Dorothy Day: Encontrar libertad en la obediencia
La tensión entreconciencia y autoridad llevó a la fundadora del Movimiento del Trabajador Católico a ahondar en su llamado.
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La tensión entreconciencia y autoridad llevó a la fundadora del Movimiento del Trabajador Católico a ahondar en su llamado.

[.article__paragraph--cap]“El Espíritu Santo se está moviendo en Manhattan”, anunciaba el titular del National Catholic Register en abril. En la Iglesia Católica Romana de St. Joseph en Greenwich Village, Nueva York, durante la pasada Pascua, ochenta y ocho jóvenes recibieron los sacramentos del bautismo o la confirmación, más que los treinta y cinco del año anterior. Son aún más los que acuden a misa los domingos. Semana tras semana, solo hay lugar de pie. Pero, hace cien años, sucedió una conversión distinta en St. Joseph.[.article__paragraph--cap]
En 1918, último año de la Guerra, escritores, radicales y bohemios acudían en masa al Golden Swan, un antro ubicado una manzana al sur de St. Joseph, conocido por los vecinos como el Hell Hole. Bebían, bailaban y discutían sobre cultura y política hasta largas horas de la madrugada. Entre los visitantes frecuentes estaba el novelista Michael Gold, el pintor John French Sloan, el guionista Eugene O'Neill y la joven de veintiún años Dorothy Day, que en esa época ya escribía para varias publicaciones radicales. Casi todos eran artistas. Casi todos eran socialistas. Casi todos eran jóvenes.
Por mucho que encajara Dorothy Day con el público del Hell Hole, había algo que la distanciaba. ¿Por qué, se preguntaba, siempre hablamos de los pobres, en vez de hablar con ellos? Fue una de esas madrugadas, saliendo del bar, cuando recibió el presentimiento de una respuesta. Notó una aglomeración de gente (la mayoría pobres e inmigrantes, por su aspecto) llenando St. Joseph. Criada como episcopal nominal, rara vez, o nunca, había entrado a una iglesia católica. Pero fue detrás de ellos por instinto, curiosa por entender qué los atraía.
Recuerda arrodillarse “en el fondo de la iglesia, sin saber qué ocurría en el altar, pero reconfortada y acogida por las luces y el silencio, las personas arrodilladas y la atmósfera de adoración”. Sin entender del todo qué estaba sucediendo, comenzó a percibir lo que atraía a las personas a una misa tempranera de domingo previo a un largo día de trabajar o mendigar en las calles: “Realmente sentí una y otra vez la necesidad de ir a la iglesia a arrodillarme, a inclinar mi cabeza en oración. Era un instinto ciego, podría decirse, y yo no era consciente de estar rezando. Pero seguí yendo”. Años más tarde pudo articular con precisión lo que intuía durante aquellos momentos en misa: “Las personas tienen una necesidad tan grande de reverenciar, de adorar, de glorificar; es una necesidad psicológica de la naturaleza humana que debe ser tenida en cuenta”.
“Quería vida, y quería la vida en abundancia”, confesó. “La quería también para otros”. Su dramática conversión fue incentivada por su anhelo de vivir con “más que solo pan”. Descubrió que el énfasis del cristianismo en la pobreza espiritual (compartido por los ricos y los pobres, y descartado por el materialismo estricto de Marx) la empoderaba para comulgar con los pobres, no solamente abogar por ellos. Aunque inicialmente le costó hallar a otros católicos que compartieran su deseo por una “vida en abundancia” de unidad con los pobres, eventualmente encontró camaradas en este deseo, y un camino a seguir, cuando fundó el Movimiento del Trabajador Católico con Peter Maurin en 1933.

Si la Iglesia Católica Romana decide canonizar a Dorothy Day, no será la primera santa estadounidense. Sin embargo, su historia de conversión y su camino a la santidad se distinguen por su experiencia como mujer americana moderna. Era radical, una anarquista; como periodista en formación se sumergió en los conventillos del bajo Manhattan. Bebió. Trasnochó. Tuvo amantes, algunos casuales. Se hizo un aborto, que consideraba la “gran tragedia de su vida”.
La mayoría de los estadounidenses que han sido canonizados por la Iglesia Católica Romana, o están siendo considerados, sintieron su identidad nacional como un obstáculo en su compromiso hacia Dios y la Iglesia. Durante años, el sentimiento anticatólico se impregnó en la cultura de EE. UU.: los protestantes temían que la lealtad de los católicos hacia Roma predominara sobre su lealtad hacia la nación. La hostilidad era mutua: en 1899, el Papa León XIII condenó la herejía del “americanismo”, que definió como una confianza excesiva en la excepcionalidad estadounidense, el individualismo y la libertad.
Dorothy se ganó una reputación por sus censuras vociferantes hacia los excesos de la riqueza y el poder estadounidense, citando comúnmente los textos del Papa León XIII. Más tarde en su vida protestó contra el involucramiento de EE. UU. en la guerra nuclear, condenó el “roñoso, decadente, pútrido sistema capitalista industrial”, y se abstuvo de votar por presidente, dado que “ningún católico serio querría ser presidente de los Estados Unidos”.
Sin embargo, una mirada más cercana al legado de Dorothy revela una relación más compleja con su país natal. A diferencia de estadounidenses como Madre Cabrini y Elizabeth Ann Seton, cuyos caminos hacia la santidad estuvieron caracterizados por tener que nadar contra la corriente de los valores americanos, el camino de Dorothy podría describirse como siguiendo el flujo de su experiencia distintivamente estadounidense para unirse con la corriente del Tíber. Su conversión fue más genuina porque consistió en profundizar en el deseo de responder al sufrimiento de los pobres, que la había atraído inicialmente a la izquierda radical, más que alejarse del mismo. De igual manera, involucró un reconocimiento y una expansión de las semillas de verdad presentes en los valores “americanistas”.

Esto quizá se observa mejor en su intención de reconciliar los excesos del rechazo estadounidense hacia la autoridad y la atracción al consumismo hedonista. Por un lado, Dorothy creía que desafiar la autoridad educativa de la Iglesia era una antítesis total de su deseo de comulgar con Dios y el prójimo. “Cuando me hice católica”, escribió, “nunca se me ocurrió cuestionar cuánta libertad tenía o cuánta autoridad tenía la Iglesia para limitar esa libertad... Había llegado al punto en el que quería obedecer”. Sin embargo, la obediencia de Dorothy a la Iglesia se encontraba en tensión con su compromiso con la libertad de conciencia. Nunca obedeció de forma ciega. Todas las veces que su conciencia la confrontó con los clérigos, interpretó su deber de obedecerlos como un llamado a mantener el diálogo con ellos.
“¡Qué problema mundial, esta autoridad y libertad, y la tensión entre ambas!” exclamó. “Y cómo los estadounidenses nos hemos aferrado a las ideas cristianas de libertad y dignidad de la persona humana mientras olvidábamos que la libertad se basa en la plena sumisión, en la plena humildad frente a Dios”. La relación entre obediencia y libertad de conciencia no fue tanto una pulseada entre dos polos opuestos, sino una danza, una dinámica de ida y vuelta entre dos fuerzas orientadas (con la gracia de Dios) hacia la armonía.
Las opiniones de Dorothy sobre amor y sexualidad siguieron una línea de pensamiento igual de sutil. El pesimismo puritano hacia el sexo, y el libertinaje hippie del “amor libre” que reaccionó contra él, son dos caras de una misma moneda: la relación complicada de Estados Unidos con el cuerpo y sus deseos. La aceptación paradójica de Dorothy de las costumbres sexuales tradicionales y del amor por la belleza corporal desafió y redimió esta polémica típicamente estadounidense.
Debido a su confianza en la sabiduría de la Iglesia, y su miedo de que el sexo desasociado de la procreación afectara a los pobres de manera desproporcionada, Dorothy refutó la laxidad moral de los hippies que acudían a las casas del Movimiento del Trabajador Católico en los años 60. La actitud de “hacer el amor, no la guerra” se situaba ingenuamente “contra el cuerpo y sus necesidades, sus funciones naturales de procrear. Solamente un odio hacia el sexo puede llevarlos a hablar así”. Llegó a denunciar la hipocresía de un miembro del movimiento que dejó a su esposa para vivir con su amante, lo cual “negaba lo bueno” de su compromiso por servir a los pobres. “Aunque hayas dado todo lo que tienes a los pobres y entregado tu cuerpo al fuego, no significa nada más que trompetas y platillos haciendo ruido si no tienes caridad, el amor de Dios al que has dado la espalda a cambio del amor de las mujeres”.

Mientras se encontraba capturada por lo que fuera que la atrajo a misa aquellas madrugadas, descubrió que estaba embarazada de nuevo. Se sintió extasiada. Pero el padre de la criatura, Forster Batterham, no tanto. No le interesaba el matrimonio y lo descolocaba el creciente interés de Dorothy por el catolicismo. Cuando la bebé Tamar nació, y Dorothy la hizo bautizar, él se negó a asistir. Y, sin matrimonio, Dorothy ya no estaría dispuesta a vivir como si estuvieran casados. Tras una última pelea a fines de diciembre de 1927, Dorothy lo expulsó de su casa y su cama. Tres días después de Navidad, fue bautizada y recibida en la Iglesia Católica condicionalmente. Sin embargo, su decisión de priorizar su relación con Dios no significó el final de su “doloroso y cautivante” deseo por Batterham, al cual se aferró hasta el final de su vida. “Lo amaba de todas las maneras”, escribiría más tarde: “como esposa, hasta como madre. Lo amaba por todo lo que sabía, y lo compadecía por todo lo que no sabía. Lo amaba por los cachivaches que tenía que pescar de los bolsillos de su abrigo, y por la arena y caracoles que traía cuando pescaba... y amaba su integridad y su terco orgullo”.
La llama del amor de Dorothy por Forster, con el paso de los años, maduró y se transformó en un brillante fuego de caridad, eventualmente motivándola a cuidar de él en su lecho de muerte. También cuidó de su pareja, Nanette, en el suyo. Forster nunca se convirtió. Pero, inspirado por la caridad de Dorothy hacia ella, Nanette pidió ser bautizada antes de morir. Ni Forster ni Dorothy tuvieron más hijos, pero vinieron muchos más niños: Tamar tuvo nueve, y Dorothy vivió para ver nacer a sus dos primeros bisnietos.
La primera edición del periódico The Catholic Worker se publicó el 1° de mayo de 1933: el Día del Trabajador en todo el mundo menos EE. UU. Al final de su vida había escrito ocho libros, más de 350 artículos para publicaciones externas, y más de mil artículos para The Catholic Worker. Viajó extensivamente para dar charlas, a menudo en autobús. Siempre que viajaba llevaba una Biblia, un misal y una jarra de café instantáneo.
A algunas manzanas de St. Joseph y el antiguo sitio del Hell Hole se encuentra la habitación donde Dorothy murió. Está en el segundo piso de la Maryhouse del Movimiento del Trabajador Católico. La habitación está preservada intacta como se encontraba aquel día de 1980, repleta de sus libros anotados, fotografías, y su mesa de escribir. Cuando la abres, encuentras el nombre y número de teléfono de Forster pegado con cinta. También hay un crucifijo: el cuerpo de Cristo hecho de espigas de trigo dobladas, como la muñeca que harías en una tarde para una niña. Una biblioteca enclenque y sobrecargada: Dante, unos Salmos de la Biblia de Jerusalén ilustrados con extravagancia, un libro sobre los Inklings, las Vidas de los santos de Butler, Con Dios en Rusia de Walter Ciszek. Mucho Dostoyevski. Tres o cuatro Biblias bastante usadas, con sus lomos de cuero hechos retazos. Una copia de las Cartas de Chekhov. Abajo, en la planta baja, la vela de tabernáculo roja destella en la oscuridad de la capilla donde su cuerpo fue preparado para el entierro. Los habitantes de la Maryhouse continúan el legado de Dorothy, al ser testigos de la presencia del Más Santo en el corazón de la ciudad más bulliciosa de la nación.

[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos.[.smalltext]