
Johann Christoph Arnold
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[.article__paragraph--cap]Dios ha sembrado dentro de cada uno de nosotros un anhelo instintivo de lograr una semejanza más parecida a él, un anhelo que nos impulsa hacia el amor, la comunidad y la unidad. En su última oración, Jesús subraya la importancia de este anhelo: «Ruego… para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Juan 17.20–21).[.article__paragraph--cap]
El vivir aislado de los demás destruye esta unidad y conduce a la desesperación. Thomas Merton escribe:
[.blockquote]La desesperación es el colmo absoluto del amor propio. Se produce cuando un hombre deliberadamente le da la espalda a cualquier ayuda de los demás, para poder saborear el lujo podrido de saber que él mismo está perdido…[.blockquote]
[.blockquote]La desesperación es el desarrollo máximo de una soberbia tan grande y tan terca que escoge la miseria absoluta de la condenación en vez de aceptar la felicidad de la mano de Dios, y así reconocer que él es mayor que nosotros y que no somos capaces de realizar nuestros destinos por nuestras propias fuerzas.[.blockquote]
[.blockquote]Sin embargo, un hombre que es verdaderamente humilde no se puede desesperar, porque en un hombre humilde ya no existe la autocompasión.[.blockquote]
Vemos aquí que la soberbia es una maldición que conduce a la muerte. La humildad, sin embargo, conduce al amor. El amor es el mayor regalo que se le ha dado a la humanidad; es nuestro llamado verdadero. Es el «sí» a la vida, el «sí» a la vida en comunidad. Sólo el amor satisface el anhelo de nuestro ser más profundo.
Nadie puede vivir de verdad sin el amor; es la voluntad de Dios que todas las personas traten con caridad a todas las demás. Todas las personas son llamadas a amar y ayudar a los que las rodean en nombre de Dios.
Dios quiere que vivamos en comunidad unos con otros y que nos ayudemos mutuamente con amor. Y no cabe duda de que, cuando hacemos contacto con el corazón más profundo de nuestro hermano o hermana, le podemos ayudar, porque «nuestra» ayuda viene de Dios mismo. Según dice Juan: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte» (1 Juan 3.14). Nuestras vidas se realizan sólo cuando el amor se enciende, se prueba, y llega a dar fruto.
[.pull-quote]Nadie puede vivir de verdad sin el amor.[.pull-quote]
Jesús nos dice que los dos mandamientos más importantes consisten en amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y fuerza, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Y estos dos mandamientos no se puede separar: el amor hacia Dios siempre debe significar amor hacia el prójimo. No podemos encontrar una relación con Dios si ignoramos a los demás (cf. 1 Juan 4.19–21).
Nuestro camino hacia Dios debe pasar a través de nuestros hermanos y hermanas y, en el matrimonio, a través de nuestro cónyuge.
Si estamos llenos del amor de Dios, nunca podemos sentirnos solos ni aislados por mucho tiempo; siempre encontraremos a quién amar. Dios y nuestro prójimo siempre estarán cerca de nosotros. Todo lo que tenemos que hacer es buscarlos. Cuando sufrimos a causa de la soledad, a menudo se debe simplemente a que deseamos ser amados en vez de amar nosotros. La verdadera felicidad resulta de dar amor a otros. Necesitamos construir, una y otra vez, la comunidad de amor con nuestro prójimo, y en esta búsqueda, todos debemos convertirnos en un servidor, un hermano o una hermana. Vamos a pedirle a Dios que desahogue nuestros corazones sofocados para poder dar este amor, sabiendo que lo encontramos sólo en la humildad de la cruz.
[.smalltext]Este artículo está extraído del capítulo “No es bueno que el hombre esté solo” en el libro Sexo, Dios y matrimonio.
Imagen: Campo de acianos, Julian Onderdonk (1915). Fuente: Wikimedia Commons[.smalltext]