¿Pueden las personas malas escribir libros buenos?
¿Podemos seguir apreciando las grandes novelas cuando sabemos que su autor se comportó de manera despreciable?
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¿Podemos seguir apreciando las grandes novelas cuando sabemos que su autor se comportó de manera despreciable?
[.article__paragraph--leading]“A medida que los susurros se hacían más fuertes —y así sucedía cada minuto a partir de ese momento—, se volvían más amenazantes. Había surgido de la nada, sin ningún crecimiento ni proceso natural que nadie pudiera explicar; había sido, al fin y al cabo, un tipo ignorante y de baja estofa; era un hombre que miraba hacia abajo, y nadie había podido jamás cruzar su mirada con la suya; había sido acogido por todo tipo de personas de una manera inexplicable; nunca había tenido dinero propio, sus aventuras habían sido totalmente temerarias y sus gastos habían sido enormes. A medida que el día declinaba, la conversación se intensificaba tanto en volumen como en tono”.[.article__paragraph--leading]
[.article__paragraph--leading]—Charles Dickens, La pequeña Dorrit[.article__paragraph--leading]
[.article__paragraph--cap]Dickens escribió esas palabras sobre su personaje, el señor Merdle, un financiero cuyas míticas habilidades para hacer dinero hicieron que tanto ricos como pobres lo idolatraran, hasta que descubrieron que no era más que un estafador. ¿Podría el gran novelista haber imaginado alguna vez que su propia reputación sufriría un destino similar?[.article__paragraph--cap]
Poco después de que Dickens escribiera sobre el malvado y reservado Merdle, él mismo comenzó a guardar un secreto. Intentó ocultarlo por el resto de su vida, pero los detalles se filtraron y, tras su muerte, toda la historia acabó por conocerse. Enamorado de una joven actriz llamada Ellen Ternan, Dickens se había distanciado de Catherine, su esposa durante veinte años y madre de sus diez hijos, y se había separado de ella. Su comportamiento a lo largo de todo el episodio —como el de un “loco”, según relató su hija Katey— trajo “miseria e infelicidad” a su familia y le costó amistades cercanas. También le trajo miseria e infelicidad a él mismo, ya que se esforzaba por justificarse (sin éxito) en público, pero sufría de culpa en privado, según su hija Mamie.
Ese comportamiento ha sido durante mucho tiempo una fuente de tristeza para los aficionados que aman la magnánima humanidad de su obra y luchan por conciliar estas dos facetas tan dispares de su personalidad.
A veces pienso en cómo otra de mis escritoras favoritas, Dorothy L. Sayers, habló de su amigo y mentor Charles Williams después de su muerte, a medida que poco a poco iba reconociendo la tendencia del teólogo y místico anglicano a actuar como un líder de secta durante su vida: “Pero detesto encontrar debilidades en Charles, quien tanto me enseñó”. Yo también detesto encontrar debilidades en cualquier persona que me importe, ya sea un amigo cercano o un querido autor victoriano.
Pero como nos advierte El libro de los números: “Pueden estar seguros de que no escaparán de su pecado”. Vivimos en una época en la que se están descubriendo muchísimos pecados. El comportamiento de íconos culturales, líderes espirituales y pensadores destacados ha sido reexaminado y se ha encontrado deficiente, por decir lo menos. Dickens se encuentra entre ellos. Como bloguero y escritor frecuente sobre Dickens, sigo de cerca los titulares y las referencias a él en las redes sociales. En los últimos años, estos se han vuelto cada vez más sensacionalistas, con referencias al “esposo despiadado” y al “martirio de la esposa olvidada”.
A medida que los detalles sórdidos vuelven a circular por el ciberespacio, veo a muchos lectores declarando que ya no quieren saber nada de Dickens; o, más a menudo, que ni siquiera van a empezar a leerlo.

No me quejo del fenómeno que llamamos “cultura de la cancelación”. Por supuesto que puede ir demasiado lejos; para empezar, puede pasar por alto la verdad. Con frecuencia veo detalles exagerados o incluso inventados sobre el asunto de Dickens en artículos sensacionalistas y publicaciones en redes sociales. Los detalles reales ya son lo suficientemente graves; ¿por qué hay que añadirles los falsos? Sin embargo, también hay que reconocer que un impulso genuinamente moral incita a muchos de quienes lo censuran: un deseo de justicia para quienes, como Catherine Dickens, fueron tratados terriblemente y tenían pocos recursos.
Ese deseo de justicia no es en absoluto algo malo. Ha llevado a muchos lectores de Dickens a “reincorporar a Catherine a la narrativa”, como se diría hoy en día. Los biógrafos y las exposiciones en museos se aseguran de que sea recordada y honrada como se merece. Pero hay otros que irían más allá. Eliminarían a Charles Dickens de la narrativa.
En casos como este, cuando todos los involucrados ya han fallecido, el argumento de que el culpable no merece nuestro dinero parece irrelevante, ya que de todos modos no está ahí para recibirlo. Pero a menudo sigue existiendo un movimiento entre muchos para distanciarse de la obra de esa persona, y esto, según mi observación, es donde el deseo de justicia, a veces, se convierte en orgullo. El amor continuo por esa obra comienza, en ciertos círculos, a parecer incompatible con la pureza moral misma, como si la apreciación de la obra equivaliera a la aceptación del comportamiento.
“Se consideraría que todo participante de sus magníficos banquetes había sido cómplice del saqueo de innumerables hogares”, como escribió Dickens sobre el señor Merdle. Dickens, a su manera, nos ofrece banquetes —grandes banquetes de palabras que llenan a los lectores de deleite, indignación, lástima, angustia, toda una gama de emociones—, pero sabiendo lo que sabemos de su vida personal, ¿nos mancillamos si participamos en ellos? ¿Envenenarán esos festines nuestras mentes y nuestras almas?
La pregunta me lleva de vuelta a Sayers (por cierto, una admiradora de Dickens como yo). Si bien su reacción ante las indiscreciones de su amiga pudo haber sido errónea, no obstante, ofrece un marco útil para considerar tales situaciones, basado en una visión de Dios como el dador supremo de los talentos.
El protagonista de la obra de Sayers de 1937, El celo por tu casa, es Guillermo de Sens, un arquitecto del siglo xii que reconstruye la catedral de Canterbury tras un incendio. El carácter de Guillermo tiene graves defectos, pero su obra es brillante. Cuando su orgullo lo lleva —literalmente— a una caída que lo deja discapacitado, Guillermo finalmente aprende a humillarse ante Dios. Sin embargo, sugiere Sayers, su obra servía a Dios incluso cuando él no lo hacía.
“La obra es sólida, Señor Dios, no hay podredumbre en ella; / Solo en mí”, reza Guillermo al fin. Aun al reconocer y confesar su pecado, puede ofrecer la buena obra que realizó para el Señor. De la misma manera, podemos reconocer el pecado de una persona y, al mismo tiempo, reconocer que su trabajo es bueno. Hay límites, por supuesto, y líneas que hay que trazar —a veces, simplemente no se puede aguantar la obra de un abusador o un depredador, por ejemplo—, pero en muchos casos no tenemos que renunciar al trabajo que amamos. Ni siquiera tenemos que separar el arte del artista, como tantos han intentado hacer, pero les ha resultado tan difícil. En cambio, podemos observar la complejidad de los seres humanos caídos y estar agradecidos de que, al menos, una faceta de su carácter refleje fielmente la bondad de su Creador.
Quizás Dickens, después de todo, no se parecía tanto a su personaje, el señor Merdle, quien usaba su trabajo para enriquecerse a sí mismo y empobrecer a los demás. La obra de Dickens, al igual que la de Guillermo de Sens, es sólida. Representa todo lo mejor que había en él: ternura, humor y generosidad. Podemos lamentar los momentos en que no logró mostrar esas cualidades en su vida, pero privarnos de ellas en su obra sería empobrecernos a nosotros mismos.
[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson[.smalltext]