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La guerra: una gangrena moral

La guerra y el cristianismo son como los extremos opuestos de una balanza, en la que uno se hunde cuando el otro se eleva.

September 3, 2026

Fotografía de Dian Picchiottino / Unsplash.

[.article__paragraph--cap]Durante una guerra, todo un pueblo se familiariza con los excesos más extremos de la atrocidad —con la máxima intensidad de la maldad humana— y se regocija y se exulta en ellos, de modo que probablemente no haya ni una persona de cada cien que no pierda algo de sus principios cristianos durante un período de guerra.[.article__paragraph--cap]

“En mi opinión —dijo C. J. Fox—, no es poca desgracia vivir en una época en la que son frecuentes las escenas de horror y sangre. [. . .]. Una de las consecuencias más nefastas de la guerra es que tiende a endurecer los corazones humanos ante los sentimientos y las emociones de la humanidad”.

Quienes conocen cuál es la ley moral de Dios y se interesan por la virtud y la felicidad del mundo no considerarán como males insignificantes la amargura y la inquietud del resentimiento que produce una guerra. Si hay algo opuesto al cristianismo, es la represalia y la venganza. En la obligación de refrenar estas disposiciones consiste gran parte de la apacibilidad característica del cristianismo. La esencia y el espíritu mismos de nuestra religión aborrecen el resentimiento. La esencia y el espíritu mismos de la guerra fomentan el resentimiento; ¿y cuál debe ser, entonces, su adversidad mutua? No hace falta demostrar que la guerra excita estas pasiones. Cuando se contempla una guerra o cuando ya ha comenzado, ¿cuáles son los esfuerzos de sus promotores? Nos incitan, mediante todo tipo de artimañas, al odio y a la animosidad. Folletos, carteles, periódicos, caricaturas: se recurre a todo medio para irritarnos hasta llevarnos a la malicia. Es más, por terrible que parezca, el púlpito ha resonado con demasiada frecuencia con declamaciones destinadas a estimular nuestro resentimiento, demasiado apático, e invitarnos a la matanza.

Y así se excita y se fomenta la más anticristiana de todas nuestras pasiones, aquella que nuestra religión tiene como objetivo principal reprimir. El cristianismo no puede florecer en circunstancias como estas. Cuanto más eficazmente se nos incita a la guerra, más nos acercamos a extinguir las disposiciones de nuestra religión. La guerra y el cristianismo son como los extremos opuestos de una balanza, en la que uno se hunde al elevarse el otro.

Estas son las consecuencias que hacen que la guerra sea terrible para un estado. La matanza y la devastación son lo suficientemente terribles, pero sus males colaterales son los más graves. Es el sentimiento inmoral que difunde la guerra; es la depravación de los principios lo que constituye la mayor parte de su mal.

Sin embargo, intentar analizar las consecuencias de la guerra a través de todas sus ramificaciones del mal sería tanto interminable como vano. Es una gangrena moral que difunde sus fluidos por todo el sistema político y social. Exponer su daño es exhibir todo el mal; pues no hay mal ninguno que no provoque, y tiene mucho que le es propio.

No pretendo negar que, junto con sus múltiples males, la guerra produzca algún bien. Sé que a veces saca a relucir cualidades valiosas que de otro modo habrían permanecido ocultas, y que, a menudo, produce ventajas colaterales y fortuitas, y, a veces, inmediatas. Si todo esto pudiera negarse, sería innecesario negarlo, pues carece de importancia para la cuestión si se demuestra o no. Nunca puede suceder que un sistema tan amplio y extendido no produzca algunos beneficios. En un sistema así, sería una pureza del mal sin precedentes el que fuera malo sin ninguna mezcla de bien. Pero comparar las ventajas comprobadas de la guerra con sus males comprobados y mantener una duda sobre la preponderancia de la balanza implica no ignorancia, sino falta de sinceridad; no la incapacidad para decidir, sino un ocultamiento voluntario de la verdad.

[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson. Selección original: Jonathan Dymond, War: An Essay (Friends Book and Tract Committee, 1880), 27–9.[.smalltext]