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Cómo amar a mi país, Estados Unidos

¿A quién le debemos nuestra lealtad los cristianos?

August 10, 2026

William James Bennett, West Point desde Phillipstown, aguatinta a color con grabado, coloreada a mano, sobre papel verjurado,1831. [.smalltext]Imagen de Wikimedia (dominio público).[.smalltext]

[.article__paragraph--cap]Es fácil amar los Estados Unidos cuando vas a West Point a ver un juego de fútbol americano del equipo del ejército. A media mañana, el camino rural que lleva a la academia militar, serpenteando a un lado del Hudson, está lleno de autos con pegatinas de “Deber, Honor, Patria”. Los eufóricos guardias del portón de entrada nos gritan “¡vamos, Ejército!” a través de la ventana, mientras ingresamos al campus donde Grant, Custer y Eisenhower aprendieron el arte de la guerra.[.article__paragraph--cap]

En el estacionamiento advertimos que olvidamos traer cerillas, pinzas para barbacoa, o sillas. Las personas estacionadas a nuestros costados, que despliegan elaborados gazebos, comparten sus víveres y más. Nuestros nuevos amigos por el día son exalumnos, soldados en actividad, policías, y vecinos, con sus familias. Se hace presente una muestra formidablemente amplia de la variedad cultural y étnica estadounidense: E pluribus unum. Hay cerveza, margaritas y cornhole (ese popular juego de lanzar sacos de tela a un agujero); somos una sola nación inseparable de fanáticos del ejército de los Estados Unidos. Luego, se hace la hora de enfilar hacia el estadio para ver jugar a los Black Knights.

Antes del comienzo del juego, la banda musical de West Point interpreta el himno nacional. En el Michie Stadium treinta mil personas miran la bandera con la mano en el corazón. El cuerpo de cadetes saluda, formado detrás de los postes de gol. El tradicional ritual norteamericano se siente distinto aquí, en una base militar dedicada a entrenar a este grupo de generación Z a matar y morir por su país. Aquí, no puedo olvidar que esta bandera también ondea sobre largas filas de lápidas en los cementerios militares estadounidenses repartidos por el mundo, desde Arlington hasta Manila, pasando por Normandía. La solemnidad del momento proviene de este sacrificio de sangre, de los ideales de libertad, y de todas las glorias y oprobios de la historia del país. Aquí la lealtad a la bandera tiene un costo.

Pero ¿los cristianos somos libres de adherirnos a esta lealtad? En el Bruderhof, la comunidad donde crecí y de la cual soy miembro, la respuesta asumida es que no. Como pacifistas cristianos, mis mentores y modelos a seguir amaban a Estados Unidos por sus libertades y creían en sus ideales, pero les repugnaban los ritos de patriotismo. Es una aversión que transmitieron. Entonces, cuando empecé noveno grado con mis amigos del Bruderhof en un secundario público, el juramento de lealtad que daba comienzo a cada día escolar suponía un dilema. Nos poníamos de pie junto a nuestros compañeros, pero manteníamos la boca cerrada y las manos a los costados. Lo mismo ocurría con el himno nacional antes de los partidos en el estadio de la escuela. Nuestra negativa diaria tuvo la acogida que cabría esperar, pero para mí era una señal de algo importante que aún no acababa de entender. Sin embargo, de vez en cuando rompía nuestro código solamente para ver cómo se sentía. Entonces, la emoción de participar era aún más intensa por ir acompañada de una conciencia inquieta.

Es debatible qué tanto importan estas cosas. Aun así, el Nuevo Testamento aconseja tener cuidado con las cuestiones de lealtad. Jesús vino proclamando una nueva realidad política, el reino de Dios, y pidió a sus seguidores su devoción exclusiva. Para los padres de la iglesia primitiva, esto ponía en duda la admisibilidad de cualquier lealtad que le compitiera. En el 387 d.C., en Antioquía, el futuro santo Juan Crisóstomo amonestó a su congregación:

Si eres cristiano, ninguna ciudad terrenal es tuya. De nuestra ciudad el arquitecto y constructor es Dios (Heb 11:10). Por más que ganemos posesión del mundo entero, no somos más que forasteros y peregrinos en él. Estamos registrados en el cielo: nuestra ciudadanía está ahí. No menospreciemos, como hacen los niños pequeños, las cosas grandes, ni admiremos las pequeñas.

Es cierto que los primeros líderes de la iglesia también enseñaron a sus rebaños a “someterse a las autoridades superiores” (Ro 13) y a “honrar al rey” (1 Pe 2:17). Pero, para ellos, esa deferencia tiene unas condiciones muy estrictas; la lealtad al reino eterno de Dios prevalece sobre las pretensiones de las comunidades humanas efímeras. “Nuestra ciudadanía está en los cielos,” dice Pablo, “de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil 3:20). Según este criterio, que un cristiano jure lealtad a cualquier soberano terrenal raya en la deslealtad hacia su verdadero rey: nadie puede servir a dos señores.

Luego está la cuestión de la idolatría. Los primeros cristianos valoraban el significado de los gestos cotidianos a la hora de demostrar a quién pertenecían. Por un lado, hacían la señal de la cruz y se daban el beso fraternal de la paz para mostrar que pertenecían a Cristo y a su familia, la iglesia. Por otro lado, dejaban claros los límites de su lealtad a Roma negándose a ofrecer incienso al genio del emperador. Los mártires prefirieron morir antes que hacer esa concesión, inconsecuente en apariencia.[#continue] [#continue]

John Rubens Smith, West Point desde Constitution Island, acuarela y grafito, 1820. [.smalltext]Imagen de Wikimedia (dominio público).[.smalltext]

En los años '30, estos precedentes de la primera iglesia fueron decisivos para el teólogo alemán Eberhard Arnold, fundador del Bruderhof y de esta revista. Luego de que los nacionalsocialistas tomaran el poder, Arnold se rehusó a permitir que la esvástica se izara en el Bruderhof alemán, interpretándolo como un símbolo religioso, no meramente político. Cuando el saludo Heil Hitler comenzó a ser obligatorio, también se negó a cooperar: “El saludo nazi nos recuerda la época de Nerón. ¡Bastaba con un poco de incienso para Nerón y todo iba bien! No podemos participar en esta idolatría con la conciencia tranquila”. (En este sentido, fue más allá que otros cristianos que se oponían a los nazis, como Karl Barth, quien utilizaba a regañadientes el saludo obligatorio en situaciones sociales, pero se aseguraba de omitirlo cuando impartía clases de teología). Arnold explicó:

Nos negamos a saludar al emperador con un “Ave”; esto debe quedar claro para nosotros y seguir siéndolo. Si cediéramos en este aspecto, estaríamos otorgando a la fuerza militar y legal del estado ese honor divino del que solo es merecedor el corazón de Dios, que reveló en Jesucristo y que culminará en el reino de Dios.

Ciertamente, Arnold se oponía a la sustancia de la agenda política de Hitler. Pero el aspecto crucial que hacía el Heil Hitler intolerable para un cristiano era que representaba la exigencia de darle al estado lo que solo se le debe a Dios: devoción religiosa.

[.article__paragraph--cap][.small-caps]Stanley Hauerwas argumenta, en una colección de ensayos titulada War and the American Difference (2011) (La guerra y la diferencia estadounidense), Para aclarar: no está equiparando el patriotismo estadounidense con el fascismo, sino resaltando los peligros de una concepción religiosa de Estados Unidos. Ya en los inicios del país, el presidente Washington describió el nacimiento y la supervivencia de Estados Unidos como obra de la Providencia, alegando el respaldo divino (aunque de forma algo vaga) del proyecto estadounidense. Sin embargo, Hauerwas señala la Guerra Civil como el momento en que Estados Unidos se convirtió en una contra-iglesia: una religión semejante, pero no igual, a la cristiana, que por ende supone una trampa para los fieles. Luego de que la Primera batalla de Bull Run acabara con las esperanzas del Norte de lograr una victoria rápida, muchos partidarios de la Unión llegaron a considerar que su causa era la causa de Dios. Solo así se podría justificar el terrible saldo de víctimas mortales y garantizar a la nación (en palabras del presidente Lincoln) “que estos muertos no dieron su vida en vano”.[.article__paragraph--cap]

El manifiesto más influyente en favor de esta convicción teológica fue el de la poeta abolicionista Julia Ward Howe. A los siete meses de comenzar la guerra, cuando la suerte del Norte se encontraba en su punto más bajo, visitó un campamento del ejército de la Unión y, a primera hora de la mañana siguiente, escribió el “Battle Hymn of the Republic” (Himno de Batalla de la República):

Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor:
Está aplastando la viña donde se guardan las uvas de la ira;
Ha liberado el fatídico rayo de su terrible y rápida espada:
Su verdad está en marcha.

Hauerwas nota que, si la causa de la Unión es la causa de Dios, entonces la muerte en batalla es un martirio, un sacrificio como el de Cristo. En una reinterpretación del aforismo de Tertuliano, la sangre de los caídos se convierte en la semilla de la nación. Su sacrificio impone una obligación a los vivos de estar listos para sacrificarse cuando les toque. Esta idea es la clave de la elocuencia del discurso de Gettysburg. En este caso, la conmovedora oratoria de Lincoln, “dedicar”, “consagrar”, “santificar”, “devoción”, “nuevo nacimiento”, tiene su origen en el cristianismo, pero persigue un fin diferente: la nación estadounidense, en lugar del reino de Dios.

Para Hauerwas, toda esto supone un peligro espiritual. El juramento de lealtad invoca “una nación bajo Dios”; pero ¿cuál Dios? Los cristianos debemos aprender a distinguir entre “El dios de Estados Unidos”, cuya iglesia es Estados Unidos, y “el Dios que adoramos como cristianos”, cuya iglesia es el cuerpo universal de Cristo:

Si la Guerra Civil nos enseña algo, es que cuando los cristianos dejan de creer que el sacrificio de Cristo es suficiente para la salvación del mundo, acabamos buscando otras formas de comportamiento sacrificial que resultan tan atractivas como idólatras. En ese proceso, los cristianos confunden el sacrificio de la guerra con el sacrificio de Cristo.

Estados Unidos necesita guerra, dice Hauerwas, porque sin el sacrificio constantemente renovado de la sangre de los soldados, el dios de Estados Unidos pierde su poder de convicción para forjar el unum a partir del pluribus. Por eso la guerra es el “acto litúrgico central de Estados Unidos, necesario para renovar nuestra sensación de que somos una nación distinta a las otras”.

“Amados míos, huid de la idolatría” les dice Pablo a los creyentes en Corinto (1 Cor. 10:14). Hauerwas insta a los cristianos a hacer precisamente eso con respecto al dios de Estados Unidos. Desearía que, en este sentido, Estados Unidos fuera “más como Europa”, es decir, más “laico”.

La historia de Estados Unidos ofrece numerosa evidencia que respalda el diagnóstico de Hauerwas, hasta el día de hoy. Desde las apelaciones interesadas al Destino Manifiesto en el siglo XIX, hasta la afirmación del favor divino en relación a las aventuras de Estados Unidos en Oriente Medio, los últimos 250 años muestran un patrón de invocar a Dios para justificar la violencia que los cristianos deberían aprender a reconocer y condenar. Un amor desordenado por Estados Unidos se convierte rápidamente en el culto a un ídolo vampírico.

[.article__paragraph--cap]Sin embargo, hay más cosas para decir sobre Estados Unidos. Su historia luce una grandeza moral que brilla repetidas veces, negando los intentos de desdeñar el proyecto americano como un error hipócrita. Aunque sea solo por esa chispa sagrada, EE. UU. merece nuestro amor. Tal amor, como cualquiera que valga la pena, debe tener como objeto los EE. UU como realmente son, con todas sus cualidades salientes: uno podría decir, con su alma. Como el patriota mestizo que soy (tengo doble nacionalidad, por nacimiento y herencia, en EE. UU. y Alemania) no quiero que los Estados Unidos sean más europeos, así como no quiero que Europa sea más estadounidense. Dicho esto, ¿cómo luciría un amor purificado por Estados Unidos?[.article__paragraph--cap]

Después de todo, muchos norteamericanos actuales se ven tentados no a amar los EE. UU. de forma errónea, sino a no amarlos para nada. La otra cara del argumento insolente de que Dios obviamente defiende a mi nación es la insensible incapacidad de reconocer la mano de Dios donde esta obra. Las escrituras enseñan que Dios es el Señor de la historia: “El reinado es del Señor, y él gobierna a todas las naciones.” (Salmos 22:28). Según la interpretación bíblica de padres de la iglesia como Orígenes, Dios asigna un ángel guardián de cada nación, de la misma forma que asigna un ángel guardián para cada ser humano. Como lo resumió Agustín en La ciudad de dios, “Sin duda alguna, que la Divina providencia es la que funda los reinos de la tierra”.

William James Bennett, West Point, vista desde arriba del valle de Washington: vista del río, aguatinta a color con grabado sobre papel verjurado, 1834. [.smalltext]Imagen de Wikimedia (dominio público).[.smalltext]

Si eso es cierto, entonces grandes estadounidenses como George Washington, Abraham Lincoln y Martin Luther King Jr., de maneras muy distintas, hacían lo correcto cuando invocaban a Dios como autor de la historia americana, imperfecta pero llena de esperanza. (Claro que puede decirse lo mismo de otras naciones, cada uno según su propio genio o, quizá, el carisma de su propio ángel nacional). Lincoln, en particular, afirmó con lucidez que la mano de la Providencia en la historia americana no significa que los Estados Unidos recibirán el favor divino de forma automática. Como reconoció en su Segundo Discurso Inaugural, los pecados de la nación pueden desencadenar el juicio de Dios. Dios puede bendecir o no a los Estados Unidos: “El Todopoderoso tiene sus propios designios”. Sin embargo, la bondad, verdad y belleza de EE. UU aún debe ser sostenida.

En 2005 me fui de viaje por las carreteras de Francia, Bélgica y Alemania con Don Ryan, un amigo veterano de la Segunda Guerra Mundial. Seis décadas atrás, Don había venido aquí como artillero del Decimosegundo Grupo de Ejércitos de Estados Unidos, dirigido por el Gral. Omar Bradley, generación 1915 de West Point. Estábamos recreando la ruta que su unidad había hecho en los últimos meses de la guerra, cuando los americanos forzaban al Wehrmacht a retroceder hacia el este hasta el río Elba, donde se encontraron con las fuerzas soviéticas que empujaban hacia el oeste.

Al menos lo intentábamos. Don dijo que durante la guerra había hecho buena parte del recorrido de noche, en la caja de un camión, y las batallas clave habían sido fuera del camino o en pueblos desconocidos. Éramos cuatro en el paseo. Cada tarde planificábamos el itinerario del día siguiente usando Wikipedia y algo de creatividad.

Don era un turista entusiasta. Durante su primera vez aquí, comentó, no había podido disfrutar el vino o la comida, o conocer alemanes regulares, cuya cultura admiraba (en casa era miembro orgulloso del Club Alemán en Kingston). Esta vez remediamos con creces esas faltas. Visitamos la capilla palatina de Carlomagno en la catedral de Aachen, hicimos la ruta del vino en barco por el Rin, bebimos Kölsch en una taberna cerca de Colonia, y tomamos fotos en el puente sobre el Elba de Torgau donde, el 25 de abril de 1945, el Segundo teniente William Robertson de los Estados Unidos le estrechó la mano al teniente Alexander Silvashko de la URSS. En todos los lugares donde íbamos Don iniciaba conversaciones con habitantes locales, algo sorprendidos.

La batalla más sangrienta de Don había sido en el bosque Hürtgen, cerca de la frontera alemana con Bélgica. Condujimos alrededor de la zona sin un destino exacto. En las afueras de un pueblito del lado belga vimos un cartel casero de un museo de la Segunda Guerra Mundial, al cual nos dirigimos sin pensarlo dos veces.

El camino de entrada nos llevó a una pequeña granja, algo venida a menos. La mujer que nos recibió tenía la edad de Don. Se deleitó cuando oyó que Don había sido soldado norteamericano, y nos invitó a su cocina café y unos pequeños wafles secos. En las paredes había banderas de los EE. UU. e imágenes de la familia real belga. Nos contó, como si hubiera sido ayer, cómo los alemanes habían ocupado su aldea.

El museo era un viejo granero lleno de objetos militares de la Segunda Guerra, junto a suvenires y regalos de antiguos soldados norteamericanos. Había uniformes de EE. UU., cantimploras, partes de aviones caídos, y un tanque estadounidense casi intacto: el rejunte de restos que la guerra había dejado atrás en una granja activa, recogidos, limpiados y exhibidos con dedicación. “Estaba tan feliz cuando llegaron ustedes, los estadounidenses” la mujer le dijo repetidamente a Don. Agregó: “Los nazis fusilaron a tantos de nuestros jóvenes”.

Tras despedirnos, pasamos por el Cementerio Americano Henri-Chapelle. Allí, la bandera flamea sobre 7.987 militares norteamericanos muertos. El césped estaba verde y bien cortado, las cruces limpias y derechas, abarcando más de veinte hectáreas de colinas onduladas. Me recordó a un cementerio militar 240 kilómetros al sur en Francia, con cruces muy parecidas a estas, una de ellas marcando la tumba de mi tío abuelo Otto Wächter. En 1914, con diecisiete años, Otto se alistó en el Ejército Imperial Alemán, junto con todos sus compañeros de secundario, y murió en acción once meses después. Hay cierta nobleza en ambos cementerios, pero lo que hace al estadounidense esperanzador más que melancólico es el sentimiento de que, al menos aquí, las cosas tenían un sentido: los soldados luchaban, de alguna forma, para salvar a sus enemigos de ellos mismos.

Mi propia convicción, y la de mi iglesia, sigue siendo que la vocación de un soldado no puede corresponderse con la vocación de un discípulo. Las enseñanzas de Jesús contra la violencia, y su ejemplo del poder salvador del amor indefenso, son demasiado convincentes como para restarles importancia.[.footnote-link]1[.footnote-link] (Esto explica, en parte, por qué sigo sin hacer el juramento de lealtad o cantar el himno nacional). Pero, de igual forma, ¿quién duda que el hombre enterrado en Henri-Chapelle murió por una causa que valía la pena? Lo mismo aplica a los que están del otro lado, como Claus von Stauffenberg, el oficial militar alemán que intentó asesinar a Hitler y fue fusilado poco después. Dichos sacrificios, hechos inevitablemente por personas imperfectas, seguramente sean aceptables para Dios.

Estados Unidos no es la iglesia; si se le atribuye más significado religioso del que puede soportar, se convierte en una caricatura de la iglesia, como advierte acertadamente Hauerwas. Pero hay también otras posibilidades. En lugares como este cementerio militar, Estados Unidos parece ser casi como una iglesia o, en palabras de Lincoln, un “pueblo casi elegido”. El “casi” importa: esto debe mantenerse como mera analogía, sin pretender nada más. Resulta sugerente que el Evangelio de Mateo ofrezca una analogía de carácter similar cuando narra la historia de un centurión romano que pidió a Jesús que sanara a su siervo paralítico (capítulo 8). Al igual que Jesús vio fe verdadera en la confianza del centurión de que su autoridad militar sobre sus subordinados era, de algún modo, similar a la autoridad del Mesías para sanar, también aquí, tal vez, podamos discernir una semejanza parcial, una semi-rima.

Estados Unidos no es el nuevo Israel, ni es, al contrario de lo que afirmaba John Winthrop, la “ciudad sobre la colina”. Esos títulos pertenecen a otra comunidad política infinitamente más grandiosa. Sin embargo, a pesar de sus múltiples debilidades y crímenes, Estados Unidos (la primera nación de la historia concebida en libertad y dedicada al principio de que todos los hombres son creados iguales; un país que reúne a muchos pueblos y que, en el mejor de los casos, busca unirlos en uno solo) puede recordarnos ese reino más perfecto. Por ello, merece nuestra gratitud y nuestro amor, aunque reservemos nuestra lealtad no para el símbolo, sino para lo auténtico.

[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]