia sobrevive: esto es simplemente cómo fueron las cosas. Esto es simplemente quienes somos. Y a medida que la riqueza emanaba de esta región hacia los centros de prosperidad y poder de la nación, la verdadera historia parecía enterrarse, quizá a tanta profundidad como esas minas linderas al arroyo Richland.
[.article__paragraph--cap]Sé que no soy la única con una relación complicada con su pueblo natal. Los escenarios de nuestras historias personales de madurez pueden lucir inquietos, llenos de recuerdos complejos. Al igual que somos criados en familias, somos criados en lugares. Podemos no entender del todo nuestras dinámicas familiares hasta que nos volvemos adultos. De la misma manera, no comprendemos nuestros lugares de origen hasta que desarrollamos un sentido de orientación más profundo del mundo y la historia más amplia. Por eso, algunas personas dicen que no puedes conocer un lugar de verdad hasta que lo abandonas. Me gusta pensar que podría conocer a las personas y el lugar que me criaron sin tener que dejarlos (y sin necesitar ayuda de una biblioteca universitaria a cientos de kilómetros). Pero fue en esa biblioteca donde comencé a percibir que la historia de mi pueblo que siempre había aceptado como verdadera y completa era solo una verdad a medias, ciertamente incompleta.[.article__paragraph--cap]
Esto es, en parte, porque estaba contendiendo con narrativas en conflicto, historias que ocupaban demasiado lugar en nuestra imaginación colectiva sobre este pequeño pueblo llamado Dayton, Tennessee. La compleja realidad había sido desplazada por un simple titular: “El juicio de Scopes inicia hoy: Comienza la batalla de la evolución”.
[.article__paragraph--cap]Mi pueblo no siempre ha volado bajo los radares de la historia. Nuestra pequeña comunidad en los márgenes del arroyo Richland no solo fue el lugar de uno de los accidentes mineros más mortíferos de nuestra nación, sino el escenario de uno de los dramas legales más polarizantes, un caso que algunos en su época llamaron “el juicio del siglo”.[.article__paragraph--cap]
En 1925, un joven maestro sustituto de Dayton llamado John T. Scopes fue acusado del crimen de enseñar la teoría de la evolución en una escuela, violando la Ley Butler estatal (que prohibía enseñarla). El juicio, y su subsecuente furor, encendió a fundamentalistas religiosos a lo largo y ancho de la región. El peculiar conjunto de personajes del juicio solo sirvió para alimentar la intriga alrededor del caso, bautizado como “Juicio del Mono” por el periodista progresista H. L. Mencken. El aclamado abogado y agnóstico Clarence Darrow se unió a la defensa, mientras que el famoso orador cristiano y tres veces candidato presidencial William Jennings Bryan lideró la parte acusadora.
Hasta un estudiante casual de historia comprendería que el caso fue intencionado desde el comienzo como un show mediático, orquestado por la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles con la esperanza de elevar el caso hasta la Suprema Corte. Pero, ¿por qué Dayton, Tennessee? Siempre había aceptado la explicación predominante, que cuadraba perfectamente con las narrativas y estereotipos sobre los Apalaches rurales: los hillbillies sureños eran demasiado tercos y conservadores para soltar sus creencias religiosas fundamentalistas. Éramos demasiado tercos y conservadores, incapaces de progresar hacia la modernidad. Esta fue la historia que absorbí, basada en mi comprensión limitada de mi propio pueblo natal.

El fundamentalismo religioso es, ciertamente, una realidad en el sur montañoso, pero el principal arquitecto del juicio fue un neoyorquino llamado George Washington Rappleyea. Era el gerente de la Compañía Cumberland de Carbón y Hierro, cuyas minas yacían bajo las orillas del arroyo Richland y eran lugar de todos aquellos accidentes devastadores. Cerradas debido a esas numerosas explosiones, derrumbes, huelgas, yacimientos de carbón vaciados o inalcanzables, las minas se fundieron y dejaron a las comunidades del arroyo Richland en graves penurias económicas. Rappleyea, junto con otros líderes municipales, pensó que un juicio mediático traería un impulso económico a la ciudad.
Dicho impulso duró poco y tuvo su precio. La cobertura que hizo Mencken del juicio fue emitida en todo el mundo. El escritor satírico de Baltimore no tenía ningún aprecio por el sur montañoso, describiendo a los residentes que apoyaban la causa de Bryan como “necios”, “campesinos”, “palurdos de las colinas” y “tontos primates de los valles de la cordillera Cumberland”. Eso, por supuesto, solo reforzaba estereotipos dañinos y marcaba un precedente para las coberturas mediáticas del sur rural en las décadas siguientes.
[.article__paragraph--cap]Aprendí algo más en aquella biblioteca de la Estatal de los Apalaches. A lo largo de los años, William Jennings Bryan (y sus intérpretes ficcionales) han sido representados y parodiados de maneras que representan con profunda equivocación su verdadera personalidad y convicciones. Desde las columnas de Mencken hasta la obra de 1955 y la película de 1969 Heredarás el viento, a Bryan se lo suele mostrar cómo alguien que emprendió la lucha contra la evolución porque, al igual que los hillbillies que lo apoyaban, tenía una visión arcaica del mundo y una resistencia arraigada y simplista al progreso científico.[.article__paragraph--cap]
En vez de eso, aprendí que su terco rechazo hacia las nuevas historias del origen evolutivo se basaba en un miedo a la violencia y opresión que podían aflorar si abandonábamos la crónica del Génesis, en la cual Dios reproduce su imagen en cada persona humana. Bryan y aquellos que lo siguieron desconfiaban extremadamente del movimiento por la eugenesia que había coincidido con la creciente popularidad de la teoría de la evolución.
En el argumento de cierre que preparó para el juicio, Bryan escribió:
La ciencia es una fuerza material magnífica, pero no es maestra de moral. Puede perfeccionar maquinaria, pero no aporta límites morales para proteger a la sociedad del mal uso de la máquina. También puede construir enormes navíos intelectuales, pero no construye timones morales para controlar embarcaciones humanas azotadas por tormentas. No solo falla en suministrar el necesario elemento espiritual, sino que algunas de sus hipótesis no comprobadas le quitan la brújula al navío y así ponen en peligro su cargamento.
Lejos de un impedimento al progreso, Bryan y aquellos que compartían sus convicciones eran una voz profética que alertaba a la sociedad sobre los peligros del avance científico desenfrenado. Pretendían ofrecer una red de contención moral para los más vulnerables de la nación, que estaban siendo borrados y marginalizados por el movimiento progresista por la eugenesia. Hasta podríamos decir que aquellos hillbillies de los Apalaches, que habían pasado tanto tiempo excavando carbón de las profundidades, se habían convertido en una suerte de “canario en una mina de carbón”, alertando sobre la erosión de la dignidad humana.
[.article__paragraph--cap]El año pasado, mi pueblo natal conmemoró el centenario de su evento más reconocido: el Juicio de Scopes. Este hito trajo consigo una cantidad de historias y análisis sobre el impacto histórico del juicio, la mayoría de ellos remontándose a la pregunta original del juicio: ¿Son compatibles la religión y la ciencia? ¿Puede progresar nuestra nación cuando está impedida por los valores anticuados de su población religiosa y conservadora?[.article__paragraph--cap]
Sin embargo, estas historias ignoraron las preguntas que seguramente preocupaban a los ciudadanos reales de Dayton en esa época. ¿Sobrevivirá nuestra comunidad al auge y caída del carbón? ¿Simplemente somos lo que somos, y las cosas son como son? ¿La dignidad humana vencerá al final del día?
Un año después, mientras celebramos el 250.º aniversario de la nación, sin duda encontraremos muchas historias, muchas que se basan en narrativas simples y explicaciones reduccionistas. Pero si queremos de verdad celebrar una nación, con todas sus complejidades, quizá debamos perdernos en alguna biblioteca en busca de esos títulos menos conocidos que desafían las historias que sabemos de memoria, pues una nación se construye con el trabajo de héroes anónimos. Jugamos sobre sus estructuras invisibles, viviendo la vida sobre las bases que ellos fundaron. Quizá nos parezcan parte del paisaje creado por Dios, como el arroyo Richland de mi adolescencia. Pero necesitamos escarbar la historia entre las ruinas que suponemos que siempre han estado allí, cubiertas de musgo y florecientes de trillium blanco. Y, aunque uno nunca debería aventurarse en una mina de carbón abandonada, debemos estar dispuestos a explorar esos agujeros negros en nuestras memorias colectivas, como aquel cuya oscuridad se sentía como un abismo para una niña creciendo con una comprensión tan limitada del laberinto de túneles bajo sus pies.
Solamente así podemos entender a este país, como lo hice con mi pueblo natal. Con el paso de los años, el salón de billar en Dayton cerró, y el proyector de la sala de cine fue actualizado, pero aún es el lugar que conocí y amé. Y es distinto, de alguna manera. Más pleno. Más dinámico. Vibrando con historia y tristeza, triunfo y esperanza, cosas nuevas floreciendo permanentemente.
[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]