Somos la alternativa a la guerra
La no violencia cristiana no es política exterior. Es cómo vivimos los seguidores del Mesías crucificado.
Disfruta 3 meses de prueba de acceso completo. Inicia hoy tu PRUEBA GRATUITA. Cancela en cualquier momento.
INICIA PRUEBA GRATUITASomos la alternativa a la guerra
La no violencia cristiana no es política exterior. Es cómo vivimos los seguidores del Mesías crucificado.
Stanley Hauerwas habla con Charles E. Moore de Plough sobre la no violencia como práctica cristiana.
Charles Moore: ¿Cómo podemos articular una perspectiva pacifista coherente, que tome en serio las complejidades de los conflictos internacionales?
Stanley Hauerwas: Como cristiano comprometido con la no violencia, a menudo digo que no tengo una política exterior porque no soy un estado. La hipótesis de que debo saber cómo solucionar la guerra de Ucrania es, en sí misma, un conjunto de presunciones que describen de forma errónea lo que significa ser no violento.
Lo importante para reflexionar sobre todo esto es que la no violencia no es un fin en sí misma. Somos no violentos porque somos adoradores del Mesías crucificado. Esa crucifixión es la obra salvadora de Dios en el mundo para posibilitar vidas libres de violencia.
Parte del problema es, precisamente, cómo se presenta la ética de la no violencia. Solemos pensar que existe el pacifismo y, por otro lado, esa presunción de cruzada según la cual se puede ir a la guerra cuando el fin es completamente bueno. Y entre la no violencia y la cruzada está la tradición de la guerra justa. Y eso condiciona nuestro imaginario sobre la guerra. Pero el problema con eso es que hace lucir a esas tres alternativas como separadas de cualquier convicción determinante sobre Dios y la encarnación de Dios en Jesucristo. Entonces, primero que nada, necesitamos ser un pueblo que dé testimonio del Dios que nos ofrece una alternativa a la guerra, y esa alternativa somos nosotros mismos.
Estoy intentando resistir la abstracción de caracterizar la no violencia como un fin en sí mismo. Tiene que haber un grupo de personas que sean la alternativa a la violencia y, por ende, lo primero que no deben hacer los cristianos es matar a otros cristianos. Uno de los problemas del testimonio que hemos dado durante dos mil años es la disposición de un cristiano a matar a otro cristiano; eso es suicidio. Entonces, tiene que haber un grupo de personas alternativo que haya aprendido a vivir de forma pacífica. Y aprender a vivir sin violencia es un trabajo difícil, porque los cristianos somos humanos imperfectos, al igual que los no cristianos. Pero también somos una alternativa a las políticas del mundo porque estamos comprometidos a ser honestos los unos con los otros.
Si los cristianos no podemos matar a otros cristianos, ¿eso nos permite matar a no cristianos?
No, hay que entrenarnos en aprender cómo vivir con aquellos que nos matarían; pero nosotros no podemos matar.
Los cristianos tienen una lealtad mayor aquí que hacia los Estados nación. Y, sin embargo, parece que los Estados nación hacen lo que suelen hacer. ¿Cómo podemos vivir con fe en un mundo tal, donde los Estados nación y lo que hacen (o dejan de hacer) tienen consecuencias tan dramáticas y terribles?
Producimos personas como Dorothy Day. Así es como brindas una alternativa al Estado nación. En mi libro War and the American Difference (La guerra y la diferencia estadounidense) intenté ilustrar cómo el carácter belicista del Estado nación moderno es un sistema de sacrificios que exige una lealtad que, desde una perspectiva cristiana, es idólatra. Y eso es algo que la iglesia debe decir, especialmente en Estados Unidos.
Recientemente estaba hojeando ese libro, tratando de recordar qué pienso sobre estos temas. Y encontré una cita del libro de Carolyn Marvin y David W. Ingle, Blood Sacrifice and the Nation (Sacrificio de sangre y la nación):
En la era del dominio occidental, el triunfo del cristianismo claramente significó el triunfo de los Estados cristianos, entre ellos el más poderoso de los Estados modernos: Estados Unidos. Aunque las religiones han sobrevivido y prosperado en medio de la persecución y el despojo, quienes buscan la fe consideran las manifestaciones de poder como una prueba bendita de la verdad de la fe. Sin embargo, en la sociedad religiosamente plural de Estados Unidos, la fe sectaria es opcional para sus ciudadanos, como todos saben. Los estadounidenses a menudo han sangrado, se han sacrificado y han dado la vida por su país. Este hecho es un indicio importante de su poder religioso. Aunque en Estados Unidos se permiten las diversas confesiones, no se les permite matar, dado que sus creencias no son oficialmente verdaderas. Lo que es realmente verdadero en cualquier sociedad es aquello por lo que vale la pena matar, y aquello por lo que los ciudadanos pueden verse obligados a sacrificar sus vidas.
Eso te da una sensación de que la propia existencia de personas comprometidas con la no violencia es una amenaza para el Estado nación moderno, porque la guerra es una institución moralmente tan poderosa.
En tu libro, War and the American Difference, argumentas que la guerra es el pegamento que le da a los estadounidenses una historia común. Ahora, sin embargo, lo mismo podemos decir de muchas naciones. ¿Hay algo único sobre Estados Unidos, o el orden mundial entero está unido por la guerra, por la perpetuación de un conflicto u otro?
El Tratado de Westfalia institucionalizó el Estado nación moderno, que se define por fronteras que se pueden trazar, por líneas en un mapa. Los Estados nación tienen el compromiso inherente de defenderse de otros Estados nación. El sistema mismo de relaciones internacionales es un sistema basado en la guerra.

¿Y qué hay de la teoría de la guerra justa? Muchos cristianos siguen considerándola una forma válida de pensar y responder ante la guerra. ¿Es la guerra justa un sistema moralmente incoherente?
Es mejor que la alternativa: la guerra injusta.
Primero, debes preguntarte: ¿qué clase de personas pensarían que necesitas justificar la guerra? Ese es un paso hacia la dirección correcta. La teoría de la guerra justa es, de hecho, muy rigurosa. Solo puedes ir a la guerra por un motivo político limitado. Eso es muy importante. Tienes que poder explicarle al enemigo por qué motivos vas a la guerra. De esa forma sabrán en qué condiciones pueden rendirse. La guerra debe ser declarada de forma pública, para que sea claro por qué crees luchar. Y luego, cuando vas a la guerra, debes velar por la inmunidad del no combatiente. Esto permite distinguir la guerra del asesinato. Matas al combatiente del otro lado porque está intentando matarte. No es asesinato, es guerra. Son requisitos muy estrictos.
El problema con estos criterios para una guerra justa es que son tan estrictos que nunca se cumplen. La gente llega a pensar que cuatro de cinco no está mal. “Esta guerra se acerca lo suficiente a una guerra justa, así que la llamaremos justa, aunque tal vez no podamos respetar la inmunidad de los no combatientes”.
Si una guerra no es justa, ¿qué es? Tomemos como ejemplo las dos guerras mundiales. ¿Por qué no las llamamos Matanza Mundial I y Matanza Mundial II? No fueron guerras justas, aunque los estadounidenses tendamos a pensar que lo fueron, dado que en mayor o menor medida las ganamos. Una guerra justa es mucho más demandante que eso. Si no fueron guerras justas, ¿qué fueron? Esa es la pregunta que no hemos escuchado.
¿No es igual de grave la masacre hoy en día? ¿Cómo levantamos nuestra voz ahora?
En Gaza, el compromiso israelí con el “nunca más”, ciertamente comprensible, le da legitimidad a esta clase de masacre, lo cual es profundamente inquietante. Y los cristianos simplemente debemos decir lo que creemos verdadero sobre lo que está pasando en Gaza.
La guerra de Ucrania, por supuesto, está aflorando todas las tensiones entre Crimea y Rusia que han existido durante siglos. Los ortodoxos tendrán que hacer una verdadera introspección cuando todo esto termine. La ortodoxia es, de muchas formas, tanto más atractiva que lo que tenemos en Occidente. Pero han tenido dificultades para mantenerse independientes de los órdenes sociales. Encuentras a los ortodoxos rusos, ortodoxos ucranianos, ortodoxos griegos, y así. La identificación de la ortodoxia con la cultura nacionalista es uno de los problemas que deberán cuestionarse.
No es tan distinto del cristianismo estadounidense y nuestra identificación con el estado. Es el compromiso o síntesis de Constantino: pero el estado siempre gana. No moriremos ni mataremos por el cristianismo, pero moriremos y mataremos por el estado.
¿Dónde empiezas a hacer una diferencia? Donde empieza el Bruderhof, es decir, nuestra necesidad de vivir como lo hizo tu fundador, Eberhard Arnold. Debes empezar en algún sitio.
Pero claramente Eberhard Arnold, al igual que Dorothy Day, Martin Luther King Jr. y Bonhoeffer, son excepcionales. ¿Puede la iglesia vivir como ellos, colectivamente, corporalmente, comunalmente, o es demasiado idealista? Mencionaste hablar con la verdad. ¿Cómo nos decimos la verdad los unos a los otros para que más Dorothy Days puedan tipificar la iglesia?
La respuesta es que no lo sé. Hay un ejemplo que uso. Paula y yo fuimos miembros de la Iglesia Metodista Unida de Aldersgate por bastantes años. Una de las mujeres de la congregación era tejedora de acolchados. Durante un Domingo del Laicado, se paró y dijo: “Bueno, soy tejedora, y sé que es tonto, pero pertenezco a una sociedad de tejedores. Durante Vietnam decidimos denunciar la guerra. Y rodeamos el Pentágono con acolchados que habíamos tejido. Estuvimos un día entero ahí”.
Como has señalado muchas veces en tus textos, como cristianos estadounidenses estamos involucrados en la guerra y las políticas de nuestro país de maneras profundas. Estamos alimentando el mismo sistema que provoca la guerra mediante nuestras políticas y economía y demás. ¿Cómo lo evitamos?
Teniendo gente que haga la pregunta. No conozco otra manera. Y tiene que ser gente, no solamente individuos. La iglesia tiene que ser el equivalente moral a la guerra.
Somos bautizados en el cuerpo de Cristo, y por lo tanto hemos enfrentado la muerte y encontrado arrepentimiento. Y eso nos obliga a ser un pueblo que cuide de los otros en la vida y la muerte. No podemos matarnos unos a otros.
Uno de los textos principales de los anabautistas es Mateo 18, donde Jesús dice que deberías confrontar a alguien que piensas que ha pecado contra ti o la iglesia. Suelo apuntar a ese texto porque nos ayuda a recordar que la no violencia suele requerir interacciones conflictivas entre las personas. Estamos comprometidos a exponer nuestros males de una manera que llame a la reconciliación. Suelo decir: “Querido Dios, puedes quitarme mis amores, pero no quites mis odios. Porque si quitas mis odios, ¿cómo sabré quién soy?”
Lo que esa confrontación pretende lograr es exponer algo que normalmente resultaría en violencia. No hablamos solamente de quitar una vida, sino también de relaciones que pueden aparentar no ser violentas, pero el odio radica en su interior. Mucha violencia es irrefrenable porque ha estado bajo la superficie por mucho tiempo.
Volviendo a la guerra justa: ¿Cómo luciría un Pentágono de guerra justa? ¿Cómo sería una política exterior de guerra justa en Estados Unidos? Nos hemos acostumbrado tanto a simplemente pensar que necesitamos un cuerpo militar que controle el mundo para hacernos sentir seguros.
Como cristianos, necesitamos cuestionar el supuesto de que siempre estamos listos para ir a la guerra. Estar preparados es, en sí mismo, una invitación a la guerra.
Hoy en día, nadie argumentaría por la esclavitud desde un punto de vista ético, pero sí argumentarían por la guerra. ¿Se puede defender el fin de la guerra sin recurrir a la cruz?
Supongo que las personas podrían simplemente aceptar que la vida es mejor que la muerte y, por ende, dado que la guerra es muerte, deberíamos hacer lo que podamos para evitar imponer la muerte a otras personas. El problema es que este argumento no es convincente para la mayoría, porque su presunción es que la guerra ofrece una seguridad que necesitamos desesperadamente, sin la cual la vida es muy peligrosa.
Cuando Martin Luther King Jr. salió a la luz pública y pronunció ese extraordinario sermón en la Iglesia Riverside en contra de la guerra de Vietnam, su equipo se enfureció con él. Dijeron: “Nosotros nos dedicamos a los derechos civiles, no a ninguna guerra”. King les dijo: “Antes de haber sido un líder de derechos civiles, fui un pastor bautista sureño. Eso quiere decir que estoy en contra de la guerra”. Ese fue un compromiso extraordinario con una interpretación cristológica de la no violencia.
Y las premisas escatológicas: una reflexión sobre la no violencia implicará una explicación de lo que significa ser reclamados por Dios, ser un pueblo elegido.
Recientemente escribiste: “El silencio no es neutralidad. Es consentimiento. Seamos claros, no damos consentimiento”. Una cosa es hacer esa declaración en papel. ¿Hay otras formas de declararlo?
Los eventos de protesta seguro forman parte. Son cuestiones que requieren tiempo, y hay que estar dispuestos a tener paciencia y a trabajar por la no violencia.
No me gusta el lenguaje de la “no violencia” porque se limita a no ser violencia. Tampoco me agrada “pacifismo” porque suena muy pasivo. “Resistencia no violenta” es mejor.
Aquellos de nosotros comprometidos con la no violencia debemos ser los más políticos de los animales, porque si no puedes matar a tu enemigo, debes lidiar con él de alguna forma. Entonces, la política está en el corazón de la no violencia.
Lo que Martin Luther King Jr. entendió muy bien es que lo que lo hizo posible fue la buena fe de la gente de Montgomery, que había permanecido en un mundo racista sin recurrir a matar. Esa gente tan opresiva fue precisamente la que hizo posible a Martin Luther King. Él no interpretaba al otro como un enemigo. Intentaba salvarlos.
Además de ser la alternativa, ser un político distinto, ofrecer nuestra lealtad a un orden distinto, el reino de Dios, ¿puedes darnos algún otro consejo en esta hora, para poner en práctica nuestra convicción hacia la cruz y la manera no violenta de Cristo de forma más concreta?
La oración. Creo que la oración ferviente es, realmente, lo que nos da la fuerza para seguir adelante cuando no está claro cómo el hecho de seguir adelante va a marcar la diferencia. Aprender a orar. Es cierto que el Libro de Oración Común nos invita a orar por las personas que ocupan cargos relacionados con actos violentos. Y debemos orar para que sean salvadas de eso.
Tu pregunta presupone que necesitas encontrar una forma de “hacer la diferencia”. Desde luego que eso es cierto, pero debemos recordar que la diferencia ha sido hecha en Cristo. Y es nuestro deber manifestar esa diferencia en el mundo a través de la adoración y la caridad hacia nuestros enemigos.
Hay muchos desafíos. ¿Cómo evitamos hablar sin escucharnos, discutir entre nosotros o quedarnos encerrados en nuestros propios mundos? ¿Cómo nos reunimos para tener una conversación sincera con algo de humildad, pero al mismo tiempo dirigirnos de verdad a los otros? ¿Mateo 18 no trata de eso?
Sí. La respuesta es que debemos ser muy pacientes. La paciencia forma parte del funcionamiento más profundo de la no violencia. La paciencia hace que la no violencia sea posible. Pero la paciencia también significa que debes estar comprometido con la justicia de tal forma que no permitas que la violencia, que se ha convertido en un hábito, permanezca incuestionada.
Ojalá pudiera representar algo que podamos hacer. Pero lo que sí podemos hacer es establecer un contacto humano tras otro. Y podemos ayudarnos unos a otros a descubrir qué significa adorar a un Mesías crucificado y ser personas que reconozcan que la Resurrección nos permitió estar en el mundo sin violencia.
[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]