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La teología de Sapo y Sepo

¿Qué nos pueden enseñar los queridos anfibios de Arnold Lobel sobre la amistad con Dios?

November 5, 2026

[.smalltext]Fotografía cortesía de Jocelyn Maendel.[.smalltext]

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[.article__paragraph--cap]Recientemente, nuestra familia llevó a cabo una pequeña limpieza de verano. En el cajón de los libros que ya no le servían a mi hija, había algunos de los que no me atrevía a deshacerme. Los intercepté antes de que los regalaran. Entre los rescatados había tres delgados volúmenes de Sapo y Sepo que conocí por primera vez cuando era niña. Son libros para primeros lectores, escritos e ilustrados por Arnold Lobel, que describen con prosa sencilla las aventuras cotidianas de dos amigos que se ven todos los días. Sapo es el optimista y aventurero, mientras que su compañero Sepo es más serio y torpe.[.article__paragraph--cap]

Al releer los libros ahora, me llama la atención el compromiso que tienen estos amigos el uno con el otro, que se evidencia en los esfuerzos (a menudo cómicos) que hacen en aras de su bien. En una historia, después de que Sepo le confiesa su “momento triste del día” cuando espera el correo pero nunca recibe nada, Sapo corre a casa para escribirle una carta a Sepo y enviarla mediante un caracol antes de regresar con su amigo, tras lo cual —incluso después de haberle detallado a Sepo el contenido de su carta— esperan juntos cuatro días a que llegue la carta. “Sepo se alegró mucho de recibirla”.

Lo que hace que estas historias de anfibios sean especialmente humanas es que la mayoría de las veces estos grandes esfuerzos se realizan sin fanfarria y como consecuencia de las manías personales de uno u otro de los amigos. Por ejemplo, en “Una lista”, la determinación de Sepo de ceñirse a sus planes termina exigiéndole mucho a Sapo. Sepo hace una lista de tareas para organizar su día. Después de que un fuerte viento le arranca la lista de las manos, Sepo es incapaz de hacer absolutamente nada, por lo que Sapo debe ser quien vaya en busca de la lista, “por colinas y pantanos”, sin éxito. Sapo, entonces, se sienta al lado de su amigo hasta el anochecer sin hacer nada, cuando los dos finalmente pueden cumplir con lo único que Sepo recuerda de su lista: “Dormirse”. Lo que destaca esta historia no es lo absurdo de ceñirse estrictamente a un plan, sino la facilidad con la que un verdadero amigo acepta nuestras propias absurdidades. Estos amigos se apoyan mutuamente en las buenas y en las malas. La difícil situación de uno es también la del otro.

Las historias de Sapo y Sepo son queridas por su humor, pero también, creo, porque nos reflejan verdades sobre las amistades que atesoramos, destiladas en sus elementos más simples: aspectos que conocemos por experiencia, pero sobre los que rara vez reflexionamos.

[.article__paragraph--cap]Pensadores cristianos tan diversos como el fraile dominico medieval Tomás de Aquino y el teólogo reformado contemporáneo Karl Barth han hablado de nuestras vidas en Cristo como una especie de amistad con Dios. Mientras tanto, otros, como el filósofo y teólogo Søren Kierkegaard, han expresado su preocupación de que la “amistad” sea un término inadecuado para describir el amor majestuoso de Dios hacia su creación. Sin embargo, para considerar estas perspectivas, debemos aclarar qué significa, en primer lugar, que Dios y las criaturas humanas sean amigos. Quizás no sea tan obvio cómo la compañía humana nos da un punto de referencia sobre la misteriosa relación entre el Dios todopoderoso e invisible y tú y yo. La discontinuidad entre las relaciones humanas y nuestra relación con Dios vuelve complicado, desde el principio, atreverse a establecer analogías. Como mi esposo les dijo con ironía a nuestros hijos: “Su mamá se está convirtiendo en una especie de experta en amistades con quienes no pueden corresponder de maneras obvias”.[.article__paragraph--cap][#continue] [#continue]

Quizás Sapo y Sepo, por su fidelidad mutua a pesar de las dificultades, nos ofrecen un modelo útil de amistad. Cuando el propio Barth busca la característica definitoria de la relación de Dios con nosotros “expresada… de la manera más sencilla”, bromea diciendo que Dios “no quiere ser Dios sin nosotros”. Dios “no permite que su historia sea suya y la nuestra, nuestra, sino que hace que ambas se desarrollen como una historia común”. La amistad habla de una vida compartida, una vida en la que compartir es un bien en sí mismo y no necesita mayor justificación. Sapo se queda con Sepo hasta el anochecer. Jesús llora con María y Marta ante la tumba de su hermano.

La amistad con Dios, si es que significa algo, apunta al deseo de Dios de compartir la vida con sus compañeros humanos, un compartir que se inicia en la alianza entre Dios e Israel y se encarna en la persona de Emanuel, Dios con nosotros. En Cristo, Dios opta por unir su propia vida a la nuestra, por hacer suyas las consecuencias de nuestras vidas, incluso hasta el extremo de la cruz. De ahora en adelante, nuestra situación será la de Dios.

Sin embargo, la amistad es una vía de doble sentido. Mostrar la mayor bondad posible hacia otro no significa aún ser su amigo, ya que la amistad requiere reciprocidad. Hablar de amistad con Dios implica que Dios quiere algo de nosotros a cambio y es lo suficientemente humilde como para recibirlo. La demostración de amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo debe resultar en una relación continua de reciprocidad, de dar y recibir, a fin de establecer una amistad con nosotros.

Barth ve este dar y recibir como una peculiaridad de la forma en que Yahvé se relaciona con sus compañeros humanos desde el principio. Después de todo, ¿qué tipo de Dios escucharía las intercesiones de Moisés en nombre de Israel o lucharía con Jacob hasta la luz de la mañana? La respuesta es el Dios que desea compartir una vida en común con nosotros, estar “con nosotros” para siempre en Jesucristo. Este Dios no solo nos habla, sino que nos invita a responderle. La Encarnación —el movimiento de Dios hacia una vida compartida con nosotros— tiene necesariamente consecuencias duraderas para nuestras vidas en Cristo.

Aquí podríamos extrapolar las características de la amistad para describir la conversión, la santificación y la vocación. Sin embargo, por encima de todo, para Barth, la amistad con Dios se concreta en la oración. La oración es aquella actividad mediante la cual compartimos nuestras vidas con Dios, contándole voluntariamente nuestras preocupaciones e inquietudes. También es aquella actividad mediante la cual colaboramos con la vida de Dios, participando en sus propósitos redentores para este mundo al expresarlos en la oración. Barth entendía que los cristianos, como amigos de Dios, tienen un conocimiento privilegiado, aunque provisional, de los propósitos divinos y participan en su realización, especialmente en la oración y las acciones devotas. También entendía que Dios es interpelado por nuestras oraciones y está obligado a responderlas de maneras concretas, aunque siempre nuevas y sorprendentes.

[.article__paragraph--cap]Muchos se preguntan, con razón, cuál es el sentido de presentar peticiones a un Dios omnisciente, todopoderoso y perfectamente bueno. Cualquier Dios que tomara en cuenta nuestras peticiones parecería, necesariamente, menos que Dios. Sin embargo, la amistad le da un nuevo marco a la oración. No es que Dios se base en nuestras oraciones como punto de referencia, ni que espere pasivamente nuestras peticiones. Al atraernos hacia la fe, Dios nos atrae a la oración, ya que quiere hacernos partícipes de su propia vida. Pedir y recibir en la oración es un bien en sí mismo. Dios quiere que le pidamos cosas y quiere respondernos. Esto, me parece, no es muy diferente del deleite de Sepo al recibir la carta de Sapo después de una espera de cuatro días, a pesar de que ya conocía su contenido.[.article__paragraph--cap]