El cumpleaños de una nación
El aniversario de independencia de un país no es un día para sentir culpa ni vergüenza; es una celebración.
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El aniversario de independencia de un país no es un día para sentir culpa ni vergüenza; es una celebración.

[.smalltext]"nd3000," Personas mirando fuegos artificiales. Usado con permiso[.smalltext]
[.article__paragraph--leading]Aunque la mayoría de nuestros lectores no viven en Estados Unidos, cuya fiesta nacional este artículo trata, creemos que hay sabiduría acá que podrá servir a cualquier persona que lucha para reconciliar lo bueno y admirable de su país con su cara siniestra y difícil.[.article__paragraph--leading]
[.article__paragraph--cap]He tenido el privilegio de servir desde 2018 en la Comisión del Semiquincentenario de los EE. UU., la organización bipartidista creada por el Congreso para planificar los eventos del aniversario 250 de la nación. Lo llamo privilegio, y lo es. Pero debo admitir que el trabajo no siempre se ha sentido así, debido a las profundas divisiones entre nosotros, tan características de nuestros tiempos, que parecen infiltrarse en la mayoría de nuestras interacciones sociales y laborales.[.article__paragraph--cap]
Un claro ejemplo. Recuerdo una reunión del comité donde dedicamos gran parte del tiempo a debatir una pregunta cuya respuesta uno consideraría ya dada: ¿El 4 de julio de 2026 debería ser tratado como un día de celebración? ¿O sería mejor llamarlo una conmemoración? ¿Un aniversario? ¿O una palabra incluso más neutral como ceremonia? ¿U otra cosa? ¿Quizá un día de lamento y arrepentimiento?
Nunca resolvimos el tema. La discusión se fue desvaneciendo a medida que la seguidilla de eventos acaparó nuestra atención. Aun así, me impactó reparar en que comisionados formalmente electos cuestionaran que el hito de 250 años como república independiente fuera una causa para celebrar. Uno hubiera pensado que este era un punto de partida, algo en que todos podríamos estar de acuerdo, aun en tiempos conflictivos. O uno hubiera pensado que aquellos que objetaban se habrían abstenido de servir en comisión. Pero ninguno de estos supuestos tenía sustento.
Estos objetores no son los únicos. Tal punto de vista negativo se ve reflejado en otras instancias de nuestra sociedad, incluso por aquellas personas que conciben y forman las historias más influyentes sobre nuestro pasado. El “Proyecto 1619” del New York Times nos invita a considerar la esclavitud y el racismo como las verdaderas bases de la nación estadounidense. Esta interpretación ha sido introducida en el flujo sanguíneo de nuestras escuelas mediante currículums de historia fondeados por el Centro Pulitzer. Es un proyecto, lo cual implica que es un plan para lograr algo.
Otro ejemplo. El director ejecutivo saliente de la American Historical Association, James R. Grossman, ha instado a la Casa Blanca a tratar el aniversario 250 de la nación como una versión secular del Yom Kippur, el Día de la Expiación judío, que exige a los judíos reflexionar sobre sus pecados, arrepentirse, confesarse ante Dios y buscar su perdón.
Grossman es un hombre decente y con buenas intenciones, que no quiere que celebremos el 4 de julio de manera irreflexiva o jingoísta. Eso no me molesta, aunque veo mayor riesgo de olvidarnos del 4 de julio que recordarlo de forma demasiado favorable. Tampoco me parece mal su creencia en el valor de que una nación auto examine periódicamente su propia moralidad. De hecho, solíamos hacer eso mismo, y con bastante religiosidad. El Congreso Continental reservó el 17 de mayo de 1776 para “humillación, ayuno y oración”, y urgió a los ciudadanos a “confesar y lamentar nuestros diversos pecados y transgresiones, y mediante sincero arrepentimiento y enmienda de nuestra vida, aplacar su justa indignación [la de Dios], y por los méritos y la mediación de Jesucristo, obtener su perdón y misericordia”. (Vale la pena notar que buscaban el perdón de Dios, no de otros grupos de personas). Y la proclamación de Abraham Lincoln de marzo del 1863 designó el 30 de abril como “un día de humillación nacional, ayuno y oración”:
Por la presente, exhorto a todo el pueblo a que, en ese día, se abstenga de sus ocupaciones seculares ordinarias y se reúna, tanto en sus respectivos lugares de culto público como en sus propios hogares, para santificar el día al Señor, consagrándolo al humilde cumplimiento de los deberes religiosos propios de tan solemne ocasión.
Esta idea no luce tan mala, aunque parezca transgredir la prohibición de la Primera Enmienda de una religión nacional establecida. Pero un Yom Kippur “secular” aún me resulta inconcebible, ya que no reconoce el Dios hacia quien el arrepentimiento de los judíos está dirigido.
Si todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (Ec 3:1), entonces hay formas correctas y erróneas de conmemorar los hitos de la vida. Simplemente no tiene sentido que autoridades seculares usen este extraordinario aniversario nacional como vehículo para provocar olas de culpa y lanzar una búsqueda de medios de reconciliación. Comparemos esto con, por ejemplo, la forma en la que solemos celebrar un cumpleaños humano. Cuando alguien cumple cien años, ¿vemos la oportunidad de una sesión de apología, en la cual presionamos a la persona a confesar todas las fechorías cometidas en el curso de su larga vida? ¿O, al contrario, lo usamos como oportunidad para expresar amor, y nuestra gratitud por el hecho destacable de que esta persona siga entre nosotros? ¿A cuál tiempo pertenece esta ocasión?
[.pull-quote]Cuando alguien cumple cien años, ¿vemos la oportunidad de una sesión de apología, en la cual presionamos a la persona a confesar todas las fechorías cometidas en el curso de su larga vida?[.pull-quote]
¿Qué pasa si debemos nuestra propia existencia a la persona siendo celebrada? La Biblia nos manda a honrar a nuestros padre y madre, con la promesa de que disfrutaremos los frutos de la longevidad si lo hacemos. Honramos a nuestros padres porque son la fuente física de nuestro ser, sin cuya unión no habríamos venido a este mundo, y cuyos cuidados nos trajeron a la adultez. El honor que les debemos es, por ende, fundamental y permanente, aunque no lo abarque todo. El mandamiento no cancela el acto de independencia, igualmente fundamental, por el cual “el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer” (Gn 2:24). Tampoco cancela la libertad de estar en desacuerdo y criticar. Pero forma el suelo primario sobre el cual debe descansar la capacidad de un espíritu crítico.
La comparación es imperfecta, dado que un individuo y un orden político son cosas diferentes. Y, sin embargo, no es inapropiado señalar sus similitudes, como lo han hacho filósofos desde Platón, trazando analogías entre la ciudad y el alma. De seguro los EE. UU., por los cuales tantos individuos han sacrificado voluntariamente tantas cosas durante el curso de tantos años, merecen una instancia de gratitud parecida. Las recriminaciones pueden venir luego, si corresponden, y se les dará mayor peso si han sido precedidas por amor.

[.article__paragraph--cap]Entonces, ¿cómo afectan todas estas ideas la manera en que pensamos en la mejor forma de celebrar el 4 de julio, en una época de amargas divisiones culturales?[.article__paragraph--cap]
En primer lugar, deberíamos reconocer y aceptar el hecho de que la división, el desacuerdo y el conflicto nos han caracterizado desde los albores de la historia de los Estados Unidos. Los tiempos confrontativos no son novedad para nosotros. La propia Revolución Americana fue, en muchos aspectos, una sangrienta guerra civil, ya que alrededor de un tercio de la población eligió permanecer leal al rey de Gran Bretaña. La elección presidencial de 1800 fue tan horrenda y feroz que pareció amenazar el futuro de la nación. La controversia sobre la admisión de Missouri como estado en 1820 fue “una alarma de incendio en la noche” para Jefferson, amenazando el fin de la unión. La década de 1850 estuvo cargada de preocupación por la posibilidad de una secesión nacional. Y una brutal guerra civil en los 1860s produjo el desenlace más sangriento en toda la historia militar norteamericana. A pesar de todo, la unión logró sobrevivir.
[.pull-quote]La división, el desacuerdo y el conflicto nos han caracterizado desde los albores de la historia de los Estados Unidos. Los tiempos confrontativos no son novedad para nosotros.[.pull-quote]
Podría seguir. La rápida industrialización de fines del siglo XIX trajo luego enormes disrupciones sociales y levantamientos laborales. Tuvimos la intensa controversia sobre la participación de EE. UU. en ambas guerras mundiales. Las múltiples tensiones de la Guerra Fría, que afectaron profundamente todos los aspectos de la sociedad. La agitación doméstica durante los 1960s y 1970s fue peor, posiblemente, que cualquier descontento similar en la actualidad. Durante un período de dieciocho meses a principio de los 70, el FBI registró 2.500 explosiones de bomba en el país. Pero también sobrevivimos ese desorden. Nuestro lema tradicional, E pluribus unum, de muchos uno, ha sido más que un vago cliché.
¿Por qué hemos sobrevivido? Una de las razones principales es que somos una tierra de esperanza, que abarca gentes de muchos orígenes que comparten una aspiración optimista por una vida más allá de las fronteras y restricciones en las que nacieron. Hemos sido una tierra de segundas oportunidades.
Pero, al mismo tiempo, deberíamos recordar que mirar hacia adelante también significa mirar hacia atrás. Ambas formas de mirar están conectadas en el alma humana. Como dijo Edmund Burke, “El pueblo que no mira atrás, a sus antepasados, no mirará tampoco adelante, hacia la posteridad”. Somos más capaces de imaginar y trabajar por un mañana para los niños de ahora cuando recordamos, con gratitud, que fuimos niños alguna vez, y como tales, la encarnación de las proyecciones de nuestros predecesores hacia el futuro.
Entonces, debemos empezar a rememorar, a través de esta cadena de causas y efectos, el primer 4 de julio en 1776, la fecha en la cual los Estados Unidos emergieron como una nación libre e independiente. El triunfo de los Fundadores no fue para nada inevitable. Cuando los firmantes de la Declaración comprometieron sus vidas, fortunas y su sagrado honor, no lo decían retóricamente. Humillación y sueños deshechos eran una posibilidad real en un conflicto tan desigual.
Hoy en día conocemos, más que nunca, los viejos pecados de los Estados Unidos, gracias al trabajo de los historiadores. Pero solemos fallar en ponderar dichos fallos contra la aberrante historia de buena parte del resto de mundo a través de las épocas. Olvidamos lo destacable que fue nuestro experimento pionero de autogobierno en comparación con la carencia e inequidad que caracteriza la mayoría de la historia humana. Olvidamos lo excepcional de que, por primera vez en la historia humana, una nación se comprometiera explícitamente al principio de que la libertad y la equidad son derechos otorgados a todos los seres humanos.

[.article__paragraph--cap]Por eso, el recuerdo compartido de estas cosas, y los esfuerzos hechos para asegurarlas, son de crucial importancia para nosotros. El escritor francés Ernest Renan, en su conferencia de 1882 “¿Qué es una nación?”, dijo que una nación es fundamentalmente “un alma, un principio espiritual”, constituido no solamente por “consentimiento actual” sino también por “la posesión en común de un rico legado de recuerdos”.[.article__paragraph--cap]
Renan se opone a la idea de que las naciones deberían estar unidas por factores raciales, lingüísticos, geográficos, religiosos o materiales. Tampoco era suficiente el principio de consentimiento activo, sin la sustancia agregada de un pasado en el cual el consentimiento estuviera arraigado. Aun así, Renan no era ningún iluso. Sabía muy bien que construir una nación tiene su lado oscuro, y el recuerdo suele venir acompañado del olvido. Lo expresó así:
El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación, y es así como el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro para la nacionalidad. La investigación histórica, en efecto, vuelve a poner bajo la luz los hechos de violencia que han pasado en el origen de todas las formaciones políticas, hasta de aquellas cuyas consecuencias han sido más benéficas. La unidad se hace siempre brutalmente; la reunión de la Francia del Norte y la Francia del Mediodía ha sido el resultado de una exterminación y de un terror continuado durante casi un siglo.
Uno piensa en las famosas palabras de Walter Benjamin: “No hay documento de civilización que no sea, al mismo tiempo, un documento de barbarie”.
Eso es, en parte, contra lo que lidiamos en la historia de EE. UU: el reconocimiento de que hemos enterrado u olvidado muchas cosas para llegar a donde estamos ahora. ¿Cuánto de ello debería ser recordado, o hasta disputado? La memoria es importante, pero también lo es el perdón. No podemos vivir sin ambos. Nuestro futuro depende de aprender a recordar, pero también hacerlo de forma correcta. Me pregunto si nuestra incapacidad para celebrar proviene de corazones llenos de culpa, que solo pueden soportarla proyectándola en otros, particularmente aquellos en el pasado.
[.pull-quote]Quizá en este auspicioso aniversario deberíamos agradecerles su visión y sacrificio, y cesar nuestras riñas actuales el tiempo suficiente para bridar por quienes hicieron posibles esas riñas.[.pull-quote]
Este instinto de culpa que carcome se ha convertido en un problema central que enfrenta Occidente, ya sea culpa por la conquista y el colonialismo, por la nacionalización forzada, por la guerra y el genocidio, por la riqueza, por el abuso ambiental y el saqueo; culpas relativas a casi todo lo que ha servido, directa o indirectamente, para contribuir al dominio de Occidente sobre el mundo humano y natural, incluso cosas tan fundamentales como la domesticación de animales, que permitió el cambio hacia la vida comunitaria en asentamiento durante la era neolítica. A veces parecemos estar en un camino de autonegación, que solo se vuelve interesante cuando uno observa los juegos entre grupos e individuos para excusarse de la condena que nos alcanza a todos.
[.article__paragraph--cap]¿Qué decir, entonces, de los líderes demasiado humanos que dieron luz a esta nación hace un cuarto de milenio? Podemos enseñar esto a nuestros niños: todos tenemos defectos. Los Fundadores no eran excepción a esa regla. Tampoco lo somos nosotros. Lo que no es común o usual son esos raros momentos históricos cuando personas defectuosas se unen para producir cosas extraordinarias. No cosas perfectas, pero sí cosas grandes, cosas dignas de nuestra admiración y gratitud. Cada miembro del séquito de hombres y mujeres destacables en los inicios de Estados Unidos, en ese momento destacable de la historia humana, contribuyó algo al desenlace, incluso mientras pecaban y peleaban. Quizá en este auspicioso aniversario deberíamos agradecerles su visión y sacrificio, y cesar nuestras riñas actuales el tiempo suficiente para bridar por quienes hicieron posibles esas riñas. Y por los unos y los otros, cuyo trabajo es seguir adelante.[.article__paragraph--cap]
Haremos mejor ese trabajo si nos comprometemos con una idea noble, aunque contraintuitiva, que debe ser infundada una y otra vez a cada nueva generación: el concepto de la oposición leal. Podemos estar plenamente convencidos de lo correcto de nuestra posición, y aun así entender que otros pueden estar en desacuerdo; que, de hecho, podemos no estar en lo correcto; y que la fuerza y durabilidad de nuestras instituciones democráticas es más importante que nuestro triunfo respecto a cualquier asunto particular. En algún punto, una mayor lealtad será exigida de nosotros, una tan grande como nuestra lealtad a nuestras propias convicciones. Debemos desarrollar la capacidad para esa lealtad más grande, para que nuestra democracia sobreviva y prospere. Es una capacidad que, mirada de manera correcta, es una forma de amor.
[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]