
John Driver
John Driver es un teólogo menonita quien trabajó en América Latina durante décadas. Escribió varios libros sobre la vida cristiana desde una perspectiva anabaptista.
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La espiritualidad de los discípulos de Jesús involucraba todos los aspectos de la vida. Los términos bíblicos «carne» y «espíritu» no se refieren a dos dimensiones de nuestra vida, una exterior y otra interior, sino a dos maneras de vivir, dos orientaciones, dos estilos de vida. Ser «espirituales» implica vivir todo aspecto de la vida inspirados y orientados por el Espíritu de Cristo. Ser «carnales» significa orientarse por otro espíritu.
La comunidad de fe en que participaba Teresa de Calcuta es un ejemplo de esta clase de espiritualidad. Tocar a los intocables era —para ella— tocar el cuerpo de Cristo, y amar de esta manera desinteresada era orar. No se deja de orar para servir, ni tampoco se deja de servir para orar. La auténtica espiritualidad lo abarca todo. 1
Ésta es la misma visión que hallamos reflejada en Mateo 25 donde las naciones van a ser juzgadas de acuerdo a su respuesta a los necesitados de alimento, los extranjeros (inmigrantes indocumentados en medio de ellos), los pobres, los enfermos, los que están en las cárceles y los rechazados en sus tierras. Para sorpresa de todos, Jesús recuerda a sus oyentes diciendo, «cuanto lo hicisteis a de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mat. 25.40).
Hacia la esencia de una espiritualidad cristiana
La cruz de Jesús es el modelo más claro de una espiritualidad auténticamente cristiana, inspirada en las enseñanzas del Nuevo Testamento de la Biblia. Es, a la vez, signo de identificación absoluta con Dios y también de solidaridad total con el mundo. En la cruz se refleja con más claridad el Espíritu de Jesús y la espiritualidad que sus discípulos habrían de asumir.
La cruz es la oración intercesora más elocuente al Padre a favor del mundo y, al mismo tiempo, es también la respuesta más enérgica y convincente de Dios a los poderes rebeldes del mal. Por lo tanto, en la cruz de Jesús —y en la que asumimos sus seguidores— encontramos la esencia de la espiritualidad cristiana.
La espiritualidad cristiana puede definirse como el proceso de seguimiento de Jesucristo bajo el impulso del Espíritu en el contexto de une convivencia radical de la fe en la comunidad mesiánica. Este proceso conduce a una creciente solidaridad con Jesucristo: los cristianos nos identificamos con el vivir y el morir de Jesús. El símbolo de este vivir, morir y resucitar del seguidor de Jesús es el bautismo, a través del cual somos iniciados en la espiritualidad cristiana (Ro 6.4). Esta espiritualidad se caracteriza por el seguimiento del Jesús histórico dentro de nuestro propio contexto histórico. Este seguimiento es impulsado por el Espíritu de Jesús mismo, otorgado a sus seguidores.
Es una espiritualidad del camino.
Pintura de Steve Johnson/ Unsplash
Características bíblicas de una espiritualidad cristiana
Las siguientes descripciones que hace el Nuevo Testamento acerca de la espiritualidad ofrecen pautas para evaluar la autenticidad de una espiritualidad cristiana particular. 2
Una espiritualidad enraizada en el Dios de la gracia
La espiritualidad cristiana está enraizada en el Dios de la gracia que Jesús ha revelado con toda claridad. Es a través del Jesús de la histórico, y de su Espíritu, que conocemos mejor al Padre, pues Jesús «es la imagen del Dios invisible» (Col 1.15). En lugar de especular sobre la naturaleza divina de Jesús —en base a lo que la teología sistemática tradicional nos ha dicho sobre los atributos de Dios— mejor sería proceder como la iglesia del primer siglo: conocer al Dios invisible mediante la vida que Jesús vivió delante de sus ojos.
El Dios de la auténtica espiritualidad cristiana es el que ha tomado la iniciativa en nuestra liberación. Él nos amó primero. En realidad, Dios siempre ha sido así. El pueblo de Dios fue redimido de Egipto mediante la iniciativa misericordiosa de Dios. Algunos protestantes clásicos sostienen que el Antiguo Testamento se caracteriza por ley y obras, y el Nuevo Testamento por la gracia y el evangelio. Pero, en realidad, Israel fue salvado por la gracia y al pueblo del Nuevo Pacto se le invita también a vivir según la «ley de Cristo».
Siempre ha sido la intención de Dios formar un pueblo a su imagen, que lleve su nombre.
Siempre ha sido la intención de Dios formar un pueblo a su imagen, que lleve su nombre. Y Jesús, no sólo nos enseña cómo es Dios sino que también es la perfecta imagen de lo que Dios siempre ha querido que la humanidad sea. Este proyecto de Dios, que apunta a la restauración de la creación entera a su propósito prístino, culminará en el restablecimiento de su reinado de justicia y paz. Una auténtica espiritualidad cristiana se identifica con este proyecto y participa en su proceso salvífico.
Los poderes del mal y los valores predominantes de nuestro mundo conspiran para deformar la imagen auténtica de Dios, tal como Jesús la ha revelado. Creamos ídolos que ocupan el lugar de Dios y a los cuales dedicamos nuestro tiempo y nuestras energías; ellos exigen nuestra lealtad. Pero el Dios de Abraham, de Moisés y de los profetas es el que obra en la historia para liberar a su pueblo de estos falsos dioses y de las falsas lealtades esclavizantes de toda índole. Dios ha obrado muy especialmente a través de su Mesías, en quien este proceso de revelación progresiva llega a su culminación: «Nadie conoce […] al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Lc 10.22). Éste es un Dios verdaderamente diferente, y sólo una espiritualidad auténticamente cristiana será capaz de experimentarlo y comunicarlo sin tergiversaciones ni deformaciones.
Una espiritualidad del seguimiento de Jesús
Ya que Dios se nos ha revelado de forma única y plena en Jesús, entonces el modo de conocerlo es seguir a Jesucristo (Heb 1.1-3). Hans Denck, el reformador radical del siglo 16, decía que «nadie puede conocer en verdad a Jesús, a menos que le siga en la vida»: una convicción que muchos compartimos. Por esto, el seguimiento concreto de Jesús es, sin duda, el elemento más fundamental de una auténtica espiritualidad cristiana.
Segundo Galilea lo ha expresado de esta manera:
La originalidad y la autenticidad de la espiritualidad cristiana consisten en que seguimos a un Dios que asumió la condición humana, que tuvo una historia como la nuestra, que vivió nuestras experiencias, que hizo opciones; que se entregó a una causa por la cual sufrió, tuvo éxitos, alegrías y fracasos, y por la cual entregó su vida. Ese hombre, Jesús de Nazaret, igual a nosotros menos en el pecado, en el cual habitaba la plenitud de Dios, es modelo único de nuestra vida humana y cristiana. 3
Pero tradicionalmente no se ha pensado así. Tanto la espiritualidad católica como la protestante clásica han tendido a concebir a Jesús como deidad a ser adorada, como sacrificio propiciatorio para aplacar la ira divina y como juez que viene, pero raramente como Señor a ser seguido en la vida. Esto ha contribuido a la formación de una espiritualidad interior, espiritualizada y ultramundana.
Según la visión del Nuevo Testamento, las palabras, los hechos, los ideales y las exigencias de Jesús de Nazaret son el único camino para conocer a Dios (Jn 14.5-11). Jesús nos revela al Dios verdadero, poderoso en su amor sufriente y compasivo. En Jesús descubrimos los valores del Reino de Dios y un modelo de vida. No se trata de una imitación pormenorizada —como, por ejemplo, calzar sandalias, trabajar de carpintero o permanecer célibe— sino de seguirle mediante una identificación con sus actitudes, su Espíritu, sus valores, su manera de ser y de hacer.
La espiritualidad cristiana tiene que ver muy especialmente con la forma en que tomamos las actitudes, el Espíritu, los hechos y las palabras de Jesús para desarrollar formas concretas de nuestro seguimiento a él en la actualidad.
Uno de los mejores compendios de la espiritualidad del Reino de Dios que Jesús inauguró la tenemos en las Bienaventuranzas de Mateo 5. Son una síntesis del Sermón del Monte y de los valores espirituales que Jesús enseñó y encarnó. Sin embargo, en los siglos posteriores, la iglesia les asignó a las enseñanzas del Sermón del Monte un carácter utópico, y sus valores fueron concebidos como «consejos de perfección», aptos para aquellos que tomarían la vida cristiana realmente en serio, tal como era el caso de los religiosos. Pero en la iglesia primitiva empleaba las Bienaventuranzas para la instrucción de nuevos discípulos, de modo que seguramente habrá esperado que estos valores caracterizaran la espiritualidad de todos los creyentes. La forma en que estos valores han influido sobre la espiritualidad reflejada a través de todo el Nuevo Testamento indicaría que las Bienaventuranzas no fueron vistas como ideales inalcanzables.
Las Bienaventuranzas son de carácter profético y siempre habrá tensión entre la espiritualidad reflejada en ellas y la vivencia y la comprensión de las iglesias. Estos valores chocan contra las inclinaciones humanas; hay un elemento de escándalo en el evangelio con su concepto de misericordia y de perdón, de no violencia, de castidad y de pobreza espiritual. Siempre será así, porque son los valores que caracterizan el Reino de Dios, y se viven sólo bajo el impulso del Espíritu del Rey.
Las Bienaventuranzas resumen la dicha del Reino: constituyen los fundamentos de la espiritualidad de la comunidad del Mesías y presuponen la convivencia comunitaria del Reino, más bien que esfuerzos heroicos particulares. Esta espiritualidad de las Bienaventuranza es una buena noticia en el sentido esencial del término «evangelio». Las ocho bienaventuranzas en Mateo 5 describen la espiritualidad mesiánica de una forma global. No son meras virtudes espirituales aisladas ofrecidas a los discípulos para su elección según sus preferencias personales. Todas apuntan a esa espiritualidad integral que caracteriza el Reino mesiánico:
La espiritualidad de las Bienaventuranzas no es un ideal inalcanzable, sino que refleja con notable realismo el Espíritu, los hechos y las palabras de Jesús de Nazaret.
Justicia bíblica, en contraste con lo que generalmente es llamado justicia retributiva, consiste en dar a las personas lo que necesitan en lugar de lo que se merecen, sea esto un castigo o un premio. Por esta razón, leemos y releemos las Escrituras acerca de la justicia de Dios para las viudas y los huérfanos, para los extranjeros y para los pobres y oprimidos. La espiritualidad auténticamente cristiana se expresa mediante nuestra participación en la actividad salvífica de Dios, que conduce a condiciones de justicia entre los humanos. En esta comunidad de salvación los anhelos más ardientes de justicia serán saciados.
«¿Quién subirá al monte de Señor? […] El limpio de manos y puro de corazón; él que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño. El recibirá bendición de Señor». La pureza de corazón tiene que ver con la integridad y la fidelidad. En la espiritualidad bíblica hay una estrecha relación entre la actitud interior (puro de corazón) y la práctica externa (limpio de manos). Contemplar, o conocer a Dios implica obedecerle y acompañarle en su actividad salvífica, sin lealtades divididas ni acciones equívocas.
La espiritualidad de las Bienaventuranzas no es un ideal inalcanzable, sino que refleja con notable realismo el Espíritu, los hechos y las palabras de Jesús de Nazaret. Son los valores que caracterizaban, en gran medida, la convivencia radical de la comunidad mesiánica del primer siglo. El seguimiento de Jesús no es un ejercicio puramente espiritual en el sentido de ser interior e invisible: es un discipulado concreto que se expresa en las actitudes y las acciones contenidas en las Bienaventuranzas.
Extracto de Convivencia radical: Espiritualidad para el siglo XXI.