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Esta tierra es mi tierra

Los indígenas saben que la tierra de los Estados Unidos posee un alma más antigua que 250 años.

October 12, 2026

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[.article__paragraph--cap]Cuando pienso en la fundación de Estados Unidos, pienso en refugiados que buscaban libertad religiosa en una sociedad libre, enfrentados a unas probabilidades que parecían imposibles. Imagino campesinos hastiados de un sistema de clases que hacía estructuralmente imposible construir un hogar propio o alcanzar la autodeterminación. Pienso en generaciones de mujeres y hombres trabajando duramente en un ambiente extraño y hostil a primera vista. Según aprendí de niña, el sueño de los Estados Unidos permitía a personas pobres, bajo el yugo de una monarquía brutal, emanciparse de la tiranía; ofrecía a cualquiera que fuera listo y trabajador, de cualquier familia o posición social, la oportunidad de formar un hogar y ganarse una fuente de sustento en una tierra salvaje e indómita.[.article__paragraph--cap]

En esta versión de la historia, la colonización comenzó en Jamestown, en 1607, y luego en Plymouth, en 1620.

Pero esa no es la única historia de la fundación de Estados Unidos, o la historia relevante en mi región de origen. Mi gente, los Tewa de la cultura Pueblo, ubica el asentamiento en nuestra región a partir de la ocupación de Juan de Oñate en 1598, aunque los exploradores españoles habían pisado nuestras tierras desde los años 1540. Todas nuestras aldeas y granjas, rebaños y viñedos fueron capturados por los colonizadores españoles en el nombre de Dios, y nuestro pueblo fue esclavizado. El Papa habilitó a España, con una dispensa especial (la bula papal Inter Caetera de 1493), conquistar este continente para el Sacro Imperio Romano.

Craig George (Dinè), Tierras de los Dinè, óleo sobre tela, 2022. [.smalltext]Obra de Craig George (Dinè), óleo sobre lienzo y impresiones artísticas de edición limitada, 20x24 pulgadas. Para obtener información o realizar una compra, comuníquese con FaraHNHeight Fine Art Gallery, farahnheight@gmail.com.[.smalltext]

Pero, atención: si los españoles fueron ordenados por mandato divino a capturar y someter esta tierra extraña, como sostenían su monarca y el Papa, ¿cuándo entra en escena la libertad religiosa y la sociedad libre de clases? Los puritanos, que no tenían interés en declarar un monarca o un imperio, también sostenían estar ordenados por Dios. Esta ideología eventualmente sería llamada “Destino Manifiesto”: la opinión implacable de que Dios ha ordenado la conquista de un continente entero por europeos y sus descendientes. Este punto de vista ya se encuentra articulado en la Declaración de la Independencia, que sostiene “absoluta confianza en la protección de la Divina Providencia”. Aún quedan entre nosotros restos de esta apropiación justificada por la providencia divina. El gran sello de los Estados Unidos, impreso en nuestra moneda, contiene las palabras Annuit cœptis, que significan que Dios ha favorecido nuestra empresa, el ojo indicando que Dios nos cuida.

Encuentro difícil creer que un Dios amoroso haya favorecido la iniciativa de estos colonizadores contra los pueblos que ya estaban aquí. Se estima que cien millones de personas indígenas vivían en este continente cuando llegaron los primeros pioneros europeos. En 1900 solo quedaban cinco millones.

Durante este tiempo, la tierra natal de mi pueblo fue conquistada una y otra vez: primero por España, luego ocupada por la soberanía de México, hasta que los Estados Unidos la anexaron en 1848 al final de la Guerra Mexicano-Estadounidense. Nuestras tierras y aguas eran ahora apropiadas por otra potencia colonial. El Tratado de Guadalupe Hidalgo hizo promesas de protección y ciudadanía que no fueron cumplidas.

Incluso las tierras contempladas por el tratado fueron anexadas nuevamente en los años 40, por orden ejecutiva. ¿El motivo? Desarrollar la bomba atómica. Antes de ser detonadas en Japón, las armas nucleares fueron detonadas en las tierras de mi pueblo. Hasta hoy se almacenan residuos tóxicos aquí. En una reseña de un libro para la American Scientist, David Kaiser escribe, “El protocolo de laboratorio de hecho requería que las pruebas fueran ensayadas solamente mientras los vientos dominantes arrastraran la lluvia radioactiva sobre las tierras indígenas, refiriéndose a estas regiones con el eufemismo de ‘inhabitadas’. No sorprende que, desde mediados de los 90, muchos indígenas de la región hayan alzado la voz para culpar al laboratorio por las altas tasas de cáncer en la población”.

Cada pueblo indígena proveniente de estas tierras previo a que los colonizadores se adueñaran de ellas sufre alguna variante de esta historia. Hasta hoy, las tierras indígenas que quedan están siendo saqueadas o arrasadas: para la Dakota Access Pipeline, para extraer cobre de la mina de Oak Flat que planea colapsar una montaña entera, para la mina de litio en Thacker Pass que corre riesgo de filtrar uranio y ácido sulfúrico en el suministro de agua de numerosas comunidades indígenas vecinas, y otros muchos ejemplos. Además, durante generaciones las políticas nacionales arraigadas en lógicas coloniales nos excluyeron de instituciones como universidades, nos negaron el acceso a la vivienda, y nos alejaron del mercado de trabajo. De hecho, la política federal ha llegado a procurar reducir nuestros números: la Ley de Servicios de Planificación Familiar e Investigación de Población de 1970 implementó la política del Servicio de Salud Indígena (IHS) de esterilizar involuntariamente a mujeres indígenas. Según los propios documentos del IHS, entre el 25 y 50 por ciento de las mujeres indígenas fueron esterilizadas entre 1970 y 1976. Las personas indígenas son encarceladas a tasas más altas que cualquier otra población. La industria carcelaria se beneficia financieramente de nuestra encarcelación en masa, y muchos de los que han ido a prisión pierden su derecho a voto.

[.article__paragraph--cap]La riqueza de Estados Unidos ha sido adquirida a expensas del sufrimiento de mi pueblo. Es imposible hablar de la fundación de esta nación sin reconocer esto. La política pública de EE. UU. hacia los pueblos indígenas se basó en el exterminio, luego remoción, luego asimilación en las reservas, luego remoción de niños a internados parroquiales, luego terminación de la nacionalidad, luego extracción, la época que vivimos ahora. En cada época la agenda política ha sido sacarnos de nuestras tierras por todos los medios necesarios. La lógica del Destino Manifiesto es que mi pueblo debe dejar de existir.[.article__paragraph--cap]

El sueño de una nación que protege la vida, la libertad y la propiedad de su gente es un sueño negado a mi pueblo. ¿Dónde se encuentra el alma de Estados Unidos cuando el enriquecimiento personal de los poderosos se alimenta del sufrimiento de los débiles?

El sueño americano sugiere que cualquier individuo talentoso y trabajador puede prosperar basado en mérito. Es común oír, aunque duro de creer, que esto es viable para cualquier estadounidense, que cualquiera puede salir adelante por sus propios medios en este país. La implicancia es que, si no soy rica, es porque no soy suficientemente lista, o inspirada, o trabajadora.

De hecho, he trabajado bastante duro. Cuando cumplí catorce, trabajaba horario completo como empleada doméstica. Como muchos “indígenas urbanos”, soy un producto de una diáspora patrocinada por el gobierno que depositó miles de personas indígenas en ciudades alejadas de nuestras tierras ancestrales. Mis dos padres fueron separados de sus familias mediante remoción infantil, y crecieron en instituciones católicas; ninguno tenía padres de quienes heredar patrimonio cultural o material. Se les negó su derecho de nacimiento de todas las maneras posibles, y nosotros, los niños, también pagamos el precio.

Craig George (Dinè), El trabajo de una madre nunca termina, óleo sobre lienzo, 2016.

En mi niñez no había tiempo para pensar, para soñar, para crear. Limpiaba habitaciones de moteles de mala muerte y hogares de clase trabajadora, y aceptaba cualquier otro trabajo precario que pudiera conseguir. Carecía de legitimidad para limpiar hoteles, edificios de oficinas u hogares pudientes; tenía que cobrar mi salario por debajo de la mesa, de parte de personas dispuestas a explotar a una niña. La única oportunidad de hacer mi tarea escolar era tarde en la noche. Cada recinto del apartamento de dos dormitorios donde vivíamos diez de nosotros estaba lleno de gente durmiendo. Por eso hacía mi tarea en el baño, sentada en el suelo. Esto era cuando tenía dónde vivir: mi familia y yo dormimos en la calle más de una temporada durante mis años de secundaria.

Ojalá pudiera decir aquí que algún adulto vio potencial en mí y me motivó a estudiar, pero no es el caso. Se esperaba que trabajara para aportar a una vivienda, bajo constante amenaza de desalojo, donde los adultos itinerantes iban y venían de prisión. Todo lo que hiciera aparte de trabajar por dinero se juzgaba como una distracción poco oportuna. Esta fue mi bienvenida al “sistema basado en mérito”.

Con el tiempo, me reencontré con la sabiduría de mi pueblo. Allí aprendí de mis ancianos la realidad fundamental de la interdependencia. He aprendido lo que significa ser humano: un ser sagrado y eterno, responsable no solo del bienestar de mi gente, sino de la vida misma. He aprendido cómo las personas indígenas reverencian el mismo “eterno poder y naturaleza divina” del Creador, evidente por sí solo en la creación, que Pablo describe en el primer capítulo de Romanos. Comprendemos que la interdependencia y el éxito mutuo, no la competencia y la extracción, son la esencia de la realidad. He descubierto que la “buena nueva” del Evangelio resuena profundamente con los pueblos indígenas. Esa buena nueva implica llamar a los pecadores a arrepentirse. El alma de Estados Unidos haría bien en escuchar.

En Lucas, capítulo 4, Jesús proclama el cumplimiento de una profecía articulada en el libro de Isaías, capítulo 61. La profecía habla de alguien ungido para traer buenas noticias a los pobres: liberación para el cautivo, vista para el ciego, libertad para el oprimido, y la proclama del año de la buena voluntad del Señor. Jesús lee la profecía y luego afirma, “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes”. Él mismo es el de la profecía, anuncia públicamente.

¿Cuál es el año de la buena voluntad de nuestro Señor? En el libro del Levítico, Dios decreta el Año del Jubileo, un año cada cincuenta en el que las deudas son canceladas, los esclavos son liberados, las propiedades son devueltas a sus dueños originales, y a la tierra se le permite descansar sin ser plantada. Este es un año de misericordia, liberación y reparación. Jesús anuncia que él está ungido para traer al pueblo la buena noticia del jubileo. Un jubileo no es más que un reordenamiento de los sistemas humanos, una oportunidad de presionar el botón de reinicio.

El jubileo que Jesús anuncia y encarna, tanto material como espiritualmente, también se encuentra embebido en la cosmología de mi pueblo. En las enseñanzas que aprendí de mis mayores, encuentro una alternativa a los sistemas extractivos de un imperio que se justifica a sí mismo bajo el nombre de Dios. Es una visión de justicia económica, bienestar colectivo y liberación para todos. Esta visión incluye reconectar a los pueblos indígenas con nuestras tierras sagradas. Empecé un movimiento de cristianos en Norteamérica para trabajar juntos en pos de esta visión colectiva. En la relación con líderes indígenas que trabajan para liberarse, los cristianos también están encontrando liberación. El alma de esta tierra es más antigua que 250 años. Los pueblos indígenas sabemos algo sobre eso. Juntos, podemos dar forma a cómo se verán los próximos 250 años. Según el mandato de Jesús, establecer el reino de Dios será liberación para los oprimidos.

[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]