¿Vivir por fe o por finanzas?
Tras dos años de vida comunitaria, el Bruderhof se había quedado sin dinero. ¿Podría una comunidad vivir por fe incluso respecto a las finanzas?
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Tras dos años de vida comunitaria, el Bruderhof se había quedado sin dinero. ¿Podría una comunidad vivir por fe incluso respecto a las finanzas?
[.article__paragraph--leading]Este artículo está extraído de Un camino gozoso, las memorias de Emmy Arnold sobre la fundación del Bruderhof.[.article__paragraph--leading]
[.article__paragraph--cap]En la búsqueda de una vida nueva, que alguna vez había estado tan llena de promesas, surgió una influencia diferente, también en la prensa. Provenía especialmente de los ministros de varias iglesias. Su lema era: «Dejen que las personas con la nueva visión regresen a los antiguos modos de vida y dejen que su luz brille allí». A través de eso el ímpetu del movimiento se detuvo para muchos jóvenes.[.article__paragraph--cap]
En el verano de 1922, toda nuestra familia, incluyendo a Else, había sido invitada a pasar julio en Bilthoven, y la comunidad decidió que debíamos aceptar. Luego de aquellos primeros dos años en Sannerz, Eberhard y yo estábamos bastante venidos a menos, y la salud de los niños no estaba mejor, como resultado de la malnutrición de la posguerra. En los meses anteriores había crecido un cierto malestar en la comunidad, pero acordamos hacer el viaje y depositamos nuestra esperanza en el buen espíritu para superar todas las dificultades y diferencias. También confiábamos en aquellos que habían luchado y sufrido tanto con nosotros. Sin duda, aún tenían fe en el reino venidero, ¡que no veíamos tan lejano! Esa idea vivía en nosotros.
En Holanda tuvimos una cálida bienvenida y fuimos atendidos con mucho amor. Entre las personas que conformaban el grupo de los Boeke había un espíritu alegre y antimilitarista. Cada sábado todos los que podían marchaban frente al ayuntamiento en Ámsterdam, cantando en varios idiomas la canción de Kees: «No, no, basta de lucha».
El 2 de agosto de 1922, octavo aniversario del comienzo de la guerra, una multitud de opositores a la guerra, provenientes de Bilthoven y otros sitios, marchó a través de Ámsterdam con caballos de peluche y banderas de la paz donde se leía la inscripción: «No más guerra».
Por supuesto, nosotros también participamos cantando «Por demasiado tiempo los cristianos han levantado las armas contra sus hermanos» y otras canciones compuestas por Kees Boeke, todas en neerlandés. Mientras las columnas del ejército marchaban ante la Casa de los Hermanos en Bilthoven, todo el mundo abría sus ventanas y gritaba: ≪Nooit meer oorlog!≫, «¡No más guerra!». Kees y Betty tenían una actitud similar con respecto al dinero: ni siquiera lo tocaban. Cuando cruzaban un peaje, entregaban huevos o algo más. Tampoco creían en pagar impuestos ni en obedecer a los oficiales de policía, y más de una vez fueron encarcelados por eso. Una vez Kees simplemente se tendió en el piso y debió ser arrastrado. Sus muebles y demás posesiones fueron rematados en varias oportunidades, pero cada una de esas veces sus amigos y familiares ricos les volvían a acondicionar la casa. Y así se repetía el ciclo.
El grupo de Bilthoven también era muy radical en otros aspectos. Cada huésped o asistente podía participar en sus reuniones y cada voz tenía igual peso. Como Kees decía, cada persona lleva una luz en su interior, y el buen espíritu puede actuar y hablar a través de ella. En ese sentido, todo el mundo podía expresar su opinión acerca de cualquier asunto práctico que surgiera. Formamos parte de esas reuniones varias veces, y nos parecieron bastante caóticas. Lo que echábamos de menos (y así lo dijimos) era la atmósfera de Cristo, en cuyo espíritu la libertad se une con el respeto por un poder unificador mayor. En cualquier caso, Kees y Betty nos impactaron: eran una pareja honesta y franca, unas personas que llevaban sus convicciones a la acción. Y teníamos mucho que aprender de ellos.
Mientras estábamos en Holanda, nos llegaban cartas cada vez más inquietantes en las que nos contaban cómo estaba la situación en casa. Por un lado, las preocupaciones financieras habían aumentado; la inflación era enorme, los préstamos (algunos de amigos y uno de un banco) estaban siendo reclamados, y de pronto nos veíamos enfrentando deudas cuyo pago pensábamos sería en un lapso de varios meses. Entonces se le pidió a Eberhard que regresara a casa. A decir verdad, puesto que era imposible recaudar dinero en Alemania, sentíamos que era providencial que estuviéramos en Holanda y confiábamos en que aquello que necesitábamos nos sería dado allí. Eberhard escribió a casa para avisar que estaría de regreso antes de que venciera el pago, esto es, en dos semanas o antes.

A pesar de eso, la inquietud en casa, tal como la transmitían las cartas desde Sannerz, creció aún más. Yo estaba pronta para viajar con nuestros hijos en caso de necesidad, pero Eberhard quería quedarse: durante una larga caminata a través del brezal había recibido la certeza de que no debía permitir que se lo sacudiera de su calma interior, sino que debía completar sus tareas en Holanda como había sido previamente acordado y regresar a casa para el momento en que el préstamo bancario venciera. Cuando discutimos la situación con Else, llegamos a la misma conclusión. Sentíamos una poderosa seguridad interior que nos indicaba que Dios nos mostraría el camino, si solo se lo permitíamos. En este punto deseo compartir unas líneas de una carta que Eberhard escribió a mi hermana Monika en aquellos días:
¡Coraje! ¡Ya no debemos detenernos en lo pequeño! Lo grande debe apoderarse de nosotros de un modo tal de que también penetre y transforme lo pequeño. Otra vez siento coraje y alegría por nuestra vida, en la certeza, por supuesto, de que implicará una lucha grande y gloriosa. ¡El Espíritu conquistará la carne! ¡El Espíritu es el más fuerte! Él nos inunda, a mí, a ti, uno tras otro. Este Espíritu es bondad, independencia y movilidad.
Nuestra vida no será más estrecha, sino más ancha; no más limitada, sino más ilimitada; no más regulada, sino más abundante; no más pedante, sino más generosa; no más sobria, sino más entusiasta; no más pusilánime, sino más audaz; no peor ni más humana, sino llena de Dios e incluso mejor; no más triste, sino más feliz; no más incapaz, sino más creativa. ¡Todo esto es Jesús y su espíritu de libertad! Él está viniendo a nosotros. Por lo tanto, no nos lamentemos por nada; antes bien perdonemos a todos, tal como nosotros debemos ser perdonados por todo, y vayamos hacia el futuro radiantes de alegría. Quédate y espera hasta que estés revestida con el poder que viene desde lo alto.
Pronto las cartas de casa comenzaron a referirse a nuestra «completa falta de responsabilidad». También descubrimos que aquellos que se habían hospedado en Sannerz solicitaban al Hogar de Hermandad en Bilthoven que enviaran la cantidad de dinero que desearan darnos directamente a su dirección, en lugar de dárnosla a nosotros. (Los Boeke no obedecieron esa sugerencia).
Nuestra partida de Holanda aconteció rápidamente. En nuestra última noche allí, una señora nos entregó un sobre que contenía florines. Cuando Eberhard fue al banco por la mañana, recibió en moneda alemana la cantidad exacta que nuestra editorial debía pagar al banco en esa misma fecha. ¡Por una vez la inflación había operado a nuestro favor! Eberhard llamó a casa para compartir la buena noticia, pero se encontró con la siguiente respuesta: «Es demasiado tarde. ¡La editorial ya está siendo liquidada!».
Luego de eso viajamos a casa. Pasamos la noche en Fráncfort y llegamos a Sannerz al día siguiente. Suse, Moni y Trudi nos recibieron en la estación de Schlüchtern. Suse parecía petrificada y solo dijo que no podía contarnos nada. En casa tuvimos una fría recepción y una sopa aguada. A pesar de eso, habían horneado una pequeña torta para los niños.
Después de la comida nos invitaron a una reunión; todo el mundo se sentó en un círculo en el piso del comedor, la habitación más grande de la casa. Las ventanas estaban abiertas y, sentados en el marco u observando desde el exterior había estudiantes y otras personas de una convención que se estaba celebrando en Schlüchtern ese mismo día. (Se había previsto que Eberhard hiciera el discurso de apertura, y varios de los participantes se habían acercado, con el deseo de ver algo de Sannerz).
En el interior de la habitación, una pelea estalló y se propagó, por cuanto el conflicto que había estado cocinándose lentamente en los meses previos finalmente llegó a su punto máximo. Por un lado, estábamos quienes sentíamos que debíamos abandonar las antiguas formas de una vez y para siempre si deseábamos construir algo verdaderamente nuevo; por el otro lado, estaban quienes nos aconsejaban abandonar nuestro «idealismo». Se decía que la fe y los asuntos económicos no iban de la mano, en tanto nosotros creíamos que la fe debía penetrar y dirigirlo todo, incluyendo los asuntos financieros. Max Wolf lo había expresado mejor en una reunión de la editorial celebrada unos días antes: «Lo que diferencia a Eberhard Arnold del resto de nosotros es su convicción de que la fe debe determinar todas las relaciones, incluyendo las financieras».
Finalmente, se dijo que nuestra «puerta abierta» no era otra cosa que una gran mentira, que habíamos celebrado reuniones de naturaleza interna y práctica en las que no todo el mundo había estado presente. Era cierto; algunas veces, a altas horas, nos habíamos reunido cuando la mayoría de las personas ya estaba en la cama, para discutir los varios desafíos y problemas que nuestros numerosos huéspedes habían traído con ellos y para buscar el modo de avanzar.
Pero, sobre todo, nos habíamos juntado de ese modo simplemente con la finalidad de reunir la fuerza interior para el próximo tramo del camino. Por supuesto, no fue una reunión sencilla. Pero las discusiones que siguieron fueron aún más difíciles, y en la habitación había una atmósfera palpable de oscuridad y hostilidad. Cuando Eberhard declaró que no estábamos dispuestos a cambiar la dirección y que estábamos listos para continuar viviendo con ellos de una manera modesta y sencilla, si alguien más accedía a asumir el liderazgo, la conmoción no tuvo límites. Uno tras otro se fue poniendo de pie y declaraba su intención de abandonar Sannerz. Habrán sido unos cuarenta. Apenas podíamos comprender todo aquello después de haber atravesado tanto con muchos de ellos. ¿Qué había sucedido durante nuestra ausencia de cuatro semanas? ¡Era inconcebible!
Finalmente, cuando la persona a cargo de la reunión preguntó quién tenía aún intención de quedarse, solo se manifestaron siete, el número más pequeño posible para permitirnos continuar como una organización legalmente constituida. De haber quedado menos, Sannerz hubiera sido automáticamente disuelta, y el dinero para el molino, así como todas las existencias, hubieran sido distribuidos entre aquellos que en aquel momento vivían en la casa.

Nuestro gerente comercial en aquella época, un exempleado bancario llamado Kurt Harder, estaba entre aquellos que deseaban irse. Aparte de él, el consejo ejecutivo estaba integrado por Heinrich Schultheis (que también había decidido irse), Eberhard y yo. No se requerían más de dos firmas para llevar adelante operaciones comerciales, así que era posible hacer cualquier cosa sin Eberhard y sin mí. Y así fue. Los muebles y los implementos de granja —que incluían nuestras vacas y otros animales— fueron vendidos. Se dijo que nosotros, personas de ciudad, éramos incapaces de cuidarlos adecuadamente. Compraron varios frascos para que aquellos que iban a mudarse pudieran llevarse tanta fruta y vegetales como fuera posible. La leña que habíamos recolectado para el invierno fue quemada en las estufas y se abrieron las ventanas, aunque recién estábamos a principios de setiembre. Las personas también usaron el dinero destinado al molino para comprar abrigos, camisas y otras prendas, y nos animaron a hacer lo mismo. Su rabia excedió todos los límites cuando nos rehusamos a aceptar una parte de eso. El dinero había sido donado para una causa común; Kees jamás había tenido la intención de hacerlo para ser dividido entre individuos.
De todos lados se nos lanzaron acusaciones de fraude, y la situación se volvió casi insoportable. Naturalmente, aquellos que se habían vuelto en contra de la comunidad no podían marcharse hasta encontrar otro medio de vida en otro lugar, y los días se hacían interminables. Los Schultheis, junto con otros, contemplaron otras posibilidades de vida comunitaria; después de un tiempo encontraron un lugar adecuado en un antiguo hogar para niños en Gelnhausen. Pero su comunidad solo sobrevivió unos pocos meses y, sin duda, nada los unía más allá de su protesta contra nuestra forma de vida.
Mientras tanto, nuestro pequeño grupo se encargaba de preparar la comida para todos. Yo hacía la mayor parte, pero como no estaba acostumbrada a aquellas sopas aguadas y verdes que tomábamos con tanta frecuencia en aquellos años, intenté preparar un alimento más nutritivo, aunque en cantidades más pequeñas. Los otros pensaron que estaba intentando hacerlos pasar hambre. De inmediato, Eberhard me aconsejó que aumentara las porciones, y lo hice. Eso implicaba empezar a cocinar apenas terminada una comida, pero ¿qué más podíamos hacer? Más que nunca sentíamos la importancia de actuar de acuerdo con las palabras de Jesús en el sermón del monte, es decir, llevar la carga una milla más.
Nuestra situación —no tener comunidad, pero vivir juntos en la misma casa— se volvió más y más intolerable con el paso de los días. Entre aquellos que se quedaron con nosotros había varias mujeres jóvenes que no se nos habían acercado por algún deseo interno, sino porque simplemente necesitaban un lugar donde quedarse. Una había sido confiada a nuestro cuidado por la oficina de bienestar social; otra había llegado para tener a su bebé en un lugar seguro. Las dos esparcían rumores por la casa, lo que ciertamente no hacía la vida más fácil.
Aunque entre las personas que planeaban irse había algunas muy agradables —personas que en alguna época habían sido profundamente conmovidas e inspiradas por la comunidad—, ahora emanaban un espíritu de odio. ¿Cómo podíamos ser tan tontos, tan torpemente determinados a continuar por el camino que habíamos reconocido, se preguntaban? Pero jamás habíamos considerado Sannerz un mero experimento, como aparentemente ellos habían hecho, un experimento para el que, según decían, «nuestra generación es demasiado débil, demasiado humana, demasiado egoísta». Para nosotros, se trataba de un llamamiento.

Aquí debo mencionar la liquidación de la editorial Neuwerk. Primero, los socios y accionistas se reunieron para dar por terminado oficialmente el trabajo editorial que, en su opinión, no había sido conducido de un modo serio. Luego, los libros fueron repartidos: los que se iban planeaban iniciar un sello propio y querían llevarse los libros más adecuados a ese fin, incluyendo Junge Saat («Semilla joven») los dos volúmenes de Blumhardt, nuestros títulos de Georg Flemmig y otros. Y, por encima de todo, la revista Das neue Werk. Estábamos desconsolados. Fue un gesto de afecto de parte de nuestro querido viejo amigo Otto Herpel, que murió poco después, dejar el volumen de Zinzendorf con nosotros. Dijo: «Respetamos la fe de Eberhard, aunque no podamos compartirla». Sí, hasta él pensaba que los asuntos espirituales y materiales no debían mezclarse.
Al final de la reunión se votó para determinar si todos estaban de acuerdo en proceder con la liquidación. Parecía haber una aprobación unánime hasta que Eberhard se puso de pie y dijo: «¡Unánime con excepción de una voz! Yo no estoy de acuerdo. ¡Por favor, que quede registrado en actas!».
Finalmente, en octubre, el último de los miembros de nuestro hogar se marchó, y Sannerz quedó en silencio.
[.article__paragraph--cap]Después de tantas penurias y de la desilusión de los meses pasados, después de que tantos amigos queridos que al principio habían compartido nuestro entusiasmo por un nuevo camino se marcharan, pudimos una vez más reconstruirnos. Y estábamos resueltos a hacerlo, con cada pizca de energía que tuviéramos. No se trataba, como algunos podían pensar, de que los «más débiles» o los «peores» se hubieran ido, y los «mejores» o los «más fuertes» hubieran quedado. De ningún modo sentíamos eso. Estábamos muy conscientes de nuestras propias fallas y deficiencias para la tarea que teníamos entre manos. Sin embargo, a pesar de nuestras limitaciones, debiamos continuar. Muchos años después, justo dos meses antes de su muerte, acontecida en noviembre de 1935, Eberhard se refirió a esa época del modo siguiente:[.article__paragraph--cap]
Cuando por primera vez recibimos el llamamiento, sentimos que el espíritu de Cristo nos había encomendado vivir en comunidad plena, en solidaridad comunitaria, de puertas abiertas y con un corazón amoroso para todas las personas. La palabra de Jesucristo, la realidad de su vida y su espíritu nos daban la fuerza para iniciar ese camino y seguir adelante, a pesar de que nuestros pasos fueran pequeños y débiles. Solo habíamos transitado una corta distancia de ese camino cuando sobrevinieron horas que sometieron esa fuerza a examen, horas de prueba y hostilidad, cuando aquellos amigos que habíamos aprendido a amar profundamente de pronto se daban vuelta y se transformaban en enemigos, porque habían renegado de la libertad y la unidad y deseaban regresar a su vida común de clase media, a una «vida normal y privada» y a su propio dinero. El movimiento, por tanto, fue sometido de nuevo a la servidumbre por la influencia del capitalismo y su vida profesional y comercial.
Sin embargo, a pesar de que la mayoría de nuestros amigos nos dejó y grupos enteros abandonaron la bandera de la unidad y la libertad, aunque personas con buenas intenciones nos advirtieron seriamente acerca de que ese camino iba a conducirnos a un final solitario e ineficaz, no fuimos disuadidos. Con nuestros propios hijos y con los que habíamos adoptado, debimos impulsarnos hacia el objetivo.