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Tarde o temprano, todos somos una carga

Mientras avanzan leyes que permiten el suicidio asistido, ¿cómo aprenderemos a aceptar la decadencia en vez de matarnos?

August 24, 2026

[.article__paragraph--cap]Llegué a conocer al teólogo Robert W. Jenson en los últimos años de su vida. Como muchos, primero lo conocí por sus libros, comenzando con Systematic Theology (Teología sistemática). Pero pronto descubrí que acudíamos a la misma iglesia y, no solamente eso, sino que nos gustaba sentarnos en el mismo transepto sur. Un domingo me incliné sobre el banco que tenía delante, hacia donde él estaba sentado en una silla de ruedas, y le pregunté: “¿Es usted Robert Jenson?” Me miró perplejo y, tras una larga pausa, finalmente dijo: “Ese es mi nombre”. Poco después me invitó a que lo llamara “Jens”, y terminé visitándolo en su casa dos veces por semana. A medida que se consolidaba nuestra amistad, a veces le hacía compañía cuando Blanche, su mujer, salía de casa, para que no se quedara solo. Para ese entonces no podía servirse nada para tomar, ni comer, ni caminar al baño sin ayuda.[.article__paragraph--cap]

Una vez, luego de ayudarlo a ir y volver del baño, Jens murmuró algo sobre ser una carga. Yo insistí: “No eres una carga”. Ante esto, me miró y dijo de forma clara, “Sí, lo soy. Tarde o temprano, todos somos una carga”.

Su sorpresa ante mi respuesta pastoralmente inepta, y mi sorpresa ante su franqueza, giraban en torno al mismo problema: la cortesía.

En muchas expresiones de cortesía en nuestra cultura se espera que seamos algo deshonestos y, en algunos casos, consideramos que decir la verdad es de mala educación. Cuando un amigo nos ha causado molestias, se espera que insistamos en decir: "¡No es molestia!" Cuando alguien nos lleva a un almuerzo de negocios, aunque sea costumbre que quien invita paga, el invitado igual debe ofrecer pagar (a sabiendas de que ese ofrecimiento es solamente un gesto).

Las mentiras piadosas del comportamiento amable sirven como un lubricante social, protegiendo nuestras relaciones del uso y desgaste. La cortesía nos protege de la fricción diaria con otras personas. Y precisamente por eso, el cuidado pastoral a menudo requiere descortesía: el asistente pastoral debe abordar la vida real con total sinceridad, prestando especial atención a aquellos aspectos de la vida en los que hay resistencia, es decir, en los que hay fricción. Es la única forma de alcanzar el alma. El intento cortés de suavizar las tensiones es contrario al trabajo pastoral.

Mi equivocación con Jens (con quien, cabe aclarar, no mantenía oficialmente una relación pastoral) consistió en que él me abrió su corazón en cierto sentido, y yo por cortesía rechacé su petición implícita de atención.

Comparto esta experiencia con él porque he estado reflexionando sobre un reto de la crianza de los hijos, y creo que la forma en que decepcioné a Jens aquel día apunta hacia una solución. Frente al lento avance de las leyes que permiten el suicidio asistido por motivos médicos, he empezado a preguntarme cómo puedo criar a mis hijos para que sean el tipo de personas que preferirían soportar la dolorosa y humillante pérdida de la salud y de las funciones corporales, antes que morir por suicidio. Creo que parte de la respuesta a este reto se encuentra al examinar el problema de la falsedad cortés respecto a las maneras en que somos una carga para los demás, y los demás para nosotros. Estas dos experiencias, ser una carga y soportar una carga, no son lo mismo; pero para cualquiera que se resista a la tentación del suicidio como vía de escape de la realidad de que la vida humana es una carga, hay que enseñar y practicar tanto el ser una carga como el soportar cargas. Y creo que el primer paso es superar la "falta de sinceridad por cortesía" que niega que las personas sean una carga en absoluto.

[.article__paragraph--cap]La pregunta que no suele hacerse y, por ende, tampoco se responde es: ¿qué les pasa a las personas que son una carga una vez que se les ha ocultado por completo este hecho?[.article__paragraph--cap]

Supongo que estas personas harán todo lo que esté a su alcance para convertir la negación cortés en realidad: intentarán no ser una carga. Negar educadamente que alguien sea una carga supone, de hecho, privarlo de la libertad de serlo, incluso cuando esa carga es involuntaria, de modo que la persona se ve agobiada por su propia dependencia. Para que quede claro, esta dinámica no acontece siempre que uno se siente agobiado: por ejemplo, como amo a mis hijos no me molesta en absoluto que me despierten por la noche. El amor puede hacernos olvidar el esfuerzo que supone ocuparnos de otras personas. Al mismo tiempo, no sería bueno para mis hijos ni mi amor por ellos si fingiera no estar agotado tras una racha de interrupciones nocturnas. El amor puede aliviarnos la sensación de agobio y darnos fuerzas para entregarnos a los demás, pero no cambia el hecho fundamental de que debemos sostenernos unos a otros, y de que eso nos deja exhaustos. Cuando fingimos que no nos agotan las exigencias, el mismo amor que nos une a aquellos cuyas cargas llevamos se deforma, hasta convertirse en una fuerza que nos separa y nos aísla de quienes dependen de nosotros.

Hace muchos años, durante mi formación en Educación Pastoral Clínica, estuve en una habitación de hospital con una mujer de setenta y tantos años que había sobrevivido a un infarto. En lugar de estar agradecida por seguir viva, se mostraba angustiada y ansiosa. Me confesó que deseaba haber muerto porque se sentía una carga para su sobrina adulta, la única pariente que podía cuidar de ella. Cuando hablé con la sobrina, esta me respondía de manera cortés, pero no quiso ir más allá de vagos comentarios cuando le pregunté por las dificultades que suponía cuidar de su tía. No estaba dispuesta a hablar con franqueza sobre los complejos retos que conlleva cuidar de un familiar mayor.

Black-and-white photo of two elderly people, one in wheelchair and one on bench, facing ocean on sunny day.
[.smalltext]Fotografía deBruno Aguirre / Unsplash.[.smalltext]

En aquel entonces, ya me oponía duramente al suicidio asistido por motivos morales, pero ese día observé un atisbo de la presión dañina que sentiría la gente si el suicidio médico estuviera disponible. Sabrían que, cuando se les insiste en que no son una carga, la respuesta esperada es otra mentira: que están cansados de vivir y listos para morir con dignidad. Si a la señora mayor que visité le hubieran dado la opción de terminar su vida, sospecho que habría aceptado diligentemente, tomando medidas drásticas para demostrar que daba la vida por terminada. El suicidio asistido es lo que sucede cuando aplicamos las reglas de la cortesía a la decisión de poner fin a una vida.

Aunque creo que la asistencia médica para morir es inmoral y no debería legalizarse, confieso que soy pesimista de ganar esta lucha legal y culturalmente. Más bien, anticipo que triunfará una concepción progresista de la autonomía de nuestros cuerpos, coherente con la tendencia general de las leyes sobre el derecho al aborto, las intervenciones médicas para apoyar la identificación transgénero, y el uso de drogas recreativas. Agrego a esa tendencia el hecho serio de una baja natalidad, que provocará un déficit de mano de obra en pocas décadas, especialmente en profesiones como el cuidado de ancianos. La asistencia médica en la muerte puede ser usada para aliviar un sistema de salud sobre exigido. Apuesto a que oiremos hablar cada vez más de la muerte asistida, no solo como un acto de compasión para los que sufren, sino como un acto corajudo de responsabilidad ecológica y social por parte de generaciones más viejas preocupadas por las más jóvenes. 

[.article__paragraph--cap]Dada la posibilidad de este futuro oscuro, me cuestiono cómo podré enseñarles a mis hijos a soportar la sutil, pero poderosa, presión coercitiva para quitarse su propia vida cuando se vuelvan ancianos o seriamente enfermos. Intuyo que será una prueba básica de formación en la fe si los cristianos que formamos serán capaces de resistir el poder seductor del suicidio por cortesía.[.article__paragraph--cap]

La primera vez que me hice esta pregunta, mi primera reacción fue volverme hacia el concepto de virtud: que fortaleza o coraje o paciencia podría ser lo que falta en nuestra cultura, y que los cristianos que han desarrollado estas virtudes serán menos propensos a tomar sus propias vidas. Pero soy consciente de que los cristianos comparten la tradición de la ética de la virtud con los antiguos estoicos, para quienes la voluntad de uno de tomar su propia vida era una expresión de perfección en la virtud y desapego de las cosas efímeras de este mundo. De hecho, un repaso ligero de la historia del mundo rápidamente muestra que las virtudes como el coraje o la paciencia han sido inculcadas a menudo en las mismas culturas donde el suicidio fue tratado como normal.

Es una característica de la religión bíblica, y del cristianismo en particular, insistir en que cada vida humana posee un valor infinito. Una cultura que abraza la idea de que algunas vidas ya no son dignas de ser vividas no es necesariamente una que le falta virtud, sino una que se ha vuelto poscristiana. Además, el elemento del cristianismo que se ha perdido no es necesariamente la amabilidad o la compasión, sino el reconocimiento bíblico de que ser humano es ser una carga, y que la plenitud humana requiere, por ende, que aprendamos tanto a ser cargas como a llevarlas.

[.article__paragraph--cap]Uno de los extraños detalles en los relatos evangélicos sobre Jesús enviando a sus discípulos a predicar es que les instruye depender de las gentes a quienes son mandados:[.article__paragraph--cap]

No lleven bolsa, ni alforja, ni calzado; ni se detengan en el camino a saludar a nadie. En cualquier casa adonde entren, antes que nada, digan: “Paz a esta casa.” Si allí hay gente de paz, la paz de ustedes reposará sobre esa gente; de lo contrario, la paz volverá a ustedes. Quédense en esa misma casa, y coman y beban lo que les den, porque el obrero es digno de su salario. No vayan de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren, y los reciban, coman lo que les ofrezcan. Sanen a los enfermos que allí haya, y díganles: “El reino de Dios se ha acercado a ustedes.” Pero si llegan a alguna ciudad y no los reciben, salgan a la calle y digan: “Hasta el polvo de su ciudad, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra ustedes. Pero sepan que el reino de Dios se ha acercado a ustedes.” Yo les digo que, en aquel día, el castigo para Sodoma será más tolerable que para aquella ciudad. (Lc 10:4–12)

En contraste con la forma en que los cristianos pueden concebir actualmente el trabajo misionero (los ricos llevándole sus recursos a los pobres), Jesús envía a sus discípulos al mundo como cargas, requiriendo hospitalidad. Es fácil imaginar la alternativa: que el mismo Señor que alimentó multitudes hubiera enviado a sus emisarios con bienes materiales como señal de la venida del reino de Dios, o que hubiera instruido a sus discípulos a no cargar a las personas para quienes estaban predicando. De hecho, el apóstol Pablo adopta este abordaje en su ministerio, convirtiéndose en el primer pastor del evangelio “bivocacional”, y a menudo recordándole a la gente que se esforzaba para no serles una carga. Pero la estrategia de Pablo es la excepción, no la regla. Jesús establece la norma, mandando a sus discípulos (los doce del Evangelio de Mateo, y los setenta y dos de Lucas) con la expectativa de que “el obrero es digno de su salario”.

Tan solo debemos recordar que esos obreros no eran invitados, sino simplemente se presentaban. La imposición inesperada es una característica central del regalo que los discípulos de Jesús llevan en su misión. Jesús envía a los discípulos a realizar señales como manifestación del reino de Dios, el cual por su presencia se habrá “acercado a ustedes”. Estas señales, de las cuales la más visible es curar a los enfermos, exponen el desorden de aquella era y la futura restauración de la creación. Pero, a diferencia de la enfermedad del cuerpo, la que trastorna el alma humana es la falta de hospitalidad, hacia Dios y hacia nuestros vecinos. Aquellos que encontraran una forma de darle la bienvenida en sus casas a estos forasteros del Señor recibirían esta sanación de alma: “... vuestra paz reposará sobre él”. Por el contrario, aquellas ciudades que se negaran a recibir a los mensajeros del Señor serían culpables del pecado de Sodoma, que no era solamente acoso sexual sino “soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad”, que no “fortaleció la mano del afligido y del menesteroso” (Ez 16:49).

Recibir el reino de Dios era abrirse uno mismo a llevar las cargas de otros. Este principio trascendió el ministerio terrenal de Jesús hasta las páginas del Nuevo Testamento. El apóstol Pablo exhorta a los ladrones a “que no vuelva a robar; al contrario, que trabaje y use sus manos para el bien, a fin de que pueda compartir algo con quien tenga alguna necesidad” (Ef 4:28). No se les dice que trabajen para ellos mismos, sino para sostener la carga de los necesitados. En cuanto a la iglesia, “los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a estos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad” (1 Co 12:22b-24a). La vida cristiana requiere que las personas “sobrelleven los unos las cargas de los otros” para que "cumplan así la ley de Cristo” (Gl 6:2), y al igual que el mandamiento de amar al prójimo resume la ley entera (Gl 5:14), podríamos decir que amar a tu prójimo equivale a llevar sus cargas. En el discurso ético y teológico contemporáneo no escasean las palabras sobre dependencia y vulnerabilidad: solo debemos observar que estas describen hechos de la condición humana, lo cual significa que involucrarse con humanos implica hacerse cargo del vulnerable y el dependiente, llevando cargas.

[.article__paragraph--cap]Es profundamente incómodo ser una carga y admitir haber sido cargado. Un familiar comentó hace poco que las personas hoy en día apenas usan “de nada” cuando se les agradece, y prefieren no hay problema” o por favor. Yo mismo lo hago. Parece como si admitir llanamente que has hecho algo por otra persona diciendo “de nada” fuera demasiado incómodo. Estas interacciones se han convertido en otra instancia de cortesía mediante deshonestidad gentil, evitando hasta la mínima fricción de reconocer que se ha prestado un servicio, de confirmar que se te debe gratitud.[.article__paragraph--cap]

La leve incomodidad que podemos sentir en estas interacciones casuales merece nuestra atención; estos son síntomas de algo más profundo que el hábito coloquial. Como dije, las áreas de fricción son los puntos de acceso a nuestras almas. Y me parece que nuestras almas han llegado al punto de no tolerar ninguna carga, ya sea nuestra o ajena. Pero eso significa que nos hemos vuelto intolerantes a la condición humana. No puede sorprendernos, entonces, que crezca la demanda de permiso para erradicar esta condición. Al hacerlo, nos perdemos la oportunidad de que nuestro cortés alejamiento de cualquier fricción se transforme en aprecio por la honestidad y vulnerabilidad de otros, para que nuestras expresiones de gratitud o generosidad sean sinceras y nos inviten a relaciones más profundas en las que podamos llevar las cargas de los otros.

En una cultura donde el suicidio por buenos modales podría normalizarse pronto, las personas que tengan la fortaleza de resistir la presión social de autoeliminarse serán aquellas que, entre otras cosas, hayan aprendido a estar cómodas siendo una carga, y con aceptar la realidad de que amar a otras personas significa cargar con ellas. Los cristianos que anhelen criar hijos cuyos cuerpos y almas puedan sobrevivir a esta cultura deben enseñarles que no hay nada malo en ser una carga; debemos preparar a nuestros hijos para cuidarnos como alguna vez los cuidamos a ellos; debemos servirles de modelo de cómo luce llevar las cargas de otros y ser sinceros sobre lo difícil y exigente que puede ser esta clase de amor cristiano. Un esfuerzo paternal como este comienza con las interacciones poco amables de las cuales Jens me hizo parte, que me ofrecieron la oportunidad de ser cristiano de esta manera difícil, necesaria, agraciada y moralmente seria.

Este compromiso moral también será la clave para la misión cristiana en una cultura inhóspita para personas que tienen muchas necesidades. El testimonio apostólico de la venida del reino de Dios, así como el cuidado pastoral que los cristianos debemos ofrecer a la sociedad poscristiana, consisten en ser una carga y recibir las cargas de los demás. El mismo Jesús, que envió a sus discípulos a recorrer ciudades sin recursos ni dinero, nos envía a nuestro mundo como testigos del reino, y también nosotros debemos manifestar ese reino ofreciendo la paz del Señor a quienes nos reciban cuando no podamos cuidarnos a nosotros mismos. De esta forma, la presencia persistente de nuestros cuerpos frágiles y candidatos para el suicidio será, con la irónica providencia de Dios, el medio por el cual nos ofrecerá salvación para nuestras almas.

[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]