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¿Para qué sirve la Biblia?

La Biblia es más que un repositorio de verdades divinas, unas instrucciones sobre cómo ganarse el favor de Dios o un botiquín lleno de analgésicos espirituales.

September 10, 2026

Vincent van Gogh, Naturaleza muerta con biblia, óleo sobre tela, 1885. [.smalltext]Wikimedia Commons (dominio público).[.smalltext]

[.article__paragraph--cap]La gente suele preguntarme qué traducción de la Biblia leo. Cada vez que lo hacen, siento que me pongo a la defensiva. ¿Por qué me lo preguntan? La gente usa la Biblia de muchas maneras. Algunos la tratan como una caja de sorpresas de citas alentadoras sobre las bendiciones de Dios. Otros la usan como un garrote para aplastar los ídolos de hoy con la doctrina correcta. Algunos están tan obsesionados con comparar traducciones y contextualizar e historificar el texto que nunca llegan a obedecer lo que dice. Yo he sido culpable de todo lo anterior.[.article__paragraph--cap]

Es cierto que la Biblia nos advierte sobre nuestras actitudes rebeldes. Los Salmos sí brindan consuelo, las promesas de Dios sí infunden esperanza, memorizar las Escrituras y meditar en ellas puede refrescar el alma, y aprender a “manejar correctamente la palabra de verdad”, como Pablo le instruye a Timoteo, es importante para guardar la fe (2 Tim 2:15). Sin embargo, la Biblia es más que un simple repositorio de verdades divinas; o un manual de instrucciones religiosas sobre cómo ganarse el favor de Dios; o un botiquín lleno de analgésicos espirituales para ayudar a nuestras almas a encontrar algo de descanso.

[.article__paragraph--cap]¿Para qué sirve la Biblia? Esta es la pregunta que nos hizo mi profesor de hermenéutica el primer día de clase. El doctor Donald Burdick supervisó la traducción original del Nuevo Testamento a la NIV. Era exigente y conciso, pero también fluido; erudito, pero extremadamente humilde. “Traducir la Biblia no es fácil”, nos dijo. “Pero hay algo aún más difícil: permitir que la Biblia traduzca nuestras vidas. Nuestro problema no radica en la falta de comprensión, sino en la falta de corazón. Al final, lo que cuenta no es cuánto recorres la Biblia, sino cuánto la Biblia te recorre a ti”.[.article__paragraph--cap]

Es natural y bueno recurrir a la Biblia en busca de ayuda. Obviamente, “vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo” (1 Co 13:12) y necesitamos la palabra de Dios para guiar nuestros pasos e iluminar nuestro camino. Sin la revelación divina, permanecemos en la oscuridad en muchos aspectos. Sin embargo, el don de la palabra de Dios no radica solo en las revelaciones que nos brinda, sino en el hecho de que, cuando Dios habla, algo sucede. Su palabra es “viva, eficaz y más cortante que cualquier espada de dos filos”, dice el autor de Hebreos. “Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.” (He 4:12–13). La Biblia, por lo tanto, es menos un libro de texto divino que deba estudiarse minuciosamente y más bien una ventana a través de la cual miramos y por la que entra la luz. Vemos, sentimos y reflexionamos sobre nuestras vidas y nuestro mundo bajo una luz diferente. Nuestras vidas se reconfiguran.

Por eso no basta con solo leer o estudiar la Biblia. Hay algo más en juego. Dios mismo quiere dirigirse a nosotros, y debemos estar atentos. “¿Quién puede mantenerse firme ante la palabra de Dios?”, pregunta Dietrich Bonhoeffer.

[.blockquote]Solo aquel cuya norma última no es su razón, sus principios, su conciencia, su libertad o su virtud, sino quien está dispuesto a sacrificar todo esto cuando es llamado a una acción obediente y responsable en la fe y en lealtad exclusiva a Dios. La persona responsable trata de hacer de toda su vida una respuesta a la pregunta y al llamado de Dios. ¿Dónde están esas personas responsables?[.footnote-link]1[.footnote-link][.blockquote]

Esta es una pregunta inquietante. Como nos recuerda el filósofo social francés Jacques Ellul, mantenerse firme significa “prestar atención a las preguntas de Dios y arriesgarnos en las respuestas que tenemos que dar”.[.footnote-link]2[.footnote-link] “Cíñete ahora como varón tus lomos”, desafía Dios a Job. “Yo te preguntaré, y tú me responderás” (Job 38:3; 40:7).

Al leer las Escrituras, no solo debemos buscar comprenderlas, sino estar preparados para responderle a Dios con nuestras vidas. Porque cuando Dios habla, su palabra siempre suscita una respuesta. La adoración y la palabra de Dios no son ámbitos separados. La palabra de Dios resuena con tanta fuerza que no puede limitarse a un momento en el tiempo ni a nuestra propia interpretación. Busca resonar a lo largo de toda nuestra vida a través de nuestros actos de obediencia. Mientras caminaban hacia Emaús, después de su resurrección, Jesús habló a sus discípulos más cercanos a partir de las Escrituras. Asombrados, se preguntaban unos a otros: “¿No ardía nuestro corazón mientras conversaba con nosotros en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24:32). ¿Queremos que las Escrituras se nos revelen de esta manera? ¿Estamos preparados para que nuestros corazones ardan? ¿Dejaremos que la Palabra viva de Dios venza lo que aún no es de Dios y reescriba nuestras vidas?

¿O queremos seguir teniendo el control? ¿Poseer la palabra de Dios sin ser poseídos por ella, traduciéndola, codificándola, domesticándola, escuchándola pronunciada en tonos elevados para que nuestras vidas religiosas puedan sentirse seguras y permanezcan intactas? Søren Kierkegaard admite:

[.blockquote]Astutamente intercalo, una capa tras otra, la interpretación y la investigación académica (de la misma manera en que un niño se pone una servilleta o más debajo de los pantalones cuando va a recibir una paliza), interpongo todo esto entre la Palabra y yo mismo, y luego le doy a esta interpretación y erudición el nombre de seriedad y celo por la verdad, y permito que esta preocupación crezca hasta tal prolijidad que nunca llego a recibir la impresión de la Palabra de Dios, nunca llego a mirarme en el espejo.[.footnote-link]3[.footnote-link][.blockquote]

Pilato es un ejemplo claro. Le pregunta a Jesús: “¿Qué es la verdad?”. Pero en su arrogancia, no en su ignorancia, la misma pregunta que formuló reveló cuál era realmente la postura de Pilato. Él juzgaba a aquel que es la verdad. Pilato padecía de lo que A. W. Tozer llama el velo que cubre nuestros corazones: “el velo de nuestra naturaleza carnal caída que sigue viva, sin ser juzgada en nuestro interior, sin ser crucificada ni repudiada”. Este es el velo del yo que nunca reconocemos con honestidad y que nunca colocamos por completo a los pies de la cruz. Está tejido con los finos hilos de un tipo particular de pecados: la justicia propia, la autocompasión, la confianza en uno mismo, la autosuficiencia, la autoadmiración, la preocupación por uno mismo, el interés propio y otros similares. Estas fallas “no son algo que hacemos, son algo que somos”.[.footnote-link]4[.footnote-link]

[.article__paragraph--cap]Hace años, conducía por la cordillera Front Range, al este de Denver. En mi prisa por llegar a una conferencia que iba a dar sobre el Génesis, la pregunta de Dios a Adán y Eva comenzó a agobiarme. “¿Dónde estás? Charles, ¿dónde estás?”. En ese momento, suspendido entre las estribaciones de las Montañas Rocosas y la gran extensión del cielo de Colorado, apresurándome hacia algún lugar, pero también yendo a ninguna parte y a todas partes, quedé al descubierto. Dios me estaba hablando. Me había lastrado una vida cristiana en la que yo era el centro: corriendo de una persona y un evento a otro, todo con el fin de hacer la obra de Dios. Mis ideas de hacer grandes cosas por Dios eran tan estridentes que ahogaban la voz de Dios.[.article__paragraph--cap]

Por eso necesitamos la Biblia. No las letras impresas en sus páginas, sino la Palabra viva que late a través de ella, confrontándonos y transformándonos. “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?”, le pregunta Dios a Isaías. “Aquí estoy. ¡Envíame a mí!” (Is 6:8). “¿Quién dicen que soy yo?”, le pregunta Jesús a Pedro (Mt 16:15). Y al resto de sus discípulos les pregunta: “¿También ustedes quieren marcharse?” (Jn 6:67) y: “¿Pueden acaso beber el trago amargo de la copa que yo bebo?” (Mc 10:38).

Cuando abrimos nuestras Biblias, debemos estar preparados para que algo suceda. Y cuando sucede, escribe J. Heinrich Arnold: “La Biblia se convierte de repente en un libro en llamas. Cada letra es como fuego. Cristo entra en el corazón como fuego y brasas ardientes; se puede comparar con saborear la sal, es tan real”.[.footnote-link]5[.footnote-link] La palabra de Dios irradia tal poder que reescribe nuestras vidas; nos reubica y vuelve a narrar quiénes somos, colocándonos en un terreno diferente, en un camino distinto, en una dirección nueva, empoderados por un espíritu fresco, inspirados por un guion novedoso.

[.article__paragraph--cap]La palabra de Dios no puede quedarse en las páginas de las Escrituras, al menos no para quienes basan sus vidas en ella. Conocer a Dios es encontrarse con la verdad. Como dice Kierkegaard: “La verdad, si es que existe, es un ser, una vida. Por eso dice: ‘esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado’ (Jn 17:3), la verdad. Es decir, solo entonces conozco verdaderamente la verdad, cuando se convierte en una vida en mí”.[.footnote-link]6[.footnote-link] El historiador y filósofo social Eugene Rosenstock-Huessy está de acuerdo. “El poder que pone preguntas en nuestra boca y nos hace responderlas es nuestro Dios… Por supuesto, nuestro Dios no es un examinador escolar. El hombre nunca da su verdadera respuesta con palabras; se entrega a sí mismo”.[.footnote-link]7[.footnote-link][.article__paragraph--cap]

Jim Edgar se entregó a sí mismo. Jim era un animador juvenil, un hombrecito modesto con intereses eclécticos, como la observación de aves, los autos deportivos clásicos y las reposiciones en blanco y negro. Jim solía quedarse después de clases y charlar conmigo y con mis compañeros de equipo tras el entrenamiento de fútbol americano. Le encantaban los adolescentes y pasaba mucho tiempo con nosotros: nos invitaba a su casa a comer pizza, escuchar música y hablar de la vida. También nos llevaba de excursión. En una de esas salidas, notó que yo estaba pasando por un momento difícil y, en voz baja, me entregó un pasaje de las Escrituras escrito a máquina en una tarjeta. “Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir” (1 Co 10:13). Ese pasaje no solo me dio valor, sino que hizo que Dios se hiciera presente y que su palabra cobrara vida.

Richard era un apasionado de las actividades al aire libre, un buen estudiante y mi compañero de cuarto en el seminario. En nuestra clase sobre el Evangelio de Juan, tuvimos que presentar un trabajo exegético sobre Jn 13:1–17, donde Jesús lava los pies de sus discípulos. ¿Por qué se quitó Jesús sus vestiduras exteriores? ¿Qué implicaba el lavado de pies en el mundo antiguo? ¿Cómo era la relación entre amo y siervo? ¿Jesús simplemente les lavaba los pies o les estaba enseñando a sus discípulos una lección más profunda? ¿Le lavó los pies a Judas? Fue una tarea significativa. Pero lo más impactante fue lo que sucedió después. Richard comenzó a salir a escondidas de nuestro departamento en el campus a altas horas de la noche. Supuse que estaba en la biblioteca. Pero, como descubrí más tarde, estaba abajo lavando los platos del día para una pareja con dos niños pequeños que no lograban manejar bien su vida. ¿Y yo? Me sabía de memoria Jn 13:1–17, pero había olvidado el mensaje clave: “Les he puesto un ejemplo”, les dijo Jesús a sus discípulos, “para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes”.

Hasta donde sabemos, Jesús nunca escribió nada, con la excepción de haber escrito algo en la arena una vez (Jn 8:6). Fue la vida de Jesús la que, en última instancia, habló; él se entregó a sí mismo, no solo impartió una enseñanza. Al hacerlo, escribió su vida, por medio del Espíritu, en aquellos que más tarde se sacrificarían para seguirlo. Nuestras vidas demuestran si nuestra lectura de la Biblia vale la pena o no. Timoteo, el discípulo del apóstol Pablo, entendió esto muy bien. A pesar de conocer las Escrituras desde su infancia, fue a través de la vida de Pablo —una Biblia viviente, por así decirlo, a quien Timoteo imitó— que comprendió el poder del evangelio (2 Tim 3:10–11). La palabra de Dios es un poder porque se graba por sí misma en la personalidad de quienes lo siguen. Por eso nos inspiran personas como la Madre Teresa, William y Catherine Booth, Dorothy Day y Óscar Romero.

Una iglesia viva es una iglesia que cree en la Biblia. Pero ¿no se supone que debemos dejar que la palabra de Dios fluya a través de nuestras vidas, no solo a nivel personal, sino también en comunidad? “Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría” (Col 3:16). Lo que destaca en tantas de las cartas de Pablo es la encarnación comunitaria de la palabra de Dios. “Llevad las cargas los unos de los otros”, escribe Pablo. Pero ¿cómo, a menos que conozcamos la carga y estemos dispuestos a llevarla? “Sopórtense unos a otros” solo tiene sentido si estamos lo suficientemente cerca como para sacarnos de quicio mutuamente. “Perdónense unos a otros” significa que estamos lo suficientemente presentes en la vida de los demás como para lastimarnos y decepcionarnos mutuamente. “Sírvanse unos a otros” es loable, pero ¿cómo podemos hacerlo de manera significativa si no conocemos las necesidades diarias de los demás?

Las iglesias primitivas no eran solo lugares a los que la gente acudía una vez a la semana para escuchar la lectura de las Escrituras con el fin de recibir ánimo personal. No se limitaban a estudiar la palabra de Dios. La palabra de Dios llegaba a ellos por el o del Espíritu Santo con tal poder y convicción, y en tal medida, que el mensaje del Señor resonaba a través de ellos. Se habían convertido en un ejemplo tan claro del poder del evangelio que no hacía falta decir nada más (1 Tes 1:6–10). Eran, como dice Pablo, una carta viva de Cristo, “escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones” (2 Co 3:1–3). ¿Se puede decir lo mismo de nuestras iglesias hoy en día?

[.article__paragraph--cap]Una vez, cuando Sadhu Sundar Singh se encontraba en el Himalaya, estaba sentado a la orilla de un río. Él relata lo siguiente: “Saqué del agua una piedra hermosa, dura y redonda, y la rompí. El interior estaba bastante seco. La piedra había estado mucho tiempo en el agua, pero el agua no había penetrado en ella”.[.footnote-link]8[.footnote-link] ¿Qué nos dice esto a nosotros, que estamos inmersos en un río de traducciones de la Biblia? ¿De qué sirve la Biblia si la palabra de Dios no nos penetra ni nos impregna?[.article__paragraph--cap]

Este episodio me hace pensar en otra metáfora, en la que Jesús habla de un sembrador cuyas semillas caen en diferentes tipos de tierra (Lucas 8:4–15). ¿Qué semilla produce una buena cosecha? La semilla que cae en buena tierra. Esa tierra, dice Jesús, son aquellos que tienen “un corazón noble y bueno, que escuchan la palabra, la comprenden, la retienen y, al perseverar, producen una cosecha”.

“¿De qué sirve contemplar la Fuente —pregunta Eberhard Arnold— si no bebemos de ella? ¿De qué sirve la Palabra si solo la sabemos de memoria y la letra, tan familiar, permanece fuera de nosotros? Las raíces de un árbol vivo absorben el agua y la retienen. Desde las profundidades, el agua da vida a cada fibra. La Palabra viva tiene el mismo efecto que el agua viva: su vida brota y fluye hacia cada rama”. ¿Cómo sucede esto? Solo a través del Espíritu Santo. Entonces la Palabra “se escribe en la carne viva del corazón [del creyente] por el dedo vivo de Dios”. [.footnote-link]9[.footnote-link]

Lo último que recuerdo que el Dr. Burdick nos dijo a nosotros, los seminaristas entusiastas, fue esto: “¿De qué sirve un libro santo si no existe un pueblo santo?”. A menudo he reflexionado sobre esto, y aún lo hago. Citando nuevamente a Eberhard Arnold: “La luz de la Biblia solo puede resplandecer cuando nuestros corazones también están encendidos, y solo Dios puede encender esa luz”.[.footnote-link]10[.footnote-link] O, en palabras de Abraham Joshua Heschel, solo si nos sentimos cautivados por lo santo.

[.blockquote]Cuando nos acercamos a la Biblia con un espíritu vacío, movidos por la vanidad intelectual, esforzándonos por demostrar nuestra superioridad frente al texto; o como almas estériles que van de turismo a las palabras de los profetas, descubrimos las cáscaras pero nos perdemos el corazón. Es más fácil disfrutar de la belleza que percibir lo sagrado. Para poder encontrarnos con el espíritu que hay en las palabras, debemos anhelar una afinidad con el pathos de Dios. Para sentir la presencia de Dios en la Biblia, debemos aprender a estar presentes ante Dios en la Biblia.[.footnote-link]11[.footnote-link][.blockquote]

¡Sí, estar presentes ante Dios! Sin duda, esto es lo que significa ser un pueblo santo: tener un anhelo por la palabra de Dios y por Dios mismo, escucharlo hablar y oír su voz para luego responder desde el corazón, traducir la santa palabra de Dios en obras dignas de esa palabra, vivir la pregunta de Dios con la respuesta de nuestras vidas. Para eso sirve la Biblia.

[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson. Todas las referencias abajo son del original en inglés.[.smalltext]

  1. Dietrich Bonhoeffer, Letters and Papers from Prison (Macmillan, 1972), 5.
  2. Jacques Ellul, Living by Faith, (Harper and Row, 1983), 100
  3. Søren Kierkegaard, For Self-Examination and Judge for Yourself, trad. Howard V. Hong y Edna H. Hong (Princeton University Press, 1990), 35.
  4. A. W. Tozer, The Pursuit of God. (Christian Publications, Inc., 1948), 44–45.
  5. J Heinrich Arnold, Discipleship (Plough, 2024), 255.
  6. Søren Kierkegaard, Practice in Christianity, trad. Howard V. Hong y Edna H. Hong (Princeton University Press, 1991), 206.
  7. Eugene Rosenstock-Huessy, Lifelines (Argo Books, 1988), 39.
  8. Sadhu Sundar Singh, Wisdom of the Sadhu (Plough, 2000), 176.
  9. Eberhard Arnold The Living Word (Plough, 2021), 10, 21.
  10. The Living Word, 38
  11. Thunder in the Soul (Plough, 2021), 99-100