Santos incómodos
Ya no soy el cristiano radical que era en mi juventud, pero Peace Pilgrim y Rich Mullins no me dejan quedarme cómodo.
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Ya no soy el cristiano radical que era en mi juventud, pero Peace Pilgrim y Rich Mullins no me dejan quedarme cómodo.
[.article__paragraph--cap]Hace años, cuando me convertí al catolicismo a principios de mis veinte años, tomé las palabras de Jesús al pie de la letra. Lloré por mis pecados y regalé gran parte de lo que poseía, hasta el punto de quitarme, en las calles de Filadelfia, mis botas de senderismo de cuero italiano que me habían costado 200 dólares cuando vi a un hombre sin hogar descalzo que las necesitaba más que yo. Me mudé al centro de la ciudad después de graduarme de la universidad para ayudar a administrar una casa de hospitalidad del Movimiento de los Trabajadores Católicos. Comía en un comedor social todos los días y pasaba mis días atendiendo a personas en prisión, refugiados, niños del vecindario atrapados en ciclos de violencia y a quienes luchaban contra la adicción. Tenía una calcomanía en la parte trasera de mi auto que decía: “Si quieres paz, trabaja por la justicia”.[.article__paragraph--cap]
¿Era tomar la Biblia al pie de la letra e intentar vivirla en mi vida cotidiana la locura de la pasión juvenil? ¿O era la “religión pura y sin mancha” ante Dios, como escribe Santiago, al cuidar de las viudas y los huérfanos en su angustia? Mi teología no era perfecta, mis pecados eran escarlatas y seguían acompañándome en mi nueva vida en Cristo, pero mi corazón anhelaba caminar por el sendero de un discípulo peregrino de Jesús el Nazareno.
Con el tiempo, me fui alejando de mi práctica cristiana, tratando de encontrar un hogar estable para mi fe. Conseguí un “trabajo de verdad”, me casé y formé una familia, me mudé a las afueras y comencé a asistir a una parroquia católica tradicional que ofrecía la misa en latín. Mi vida se volvió bien ordenada y algo predecible, y me integré cómodamente con mis compañeros feligreses muy ortodoxos a pesar de mi pasado radical, cuya teología yo ahora repudiaba de palabra y de obra. Dejé de regalar mis zapatos a los hombres sin hogar que andaban descalzos. Dejé de leer a John Dear, Óscar Romero y Dorothy Day, convencido de que la ortodoxia litúrgica y teológica era lo que necesitábamos para renovar a la Iglesia, no la justicia social ni las iniciativas activistas.
Sin embargo, en algún momento del camino, perdí el rumbo. No es que mi corazón se hubiera enfriado, pero sí se volvió insensible y temeroso. El culto es necesario para la fe cristiana, pero la liturgia no puede servir como sustituto del trabajo arduo y sudoroso de servir realmente a nuestros hermanos y hermanas en necesidad espiritual y material y —sí— de amarlos. Podemos colgar nuestras botas y descansar en el banco de la iglesia para servir a Cristo en el culto en vez de hacerlo en las calles o en las cárceles, pero cuando el banco se convierte en un lugar fijo en vez de un lugar de descanso temporal, debemos preguntarnos si nos hemos convertido en el hermano de la parábola que dice “¡Iré!” al campo a trabajar a petición de su padre, pero no lo hace.
[.article__paragraph--cap]Por esa época, me topé con un libro curioso titulado Peace Pilgrim: Her Life and Work in Her Own Words. Narra la historia de cómo, en 1953, a los cuarenta y cinco años, una mujer llamada Mildred Lisette Norman partió caminando hacia el este desde California, y nunca se detuvo.[.article__paragraph--cap]
Durante los siguientes veintiocho años, cruzó los Estados Unidos de América siete veces, recorriendo más de 43,500 millas con un par de tenis Keds y una túnica azul en la que se leía: “Peace Pilgrim: 25,000 millas a pie por la paz mundial”. No comía carne, azúcar ni harina blanca, y tampoco consumía cafeína. Sus únicas pertenencias eran lo que cabía en su túnica: un peine, un cepillo de dientes plegable, un bolígrafo y copias de sus mensajes en los que pedía la paz mundial. Caminó a través de desiertos y tormentas de nieve, y dormía dondequiera que se encontrara —en paradas de camiones o al aire libre—, aceptando una cama o comida solo cuando se la ofrecían. Una vez ayunó durante cuarenta y cinco días. Según ella misma contaba, nunca se sintió en peligro, porque “nadie puede caminar con tanta seguridad como quien camina con humildad e inocencia, con gran amor y gran fe”. Fue, según todos los testimonios, una Francisca de Asís del siglo xx.

¿Qué inspiró a esta mujer a emprender una misión tan fantástica con una actitud de entrega total a lo desconocido? En sus propias palabras, era rica en bendiciones porque se había entregado a la Divina Providencia y había encontrado la paz interior. “Muchos piensan que la paz interior no se puede alcanzar; es quien no sabe que no se puede hacer quien lo logra”. El Poder Superior de Peace Pilgrim, según podemos deducir de sus escritos, no era necesariamente el Dios cristiano. Hablaba en términos espirituales generales de Dios como la “Luz Suprema”, la “Naturaleza Divina” que, cuando uno está en armonía con ella, conduce a la paz interior. “Busca tus respuestas en tu interior. Tu naturaleza divina —tu luz interior— conoce todas las respuestas. Dedica tu tiempo a poner tu vida en armonía con la ley divina. Esfuérzate por vencer el mal con el bien, la falsedad con la verdad, el odio con el amor”. No sentía necesidad alguna de dogmas ni de las barreras de la religión organizada, y desafiaba cualquier clasificación. Sin embargo, vivía enteramente de la fe y la confianza, no se veía agobiada por las ataduras de las posesiones materiales y aceptaba por completo circunstancias externas que la mayoría de la gente consideraría negativas o incómodas. “Es fácil hablar de fe; otra cosa muy distinta es vivirla”.
[.article__paragraph--cap]Hace poco conocí a otro sabio espiritual moderno, Rich Mullins, el músico cristiano que murió trágicamente en un accidente automovilístico en 1997 a los cuarenta y dos años, a través del libro de James Bryan Smith titulado Rich Mullins: An Arrow Pointing to Heaven. Aunque nunca he sido aficionado a la música cristiana contemporánea, la historia de este talentoso músico me pareció curiosa e inspiradora. Mullins era difícil de definir. Como señaló su colega músico John Fischer: “Rich Mullins era peregrino. Pasó por aquí, se sumergió en su propia humanidad y se elevó a las alturas de lo sagrado por medio de la gracia. Su espiritualidad irreverente conmovió a muchos, confundió a algunos y dio esperanza a muchos más”.[.article__paragraph--cap]
Mullins tenía una mentalidad teológica abierta y ecuménica. Criado por una madre cuáquera y un padre creyente en la Biblia, su principal preocupación en la vida era cómo conocer más a Jesús y pertenecerle más, cómo “ser de Dios”. Aunque no era católico, tenía como confesor a un sacerdote católico y se inspiraba enormemente en la vida de San Francisco. No era un proselitista, aunque su música, impregnada de un mensaje abrumador de gracia, conmovió a millones de personas. Y aunque obtuvo éxito económico en la industria de la música cristiana, cambió la mayor parte de sus regalías por una mesada de hombre común, viviendo con sencillez a imitación de Jesús, “quien no tenía dónde recostar la cabeza”.
Mullins nunca tuvo realmente un hogar permanente; se mudaba de un lugar a otro, se quedaba con amigos e iba adondequiera que el Espíritu lo guiara. Con el tiempo, esto lo llevaría a una reserva navajo en Nuevo México, con el deseo de enseñar música a los niños. Se subía descalzo al escenario y, a menudo, vestía ropa raída. Era muy consciente de su propia fragilidad y estaba más que dispuesto a admitirlo ante cualquiera. Su obsesión era vivir el mandamiento de Jesús de amar a Dios y al prójimo. Y él también era amado, porque amaba profundamente y se esforzaba por anteponer a los demás a sí mismo.

[.article__paragraph--cap]Peace Pilgrim y Rich Mullins me resultan incómodos como católico, porque, si bien su vida es inspiradora en muchos sentidos, se salen de los límites del comportamiento esperado de un creyente. La tradición escolástica del catolicismo clasifica las cosas ordenadamente en categorías para que sepamos cómo interpretarlas. Incluso el proceso de canonización es un poco como una inquisición: requiere investigación, testimonios y milagros documentados atribuidos a la intercesión del futuro santo.[.article__paragraph--cap]
Muchos pasajes de las Escrituras condenan a quienes prefieren hablar de las obras de misericordia en lugar de realizarlas: la historia de Lázaro y el hombre rico en Lucas 16; las ovejas y las cabras en Mateo 25; el necio que acumula grano en Lucas 12. Con el paso de los años, he considerado de manera superficial que mi asistencia a la misa u otras prácticas devocionales eran suficientes, y el servicio cristiano era algo opcional o que iba más allá de lo necesario. Sin embargo, reconozco que los peregrinos espirituales fuera de lo establecido, como Peace Pilgrim y Rich Mullins, tienen algo que yo falto: una confianza en la Divina Providencia que guía todas sus acciones, disipando el miedo y poniendo el servicio a la humanidad en el primer plano de sus vidas.
Obviamente, el servicio a los pobres, los marginados, los solitarios y los desfavorecidos tiene una rica historia en el catolicismo entre los santos —Damián de Molokai, Teresa de Calcuta, Juan Bosco y la Madre Cabrini, entre muchos otros—, hombres y mujeres que no veían el culto y el servicio cristiano como una disyuntiva. Incluso tenemos nuestra propia historia de sabios mendicantes, como Francisco de Asís y Benedicto José Labre, quienes nunca se sintieron a gusto en este mundo y a menudo no tenían dónde recostar la cabeza.
Contamos con figuras como estas en la historia cristiana no para acusarnos, sino para inspirarnos, incluso cuando su obra y su legado parecen absolutamente absurdos según los estándares del mundo. La diversidad de este grupo ecléctico de santos y peregrinos demuestra que Dios valora nuestros dones y talentos únicos (que él mismo nos ha otorgado). Él no quiere que enterremos nuestro talento.
Los peregrinos saben que el apego a las cosas del mundo nos agobia y nos impide viajar ligeros de equipaje. Renuncian a la armadura de Saúl por la honda y las piedras de David. Van donde se les guía. Han entregado sus vidas a un Maestro a quien siguen, quien les traza un camino para llevar a cabo su obra.
[.article__paragraph--cap]Cuando estaba en el Trabajador Católico, mi compañero en el ministerio, Bruce, me confesó una vez mientras fumábamos cigarrillos en el porche trasero con vistas al vecindario: “Rob, mi mayor temor en esta vida y en este trabajo es que mi corazón se enfríe”. Ese temor me ha vuelto a visitar en los últimos años, ahora que llevo casi treinta años como cristiano y me encuentro en el fondo del “valle en forma de U” de la mediana edad. ¿Me encerraré en el santuario, lejos del desorden y la angustia del servicio cristiano? ¿Me alejaré de la labor de amar, esa verdadera labor de un cristiano? ¿Me refugiaré en libros espirituales, pódcasts espirituales y discusiones espirituales mientras descuido las obras de misericordia espirituales (y corporales)? Como dice Peace Pilgrim: “Es fácil hablar de la fe; otra cosa muy distinta es vivirla”.[.article__paragraph--cap]
No quiero ser un crítico en el mundo de la fe. No quiero hablar de teología, hermenéutica y apologética cristiana a más no poder. Quiero saber dónde está el agua fresca para bautizar, para lavar los pies, para dar de beber a los sedientos. Quiero saber qué quiere un condenado a muerte, además de su última comida, en sus últimas horas. Quiero aprender a orar, para saber cómo amar, y para que mi corazón no se cubra de una costra con la escarcha de la indiferencia.
Estamos llamados a trabajar, a la ardua tarea de aprender a amar como Cristo amó, con palabras y con hechos. Los peregrinos, incluso aquellos que se salen de los límites de una ortodoxia pulcra y ordenada, podrían ser las mejores personas para enseñarnos esto. Al predicar con el ejemplo, han encontrado la libertad de Cristo y nos muestran dónde encontrarla por nosotros mismos.
[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson[.smalltext]