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En busca de la fuente de la juventud

Fui a San Agustín, Florida, para descubrir las raíces hispánicas de Estados Unidos.

September 14, 2026

Castillo de San Marcos, San Agustín, Florida. [.smalltext]Fotografía de Vlad_g via AdobeStock. Usado con permiso.[.smalltext]

[.article__paragraph--cap]Los puritanos llegaron a Massachusetts por Dios y por la libertad de adorarlo. Los colonizadores de Jamestown buscaban riquezas. Y los españoles fueron a Florida en busca de la inmortalidad. Eso dice la leyenda. Lo que sabemos de verdad es que Juan Ponce de León, un explorador español, divisó la costa de Florida el domingo de Pascua de 1513. Aunque los exploradores nórdicos habían llegado a Groenlandia quinientos años antes, Ponce de León suele reconocerse como el primer europeo en explorar e intentar colonizar Norteamérica. Navegando desde la colonia española en Puerto Rico, Ponce de León buscaba un archipiélago llamado Bimini, parte de las Bahamas hoy en día, pero descubrió en vez de eso una nueva terra firma cuyos habitantes se resistirían contra los españoles mucho más tiempo que los aztecas contra Cortés. Durante cuarenta años, ni los católicos españoles ni los hugonotes franceses que les siguieron fueron capaces de establecer una colonia permanente en Florida.[.article__paragraph--cap]

Ese es el registro histórico. La versión más temprana de la leyenda (es decir, la supuesta búsqueda de Ponce de León de una Fuente de la Juventud en algún lugar de la Florida) se encuentra en una crónica española por Gonzalo Fernández de Oviedo en 1535. Ponce de León, en aquel entonces gobernador de Puerto Rico, oyó rumores de una tierra al norte suyo, y con dos carabelas “descubrió las islas de Bimini... y entonces se divulgó aquella fábula de la Fuente que hacía rejuvenecer o tornar mancebos los hombres viejos”. En busca de esta meta tan excéntrica, los registros de Oviedo alegan que “tuvo noticia de la Tierra Firme, y la vio y puso nombre a una parte de ella que entra en la mar, como una manga, por espacio de cien leguas de longitud y cincuenta de latitud, y la llamó la Florida”.

Los españoles al final lograron establecer su colonia permanente: en 1565, Pedro Menéndez de Avilés fundó un puesto militar, masacrando a los hugonotes franceses que también intentaban asentarse en la región, y nombrando el asentamiento San Agustín. La ciudad de San Agustín aún existe, y es el más antiguo poblado europeo en Norteamérica habitado sin interrupciones. Hoy en día la principal actividad es el turismo, y los paquetes de viaje consolidan la historia y la leyenda.

Si visitas el Parque Arqueológico de la Fuente de la Juventud de Ponce de León, como hice el pasado enero, encontrarás varios vestigios históricos de décadas pasadas, cada uno favoreciendo la leyenda en distinto grado. “Aquí se conserva la Fuente de la Juventud”, reza una plaqueta de 1950. Otro marcador histórico, patrocinado por el Departamento de Estado de Florida, se jacta con mayor moderación: “Excavaciones arqueológicas en el Parque Fuente de la Juventud desde 1934 han revelado los montículos de conchas de los habitantes arcaicos, parte de la aldea de Seloy”, (Seloy era el cacique timucua del lugar), “[y] restos de la colonia española”. El cartel que domina la escena, y te da la bienvenida al parque, dice “La Fuente de la Juventud de Ponce de León. Bienvenido a la primera colonia de Norteamérica”.

Pasando el cartel hay un camino pavimentado flanqueado por palmeras, musgo español, bananos, dos o tres cañones españoles antiguos y oxidados, y pavos reales sueltos. Al primer lugar que te diriges es la Casa del Manantial, en parte un sitio arqueológico y en parte una atracción de feria, que alberga una fuente burbujeante. Un guía se para en la entrada. Me pone al tanto de su historia: lo que sabemos con certeza es que Ponce de León pisó por este lugar exacto. La fuente, por supuesto, no es una verdadera fuente de la juventud. Nadie creyó en eso, ni siquiera el propio Ponce de León. La leyenda fue divulgada por personas que querían arruinar su reputación dentro de la nobleza española. El agua es potable. Hay vasos gratis adentro.[#continue] [#continue]

[.smalltext]Imagen de Ken Wiedemann via iStock. Usado con permiso.[.smalltext]

En el interior de la Casa del Manantial hay una maqueta tamaño real de un conquistador español con un casco morrión siendo guiado hacia el agua por un nativo timucua. Cinco estandartes cuelgan del techo resaltando los años fundamentales de la historia de San Agustín: 2400 AC: Ancestros de los timucua empiezan a hacer cerámica; 1513: Juan Ponce de León reclama La Florida para España; 1565: Pedro Menéndez de Avilés coloniza San Agustín; 1586: Sir Francis Drake saquea San Agustín; etc. Un monolito de piedra junto al dispensador de vasos de plástico lee: “LA FUENTE DE LA JUVENTUD. Este manantial fue descubierto en 1513 y registrado como mojón en un título de propiedad español”.

Veo gente dando sorbos a sus vasos de papel. Me pregunto si son un grupo de misteriosos cazadores de la eterna juventud, que se han conocido en internet y actualizado la leyenda para satisfacer sus propios anhelos de inmortalidad. Le pregunto a la guía “¿Alguien viene aquí creyendo, o creyendo a medias, que esto es realmente una fuente de juventud?”.

“No”, se ríe. “Aunque algunos se esfuerzan mucho, mucho para creerlo”.

[.article__paragraph--cap]Aterricé en Florida el mismo día que policías federales balearon a Alex Pretti en Minneapolis; por varias semanas, en Minnesota, familias hispanas temieron salir de sus casas por miedo a ser detenidas por ICE. Desde San Agustín, parecía que todo estaba ocurriendo en otro país. Si el conflicto en el norte se trataba, al menos en parte, de trazar un límite claro entre Estados Unidos hispano y anglosajón, este parecía no tener sentido en “La primera colonia de Norteamérica”: una ciudad que celebra sus profundas raíces españolas, donde el centro histórico aún conserva un número de casas coloniales de familias históricas con apellidos como Avero y González.[.article__paragraph--cap]

Me atrajo San Agustín precisamente por este motivo: es un límite difuso entre los Estados Unidos, donde crecí, y Latinoamérica, donde nací. Una de las maneras de lidiar con la nostalgia de mi edad adulta es buscar dónde esos dos lugares no son realmente distintos. Como mínimo, deben superponerse. Los Estados Unidos hispánicos son parte de la historia de Norteamérica. Puedo encontrar consuelo en la historia.

El barrio histórico de San Agustín es una fila de bares, tiendas de souvenirs, restaurantes y museos donde vi más banderas españolas que las que nunca hubiera esperado ver fuera de España. Al final de una calle principal se levanta, solo, el Castillo de San Marcos, con forma estrellada, un fuerte del siglo XVII cuyos cañones apuntan a través del río Matanzas hacia el Atlántico. (Esta reliquia de guerra ahora es un museo; el verdadero poder militar reside en el “Centro de Excelencia de Integración de Aeronaves” de Northrop Grumman, algunos kilómetros al norte de San Agustín por la Ruta 1). La herencia española, los protestantes franceses, y los ocasionales piratas ingleses posteriores son todos parte de cómo se presenta la ciudad a sí misma; una presentación que, uno asume, fue concebida por la clase pudiente local que trajo prosperidad a la ciudad y fundó sus bibliotecas, museos y escuelas. Los museos despliegan listados poco pretenciosos de los habitantes anteriores de estas tierras: primero los timucua, los españoles, los ingleses, luego los españoles de nuevo, y finalmente los estadounidenses. Y, por último, la propiedad de Henry Flagler.

Flagler, un fundador de Standard Oil que desarrolló la infraestructura turística de la región, tiene su nombre impreso en cada rincón de San Agustín. El hotel que construyó y nombró Ponce de León, un hermoso edificio neocolonial español rodeado de palmeras, hoy forma parte de la Universidad Flagler. Cuando uno pasa caminando por “el Ponce” un día soleado es tentador pensar que toda esta historia ha culminado en este día especialmente plácido. El Ponce de León es una de las tantas joyas arquitectónicas de la Edad Dorada (de estilos neocolonial español y neoárabe) que decoran la ciudad, cada una portando sin vergüenza sus colores ornamentados. Estas delicias suavizan los ásperos bordes de la historia; hasta el fuerte español está hecho de roca coquina compresible, compuesta de caliza y conchas. Parece como si toda la ciudad estuviera empapada en las aguas de la Fuente de la Juventud, y siguiera adelante como un anciano disfrutando una segunda niñez.

Pero esa ilusión no dura demasiado. Al pasar por el cementerio hugonote, un guía señala: “Cada tumba tiene diez personas adentro”. El cementerio es el lugar de descanso de los muchos que murieron durante una epidemia de fiebre amarilla en 1821. El guía agrega: “Si tenías la suerte de ser la última persona apilada, más cerca de la superficie, tu nombre quedaba en la lápida”.

[.article__paragraph--cap]Ponce de León nació de una familia noble que había perdido su fortuna. Aunque nunca buscó de veras la Fuente de la Juventud, sí anhelaba oro y gloria, y se convirtió en soldado para buscar ambas. Luchó contra los moros en España antes de venir a las Américas con Colón. Sirvió como gobernador de Puerto Rico antes de ser reemplazado por el hijo de Colón y perder un juicio en las cortes españolas. En San Agustín, el legado cuasi legendario de Ponce de León sobrevive como una curiosidad histórica. Sin embargo, las instituciones cristianas que arribaron a Florida de su mano siguen activas.[.article__paragraph--cap]

En su crónica acerca de los viajes de Ponce de León, Oviedo sugiere que los indígenas americanos fingían creer en las fantasías del conquistador sobre la Fuente de la Juventud con el objetivo de desorientarlo y arruinar sus planes. La leyenda de la Fuente era repetida con tanto convencimiento por los indígenas “que anduvieron el capitán Joan Ponce y su gente y carabelas perdidos y con mucho trabajo más de seis meses, por entre aquellas islas, buscando esta fuente”. Fue una “gran burla por parte de los indios”, prosigue el cronista, pero “mayor desvarío creerlo los cristianos y gastar tiempo en buscar tal fuente”. Oviedo cree que, como cristiano, Ponce de León debería haber sabido que la Resurrección es un premio mucho mayor y más seguro, que la juventud eterna es un sueño, pero la vida después de la muerte es real.

Incluso si la búsqueda de Ponce de León de la Fuente de la Juventud nunca tuvo lugar, podemos imaginar a los nativos americanos manipulando historias de los futuros conquistadores, solamente para distraerlos de su curso. Aunque Ponce de León no evangelizó él mismo (estaba muy ocupado saqueando), la promesa cristiana de la resurrección del cuerpo fue adoptada por muchas de las tribus nativas descubiertas por los españoles en las siguientes décadas. Hoy en día, la identidad cristiana de la ciudad está preservada en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de La Leche, ubicado en el mismo parque que la Fuente de la Juventud, aunque separado por un muro y con distinta gerencia. El santuario es parte de la Misión Nombre de Dios, fundada en 1587 por el misionero franciscano Francisco de Mendoza, que había estado presente con Pedro Menéndez durante la fundación de San Agustín.

Representación artística alemana del siglo XIX de Juan Ponce de León y los demás conquistadores en busca de la Fuente de la Juventud. [.smalltext]Imagen de Wikipedia (dominio público).[.smalltext]

El santuario tiene un museo adyacente con su propia maqueta pequeña, no de tamaño real como la de la Casa del Manantial, que ilustra la primera misa católica celebrada en Norteamérica. También contiene una colección impresionante de artefactos históricos dando testimonio de la evangelización de la zona por parte de misioneros católicos. No encontré el nombre de Ponce de León en ninguna parte del museo; quizá me lo salté. Pero ciertamente el héroe de la historia que el museo cuenta no es Ponce de León, ni siquiera Pedro Menéndez, sino los franciscanos que trajeron la palabra de Dios al Nuevo Mundo. Esta historia salpica todo San Agustín: está presente en la catedral, la librería católica, y en el propio nombre de la ciudad.

Mientras admiraba la réplica de una iglesia franciscana del siglo XVI, siguiendo por el camino de la Casa del Manantial, entablé una conversación con un hombre que parecía saber mucho de la historia de la iglesia en Florida. Era un católico orgulloso, me dijo que prefería la misa en latín, y mientras me deleitaba con la historia del cristianismo se refirió a la “llamada Reforma”. Sin embargo, me sorprendió cómo este fanático adoptó una postura más sutil cuando llegó el momento de discutir lo que más sabía: la historia religiosa de la propia San Agustín. A esa altura, su actitud triunfalista se disolvió. “Los franciscanos nunca hubieran logrado establecer una misión sin la ayuda que recibieron de los timucua”, dijo, evidenciando una clara admiración por la población nativa de su tierra natal.

[.article__paragraph--cap]Cuando el New York Times publicó el Proyecto 1619 en 2019 (una colección de artículos reinterpretando la historia de Estados Unidos a partir del arribo del primer buque esclavista en las costas de Virginia) la historiadora Susan Parker escribió al periódico para hacer una corrección. Como lo expresaría más tarde en su columna semanal en el St. Augustine Record, “No estoy segura de que San Agustín quiera competir por el protagonismo respecto a este asunto... Pero el Proyecto 1619 elige ignorar más de medio siglo de presencia de esclavos negros en el sudeste y a lo largo de la costa atlántica previo a 1619”. Los primeros esclavos negros, escribe Parker, llegaron a Florida con los españoles en septiembre de 1526.[.article__paragraph--cap]

Los autores del Proyecto 1619 estaban al tanto de que la esclavitud existía en Norteamérica antes de 1619, pero eligieron ese año como el punto de partida simbólico a partir del cual “las contradicciones que definen al país vinieron al mundo”. Parker no fue la única ciudadana de San Agustín que hizo saber su desaprobación. “Simplemente no resuena”, dijo Karhleen Deagan, una arqueóloga de Florida citada en USA Today. “No sé si se trata simplemente de actitudes angloamericanas arraigadas, según las cuales cualquiera que no sea como nosotros no puede ser un verdadero estadounidense”.

Mapa de la Provincia de la Florida, ca. 1591. [.smalltext]Imagen de Alamy Stock. Usado con permiso.[.smalltext]

No hay un buen motivo para dejar de lado a San Agustín. Debería estar a la par de Jamestown y Plymouth. Aunque Florida no se haya unido a los Estados Unidos hasta 1819, los estadounidenses deberían reconocer al estado como el lugar de nacimiento de lo que hoy llaman Norteamérica, del producto de un (usualmente catastrófico) encuentro entre europeos y la población nativa. “Creo que San Agustín y las aventuras colonizadoras por parte de los españoles deberían incluirse en la visión histórica del país”, me dijo Parker en un email. “Hasta que los libros de texto K-12 incorporen verdaderamente el español, el menosprecio hacia San Agustín y otros lugares continuará”. La ciudad en sí misma, con sus devotos historiadores y guardianes, hace un buen trabajo de preservar su herencia. El encanto turístico puede suavizar los embates de la historia, pero de todas formas preserva su memoria. En vez de eso, los Estados Unidos como un todo han decidido encajonar esta parte crucial de su historia en una caja rotulada “La Florida”, y mantenerla cerrada.

[.article__paragraph--cap]Los pueblos timucua vivieron en la actual Florida y sur de Georgia, y no los unía un gobierno central sino una lengua común. Los misioneros franciscanos identificaron diez dialectos del lenguaje timucua, y un cura llamado Francisco Pareja compuso una gramática timucua y escribió varios textos sobre religión en lengua timucua. Los franciscanos lograron convertir a muchos timucua, pero no mantenerlos con vida: tres décadas luego de la fundación de San Agustín, la población precolombina de casi doscientos mil timucua se vio reducida en dos tercios. Las principales causas de muerte eran las enfermedades europeas a las cuales los timucua no tenían inmunidad, aunque muchos también murieron en conflictos entre tribus rivales encendidos por los poderes europeos que pugnaban por el control de la región. Cuando los británicos capturaron San Agustín en 1763, quedaban menos de doscientos timucua. Cuando Florida fue anexada mediante el Tratado Adams-Onís entre los Estados Unidos y España, los timucua estaban prácticamente extintos como pueblo.[.article__paragraph--cap]

Lo último que veo en el sitio arqueológico Fuente de la Juventud es la exhibición sepulcral timucua. Este sitio de entierro fue descubierto por casualidad en 1934, cuando un jardinero que plantaba naranjos encontró un esqueleto. El sitio web del parque reporta que, tras establecer que estos eran restos de un nativo americano, “posteriores investigaciones del Instituto Smithsoniano revelaron que toda el área estaba cubierta con las tumbas de los primeros nativos americanos cristianizados enterrados en los Estados Unidos”.

Con el correr de los años, a medida que la infraestructura arqueológica y turística se expandía, fueron encontrados más restos. Hoy, en el sitio de entierro, puede encontrar enmarcado el programa de una misa especial celebrada en 1991, parte de la ceremonia de segundo entierro de los restos descubiertos. Observo que la misa fue dictada por un hombre que hoy en día es un arzobispo emérito. Le escribo, preguntándole si recuerda esa misa y qué opinión tiene, si es que la tiene, sobre el evento.

El nombre del obispo es Charles Chaput. Tiene ochenta y cuatro y está retirado de una larga carrera como, entre otras cosas, el segundo obispo nativo americano en la historia de Estados Unidos. Tiene recuerdos felices de San Agustín, pero, por desgracia, no recuerda ningún detalle del evento. “Si te diera un mensaje claro, estaría creado por mi imaginación, sin base en ninguna memoria real”.

[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]