Te quedan

{{score}}
artículos gratuitos.
This is some text inside of a div block.
This is some text inside of a div block.

Disfruta 3 meses de prueba de acceso completo. Inicia hoy tu PRUEBA GRATUITA. Cancela en cualquier momento.

INICIA PRUEBA GRATUITA

Cien años de chismes

La primera regla del Bruderhof fue escrita en 1925. Después de un siglo, ¿sigue funcionando?

July 13, 2026

[.article__paragraph--cap]Redactada en agosto de 1925, la “Primera Ley de Sannerz”, de Eberhard Arnold, es la regla escrita más antigua de la comunidad ahora conocida como el Bruderhof. Sus miembros han estado intentando practicarla desde entonces. Su nombre viene de la aldea alemana en donde se estableció el primer asentamiento de esta comunidad cristiana. No es exagerado decir que, sin ella, la comunidad probablemente ya habría sucumbido a una de las muchas crisis que ha superado en los últimos cien años. Esta regla dice:[.article__paragraph--cap]

No hay más ley que la del amor. El amor significa alegrarse por el otro. ¿Qué es, entonces, la ira hacia ellos?
Si sentimos alegría en presencia de los demás, la transmitiremos con palabras de amor. De ello sigue que las palabras de irritación o enfado hacia los miembros de la comunidad son inaceptables. Por eso, nunca podemos permitir que se hable mal de los hermanos o hermanas o de sus rasgos de carácter, ya sea abiertamente o por insinuación, y en ninguna circunstancia a sus espaldas. Los chismes entre familiares no son una excepción.
Sin este mandamiento del silencio, no hay lealtad ni tampoco comunidad. El único camino, cuando las fallas de alguien han provocado que algo en nosotros rechine, es hablarle directamente en el sentido de prestarle un servicio de amor.
Una palabra franca, dirigida directamente, profundiza la amistad y no se malinterpretará. Solo cuando dos personas no puedan entenderse de esta manera será necesario recurrir a una tercera persona en la que ambas partes confíen; y esto conducirá a un entendimiento mutuo en los niveles más altos y profundos.
Los miembros de nuestra comunidad deberían colgar esta advertencia en sus lugares de trabajo donde la tengan siempre ante sus ojos.

Al escribir la “Primera Ley”, Arnold, uno de los fundadores del Bruderhof, se inspiró en un pasaje del Evangelio de Mateo en el que Jesús aconseja a sus seguidores que resuelvan las disputas “solo entre ustedes dos” (Mateo 18:15) y que perdonen a quien les haga enojar no solo una vez, ni siquiera siete veces, sino “setenta veces siete” (Mateo 18:21).

Más allá de esto, Arnold veía la “Primera Ley” como una extensión lógica de algo que había escrito en la revista trimestral de Sannerz, Das Neue Werk, en 1922. Allí describía la comunidad como una en la que “un puñado de personas se atreven a no reconocer ninguna ley por encima de ellos, salvo la que impone la obediencia al Cristo vivo”.

Para 1929, las realidades de la vida en comunidad habían atenuado el idealismo inicial de Arnold hasta tal punto que sintió que era necesaria una orientación adicional, y apareció la primera recopilación de reglas del Bruderhof, Fundamentos y órdenes. Esta incluía la “Primera Ley de Sannerz”. Tras citarla, Arnold escribió: “Esta palabra de Jesús de Mateo 18 es la base de todas nuestras órdenes”.

[.article__paragraph--cap]Hoy, un siglo después, pocos en el Bruderhof discutirían la importancia de este documento. Puede que los tiempos hayan cambiado, al igual que los métodos de comunicación (incluso en el Bruderhof, la gente suele enviarse mensajes de texto con tanta frecuencia como hablan), pero al menos dos cosas han permanecido iguales: la certeza de que los chismes pueden convertir la comunidad más paradisíaca en un infierno de la noche a la mañana, y el compromiso de combatirlos.[.article__paragraph--cap]

Entonces, ¿funciona la “Primera Ley”? No siempre. En primer lugar, cualquier regla contra el chisme va en contra de la naturaleza humana. En segundo lugar, es muy fácil utilizar la alternativa elegida —“hablar con franqueza y amor”— como un arma: olvidar esa pequeña frase atenuante “con amor” e ir directamente por el punto débil. Muy consciente de esta tendencia, Arnold advirtió a su rebaño que, aunque “el amor sin verdad miente, la verdad sin amor mata”.

En tercer lugar, aunque los miembros de la comunidad se esfuercen por cumplir la “Primera Ley”, hay muchas formas de eludirla. Cuando estás con un amigo, un compañero de trabajo o un familiar, nada más que el lenguaje corporal basta para expresar lo que sientes hacia una tercera persona que te ha molestado, ya sea con un encogimiento de hombros que dice “Te lo dije”, un fruncimiento de ceño cómplice o un gesto de desprecio al poner los ojos en blanco. Y siempre está la observación aparentemente inocua pero calculada: “¿Fulano dijo eso? ¡Qué típico!”.

illustration of two birds in branches of a tree
Janis Goodman, Mirlos anillados, grabado, 2023. [.smalltext]Usado con permiso.[.smalltext]

El problema no se resuelve simplemente absteniéndose de tales conversaciones. Esto se debe a que absorber pasivamente los chismes es tan dañino como participar activamente en ellos. Entonces, se plantea la pregunta de qué hacer cuando no puedes evitar escuchar o leer algo negativo sobre otra persona. Según mi experiencia, mucha gente no hace nada. ¿Quién quiere ser el maestro en la sala? Aun así, siempre hay un alma valiente —se necesita descaro— que intentará llevar la conversación por un camino más positivo, o sugerirá sin rodeos: “Parece que ustedes necesitan sentarse y hablar de esto”.

Pero el hecho de que una regla se rompa repetidamente no significa que no funcione. De hecho, la “Primera Ley” se mantiene viva precisamente en virtud de los repetidos fracasos a la hora de estar a la altura de sus exigencias: cada vez que la rompemos, se nos recuerda una vez más. En el contexto de la charla cotidiana —digital u oral, maliciosa, crítica o simplemente superficial—, siempre se destaca con gran nitidez. Y cuando se trata de cultivar amistades sanas o de restaurar las rotas, siempre apunta, con la fiabilidad de una brújula, a la conversación directa como el mejor punto de partida.

[.article__paragraph--cap]Si a estas alturas estás pensando que la “Primera Ley” suena como un ejercicio tedioso de hacer una montaña de un grano de arena, probablemente no seas el único. De hecho, el chisme tiene muchos defensores. La sabiduría convencional sostiene que desahogarse es un alivio para el estrés que nos hace sentir bien, especialmente después del enésimo encontronazo con ese compañero de cuarto desaliñado (o quisquilloso), ese colega que pone a todos de los nervios con solo entrar en la sala, ese pariente que bebe (o habla) demasiado, ese hipocondríaco que siempre está hablando de sus dolores y molestias, o ese amigo insensible y efusivo que es fundamentalmente incapaz de leer el ambiente.[.article__paragraph--cap]

Además, los psicólogos describen el chisme como un útil igualador social. Algunos señalan que puede funcionar como una válvula de escape vital, especialmente en situaciones donde un desequilibrio de poder le ha dado a una persona una voz desmesurada mientras silencia a los demás. Esto es innegablemente cierto. Después de todo, ¿qué recurso hay cuando se sabe que una persona en autoridad se enoja fácilmente cuando se le llama la atención; cuando un superior malinterpreta preguntas honestas y las descarta como evidencia de crítica? ¿Y quién no ha acudido a un amigo para desahogarse o para pedir consejo sobre cómo abordar un tema espinoso en una relación o una tensión relacionada con el trabajo? Por ejemplo, hace años, un pastor de Bruderhof que reprendió a un miembro de su congregación por “difundir negatividad” fue puesto en su lugar con delicadeza al recordarle que la única forma en que él pudo haber sabido de la supuesta ofensa fue porque alguien le había chismorreado al respecto.

old document
El original de la “Primera ley de Sannerz” de 1925. [.smalltext]Fotografía cortesía del Archivo del Bruderhof.[.smalltext]

Al final, el factor decisivo es, sin duda, la motivación de cada uno al hablar de otra persona. Una cosa es buscar una solución a un conflicto porque me importa la persona con la que estoy en desacuerdo y nuestra relación, y otra muy distinta es quejarme de ella o menospreciarla para ganarme la simpatía de los demás o demostrar que tengo razón.

Aun así, independientemente de la intención, la transparencia siempre es un objetivo digno, aunque solo sea porque a nadie le gusta ser el tema de conversación de otra persona. Probablemente, la mayoría de nosotros hemos albergado, en algún momento u otro, la incómoda sospecha de que las mismas personas que nos hablan de otros probablemente también estén hablando a nuestras espaldas. Y cualquiera que haya vivido o trabajado en una comunidad —ya sea intencional o fortuita, religiosa o secular, real o virtual— sabrá que los chismes inocentes pueden degenerar rápidamente en calumnias y que los frutos que estas producen nunca son agradables. Para empezar, incluyen ansiedad, desconfianza, inestabilidad emocional, resentimientos latentes y, finalmente, odio.

No es de extrañar que la Biblia contenga tantas advertencias sobre el poder de la palabra, como la siguiente: “En la lengua hay poder de vida y muerte” (Prov 18:20), y tantas amonestaciones contra el chisme, como esta: “Sin leña se apaga el fuego; sin chismes se acaba el pleito” (Prov 26:20). Incluso el rey David conocía el valor del silencio como disciplina espiritual, y escribió: “Señor, ponme en la boca un centinela; un guardia a la puerta de mis labios” (Sal 141:3).

Siglos más tarde, Santiago comparó de manera memorable la lengua con una sola chispa capaz de incendiar un “gran bosque”, y también “todo el curso de la vida” de uno (St 3:5-6). Jesús afirma que “Lo que contamina a una persona no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella” (Mt 15:11). Y Francisco de Asís (al igual que Arnold, fundador de una orden religiosa) escribe: “Si de verdad amas a tu prójimo, no importará si está sentado a tu lado o lejos. Bienaventurado serás si puedes abstenerte de decir a sus espaldas algo que no le dirías a la cara, con amor”.

En una historia que se cuenta sobre san Felipe Neri, una mujer acude a él y le confiesa que ha difundido chismes maliciosos. Entonces, Felipe le dice: “Como penitencia, ve a tu casa, busca una almohada, ábrela y esparce las plumas”.

La mujer hace lo que se le dice y regresa. “¿Ya me has perdonado?”, pregunta.

“Casi”, responde Felipe. “Solo queda un paso más. Toma la almohada vacía y recoge todas las plumas”.

“Eso es imposible”, protesta la mujer. “A estas alturas, el viento ya las habrá esparcido por todas partes”.

“Exactamente”, responde Felipe. “¿No es lo mismo con los rumores maliciosos que has difundido?”.

Por supuesto, el chisme no siempre consiste en difundir rumores, ya sean maliciosos o benignos. Mucho de lo que decimos sobre los demás en un día cualquiera podría clasificarse como de contenido factual y tono neutral. Y, como se señaló anteriormente, simplemente hay casos cuando, a pesar de que el diálogo directo suele ser la vía más sencilla para resolver un problema determinado, parecería prudente consultarlo primero con un confidente. Aun así, cuando ese tipo de conversación la entabla un autoproclamado guardián de la moral que está preocupado por otra persona (que no está presente para explicarse o defenderse), puede terminar siendo destructiva, incluso si surge de una preocupación genuina, e incluso si esa preocupación es válida.

Por un lado, nuestros motivos nunca son tan puros como los imaginamos, especialmente cuando se trata de complacer al entrometido interno que la mayoría de nosotros parece llevar dentro. Y seamos honestos: a menudo nos mueve más ese deseo tan humano de ser los primeros en transmitir noticias frescas que nuestro amor por el sujeto de nuestra primicia. En cuanto al tipo de etiquetado que se da en las conversaciones en voz baja entre empleadores, consejeros, maestros, pastores y otras personas en puestos administrativos —sin importar cuán profesionalmente se maneje—, nunca fortalece, sino que siempre socava y debilita el espíritu de comunidad que cualquier organización necesita para prosperar.

illustration of birds flying in city sky at night
Janis Goodman, Vuelo nocturno, grabado, 2009. [.smalltext]Usado con permiso.[.smalltext]

[.article__paragraph--cap]Así que volvamos a esa pregunta: ¿funciona realmente la “Primera Ley”? Una cosa está clara: practicarla puede ser más fácil en una comunidad muy unida como el Bruderhof, donde se ha establecido un nivel básico de confianza, que en el mundo laboral cotidiano. Allí, atreverse a abordar un problema abiertamente puede acabar costándote tu posición social, tu trabajo o ambos, incluso si posteriormente te elogian como denunciante.[.article__paragraph--cap]

Sin embargo, incluso más allá de los límites de una comunidad religiosa, se puede argumentar que la “Primera Ley” es aplicable y tiene valor. En lugar de ser simplemente otro “no harás” que prohíbe la maledicencia, así como la evasión, el ghosting y la cancelación de enemigos percibidos o declarados —estos son problemas universales—, promueve activamente el fomento de ese tipo de diálogo franco cuyo objetivo es poder mirar a los ojos a un adversario y perdonarlo.

En el espíritu del consejo de Jesús sobre quitar la viga de nuestro propio ojo antes de intentar quitar la paja del ojo de nuestro hermano (Lc 6:41-42), sabiamente pone la responsabilidad en cambiarnos a nosotros mismos primero —en vaciar nuestros bolsillos de las piedras que solemos acumular, por si acaso necesitamos defendernos— y transmitir lo que Arnold llama “nuestra alegría por el otro” antes de intentar cambiarlo. El escritor Yuval Lapide capta la esencia de intentar vivir de esta manera:

Hasta que no veas lo bueno en una persona, seguirás siendo incapaz de ayudarla. Cada vez que hablas mal de alguien, expones una medida de fealdad: en esa persona, en ti mismo y en cualquiera que esté escuchando. Esa fealdad se enconará como una herida, y todos los involucrados sufrirán. Habla bien de esa persona, y la bondad interior en ella, en ti y en todos los involucrados comenzará a brillar, de modo que todo quede iluminado.

Por más obvia que pueda parecer esa sabiduría, puede ser difícil ponerla en práctica. Aunque la mayoría de nosotros luchamos, año tras año, por mejorarnos a nosotros mismos, seguimos aferrándonos a la extraña idea de que podemos mejorar y cambiar a los demás. Sin embargo, Jesús nos recuerda que, cuando se trata de relaciones interpersonales, el único camino seguro es el de humildad y amor.

[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson[.smalltext]