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Perder la fe y encontrar la luz

Luego de que la tragedia y el dolor destruyeran su fe de nacimiento, un zoroástrico encuentra sucamino de vuelta a Dios.

October 5, 2026

‍

[.article__paragraph--cap]Tenía quince el día que mi fe colapsó. Era un día cualquiera de octubre. Ya había salvado mis exámenes académicos y estaba pasando tiempo con mi madre y mi hermana mayor, que nos visitaba por el fin de semana festivo del Diwali.[.article__paragraph--cap]

Después de un alegre almuerzo juntos, mi madre mencionó que le dolía un poco el pecho, nada grave, nada que me alertara de lo que se estaba por ocurrir. Era un adolescente que no podía diferenciar claramente una indigestión de lo que realmente le estaba sucediendo.

Eventualmente, mi hermana hizo la llamada, y juntos corrimos con mi madre en taxi hacia el hospital. Recuerdo el silencio inquietante de esa sala de espera, cómo mi madre me miró y dijo lo último que me diría en su vida: “Sigue estudiando”.

Minutos después, personal del hospital la trasladó a UCI. Me paré fuera, en el pasillo, mientras mi hermana se encargaba de todo el papeleo. Ansioso y confundido, hice lo que mi madre siempre me recomendaba: “Ora a Dios”.

Mi madre era zoroástrica, pero creía en el respeto por todas las manifestaciones de divinidad. Solía llevarme al templo del fuego que tanto le gustaba, pero también a los templos de Ganesh cercanos e incluso a iglesias durante las fiestas. Para ella, Dios no estaba confinado en un solo lugar; era la misma luz, con diferentes puertas que conducían a ella.

Oré: “Dios, el día comenzó muy bien, pero no me gusta como está yendo. Por favor, arregla las cosas. Sé que eres misericordioso y amoroso, así que guíanos a mi madre y a mí a través de esto”.

Luego vino el doctor, con la frase que destruyó de un soplido mi mundo y mi fe en Dios: “Lo siento”. Mientras mi hermana se deshacía en llanto, yo estaba estupefacto. Apenas un año atrás habíamos perdido a nuestro padre. Ahora, los dos ya no estaban.

Cada oración susurrada, cada conversación con Dios mientras los doctores se ocupaban de ella, de repente se sintieron como una broma cruel. No estaba enojado con la vida. Estaba enojado profunda, vehemente y absolutamente con Dios. ¿Cómo podía hacerle esto a un chico? Durante semanas me sentí como un caparazón vacío. Mis compañeros de escuela merodeaban a mi alrededor con simpatía que no quería. Los profesores suavizaban la voz cuando llegaba. La amabilidad de todos, de cierta forma, agudizaba la soledad.

La idea de que Dios puede ser brutalmente cruel germinó dentro de mí, sofocando la fe que una vez había tenido y todas las voces simpáticas que intentaban consolarme. Esa sola pregunta me llenó de rabia, y aún no encontraba respuestas. Pero el dolor no se queda quieto; te transforma, poco a poco, obstinadamente.

El dolor es como una canción que suena sin cesar hasta que te rompes por completo. Queramos o no, esas escenas acechan nuestra mente una y otra vez, haciéndonos sentir culpables, destrozándonos, recordándonos cada pequeño detalle que pasamos por alto.

Cuando se acercaban mis exámenes finales recordé que debía estudiar, porque eso me había pedido mi madre. Entonces, por un tiempo canalicé todo mi dolor en ser el mejor de mi clase y hacerla sonreír, dondequiera que estuviera. Luego de completar esa misión satisfactoriamente, la soledad volvió. Dejé de orar. Dejé de visitar el templo del fuego, excepto un día al año, en el aniversario de su muerte. Quité todo lo religioso de mi vida.

Al año siguiente, el dolor en mi interior empeoró. Mi atención se desvió. No repetí un buen desempeño escolar. Y me sentí culpable, como si la hubiera decepcionado. Esto solo incrementó la distancia entre Dios y yo.

A esta altura, mi fe estaba por el piso y no tenía idea de hacia dónde se dirigía mi vida. Empecé la universidad, sin una idea clara de por qué. No hice amigos de verdad.

Man watching sunset
Marine Drive, Mumbai, Maharashtra, India.  [.smalltext]Foto: hiten rathod / Alamy Stock. [.smalltext]

Entonces, hice lo que sabía: deambular solo. Todas las noches caminaba diez kilómetros por las calles de Mumbai. Me sentaba en Marine Drive durante horas, escuchando canciones tristes, mirando las luces de la ciudad, el tráfico de la hora pico de la tarde y las aguas de la bahía que se oscurecían. No estaba buscando a Dios. No estaba buscando nada. Solo quería respirar, por un momento, sin sentir dolor. Quería respuestas a mis preguntas.

Por dos años hice esto. Canciones tristes, noches en Marine Drive, mirando el atardecer, mirando cómo el mundo seguía girando, sin respuestas. Fue una noche de esas cuando sentí algo.

Estaba sentado, mirando el sol esconderse detrás del mar Arábigo, cuando escuché a alguien cerca que lloraba en silencio. No, era más de una persona. Quizá ellos siempre habían estado ahí, pero nunca los había notado antes.

No conocía sus historias, pero su dolor era reconocible. Por primera vez en años, no estaba enojado. No estaba amargado. Simplemente era humano.

Mi mente susurró: “Sharukh, todo el mundo sufre. No estás solo”.

Y otra voz replicó: “Pero tu dolor es más grande. Tú has perdido todo”.

Y luego vino una tercera voz, la más clara de todas: “¿Cómo sabes que su pérdida no es tan grande como la tuya?”

Ver a alguien más llorar me destruyó nuevamente. La idea de que podía no ser el único cargando con una mochila imposible llegó sin avisar.

Me quedé allí sentado durante horas. El estruendo de las olas, el resplandor de la puesta de sol, el murmullo de la ciudad a mis espaldas: todo me parecía una conversación tranquila. Esa fue la primera grieta en el muro que había construido a mi alrededor.

En las siguientes visitas a la bahía me hice más preguntas. Esta vez, distintas. Si bien no recuperé mi fe inmediatamente, ahora quería saber más sobre Dios. No estaba entumecido, sino curioso. ¿Es Dios el juez, el jurado y el verdugo? ¿Solo vive en ciertos lugares? ¿Le importan de verdad todos nuestros rituales y reglas? ¿O acaso los humanos hemos reducido algo tan vasto a lo que nos conviene?

Mi madre me había enseñado su propia versión de la fe, pero lo que ahora crecía en mi interior era algo muy distinto. Mis observaciones y experiencias del mundo a mi alrededor comenzaron a restaurar mi fe, pero de una forma completamente nueva. Estaba conociendo a personas que tenían sus propios desafíos, algunos bastante parecidos a los míos. Mi corazón comenzaba a sentir empatía de nuevo. En esta etapa de mi vida, también me topé con mi primer amigo de verdad.

Con mi fe restablecida, también cambió mi concepto de Dios. Ya no era un Dios al que debía impresionar con rituales, como creía mi madre. Para mí, Él estaba conmigo. El viento en mi rostro, el estruendo de las olas, las pequeñas flores silvestres que crecen en las grietas del hormigón hablaban de su presencia. Una presencia divina, no un ser autoritario. Una luz, no una ley.

Años después de su muerte, volví por fin al templo del fuego favorito de mi madre, el que más visitaba. No por obligación, ni por miedo, sino porque algo dentro de mí me decía que ya estaba preparado.

Allí dije algo que nunca me había atrevido a decir: “Ya no me sé las oraciones. Pero sé que no me juzgarás por ello”. Y, por un momento, se sintió como si mi madre estuviera de pie a mi lado.

Al marcharme, cargaba con dos sentimientos: paz, porque el enojo ya no estaba; y una tristeza silenciosa, porque ya no creía en lo que mi madre me había enseñado. Había alcanzado un tipo de fe diferente, forjada por la pérdida, por las preguntas y por las largas tardes en Marine Drive.

Mirando atrás, a menudo pienso que, si mi madre estuviera aquí, quizás nunca lo hubiera aprendido. Sus enseñanzas me habrían contenido y protegido, pero no me habrían hecho crecer. Perderla me rompió en mil pedazos, pero también me hizo empezar de nuevo, lenta, dolorosa y maravillosamente.

Mi fe ya no es la misma que ella conocía. Es la fe que la vida forjó en mí. Y pienso que ella lo entendería, donde sea que esté.

[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]