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El fin de la medicina
La eutanasia y la campaña para “reconquistar la muerte”
July 12, 2021

El 25 de mayo de 2017, en la portada del New York Times apareció un artículo acerca de un hombre de la Columbia Británica que planificó su propio velatorio —es decir, un velatorio en vida― y que, después de que la mayoría de sus amigos se hubo marchado, recibió una inyección letal por parte de su doctora y falleció.

El artículo está bien escrito y resulta convincente. Hay un hombre enfermo a quien ya no le queda mucha vida o quien (para ser más precisos) está cansado de vivir con su enfermedad. Hay plumas de águila y mantos de oración y buena comida y abrazos y lágrimas. Las personas encienden velas y dan sus bendiciones y hablan acerca de “reconquistar la muerte”. Pero se le va a dar muerte a alguien e incluso la doctora que le administra las drogas letales lo admite. Aunque también dice con firmeza: “No veo esto de ese modo. Es mi trabajo. Lo hago bien”.

Otros ejemplos abundan. Está la historia de esa pareja de ancianos en Oregón quienes hace poco eligieron marcharse juntos: luego de sesenta y seis años de matrimonio, incluyendo algunos años como médicos misioneros en India, decidieron que la vejez y la enfermedad ―en su caso, Parkinson, cardiopatías y cáncer— eran más de lo que podían soportar. Después de que su familia documentó su partida en un video, fueron aclamados como dos valientes modelos de una nueva forma de morir.

Y está el caso de Brittany Maynard, la mujer de veintinueve años en California, que tenía un tumor cerebral inoperable y cuya lucha por el “derecho” a morir propició una legislación sobre suicidio asistido en ese estado y en otros. Los elogios que recibió en la revista People y en CNN la convirtieron en una heroína. Brittany se mudó a Oregón para recibir el cóctel letal que terminó con su joven vida.

Pero no solo el cáncer o la discapacidad neuromuscular están llevando a la gente a elegir salirse de la vida. Cada vez más se trata de la depresión ―“agotamiento” de vivir― y ahora, en algunos lugares de Europa, incluso solo la vejez. ¿Qué está sucediendo y por qué?

Sin título, Scott Goldsmith

Sin título , Scott Goldsmith Fotografía de Scott Goldsmith. Usado con permiso.

¿Quién está presionando en favor de la eutanasia?

Después de haberme ocupado de personas enfermas y agonizantes por veinticinco años, puedo comprender bien lo que lleva a la gente a tomar el asunto en sus propias manos. A pesar de todo lo que la medicina moderna tiene para ofrecer, aún no ha conquistado la muerte ni el sufrimiento que a veces la preceden durante décadas. Y no parece que alguna vez vaya a lograrlo. Incluso después de haber aprendido a tratar la leucemia infantil y de eliminar la polio y la difteria, no hemos aún encontrado la cura para aquellos flagelos como la artritis, la insuficiencia cardíaca, la incontinencia o el insomnio, que parecen asolar la vejez de tantas personas, incluso de aquellas que viven en los barrios más atractivos y que no deben preocuparse por sus finanzas.

La información obtenida de aquellos estados en los que el suicidio asistido es hoy legal sugiere que las personas no están adhiriendo a los tratamientos letales solo porque padecen dolores. Es porque tienen miedo de “perder el control” ―porque están solos, con miedo o preocupados por haberse vuelto una carga para sus cuidadores— o simplemente porque desean hacer las cosas “a su manera”. En California, por ejemplo, la gran mayoría de las personas que han dispuesto de su vida bajo la ley que ampara el derecho a morir han sido ancianos blancos, con un alto nivel educativo, que ya estaban recibiendo tratamiento paliativo o terminal. Casi todos ellos tenían, además, seguro médico, por lo que el costo no era necesariamente un problema. Y en Canadá, un médico que desde hace tiempo apoya el suicidio asistido dice que los pacientes que requieren sus servicios tienen un tipo de personalidad particular: suelen ser los “médicos, abogados, reyes de los negocios y comerciantes exitosos” quienes “siempre obtienen lo que quieren”.

Demasiado a menudo hemos abrazado el falso evangelio de nuestra cultura que nos indica que la felicidad de verdad depende de la ausencia de molestias y sufrimiento.

La vida moderna está caracterizada por un vacío espiritual y por un materialismo que se unen a la suposición de que la felicidad humana depende principalmente en la movilidad, la independencia y la autodeterminación. De ahí que sea comprensible que hayamos llegado a este punto. Pero, así como es comprensible, también es una crítica hacia aquellos de nosotros que nos llamamos cristianos. Demasiado a menudo hemos abrazado el falso evangelio de nuestra cultura que nos indica que la felicidad de verdad depende de la ausencia de molestias y sufrimiento. De ahí a intentar evitar las dolencias de la vejez y la enfermedad mediante la manipulación de la propia muerte, hay un paso.

El lugar de la valentía

A lo largo de los siglos los seres humanos han luchado contra la muerte con todo lo disponible. La muerte era inevitable, pero aún era algo a lo que se debía temer y que debía ser demorado. Ahora, sin embargo, de pronto empezamos a facilitarla, incluso a acogerla como una solución al dolor y a los problemas de la vida. Según se nos explica, la razón de este cambio radica en que los avances de la medicina moderna, especialmente las tecnologías de soporte vital que pueden posponer la muerte indefinidamente, han modificado en esencia el cálculo moral. La antigua prohibición hipocrática de causar la muerte de un paciente debe supuestamente ceder a las realidades actuales.

Pero incluso si se describe el suicidio o la eutanasia con eufemismos reconfortantes y se lleva a cabo en una cómoda cama en la privacidad de nuestro hogar, ¿realmente es la solución a estos dilemas? Quienes consideramos el cuerpo como algo más que una masa trémula de células debemos manifestar que no es así. Si somos seres espirituales, hechos a imagen de Dios, entonces nuestras razones para mantener la vida jamás pueden depender completamente de la capacidad física ni de la ausencia de malestar.

Todos nosotros ansiamos la realización personal, la felicidad y la buena salud. Y también queremos que nuestra vida tenga significado. Y, aun así, tal significado no puede ser medido por la ausencia de audífonos, sillas de ruedas y tanques de oxígeno. En lugar de eso, debe surgir del conocimiento de que hemos pasado nuestros mejores años en el servicio a Dios y a los demás seres humanos, que nuestra vida no fue vivida solo por nuestro bien, sino que de algún modo nos volcamos en los otros.

Depende también de la fe, que el apóstol Pablo definió como la certeza de las cosas esperadas y la convicción de las cosas aún no vistas. Muchos se burlan de la fe y la consideran propiedad de zelotes incultos. Y, sin embargo, la iluminación verdadera consiste en saber que con fe podemos valientemente entrar en el reino que en esta vida no vemos ni conocemos. La fe nos puede traer una paz que sobrepasa toda comprensión humana, una confianza en que los dolores de la muerte se superan no con una jeringa de midazolam, sino aceptando lo que ha recaído en nosotros, seguros de que no será más de lo que podemos soportar.

The author with his wife Margrit in 2015

El autor con su esposa, Margrit, en 2015. Fotografía cortesía del autor.

Margrit, mi esposa, fue un ejemplo de tal fe. A los cuarenta y tres se le diagnosticó un cáncer de intestino delgado. Durante veintidós meses luchó contra él hasta que fue evidente que no podía vencer. En ese punto hizo frente a la muerte con un coraje sereno que venía de más allá de ella misma.

Dejarse ir no fue fácil: estaba en la plenitud de la vida, así como nuestros cinco hijos cuyas edades iban entre los doce y los diecinueve. Derramó lágrimas sobre las graduaciones y las bodas que perdería, sobre los nietos que no vería y sobre el hecho de que me dejaría viudo a mis cuarenta y siete. Pero también miraba hacia atrás con alegría y gratitud por la vida que había tenido como esposa, madre y enfermera; por los muchos nacimientos que había asistido, los cientos de pacientes a los que había cuidado y los miles de vidas que había tocado, consciente o inconscientemente, a lo largo de tantos años.

Margrit estaba lista para marcharse, porque ella había servido. Y sus años de servicio a los otros ahora le permitían descansar con un sentido de realización serena, sin perder la humildad. Entonces, unas semanas antes del desenlace, cuando le pregunté si tenía miedo, ella pudo responder: “No, me parece que no. Creo que Jesús vendrá a buscarme”.

En diciembre de 2014 celebramos los veinticinco años de nuestra boda y en enero de 2015 ella solo podía tolerar yogur y caldo. En febrero, apenas un té liviano enriquecido con miel y crema. En marzo se fue. A pesar de recibir el mejor cuidado que la medicina podía ofrecer, sufrió terriblemente en los últimos diez días. La obstrucción maligna de intestino delgado, que invariablemente lleva a los vómitos, es una de las situaciones más difíciles con las que deben lidiar los expertos en medicina paliativa. Aun así, ella nunca flaqueó ni se quejó. En lugar de eso, irradiaba paz y amor, a menudo a través de sus ojos que brillaban, hasta su último suspiro.

No fue solo su fe lo que la sostuvo: el amor de la comunidad a la que pertenecemos la ayudó a atravesar las horas más difíciles.

Se fue a Casa rodeada por su familia: sus padres, mis padres, sus hermanos y nuestros hijos. Hubo cantos y hubo oraciones. Y muchas lágrimas. Y a menudo oramos para que, de algún modo, fuera liberada, pero ni una vez consideramos la posibilidad de forzar la situación o de tomarla en nuestras manos. Así como aquellos que esperan el nacimiento de un bebé, nosotros esperábamos el momento de Dios y sabíamos que, al igual que quienes se reúnen en torno a una mujer en trabajo de parto se alegran cuando el niño sale del vientre, quienes esperaban a Margrit en el más allá estallarían en cantos cuando ella cruzara el Jordán.

Ella fue bendecida con una fe fuerte y, sin embargo, no fue solo su fe lo que la sostuvo: el amor de la comunidad a la que pertenecemos la ayudó a atravesar —a ella y a nuestra familia― las horas más difíciles. Recibió cuidado médico experto, pero más que eso, recibió guía espiritual a través de las visitas y las oraciones, los cantos y los servicios. Desde el momento en que fue diagnosticada con cáncer, las personas se solidarizaron con ella. Los niños le traían flores; los viejos amigos la visitaban para rememorar juntos; personas que apenas conocíamos aparecían con canastas con alimentos. Pero, ¿qué pasa con los miles de personas que no tienen ese amor? ¿Podría ser la ausencia de ese amor lo que esté llevando a tantos de ellos a tomar el asunto en sus propias manos?

Morir en la iglesia

En 1651, George Fox, fundador de los cuáqueros, hizo una conocida declaración a los representantes de Oliver Cromwell, a quienes manifestó su deseo de vivir una vida tal que pudiera “alejar la ocasión de guerra”. ¿Podríamos atrevernos hoy a vivir una vida tal que alejara la ocasión del suicidio y la eutanasia? Y si así fuera, ¿cómo sería una vida así? En una época que premia la autonomía y el individualismo por encima de todo, que ridiculiza la responsabilidad y rinde culto a la autosuficiencia, no sería fácil crear una vida como esa. Pero si Cristo nos llama a llevarnos las cargas los unos a los otros, ¿podemos hacer algo menos que eso?

De hecho, los hospitales de la Europa medieval fueron establecidos como comunidades religiosas en las que monjes y monjas cuidaban a los enfermos y a los moribundos. Los franceses los llamaban hôtels-Dieu , es decir, “hoteles de Dios”. En el siglo IX Carlomagno había ordenado que las catedrales y los monasterios tuvieran sus propias instalaciones hospitalarias, algunas de las cuales todavía existen. La tradición ha sido continuada por la iglesia católica. Lamentablemente, a medida que la medicina se transformó en una disciplina esencialmente científica, su núcleo espiritual original ―aunque no menos necesario hoy― se ha debilitado mucho. Las personas mueren hoy conectadas a máquinas y a monitores que titilan y dan pitidos, en tanto la familia y los amigos, recluidos en confortables salas, esperan ser llamados “cuando todo haya terminado”. Esa es la ironía de la medicina moderna: a pesar de que su noble finalidad es eliminar el sufrimiento, sin querer hemos abandonado a los moribundos.

Si de verdad queremos reconquistar la muerte, necesitamos traer de vuelta a los moribundos a nuestras iglesias y a nuestros hogares.

Si de verdad queremos reconquistar la muerte, necesitamos traer de vuelta a los moribundos a nuestras iglesias y a nuestros hogares. Necesitamos rechazar esas intrusiones de la medicina que de manera inútil solo sirven para prolongar el proceso de morir, incluso si aceptamos esas intervenciones que alivian el dolor, la asfixia y las náuseas. Necesitamos traer de vuelta a los sacerdotes y a los pastores y también la música. Pero, ante todo, necesitamos invitar a Dios de vuelta a escena y depositar nuestra confianza en él, en lugar de hacerlo en aquellas comadronas de la muerte quienes, jeringa en mano, prometen un rápido e indoloro despacho hacia la noche desconocida (y solitaria).

La agonía de Margrit no fue rápida ni fácil, pero cuando ahora la recuerdo, estoy seguro de que fue exactamente como Dios quiso que fuera. Ella sufrió y, sin embargo, traer de vuelta a Dios a escena no significa eliminar el sufrimiento. Significa descubrir y aprender la única forma real de soportarlo. Había, por lo tanto, un profundo mérito espiritual en esperar el momento de Dios; lecciones profundas aprendidas del misterio de no saber y de no estar en control. Estábamos indefensos y, a la vez, protegidos por alas invisibles. E incluso cuando nos lamentábamos, podíamos regocijarnos porque los corazones duros eran ablandados, las conciencias dormidas eran agitadas y los ojos cerrados eran abiertos.

ranúnculos

Los antiguos creían que podíamos aprender algo de los moribundos: que ellos se tendían entre el cielo y la tierra. En la medida en que nosotros resistamos el impulso de inmiscuirnos en el manejo divino del tiempo, hay mucho para aprender de ellos todavía hoy. En la comunidad donde vivo y trabajo, casi nadie muere en el hospital, mucho menos en una UCI. La mayoría, como Margrit, muere en casa, en su propia cama, rodeada de flores y música y niños y cantos. Son personas comunes y tienen miedo a la muerte y a la discapacidad como cualquier persona, pero el amor activo que las rodea ayuda a dar respuesta a sus miedos. Y las oraciones de aquellos que mantienen con ellos una vigilia durante largos días y aún más largas noches los sostienen y fortalecen más poderosamente que cualquier medicamento cuidadosamente calibrado. Además de eso, no mueren solos y jamás necesitan organizar sus propios velatorios.

No podemos condenar a aquellos que, por miedo al futuro o debido a su estado lamentable, deciden terminar con su vida, pero podemos señalar otro camino. Es el camino de la esperanza en la vida más allá de la muerte, y el camino del significado en el sufrimiento y a través de él.

El apóstol Mateo nos muestra este camino cuando describe el sufrimiento de Cristo: su muy humana reacción ante él (él oró para ser liberado) y su obediencia y valentía supremas. Increíblemente, mientras estaba colgado en la cruz, rechazó el vinagre mezclado con hiel, una mezcla que, según los historiadores, adormecía la mente y, por tanto, aliviaba el dolor. Hizo esto para enfrentar la muerte con la mente clara. Esto prueba que estaba sacrificando su vida por nosotros, aceptando voluntariamente el sufrimiento.

De este modo su muerte es un ejemplo para aquellos que afirmamos seguirlo, y así todos nosotros, ante el dolor y la enfermedad inevitables que son nuestro destino, estaremos un día enfrentados a la misma elección: rechazar y evitar el sufrimiento, o entregarnos a él en nombre de Dios. Y con su gracia permitirnos ser purificados y redimidos a través de él.

Ya en el siglo I, el apóstol Pedro exhortó a sus lectores a someterse a la disciplina del sufrimiento y sugirió que podía servir a un propósito sagrado: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado” (1 Pe 4:1). Pedro continúa diciendo: “Sino gozaos, por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría”. (1 Pe 4:13). Del mismo modo, Pablo sugiere que, además, “nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia” (Ro 5:3).

La dignidad no depende de la autonomía ni de la independencia.

Quienes escribieron estos pasajes del Nuevo Testamento pueden haberse referido en su origen acerca de la persecución religiosa, pero al final, la subyugación del cuerpo ―y la purificación espiritual con la que, como resultado, podemos ser bendecidos— no necesita depender de la fuente de nuestro dolor. Un ejemplo de esto es Alison Davis quien, como escribe Robert Carle, sobrevivió a un intento de suicidio y cuya nueva voluntad de vivir ejemplifica la posibilidad de encontrar una vida fructífera y plena, incluso cuando esa vida ha sido destrozada físicamente por el dolor y la discapacidad.

Davis nació en Inglaterra en 1955 con una espina bífida y con hidrocefalia. A los catorce se la confinó a una silla de ruedas. A los treinta, después de desarrollar enfisema, osteoporosis y artritis, intentó suicidarse. Al principio se enfureció por haber sobrevivido, pero luego experimentó un momento de conversión, hizo una peregrinación a Lourdes y, más tarde, veintiocho años de servicio a los más pequeños y a los perdidos, lo que incluyó atender a los reclusos en el corredor de la muerte en Texas y fundar una obra de beneficencia para niños discapacitados en India.

Una vida así muestra que la dignidad —un término muy extendido que proviene del latín dignitas y significa “virtud, mérito u honor”― no depende de la autonomía ni de la independencia y, por supuesto, no de la ausencia de sufrimiento, sino en nuestra habilidad para aceptar las cruces con las que se nos carga en la vida, y, en lo que respecta a la muerte, esperar con paciencia la hora de Dios.

Ninguno de nosotros desea sufrir innecesariamente. Pero tampoco podemos evitar completamente el dolor y el sufrimiento. El mismo Hijo de Dios debió soportar la amarga agonía de la cruz, y a través de ese calvario el mundo fue redimido. ¿Podemos atrevernos a evitar algo menos? Alice von Hildebrand dice que, cuando consideramos el sufrimiento de este modo, se vuelve un privilegio: sufrimos junto al Salvador. “Sé fiel hasta la muerte”, nos urge, “y yo te daré la corona de la vida”. (Ap 2:10)

Sin una vida de fe y sin el amor circundante de una comunidad activa, es absolutamente comprensible que las personas quieran tomar la muerte en sus manos. Pero en tanto seguidores de Cristo que han sido encomendados a predicar la Buena Noticia a todas las personas, y conocedores de que hay, como dice el apóstol Pablo, “un camino mucho mejor”, sabemos que esas manos están vacías y que, por lo tanto, no podemos mantenernos en silencio.


La versión original de este artículo, en inglés, apareció en julio de 2018. Traducción de Claudia Amengual.

My own wife, Margrit, was an example of such faith. Stricken by small bowel cancer at the age of forty-three, she fought back for twenty-two months until it was clear that she could not win. At that point, she faced death squarely, and with a calm bravery that came from far beyond herself.

Letting go wasn’t easy: she was in the prime of life, as were our five children, all between the ages of twelve and nineteen. So she shed tears over missed graduations and weddings, over the grandchildren she would never see, and over the fact that she would leave me a widower at forty-seven. But she also looked back with joy and gratitude at the life she had lived as a wife and mother and nurse: at the many births she had attended, the hundreds of patients she had cared for, and the thousands of lives she had touched, knowingly and unknowingly, over many years.

She was ready to go because she had served, and her years of service to others now allowed her to rest with a sense of peaceful (if humble) accomplishment. Thus when I asked her, weeks before the end, if she was afraid, she could answer, “No, I don’t think so. I believe Jesus is coming to fetch me.”

We celebrated our twenty-fifth wedding anniversary in December 2014, and by January 2015, she could manage only yogurt and broth. By February it was weak tea, fortified with honey and cream. By March, she was gone. Despite receiving the best care medicine could offer, she still suffered terribly in her last ten days: malignant small bowel obstruction, which invariably leads to vomiting, is one of the most difficult situations palliative medicine experts have to deal with. Still, she never once flinched or complained, and instead radiated peace and love, often through shining eyes, until her last agonizing breath.

She went Home surrounded by her family: her parents, my parents, her siblings, and our children. There was singing, and there were prayers, and plenty of tears, and we prayed often that she might somehow be released, but we never once contemplated pushing things along or taking things into our own hands. Like those willing to await the birth of a baby, we waited for God’s moment, knowing that just as those gathered around a laboring woman rejoice when the child bursts out of the womb, those waiting for Margrit in the world beyond would break into singing when she crossed her Jordan.

It wasn’t just her faith that held her through: it was the love of the community to which we belong.

She was blessed with a strong faith, and yet it wasn’t just her faith that held her through: it was the love of the community to which we belong that carried her, and our family, through the most difficult hours. She received expert medical care, but more than that, she received pastoral care in the form of house calls and prayers, songs and services. From the moment she was diagnosed with cancer, people rallied around her. Children brought flowers, old friends dropped by to reminisce, acquaintances we hardly knew dropped in with baskets of food. But what of the thousands of people who lack such love? And could it be the absence of this love that is driving so many of them to take matters into their own hands?

Dying in the Church

In 1651, George Fox, founder of the Quakers, famously told Oliver Cromwell’s representatives that he wished to live such a life that would “take away the occasion for war.” Might we now dare to live such a life that would take away the occasion for suicide and euthanasia? And if so, what might such a life look like? In an age that prizes autonomy and individualism above everything else, derides accountability, and worships self-sufficiency, creating such a life will be no easy task. But if Christ calls us to bear one another’s burdens, can we do anything less?

The hospitals of medieval Europe, in fact, were established as religious communities in which monks and nuns cared for the sick and the dying; the French called them hôtels-Dieu, or “hostels of God.” By the ninth century, Charlemagne had ordered cathedrals and monasteries to build their own hospital facilities, some of which survive to this day; the tradition has been carried on by the Catholic Church. Sadly, as medicine evolved into a largely scientific discipline, its original spiritual core, though no less needed today, has largely withered away. Thus people now die attached to machines and monitors that blink and beep, while family and friends, sequestered in plush conference rooms, wait to be called in “when it is all over.” Such is the irony of modern medicine: though aiming nobly to eliminate suffering, we have unwittingly abandoned the dying.

If we really want to take death back, we need to bring the dying back into our churches, and into our homes.

If we really want to take death back, we need to bring the dying back into our churches and into our homes. We need to push away those intrusions of medicine that pointlessly serve only to prolong the process of dying, even as we embrace those interventions that do relieve pain and breathlessness and nausea. We need to bring back priests and pastors and music, but most of all, we need to invite God back into the picture and put our trust in him, instead of in those new midwives of death, who, syringes in hand, promise a swift and painless dispatch into the unknown (and unaccompanied) night.

Margrit’s dying was not quick or easy, but as I look back on it now, I am certain that it was exactly as God intended it to be. She suffered, and yet bringing God back into the picture does not mean eliminating suffering; it means discovering and learning the only real way to bear it. Thus there was deep spiritual worth in our waiting for God’s moment; profound lessons learned from the mystery of not knowing, and of not being in control. We were helpless, and yet at the same time we were cushioned by unseen wings, and even as we grieved we could rejoice as hard hearts were softened, dull consciences stirred, and closed eyes opened.


The ancients believed we could learn something from the dying: that they were stretched between heaven and earth. To the extent that we ourselves resist the urge to meddle with divine timing, there is much we can learn from them still today. In the community where I live and work, almost no one dies in the hospital, much less the ICU. Most, like Margrit, die at home, in their own beds, surrounded by flowers and music and children and singing. They are very ordinary people, and they fear death and disability like anyone else, but the active love that surrounds them helps answer their fears, and the prayers of those who watch with them through long days and even longer nights uphold and strengthen them more powerfully than any carefully titrated medicine. They also do not die alone, and never need to organize their own wakes.

We cannot condemn those who, whether from fear of the future or due to the misery of their condition, decide to end their own lives, but we can point to another way. This is the way of hope in life beyond death and the way of meaning in and through suffering.

Buttercups

The apostle Matthew shows us this way when he describes the suffering of Christ: his very human reaction to it (he prayed for deliverance) and his ultimate obedience and bravery. Incredibly, when hanging on the cross, he refused vinegar mixed with gall, a mixture which historians tell us was supposed to numb the mind and thereby dull pain. He did this so that he could face death with a clear mind: proof that he was laying down his life for us, accepting suffering voluntarily.

In this way is his death an example to those of us who claim to follow him, and in this way will all of us, facing the inevitable pain and infirmity that is our lot, one day be faced with the same choice: to reject and avoid suffering, or to submit to it in God’s name – and with his grace allow ourselves to be purified and redeemed through it.

Already in the first century, the apostle Peter exhorted his readers to submit to the discipline of suffering, suggesting that it could serve a holy purpose: “Since therefore Christ suffered in the flesh, arm yourselves also with the same intention, for whoever has suffered in the flesh has finished with sin” (1 Pet. 4:1). Peter goes on to say, “But rejoice insofar as you are sharing Christ’s sufferings, so that you may also be glad and shout for joy when his glory is revealed” (1 Pet. 4:13). Paul similarly suggests that we should “boast in our sufferings, knowing that suffering produces endurance” (Rom. 5:3).

The writers of these New Testament passages may have been talking primarily about religious persecution, but, in the end, the subjugation of the body – and the spiritual purification with which we can be blessed as a result – need not depend on the source of our pain. An example of this is Alison Davis, who, as Robert Carle writes, survived a suicide attempt and whose newfound will to live exemplifies the possibility of finding a fruitful and fulfilled life, even when that life has been physically wrecked by pain and disability.

Born in England in 1955 with spina bifida and hydrocephalus, Davis was confined to a wheelchair by the age of fourteen; by thirty, having developed emphysema, osteoporosis, and arthritis as well, she attempted suicide. At first furious that she survived, she eventually went on to experience a conversion, a pilgrimage to Lourdes, and then twenty-eight years of service to the least and the lost, serving death row inmates in Texas and founding a charity for disabled children in India.

Dignity does not depend on autonomy or independence.

Such a life shows that dignity – a term much bandied about, but which comes from the Latin dignitas and means “virtue, worthiness, or honor” – does not depend on autonomy or independence, and certainly not on lack of suffering, but rather on our ability to accept the crosses laid on us in life, and to wait patiently for God’s hour when it comes to death.

None of us wants to suffer needlessly. But neither can we ever avoid pain and suffering completely. The very Son of God himself had to endure the bitter agony of the cross, and it was through this ordeal that the world was redeemed. Can we presume to escape with anything less? Alice von Hildebrand says that when we look at suffering in this way, it becomes a privilege: we suffer alongside the Savior. “Be faithful until death,” he urges us, “and I will give you the crown of life” (Rev. 2:10).

Absent a living faith, and without the surrounding love of an active community, it is entirely understandable that people want to take death back into their own hands. But as followers of Christ who have been charged with preaching the Good News to all people – who know that there is, to quote the apostle Paul, a “far better way” – we know that those hands are empty, and so we cannot stand silently by.