En presencia del misterio
Nuestro propio silencio ante la creación se convierte en adoración.
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INICIA PRUEBA GRATUITAEn presencia del misterio
Nuestro propio silencio ante la creación se convierte en adoración.
[.article__paragraph--cap]Siempre estamos persiguiendo palabras, y siempre las palabras se alejan. Pero las experiencias más grandiosas son aquellas para las que no tenemos expresión. Vivir únicamente de lo que podemos decir es revolcarnos en el polvo, en lugar de cavar la tierra. ¿Cómo ignoraremos el misterio en el que estamos inmersos, al que estamos ligados por nuestra misma existencia? ¿Cómo podemos permanecer sordos al latido de lo cósmico que resuena sutilmente en nuestras propias almas? Lo más íntimo es lo más misterioso. Solo el asombro es la brújula que puede guiarnos hacia el polo del significado. Al entrar en el siguiente segundo de mi vida, mientras escribo estas líneas, soy consciente de que dejarme llevar por el enigma y hacer una pausa —en lugar de huir y olvidar— es vivir en el centro mismo.[.article__paragraph--cap]
Tomar conciencia de lo inefable es separarse de las palabras. La esencia, la tangente a la curva de la experiencia humana, yace más allá de los límites del lenguaje. El mundo de las cosas que percibimos no es más que un velo. Su aleteo es música, su adorno es ciencia, pero lo que oculta es inescrutable. Su silencio permanece intacto; ninguna palabra puede llevárselo.
A veces, desearíamos que el mundo pudiera llorar y contarnos aquello que lo llenó de una grandeza que infunde temor. A veces, desearíamos que nuestro propio corazón hablara de aquello que lo hizo pesarse de asombro.
[.article__paragraph--cap]La reverencia es una actitud tan propia de la conciencia humana como el miedo ante el peligro o el dolor cuando se sufre una herida. El alcance de los objetos venerados puede variar; la reverencia en sí misma es característica del ser humano en todas las civilizaciones. Analicemos un ejemplo bastante común y tal vez universal de dicha actitud, cuya estructura interna resultará ser la misma en todos los casos, sea cual sea el objeto venerado. Obviamente, nunca podemos burlarnos de las estrellas, mofarnos del amanecer o menospreciar la totalidad del ser. La grandeza sublime evoca un asombro inquebrantable y sin vacilaciones. Lejos de lo inmenso, encerrados en nuestros propios conceptos, podemos despreciar y vilipendiarlo todo. Pero al situarnos entre la tierra y el cielo, la vista nos deja sin palabras.[.article__paragraph--cap]
La reverencia es una de las respuestas del hombre ante la presencia del misterio. Por eso, a diferencia de otras emociones, no se apresura a expresarse. Cuando nos sentimos sobrecogidos, nuestros labios no exigen hablar; sabemos que si habláramos, nos degradaríamos. En esos momentos, hablar es una abominación. Lo único que queremos es hacer una pausa, quedarnos quietos, para que el momento perdure. Es como escuchar música grandiosa; cómo cosecha los frutos del suelo fértil de la quietud; nos arrastra sin que podamos evaluarla. El significado de las cosas que veneramos es abrumador y está más allá del alcance de nuestro entendimiento. No contamos con categorías para ello y lo distorsionaríamos si intentáramos evaluarlo según nuestros estándares de valores; esencialmente, supera nuestros criterios.

[.article__paragraph--cap]El inicio de la fe no es un sentimiento por el misterio de la vida ni una sensación de asombro, maravilla o temor. La raíz de la religión es la pregunta de qué hacer con el sentimiento por el misterio de la vida, qué hacer con el asombro, la maravilla o el temor. La religión, el fin del aislamiento, comienza con la conciencia de que se nos pide algo. Es en esa pregunta tensa y eterna en la que el alma queda atrapada y en la que se provoca la respuesta del hombre.[.article__paragraph--cap]
El asombro no es un estado de disfrute estético. El asombro infinito es tensión infinita, una situación en la que nos sorprende la insuficiencia de nuestro asombro, la debilidad de nuestra conmoción, así como el hecho de que se nos plantee la pregunta definitiva.
El asombro infinito despierta un sentido innato de deuda. En nuestro asombro no hay lugar para la autoafirmación. En nuestro asombro solo sabemos que todo lo que poseemos se lo debemos a algo. El mundo no consiste en cosas, sino en tareas. El asombro es el estado en el que se nos pregunta. Lo inefable es una pregunta que se nos dirige.
Lo único que nos queda es una elección: responder o negarnos a responder. Sin embargo, cuanto más profundamente escuchamos, más nos despojamos de la arrogancia y la insensibilidad que, por sí solas, nos permitirían negarnos. Llevamos una carga de asombro, deseando cambiarla por la sencillez de saber para qué vivir, una carga que nunca podemos dejar ni seguir cargando sin saber adónde.
En el momento en que estalla un incendio, amenazando con destruir el hogar de alguien, una persona no se detiene a investigar si el peligro que enfrenta es real o fruto de su imaginación. Ese momento no es el momento de indagar en el principio químico de la combustión, ni en la cuestión de quién es el culpable del estallido del incendio. La pregunta definitiva, cuando estalla en nuestras almas, es demasiado sorprendente, está demasiado cargada de un asombro inefable como para ser una cuestión académica, para quedar suspendida por igual entre el sí y el no. Ese momento no es el momento de poner en duda la razón por la que surge la pregunta.
[.article__paragraph--cap]No hay conocimiento alguno que pueda ser respuesta al asombro infinito, que pueda contener la marea de su silencioso desafío. Cuando nos invade el asombro infinito, toda inferencia es un retroceso torpe; en tales momentos, un silogismo no es evidente por sí mismo, pero una intuición sí lo es. En tales momentos, nuestra afirmación lógica, nuestro decir “sí”, parece una burbuja de pensamiento en la orilla de un mar eterno. Entonces, nos damos cuenta de que nuestra preocupación no es: ¿Qué podemos saber? ¿Cómo podríamos abrirnos a Él con nuestras mentes? Nuestra preocupación es: ¿A quién pertenecemos? ¿Cómo podríamos abrir nuestras vidas a Él?[.article__paragraph--cap]
Cuando ya no existe la autoafirmación; al darnos cuenta de que el asombro no es un logro propio; de que no es solo por nuestro propio poder que nos estremece un asombro radical, ya no está en nuestro poder asumir el papel de un examinador de un sujeto en busca de un objeto, tal como lo hacemos al buscar una causa al percibir un trueno. El asombro supremo no es lo mismo que la curiosidad. La curiosidad es el estado de una mente en busca de conocimiento, mientras que el asombro supremo es el estado del conocimiento en busca de una mente; es el pensamiento de Dios en busca de un alma.
Lo decisivo no es el momento existencial de la desesperación, la aceptación de nuestra propia bancarrota; sino, por el contrario, la toma de conciencia de nuestro gran poder espiritual, el poder de sanar lo que está roto en el mundo, la toma de conciencia de nuestra capacidad para responder a la pregunta de Dios.
[.article__paragraph--cap][.small-caps]The fundamentalists claim[.small-caps] that all ultimate questions have been answered; the logical positivists maintain that all ultimate questions are meaningless. Those of us who share neither the conceit of the former nor the unconcern of the latter, and reject both specious answers and false evasions, know that an ultimate issue is at stake in our existence, the relevance of which surpasses all final formulations. It is this embarrassment that is the starting point for our thinking.[.article__paragraph--cap]
[.article__paragraph--cap]No hay fe a primera vista. Una fe que surge como una mariposa es efímera. Quien se apresura a creer, se apresura a olvidar. La fe no surge de la nada, inadvertidamente, sin preparación, como una sorpresa inmerecida. La fe va precedida de asombro, de actos de admiración ante cosas que percibimos, pero que no podemos comprender. En la historia del Mar Rojo leemos: “Y al ver los israelitas el gran poder que el Señor había desplegado en contra de los egipcios, temieron al Señor y creyeron en él” (Éx 14:31). Debemos aprender a ver “los milagros que están a diario con nosotros”; debemos aprender a vivir con asombro, para alcanzar la sabiduría de la fe.[.article__paragraph--cap]
“El inexperto cree todo lo que le dicen; el prudente se fija por dónde va.” (Prov 14:15). La voluntad de creer puede ser la voluntad de poder disfrazada; sin embargo, la voluntad de poder y la voluntad de creer se excluyen mutuamente. Pues en nuestra lucha por el poder nos arrogamos lo que pertenece a Dios y suprimimos la reivindicación de su presencia. Debemos aprender a dejar que prevalezca su voluntad. Debemos comprender que nuestra fe no es solo asunto nuestro, sino también suyo; que más importante que nuestra voluntad de creer es su voluntad de que creamos.
No es fácil alcanzar la fe. Una decisión de la voluntad, el deseo de creer, no la asegurará. Durante todos los días de nuestra vida debemos seguir profundizando en nuestro sentido del misterio para ser dignos de alcanzar la fe. La insensibilidad ante el misterio es nuestro mayor obstáculo. Bajo la luz artificial del orgullo y la autocomplacencia nunca veremos el esplendor. Solo en su luz veremos la luz.
La búsqueda de Dios por parte del hombre no es una búsqueda de mera información. En términos de información, poco lograron esos innumerables hombres que se esforzaron por encontrar una respuesta. Solo en términos de receptividad, como respuesta a aquel que preguntó, se logró mucho y cada uno de nosotros puede lograr mucho. En el ámbito de la ciencia, un hombre puede plantear una pregunta y dar una respuesta para todos los hombres. En el ámbito de la religión, cada alma individual debe enfrentar la pregunta y dar la respuesta.
[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson de selecciones de la antología Thunder in the Soul.[.smalltext]