Caras de una guerra verdadera
Un extranjero que vive en Ucrania reflexiona sobre la vida cotidiana en medio del conflicto.
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Un extranjero que vive en Ucrania reflexiona sobre la vida cotidiana en medio del conflicto.

Un edificio dañado por una explosión en Kiev, Ucrania. [.smalltext]Fotografía de Ales Ustinau / Pexels. Usado con permiso.[.smalltext]
[.small-caps]2:37 a. m.:[.small-caps] una fuerte explosión en algún lugar al norte me sacó del sueño. Me quedé quieto y escuché. En Kiev, en medio de la noche, haces un tipo de cálculo mental: distancia, dirección, qué tipo de arma. Luego decides si tienes que moverte. Yo no lo hice. Mi pueblo es relativamente seguro.
Volví a dormir. En la mañana, el cielo estaba cubierto de humo. Kiev estaba en llamas.
Las noticias contaban lo sucedido: Rusia había lanzado setecientos tres misiles y drones contra ciudades ucranianas durante la noche, matando al menos a dieciséis civiles en todo el país e hiriendo a noventa y ocho. Cuatro de los fallecidos estaban en Kiev, incluido un niño de doce años, y más de sesenta personas resultaron heridas solo en la capital.
A las 7:00 a. m. me estaba preparando para ir al centro de la ciudad. Tenía una cita en el consulado alemán para renovar mi pasaporte, que se me había vencido sin darme cuenta.
Si quieres entender a Ucrania y a los ucranianos, toma el metro la mañana después de un ataque a gran escala. Estaba repleto. Todos se dirigían a algún lado para seguir con la vida como si nada hubiera pasado, excepto que, por supuesto, sí había pasado algo. Yo no podía dejar de fijarme en los rostros de la gente. Se veían cansados. No solo el cansancio de “las explosiones de anoche no me dejaron dormir”, sino el cansancio de “esto lleva cuatro años; ¿cuándo va a terminar?”.
Una babushka estaba sentada, las manos cruzadas sobre su bolso, asintiendo con la cabeza mientras intentaba mantenerse despierta. Un hombre vestido de constructor estaba de pie cerca de las puertas, mirando al vacío a lo largo del vagón, como si le hubiera costado todas sus fuerzas levantarse y enfrentar otro día. Los niños en camino a la escuela navegaban por sus teléfonos, moviendo los pulgares, con los ojos pesados. Nadie se quejaba.
Me bajé en la parada y caminé hacia el consulado por calles que estaban concurridas y resultaban perfectamente comunes, menos por el humo, que aún llenaba el aire.
Soy extranjero, lo que significa que parte de mi vida en Ucrania se llena de cosas muy propias de un forastero: pasaportes, trámites de residencia, embajadas, sellos, traducciones y la necesidad constante de explicarle a la gente por qué estoy aquí. Llegué en enero de 2024 para trabajar con Novi Community, una organización humanitaria enfocada en restaurar la infancia de los niños y las niñas cuya vida se vio interrumpida por la guerra. Desde entonces, he vivido en las afueras de Kiev.
Este trabajo me ha llevado por toda Ucrania: a Jersón, construyendo parques infantiles bajo el fuego directo de las fuerzas rusas; a Járkov, dirigiendo programas para niños que cargan con un estrés que ninguno debería tener que soportar, en medio de manzanas enteras destruidas; a Druzhkivka, un óblast de Donetsk, enseñando inglés en un campamento de verano para niños a unas nueve millas de los combates, donde, a veces, teníamos que dejar todo y correr adentro porque había drones FPV cerca. También me ha llevado a los Cárpatos, a Lviv, a pequeños pueblos, escuelas, iglesias y refugios de los que la mayoría de la gente nunca oirá hablar.
Todo esto no me convierte en ucraniana. No hace que su dolor y su sufrimiento sean los míos. Pero sí hace que la guerra sea menos teórica y mucho más personal. Convierte los titulares y las cifras en personas, pueblos, salones de clase, patios de recreo, caminos y nombres.
Después de mi cita, regresé a Khotiv, el pueblo donde vivo. Es un pueblo pequeño, suburbano y verde, en las afueras de Kiev, por lo que ofrece un acceso conveniente a la ciudad sin el ajetreo y el bullicio de la vida urbana. Iba caminando hacia Fora, la tienda de abarrotes local, cuando escuché sirenas de policía y noté que la gente a mi alrededor se detenía.
Un cortejo fúnebre avanzaba por la calle principal hacia el cementerio. Era un hombre de la localidad, caído en combate en el frente. No lo conocía ni sabía su nombre. El cortejo estaba formado por familiares, amigos y soldados compañeros. A medida que se acercaba, todas las personas en la calle dejaron lo que estaban haciendo. Compradores, trabajadores, la madre con un bebé en el carrito, el anciano que barre la acera. Luego, uno por uno, se arrodillaron sobre una rodilla. Yo hice lo mismo.
Este gesto nunca se vuelve más fácil de presenciar. Ocurre en todo el país, en ciudades y pueblos, cada vez que un padre, un hermano, un hijo o, a veces, una hija es traído a casa para ser enterrado. Ocurre sin discusión, de manera espontánea, sin que nadie lo imponga. Suenan las sirenas, se acercan los autos y las calles saben qué hacer.
La muerte de este hombre no le pertenecía solo a su familia. Le pertenecía a su pueblo. Le pertenecía a su país. Y, de una manera más modesta y prestada, porque he elegido quedarme, vivir y servir entre la gente que soporta esta guerra, también me pertenecía a mí.
La procesión pasó y la gente se puso de pie de nuevo. La madre ajustó su carriola. El anciano volvió a barrer. Yo seguí mi camino hacia la tienda de abarrotes.
Se puede saber cuánto ha sufrido un pueblo ucraniano al conducir por la calle principal. En casi todos los pueblos, los retratos de los caídos locales bordean la carretera. Fotografías. Rostros reales. Mirando hacia el pueblo al que llamaban hogar. Aquí, en Khotiv, hay unos veinte alineados a lo largo de la carretera junto a la escuela. Son muchos para un pueblo de este tamaño. Los paso casi todos los días y siempre los miro. Rostros valientes, felices, sonrientes, retratos de antes de la guerra. Muchos son padres de familia de entre treinta y cuarenta años. Algunos son más jóvenes, de entre dieciocho y veintitantos. Todos tienen aquí a personas que los extrañan y los amaban, que aún los aman. Esto es lo que aprendes por quedarte.
Me dirigí a casa. Mañana traería sus propias alertas.
[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson[.smalltext]