Una funcionaria de una clínica abortista cambia de postura
El nacimiento de mi hija me expuso a la tensión entre mi autonomía y su necesidad de ser amada.
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START FREE TRIAL NOWUna funcionaria de una clínica abortista cambia de postura
El nacimiento de mi hija me expuso a la tensión entre mi autonomía y su necesidad de ser amada.
[.article__paragraph--cap]El debate sobreel aborto gira en torno a dos preguntas. La primera: ¿Cuándo nos convertimos enpersonas? La segunda: ¿Cuándo está permitido quitarle la vida a una persona?[.article__paragraph--cap]
Estas preguntasme consumieron durante la última década, mientras me dedicaba a facilitarle alas mujeres el acceso a abortar. Pero no marcaban el inicio de mi intuiciónmoral sobre el tema. Mi compromiso con apoyar el acceso a abortar se basaba en unaexperiencia que había tenido. Una mujer que trabajaba como mucama para mifamilia, y que me había cuidado de niña, quedó embarazada siendo soltera por unhombre que la abandonó. La situación de Rizana era precaria. Ser una soltera embarazadaviolaba severamente las normas de su comunidad. Se arriesgó a ser exiliada.
Vivíamos en SriLanka, donde el procedimiento está prohibido excepto para salvar la vida de lamadre. Así que Rizana acudió a un aborto ilegal. La estafaron por una sumaconsiderable de dinero, le dieron algo equivalente a una pastilla de azúcar, yla enviaron de vuelta a casa. Su embarazo continuó. Pidió ayuda a mis padres, quienesencontraron un orfanato dirigido por la orden de monjas de la Madre Teresa, dondela acogieron hasta que dio a luz y luego entregó a su bebé en adopción.
Mientras tanto,mis padres la despidieron. Sin poder cargar con su vergüenza, Rizana dejó elpaís y fue a buscar trabajo a medio oriente como empleada doméstica. Porfortuna, encontró un trabajo donde no la trataban como esclava ni abusaban deella, algo bastante inusual para los trabajadores migrantes de la región.Varios años después, pudo regresar a su país.
Cuando me enterédel periplo de Rizana y de cómo la habían tratado mis padres, me indigné. Meenfurecía la injusticia de haberla despedido, y estaba enfadada porque ellahabía intentado abortar sin conseguirlo. Ni mis padres, ni Rizana, ni yocuestionábamos la moralidad del aborto. Interrumpir el embarazo era, sinduda, la opción correcta. Simplemente no estaba a su alcance, y ese hechome parecía parte esencial de las demás injusticias en la vida de Rizana. Sabíaque habría merecido algo mejor. Parecía injusto cómo el mundo la había tratado.Quería ayudar a rectificar esta injusticia para mujeres como ella.
Es sencillo vercómo la situación de Rizana formó mi opinión favorable al aborto y mi decisiónde dedicarme profesionalmente a facilitar el acceso. Pero luego de graduarme dela Universidad de Nueva York y empezar a trabajar en una clínica abortista, unavez que vi de primera mano el proceso de un aborto, comencé a cuestionar sumoralidad más cuidadosamente. Descubrí que, con frecuencia, los argumentos proabortopartían de la base de que era justo, y luego retrocedían para encontrar unajustificación. Es decir, me pareció que la mayoría de quienes esgrimían esosargumentos partían del mismo lugar que yo: una profunda intuición moral de queel acceso al aborto era necesario para que las mujeres pudieran experimentar lajusticia en sus propias vidas. Empecé a pensar, con cierta inquietud, que quizáhubiera intuiciones morales alternativas con la misma fuerza, y que reflexionarsobre estas cuestiones no era tan sencillo como había supuesto.

Reflexioné sobre los eslóganes populares que utiliza cada bando para movilizar a sus seguidores: esos simples argumentos que nos llaman la atención a esta realidad. “Mi cuerpo, mi decisión” se encuentra con la respuesta “Ese cuerpo dentro de tu cuerpo no es tuyo”. ¿Cuál podría ser la contrarréplica? Descubrí que las personas que apoyaban el trabajo que hacía en la clínica no se planteaban esta pregunta: ¿Y si en un embarazo hay dos personas implicadas? Quería saber si se podía defender el aborto tomando en serio esa posibilidad.
No podía dejar de pensar en que había algo fundamentalmente deshonesto en las apelaciones proabortistas a la autonomía. Me pareció que esa falta de sinceridad surgía de la negativa a afrontar la realidad del embarazo. No me convencía que los provida quisieran llanamente “controlar el cuerpo de las mujeres” ¡Quizá algunos sí! Pero también parecía posible que se hubieran planteado las mismas preguntas que yo. Quería tomarme en serio su postura de abogar por los intereses de otra persona: el bebé. Si tenían razón en que, de hecho, el embarazo y las decisiones relacionadas con él afectaban a más de una persona, entonces debía considerar la posibilidad de que hubiera alguien más a quien se le debiera algo.
Si esto era así, cualquier justificación al respecto implicaría plantearse preguntas difíciles sobre cuándo está permitido quitarle la vida a una persona.
[.article__paragraph--cap]Sin embargo, aún no me encontraba lista para hacer esas preguntas. Casi en seguida de comenzar a trabajar en un instituto de investigación dedicado al acceso al aborto, comencé a lidiar con la cuestión de la personería de un feto. Era una mujer con formación. Tenía un máster en administración de la salud y trabajaba en un ambiente médico. Me estaba convirtiendo en una de las expertas a quienes acudían con frecuencia otros participantes en el debate. Pero entendí que acudir a la opinión de expertos, por sí solo, no brinda respuestas satisfactorias a la cuestión de cuándo nos convertimos en personas. No hay un consenso legal o científico al respecto, en parte por tratarse de una cuestión tan influyente en la delicada polémica sobre el aborto, y en parte porque la personería jurídica es un concepto filosófico más que médico. En el histórico caso Roe contra Wade de 1973, el juez Harry Blackmun señaló que la Constitución no ofrece una definición de “persona”. La sentencia se dictó porque los tribunales se negaron a zanjar la cuestión legalmente, y su continua incapacidad para hacerlo determina que la situación jurídica del feto siga siendo incierta, incluso tras la posterior sentencia Dobbs contraJackson Women’s Health Organization de 2022.[.article__paragraph--cap]
Esta falta de consenso entre aquellos a quienes solemos recurrir en busca de respuestas expertas parece dejarnos a la deriva. Al menos así lo sentía yo. Pero quizá nos demos cuenta de que sabemos más de lo que parece, al considerar cómo reaccionamos ante la noticia de un embarazo. Cuando me enteré que una amiga estaba embarazada, y que lo había buscado, mi respuesta inmediata fue felicitarla y darle la bienvenida a su bebé. Para celebrarlo con ella no esperé a saber si su embarazo había llegado a la fase de gastrulación, si se había observado la aparición del patrón del electroencefalograma, o si el bebé había alcanzado la viabilidad. De igual forma, cuando una amiga lloraba la pérdida de un embarazo deseado, ya fuera por un aborto espontáneo o por un aborto que entendíamos como médicamente necesario, no hice todas estas preguntas para acompañarla en su duelo. Nuestro lenguaje nos delata aún más. Decimos que una mujer embarazada “lleva un niño”, y cuando sufre un aborto espontáneo decimos que ha “perdido a su bebé”. En estos casos, parecemos tener una idea clara de que el embarazo implica la existencia de un bebé o un niño. Y podemos estar de acuerdo sin lugar a duda de que los bebés y los niños son personas. Por lo tanto, parecería, en efecto, que reconocemos la presencia de otra persona en el embarazo.
El problema surge cuando un embarazo contradice nuestros deseos.
Mi propia reflexión sobre este tema me llevó a profundizar en los textos jurídicos pertinentes, principalmente Roe contra Wade y Planned Parenthood contra Casey. No soy abogada, ni me considero filósofa. Seguía buscando opiniones de expertos. Así que leí, e hice todo lo posible por razonar.
Cuando un embarazo no es deseado, queremos una solución que le ponga fin. Desearíamos no estar embarazadas, y queremos poder tomar una medida que lo haga realidad. Es decir, queremos abortar. Y así nos vemos en la necesidad de una justificación para satisfacer este deseo. Normalmente lo hacemos contradiciendo el mismo punto de vista que todos sostenemos cuando un hijo es deseado: decimos que, de hecho, el feto no es una persona. Quienes se definen públicamente a favor del derecho a decidir suelen adoptar este enfoque, en lugar de preguntarse si existe alguna razón válida para que una mujer le quite la vida al niño dentro de su vientre.
La sentencia de Roe contra Wade incorporó este recurso retórico a la legislación: en el caso, incluso el demandante reconoce que, si se aceptara el argumento del demandado sobre la personalidad jurídica del feto, entonces, de conformidad con la Decimocuarta Enmienda, la tesis del demandante se derrumbaría. En otras palabras, el caso se construyó sobre la idea de que el aborto es aceptable, no porque en ocasiones sea aceptable matar a personas inocentes, sino porque el feto no es una persona. A lo largo de la decisión se delibera exhaustivamente sobre lo imposible que es determinar cuándo nos convertimos en personas. La posterior decisión del tribunal en Planned Parenthood contra Casey en 1992 reafirma este enfoque. “En el corazón de la libertad”, escribió el juez Anthony Kennedy en esa decisión,
se encuentra el derecho a definir nuestro propio concepto de existencia, de sentido, de universo, y del misterio de la vida humana. (…) Las creencias sobre estas cuestiones no podrían definir los atributos de la personería si se formaran bajo la coacción del Estado.
Por supuesto que esto es cierto. La obligación legal no resolverá la cuestión filosóficamente. Pero, a pesar de la retórica de Kennedy de “no me pagan lo suficiente para esto”, atribuir la condición de persona cabe con perfecta validez en el ámbito del lenguaje jurídico: la Decimocuarta Enmienda, por ejemplo, da a entender acertadamente que las personas negras también son personas. El enfoque de Kennedy es necesario porque, si el tribunal concluyera que la personalidad del feto es un hecho cognoscible, tendría que aceptar una de las siguientes dos conclusiones. Si aceptara que el ser dentro de una mujer embarazada es una persona, según su propia lógica debería descartar la posibilidad de permitir el aborto, para no entrar en conflicto con la Decimocuarta Enmienda, que establecía que las personas negras no solo no debían ser esclavizadas, sino que, como seres humanos, debían gozar de la igualdad de protección ante las leyes de los Estados Unidos. Si, por el contrario, el tribunal decidiera que este ser no es una persona, debería definir la personería como una cualidad adquirida cuando se pasa por el canal de parto, y permitir el aborto hasta el nacimiento.
Al rehusarse a resolver esta pregunta en cualquier dirección, el tribunali en Roe dejó en suspenso la condición de persona del feto, y llegó a un compromiso apelando a un momento decisivo del embarazo en el que el Estado puede alegar tener un interés legítimo en la “potencialidad de la vida humana”, vagamente reconocida. ¿Cuál es ese momento decisivo? “El momento ‘decisivo’ es la viabilidad”, sostuvo el juez Blackmun. “Esto es así porque, en ese momento, se presume que el feto tiene la capacidad de sostener una vida significativa fuera del útero materno”.
Cuando comprendí la estrategia retórica de Blackmun, quedé un poco sorprendida. Me pareció algo totalmente ad hoc, un criterio al que se había llegado porque el caso necesitaba un desenlace “correcto”. Al inventar este límite, antes del cual un aborto puede justificarse tan solo por la falta de deseo de la mujer respecto a su embarazo, y luego del cual debe tenerse una justificación más rigurosa, el tribunal provocó más preguntas de las que respondió. Lo complejo del concepto de viabilidad radica en que no hay nada en tal criterio que pretenda siquiera relacionarse con la cuestión de la personería jurídica del feto. Se refiere, más bien, al punto en el que otras personas distintas de la mujer embarazada pueden intervenir en nombre de su hijo (aunque esto se disfraza con el lenguaje de la “vida significativa”). El argumento es algo así: una vez que el contenido de su embarazo (sea de la naturaleza que sea) pueda sobrevivir fuera de ella, este adquiere el derecho a ser considerado una persona, cuidado por otras personas y protegido por la jurisdicción del estado. Lo que esto hace es afirmar que, si hay alguien distinto de la mujer embarazada que puede cuidar de su bebé, ella está ahora obligada a permitir que lo hagan, y el estado está obligado a intervenir y garantizar que el niño viable no sea descuidado y muera.
El hecho incómodo, como lo expone Leah Libresco Sargeant en su brillante artículo sobre la viabilidad, es que el momento en el que el misterioso contenido de un embarazo puede sobrevivir fuera del cuerpo de la madre sigue adelantándose, debido a los avances en la ciencia neonatal. Si la viabilidad es el momento en el que otorgamos las protecciones que corresponden a una persona, esto crea una especie de carrera entre el plazo de la mujer para abortar y la capacidad de su hijo para sobrevivir fuera del útero. La pregunta que deja sin responder, porque no la hace, es: ¿Qué le debe una mujer embarazada a su hija cuando es la única capaz de mantenerla viva? Ese es el centro del asunto: la pregunta detrás de toda la ofuscación sobre la persona y los “contenidos del embarazo”.
[.article__paragraph--cap]Esa precisa pregunta me llevó a reconsiderar mi apoyo al aborto. A raíz de mis propias experiencias en la clínica se volvió más evidente mi propia incredulidad ante la confusa insistencia en que un embarazo no gesta a una persona hasta cierto punto en que lo hace, a menos que sea deseado, en cuyo caso siempre ha sido una persona. La primera vez que me enfrenté a “tejido abortado” fue en la sala de “productos de la concepción”, una de las denominaciones más escandalosamente orwellianas del movimiento proaborto. Mientras palpaba los minúsculos huesos del feto, recién formados, me convencí empíricamente de que estos eran restos humanos. Trabajando en la clínica presencié a un sinfín de mujeres llorar a sus hijos abortados. Algunas querían ver los restos de su feto en una placa de Petri, en busca de un cierre o de absolución. Si existía la posibilidad de que vieran partes del feto, normalmente manitas o piececitos, visibles ya a las ocho semanas, siempre se lo advertíamos de antemano, preparándolas para la posibilidad de que este “procedimiento” no haya sido tan abstracto como esperaban. Los fetos más grandes, en los que la muerte se presenta irrefutablemente en el cráneo fracturado y las extremidades destrozadas, esos nos negábamos a dejarles ver. Incluso en la clínica conservábamos un sentimiento de vergüenza respecto al aborto.[.article__paragraph--cap]
A pesar de reconocer la personalidad fetal, continué a favor del aborto. Tras dejar la clínica fundé una organización sin fines de lucro que capacitaba a doulas para proveer apoyo emocional a mujeres que abortaban, y eventualmente acepté un trabajo en un importante instituto de investigación sobre salud reproductiva. En los comienzos de mi carrera solía hablar abiertamente de mi postura con otros defensores del derecho a decidir. A menudo la recibían con desconcierto o con llana hostilidad. A veces me encontraba con extraña curiosidad, pero la mayoría de las veces le generaba a la gente incomodidad y ganas de escapar de la conversación. Aprendí a guardarme mis opiniones para mí misma. Muchas personas dejaban de intentar discutir la personería jurídica del feto conmigo en cuanto escuchaban que seguía siendo proabortista. Simplemente parecían confundidas ante cómo rayos podía conciliar ambas posturas.
Yo también estaba desconcertada. Pero seguía convencida de que la única justificación honesta del aborto era reconocer que acababa con la vida de un ser humano, y defenderlo de todos modos. Y estaba decidida a descubrir cómo hacerlo. En este momento, quizá encuentres mi compromiso con el aborto obstinado e inflexible. ¿Cómo puede ser permisible tomar la vida de una persona inocente? Si iba a indagar en la verdad y la razón tras los argumentos provida, me parecía igual de imprescindible hacer lo mismo con los argumentos proaborto. Lo atractivo del concepto de control autónomo de nuestro propio cuerpo durante el embarazo merecía la misma consideración honesta. El terror, completamente entendible, de soportar incluso un embarazo normal, ni hablar de uno con complicaciones, debía ofrecer alguna base justificativa. Por otro lado, por más difícil que sea la paternidad, no le damos a los padres el derecho a descartar a sus hijos. Para mí había algo diferente en el caso de un embarazo, relacionado al entrelazamiento fundamental entre la madre y el hijo. Pero ¿qué significaba este entrelazamiento?
El embarazo es una experiencia difícil de describir. Una niña vive vigorosamente su nueva vida dentro del único lugar seguro para ella: tu cuerpo. ¿Cómo explicas esta intimidad extraña e inigualable, junto con la alienación de que tu cuerpo no sea tuyo del todo? ¿Sentirse como una marioneta controlada desde adentro, sin saber lo que qué órgano dentro tuyo va a revolverse? Para justificar que sólo la mujer embarazada pueda arbitrar sobre la vida dentro de ella, solo se me ocurría argumentar que, durante su embarazo, su bebé, aunque persona, era su propiedad. O que algunas personas no merecen la protección de la ley. O algo parecido. Al darme cuenta de que argumentar honestamente a favor del aborto implicaba aceptar la lógica de la esclavitud, entendí por qué la mayoría de los proabortistas acudían al doble pensamiento. Moralmente más fácil (aunque no racionalmente) que admitir que permitimos la destrucción de niños según el deseo de una madre, es sostener la contradicción de que determinamos si un embarazo contiene un niño según si fue deseado.
Los expertos legales me habían fallado, o al menos fallado en persuadirme de la coherencia de su postura. Mis colegas, y otros en el ámbito de la experticia sobre el aborto, no parecían querer discutirlo. Pero, como no podía detener las preguntas, el siguiente paso era hablar con un grupo diferente de personas: los provida. Como recién comenzaba la pandemia del COVID, los encontré online en lo que en ese entonces se llamaba Twitter.
Pensé que tendría suerte de encontrar conclusiones menos aborrecibles si intentaba interactuar con mi oposición. Ya concordábamos sobre la personería fetal, así que si tan solo pudiera exponer sus propias contradicciones podríamos llegar a alguna parte; quizá podría aprovechar sus contradicciones para escudar las mías. Si insistían tanto en que el aborto era homicidio, por ejemplo, ¿por qué no pedían que las mujeres fueran sentenciadas por su crimen? ¿No exponían su propia simpatía hacia mujeres con embarazos no planificados, como Rizana, cuando las exoneraban de enfrentar la responsabilidad penal por abortar?
Solo conversando con una de mis interlocutoras, que se volvería una querida amiga, logré empezar a aceptar la dificultad de la posición proaborto. Ella entendía que yo aceptaba el aborto desde un deseo de corregir la injusticia de que una mujer tuviera que perseverar a través de un embarazo no deseado, aunque admitiera que esto implicaba matar a su niño. No me gustaba la idea de matar, simplemente encontraba más insoportable la idea de una mujer embarazada contra su voluntad. Antes de que pudiera revertir mi posición hacia el aborto, tenía que disecar mis hipótesis sobre el deseo y el bien. ¿A quiénes admitimos en el mundo de personas que merecen nuestra justicia? ¿Hay algo, además de justicia, que debamos considerar?
Encontré que no sostenía (muchos no lo hacemos) una ética que habilitara respetar los deseos de una persona sin importar cuáles sean; más bien, como enseña Aristóteles, hacemos caso a los deseos de alguien cuando asumimos que estos apuntan al Bien, o al menos a algo bueno. Los bienes que asumimos cuando nos referimos al deseo de una mujer a terminar su embarazo, al menos uno donde no hay diagnósticos adversos, son los bienes de la autonomía y la autodeterminación. Son bienes verdaderos, al igual que la injusticia de la situación de Rizana era injusticia verdadera. Estos son los bienes que el bando proaborto busca elevar. Sin embargo, los argumentos proaborto basados en la autonomía dependen de oscurecer la verdad, exponiendo nuestra incapacidad de confrontar los límites de dichos bienes.
¿Cómo apuntamos al Bien en las situaciones complicadas de la vida humana? Discernir el Bien parece simple hasta que los bienes compiten unos con los otros, algo muy común. En mis conversaciones, en mis pensamientos, empecé a reconocer plenamente la persona situada en el límite de la autonomía de una mujer embarazada cuando volví a la pregunta de qué debe una mujer a su hija cuando es la única capaz de mantenerla con vida. Los movimientos proelección, afirmando que negar el aborto a una mujer la fuerza a estar embarazada contra su voluntad, no enfrentan la pregunta de quién establece la obligación sobre ella. No la obligación legal sino la moral, aunque ambas deberían corresponderse si la ley es justa. Si la enfrentaran, pensé, deberían asumir la verdad incómoda de que es la niña de la mujer quien, sin intención consciente, busca refugio dentro de ella, orientando la continuidad de su embarazo hacia el nacimiento.
Con el nacimiento de mi propia hija, mi equivocado compromiso absoluto hacia la autonomía empezó a erosionarse. En la competencia entre los bienes de mi autonomía y el mandamiento de mi hija de ser amada, la bondad del amor triunfó. Acepté una posición provida alrededor de un año antes de convertirme en cristiana; durante ese tiempo entendí que el mandamiento ético de una madre a cuidar de su hija se origina con su hija. No creía en Dios, pero sentí esa obligación a amar, a proteger. Acepté que era su hija quien dictaba el mandamiento ético de que el cuerpo de la madre debe ser el hogar de esa niña, el único lugar habitable para ella hasta que pueda sobrevivir fuera: su hábitat natural. Cuando permitimos el aborto, garantizamos nuestra autonomía, descartando que el embarazo pueda ser otra cosa que un antagonismo entre una madre y su hijo. Amortizamos violentamente sus cargas. Convertir el aborto en inadmisible requiere que una madre confronte los mandamientos éticos de su hija, y se reconcilie con ellos. Para el filósofo Emmanuel Levinas, nuestra responsabilidad ética hacia los demás no es una elección, sino más bien lo que descubrimos cuando respondemos el mandamiento del otro. Modela la maternidad como la encarnación de nuestro conflicto ineludible con este mandamiento y la respuesta de una madre ofreciendo su cuerpo cuando es el único lugar habitable para su hija, un reconocimiento de la personalidad ética de su niña.
Algo en común entre la ética proelección que intenté justificar durante una década, y la ética provida que adopté antes de creer en Dios, fue la inestabilidad de los axiomas en los que se basaban. Ambas éticas descansaban fundamentalmente sobre los pilares de mi propia razón. No me satisfacía dejarlas allí. Me había dado cuenta de que estaba gravemente equivocada sobre el aborto. ¿Sobre qué más podía estar equivocada? Si confiaba en mi propia razón solamente, ¿de qué forma podría superar sus inevitables limitaciones? Quería saber si existía el Bien por fuera de mi propia capacidad de determinar qué era; si este tenía autoridad sobre la existencia. Es imposible rememorar la historia de mi conversión ideológica sobre el aborto e ignorar de qué forma la Verdad y el Bien, por no decir Dios, me buscaron.
Me buscaron al punto de hacerme abandonar mi carrera. Me había tomado licencia por maternidad para el nacimiento de mi hija. Estoy tan agradecida por el apoyo de mi esposo, el cual me permitió presentar mi renuncia a la clínica con mucho menos complejidad y miedo que lo que otra mujer hubiera experimentado. Mi hija tiene cuatro años ahora, y está esperando un hermano. No sé a qué me dedicaré en el futuro. Sé que mi trabajo ahora es cuidar a estos niños, la que tengo en brazos y el que tengo dentro.
Esta no es la historia de mi conversión religiosa, de cómo pude conocer y aceptar al Dios que alguna vez caminó entre nosotros como Jesucristo. Pero lo necesario y relevante de aquella historia para esta, es cómo mi aceptación de Dios derivó en mi comprensión de él como el Bien en sí mismo. Y el Bien se revela a nosotros, al igual que lo hizo Cristo, con amor. A través de los tiempos, la relación entre una madre y su hijo atestigua la absolutez arquetípica del amor. Habiendo elegido presentarse en nuestro mundo desde el vientre de su madre, el niño Jesús se revela ante nosotros como el autor de este amor.
Con María aprendemos que es su hijo, el Hijo de Dios, quien cambia la historia con su amor auto sacrificial, rescatándonos y despertando en nosotros un deseo de habitar el mundo como él lo hizo. Cuando María cargó su embarazo con fieles súplicas, confiando todo en el Señor, fue por su gracia y protección que el amor por su niño prevaleció. Si Jesucristo no nos hubiera dado una manera de amar, como hizo para su propia madre, nuestro mandato de amar al prójimo viviría dentro de nosotros, y podríamos hallarnos insuficientes (como a mí me sucedió). Cuando llamamos al aborto impermisible y le pedimos a las madres soportar las extenuantes condiciones del embarazo y el parto para que sus hijos vivan, las estamos llamando a hacer el bien de una forma que las transformará y reconciliará con Dios. Las estamos llamando a oír la voz del Amor.
[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]