El lento trabajo bajo la superficie
El discipulado cristiano es, a menudo, una cuestión de fidelidad oculta.
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El discipulado cristiano es, a menudo, una cuestión de fidelidad oculta.
[.article__paragraph--cap]En los primeros años del camino cristiano, con frecuencia existe un anhelo silencioso de que Dios se mueva a través de nosotros. Oramos por frutos, claridad, utilidad y momentos que se sientan significativos. Lo que rara vez pedimos es la lenta obra que Dios realiza en los lugares que nadie ve. Solo más tarde comenzamos a comprender que la formación más profunda a menudo ocurre mucho antes de que se puedan vislumbrar resultados.[.article__paragraph--cap]
Hay temporadas en las que la fidelidad parece pasar desapercibida. Nos presentamos, servimos, oramos, pero nada parece moverse. El silencio se siente como un veredicto, como si Dios estuviera reteniendo la dirección o la cercanía. Se necesita tiempo para ver que estos períodos de ocultamiento no son signos de inactividad. El ocultamiento no es un desvío de la formación; es el terreno donde comienza la formación.
Cuando las circunstancias nos empujan fuera de la vista, descubrimos quiénes somos sin el andamiaje del reconocimiento. Las temporadas de ocultamiento aflojan nuestro apego a la aprobación. Nos liberan de la necesidad de impresionar. Nos enseñan a servir porque Dios ya nos conoce. Estos períodos de quietud se convierten en una especie de desintoxicación para el alma.
La oscuridad saca a relucir preguntas que la vida pública nunca exige. ¿Es Dios suficiente cuando no hay progreso perceptible? Cuando no hay historias que compartir. Cuando parece que no está pasando nada. En los años ocultos, la oración se trata menos de recibir respuestas y más de permanecer presente. El amor se convierte en perseverancia.
Los años ocultos ponen a prueba la confianza de una manera que la prisa nunca puede hacer. La espera fortalece lo que la actividad nunca toca. Transforma la fe de algo que hacemos a algo en lo que vivimos.
Los lugares ocultos exponen lo que no se puede ver desde afuera. Revelan los impulsos y motivos que el ministerio público a menudo oculta. La integridad se forma aquí, no en momentos de reconocimiento, sino en una larga obediencia sin aplausos. En estos tramos invisibles, el carácter adquiere la fuerza para llevar a cabo el llamado.
[.article__paragraph--cap]Este tipo de formación no se puede forzar. Crece lentamente, y es por eso que a menudo la resistimos. Estas temporadas rara vez se sienten sagradas. Se sienten como una interrupción o un retraso. Parece que no está pasando nada. Sin embargo, las escrituras ofrecen una perspectiva diferente.[.article__paragraph--cap]
Moisés pasó cuarenta años en Madián, viviendo en la tranquilidad del desierto con las ovejas para tener compañía y el silencio como guía. Sin milagros, sin destellos de revelación, sin evidencia de que Dios estuviera preparando a un libertador. Sin embargo, esos años no fueron en vano. Ablandaron lo que necesitaba ablandarse y despojaron a Moisés de la presunción que más tarde lo habría destruido. Madián desarmó a Moisés para que Dios pudiera construir a alguien que no se derrumbara bajo el peso del liderazgo.
Jacob aprendió algo similar durante una noche. Luchó con un ángel hasta el amanecer y, aunque salió victorioso, solo recibió la bendición después de caer herido. Hay momentos en los que Dios nos marca de la misma manera. La cojera se convierte en parte de la bendición. Nos prepara para un futuro que exige humildad en lugar de bravuconería.
Jesús recorrió un camino aún más largo de preparación oculta. Antes de predicar un sermón o llamar a un discípulo, vivió casi treinta años en Nazaret. Nada público, nada registrado, nada que se pareciera a un ministerio. El Hijo encarnado no evitó la oscuridad; vivió en ella.
Los años ocultos de Jesús muestran que Dios no desperdicia las temporadas que consideramos insignificantes. De hecho, Jesús enseña en Marcos 4:26-29: el reino crece de maneras desapercibidas. Una semilla se siembra en la tierra mucho antes de que nadie vea una cosecha. Noche y día, sin que nadie observe, brota y madura. El agricultor no puede explicar cómo pasa; solo confía en que algo real está sucediendo bajo la tierra.
Jesús usa esta imagen para mostrar que la obra de Dios suele ser silenciosa y lenta, pero imparable. El crecimiento invisible es el más importante. Un árbol demuestra la misma lógica: crece hacia abajo antes de crecer hacia arriba, sacando fuerza del suelo escondido. Así es con el alma. Sin raíces profundas, no hay fuerza real, y cualquier crecimiento se vuelve frágil.

El cuerpo humano cuenta una historia similar. Un médico me explicó una vez que el dolor y el calor bajo la piel a menudo significan que el cuerpo se está sanando. El cuerpo se recompone de manera silenciosa. La formación espiritual suele seguir ese patrón. Bajo la superficie, Dios repara lo que no podemos arreglar por cuenta propia. La incomodidad puede ser una señal de que se está llevando a cabo una obra más profunda.
Hay otra dimensión de lo oculto que es importante para la iglesia. Nuestra cultura —y a menudo, la cultura cristiana—, el valor se mide por el alcance, la visibilidad y los números; la vida oculta se convierte en un testimonio silencioso. Se resiste a la idea de que el valor se encuentra en ser visto. Desafía la creencia de que Dios solo está obrando cuando los resultados son fáciles de medir. Nos recuerda que el reino a menudo crece de maneras que no se pueden contar.
Los años ocultos conllevan sus propios peligros. Pueden desperdiciarse si se llenan de resentimiento o comparaciones. Lo que Dios pretende forjar en estos tramos silenciosos no puede acelerarse sin perder su fuerza. Cuando intentamos adelantarnos a la formación, nuestro trabajo se vuelve más pesado de lo que debería ser, y nuestras almas se vuelven más delgadas de lo que necesitan ser.
Sin embargo, los años ocultos también traen una promesa. Pierre Teilhard de Chardin escribe: “Confía en la lenta obra de Dios”. Esa es la invitación que se halla en el corazón de lo escondido. Confía en que Dios está dando forma a algo duradero bajo la superficie. Confía en que el silencio es una forma de presencia. Confía en que la obra lenta es una obra más profunda.
Si te encuentras en una temporada tranquila, no asumas que has sido dejado de lado. Lo que parece no tener importancia puede ser esencial. Lo que se siente como una espera puede ser una preparación. Lo que parece vacío puede estar lleno de la paciente atención de Dios. Bajo la superficie, él ya está haciendo su trabajo. Dios está formando lo que solo él ve. Y con el tiempo, las raíces ocultas darán su fruto.
[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson[.smalltext]