A principios de 1569, Dirk Willems, un anaubautista neerlandés, protagonizó una temeraria fuga de la prisión donde las autoridades católicas romanas lo tenían detenido por causa de su fe. De acuerdo con El espejo de los mártiresun compendio de relatos acerca de la persecución a los anabautistas y su matanza por parte de las autoridades católicas romanas y protestantes magisteriales en los primeros tiempos de la Europa moderna―, huyó a través de una laguna congelada mientras un guardia le pisaba los talones. El anabautista logró atravesar la laguna sin dificultad, pero el guardia ―notoriamente más corpulento que Willems―, cayó a las aguas congeladas cuando el hielo se rompió bajo su peso. El hombre pidió ayuda a gritos y Willems regresó y lo ayudó a llegar a tierra firme. Como resultado de ello, Willems fue recapturado; ni siquiera su gesto de salvar la vida del guardia le mereció un indulto. Fue quemado en la hoguera el 16 de mayo de 1569, mientras gritaba una y otra vez: “¡Oh, mi Señor, mi Dios!”.

¿Qué significa amar a nuestro enemigo y perdonar a aquellos que nos hacen daño? Esta es una pregunta ineludible para un cristiano. Después de todo, esos dos mandamientos interrelacionados de amar a los enemigos y perdonar a los malvados son repetidos frecuentemente a lo largo de los evangelios. Por ejemplo, consideremos este famoso fragmento de Jesús durante el sermón del monte: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo’. Pero yo digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en los cielos” (Mt 5:43-45). Más adelante, en el camino a Jerusalén rumbo a su muerte, Jesús enseña a sus discípulos acerca del perdón; cuando Pedro le pregunta cuán a menudo debe perdonar a alguien que ha pecado contra él, y le dice si hasta siete veces, Jesús responde: “No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18:22). A continuación, narra una parábola que siempre me hace sentir que no estoy a la altura de las circunstancias (Mt 18:23-35): Había una vez un siervo que tenía una gran deuda con su señor, pero no podía pagarla. El siervo suplicó que se apiadara de él y, movido por la misericordia, el señor dio por saldada toda la deuda. Más tarde el siervo se encontró con otro siervo que le debía una pequeña cantidad que no podía pagar, pero, a pesar de los pedidos de misericordia, lo envió a prisión. Cuando el señor se enteró de esto, arrojó al primer siervo a la prisión hasta que pagara toda su deuda. “Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano”, concluye Jesús (Mt 18:35). Esta conexión entre nuestra necesidad de ser perdonados y nuestra capacidad de perdonar a otros que nos han ofendido es tan básica que Jesús la incluye en la oración que nos enseñó: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a nuestros ofensores”. Y, por supuesto, Jesús en la cruz ora para que aquellos que están siendo crucificados con él sean perdonados (Lc 23:34), un ejemplo que el diácono Esteban sigue mientras está siendo apedreado hasta la muerte (He 7:60).

Mary Farrell, Terreno/ Ofrenda, grabado sobre madera, 1999. Todo el arte de Mary Farrell, cortesía de Davidson Galleries.

Durante gran parte de la historia de la iglesia, el ejemplo de mártires como Dirk Willems fue presentado como el ideal de una relación al estilo de Cristo con nuestros enemigos: hacerles el bien incluso a costa de la propia vida. Sin duda, no todos los teólogos señalaban un comportamiento parecido al de Willems como moralmente obligatorio en todas las situaciones, pero ese tipo de amor autosacrificial a nuestros enemigos fue muy elogiado. Este amor a nuestros enemigos siempre ha sido contracultural, pero en el último siglo ha recibido cada vez más críticas también desde el interior de la iglesia. La enseñanza cristiana que nos indica que debemos amar a nuestros enemigos y perdonar a quienes nos ofenden, dice la crítica, ha sido utilizada por los opresores para someter a los oprimidos. Los oprimidos son alentados a emular a Jesús en la aceptación de un sufrimiento inmerecido y se les dice que recibirán la recompensa de la vida eterna. Mientras tanto, son pisoteados por los ricos y poderosos, quienes encuentran modos ingeniosos para justificarse por no observar la ética de amor al enemigo que profesan. En los últimos cincuenta años, los teólogos feministas, afros y mujeristas se han referido a los modos en que la raza y el género han vulnerado las expectativas cristianas acerca del perdón o las reglas de amar a los enemigos. Han señalado que, a menudo, se espera que las mujeres perdonen en situaciones en las que se consideraría poco varonil que un hombre perdonara y que a las personas negras se las insta a perdonar inmediatamente a los opresores blancos. Estos pensadores han demostrado cómo los compromisos cristianos con el perdón autosacrificial y el amor al enemigo pueden conducir ―y, de hecho, han conducido― a que se les diga a las mujeres que permanezcan junto a parejas violentas y a las minorías raciales que acepten pasivamente su suerte.

La enseñanza cristiana para amar a nuestros enemigos y perdonar a quienes nos ofenden, dice la crítica, ha sido utilizada por los opresores para someter a los oprimidos.

Es difícil negar que esas críticas tengan asidero. Por ejemplo, consideremos las revelaciones acerca de los encubrimientos de abusos en la Convención Bautista del Sur, el modo en que los pastores predadores fueron protegidos mediante disposiciones absolutorias sin ningún tipo de responsabilidad. Algunos pastores prominentes continúan aconsejando a las mujeres que experimentan abuso emocional e incluso físico que consideren dicho abuso como la cruz que deben llevar, y que perdonen a sus esposos sin esperar un cambio de comportamiento. Pidiendo prestado un término al teólogo episcopal Lauren Winner, podríamos referirnos a estas inquietantes aplicaciones del mandato de Jesús acerca de perdonar a los enemigos desde el punto de vista de un daño característico: el modo en que, debido a la Caída, incluso las buenas prácticas que Dios nos dio pueden tener desviaciones relacionadas con el bien al cual esas prácticas apuntan. Pero teniendo en cuenta que el mandato de perdonar o de amar a los enemigos puede salir ―y sale― mal, y que lo hace de modos que a menudo aumentan la carga a aquellos que están más cargados en nuestra sociedad, ¿qué debemos hacer?

Una respuesta ―cada vez más popular entre los miembros de la izquierda secular y religiosa― es desentenderse de este asunto de amar al enemigo o redefinirlo casi al límite de lo irreconocible. Algunos textos feministas populares sencillamente aseguran que cualquier expectativa o norma de perdón es errónea, una herramienta para negar a las mujeres su legítima ira contra el maltrato. Del mismo modo, las declaraciones públicas de perdón hechas por personas negras con respecto a algún daño que se les hubiera infligido, especialmente por personas blancas, a menudo reciben una respuesta desalentadora. Algunos sectores de la izquierda reaccionaron negativamente al perdón expresado por los sobrevivientes del tiroteo en la Iglesia Episcopal Metodista Africana Emanuel ocurrido en 2015, así como al manifestado por el hermano de Botham Jean, asesinado en 2018 por Amber Guyger, una oficial de policía blanca. En ambos casos las respectivas familias de las víctimas describieron su ofrecimiento de perdón como algo surgido de su fe cristiana, pero los críticos lo consideraron una capitulación ante un guion cultural avalado por la supremacía blanca.

Para los cristianos, por supuesto, los mandatos claros e inequívocos de Jesús acerca de amar a los enemigos vuelven bastante difícil argumentar en contra del perdón como una totalidad. Pero muchos cristianos con inclinación hacia la justicia lo están redefiniendo, argumentando que el verdadero significado de las prácticas de perdonar o amar al enemigo es la lucha pacífica por la liberación. Una lectura popular de los mandatos del sermón del monte acerca de padecer el mal sin resistirse ni vengarse afirma ―sin ningún respaldo que yo haya podido hallar en la historia de la exégesis cristiana y sin ninguna plausibilidad en particular― que, a pesar de las apariencias, la enseñanza de Jesús tiene que ver realmente con la práctica revolucionaria de defendernos a nosotros mismos y obligar al opresor a reconocer nuestra humanidad. Y, por lo tanto, el perdón se convierte en una forma particular de autoafirmación. Quizá sea más popular asegurar que, incluso si el perdón es, en teoría, una buena idea, resulta inapropiado que la iglesia explícitamente inste a las personas a amar a sus enemigos, en especial a través de las fronteras de la diferencia racial o de género. Según esta línea de argumentación, no corresponde a la iglesia imponer a los otros el perdón o el amor a los enemigos, especialmente a aquellos que son parte de grupos histórica o actualmente oprimidos. Es posible que haya un mandato universal de perdonar, pero la iglesia ha sido tan mancillada por el uso incorrecto que ha hecho en el pasado de este mandato, que cualquier enseñanza eclesial al respecto es considerada como un involucramiento en una política de respetabilidad o como una vigilancia de las acciones de los marginados.

Mary Farrell, Tensión, grabado, 2007.

Quizá uno de los ejemplos más claros acerca de cómo luce en la práctica este rechazo a perdonar y amar a los enemigos puede ser encontrado en las redes sociales. “La cultura de la cancelación” es una expresión demasiado difusa e imprecisa en su significado como para resultar útil, pero es difícil ignorar que los círculos de internet con tendencia progresista, cristianos o no, suelen ser dominados por una actitud mutua de sospecha y falta de caridad. Los brutales ataques a las personas son justificados como “denuncias a la opresión”; no olvidar jamás un desprecio (de hecho, llevar un registro a través de capturas de pantalla de tuits o de posteos de Instagram considerados cuestionables) es “hacer que las personas asuman su responsabilidad”; el perdón y la reconciliación, si acaso son posibles, solo acontecen a través de rituales degradantes de autohumillación. Hablar de esto públicamente pone nerviosas a las personas de izquierda por temor a perjudicar a los suyos y dar argumentos a los conservadores (y exponerse, además, al castigo de la difamación por parte de sus antiguos camaradas). Pero cualquiera que haya invertido una cantidad de tiempo significativa en las redes sociales de izquierda sabrá exactamente qué quiero decir. En tanto no hay duda acerca de que las reglas que alientan el perdón y el amor a los enemigos fueron aplicadas desigualmente en el pasado y aún continúan siéndolo en modos que aumentan la carga a personas que ya están cargadas, un mundo que rechace esas normas por completo es, en efecto, desagradable.

El testimonio público de los cristianos como la clase de personas que perdonan y aman incluso a aquellos que los han ofendido podría ser atractivo.

Me apresuro a agregar que el rechazo a los compromisos con el amor y el perdón a los enemigos no solo es una característica de la izquierda contemporánea. En mi calidad de ex coordinador sindical y ministro en una iglesia protestante tradicional, esta es la cultura que mejor conozco. Y, con franqueza, lo que considero más incisivo, aunque en última instancia insatisfactorio, son las críticas por parte de la teología feminista, mujerista y afro a la práctica de amar a los enemigos y perdonar a quienes nos hacen daño.

Particularmente entre los conservadores que son muy activos en las redes existe una fascinación con pensadores como Friedrich Nietzsche y Carl Schmitt que ha conducido a ideas políticas que, de un modo similar, no tienen nada bueno que decir acerca de perdonar o amar a los enemigos. La política ―y, con frecuencia, también la ética― es reducida a lo que Schmitt llamó “la distinción amigo-enemigo”, en la cual el objetivo de nuestros esfuerzos no es buscar el bien común, sino recompensar a amigos y castigar (idealmente, destruir) a los enemigos. La expectativa de perdón, especialmente para las así llamadas clases de víctimas, es considerada una prueba de una moralidad retorcida, negadora de la vida y esclavista creada por los débiles para refrenar y controlar a los fuertes. A veces, esto vira explícitamente hacia el lenguaje del reclamo racial. Por ejemplo, en una inversión de la preocupación de los radicales negros mencionados arriba, entre algunos extremos de derecha, los estadounidenses blancos que públicamente perdonan a los infractores negros se han rendido ante la hipotética construcción del progresismo contemporáneo que presenta a las personas negras como víctimas intachables. Considerando la historia de la raza y el racismo en Estados Unidos, esta idea es detestable y absurda.

Mary Farrell, Terreno confluyente, grabado en madera, 2000.

Un aspecto más general es que, tanto en la derecha como en la izquierda en Estados Unidos, hay una incomodidad generalizada con respecto a las debilitadas normas cristianas referidas al perdón y al amor a los enemigos en nuestra vida pública y privada. Para muchos, Dirk Willems luce menos como un ejemplo heroico de virtud cristiana que como un tonto o un chivo expiatorio.

Y, sin embargo ―para decirlo con claridad―, si Dirk Willems es un tonto, resulta difícil eludir la conclusión de que los mártires a través de los tiempos hasta el mismo Jesucristo también fueron tontos. No me parece que podamos reivindicarnos como cristianos si rechazamos algunos de los mandatos más claros e inequívocos que Jesús nos señaló. El perdón y el amor a los enemigos son lo suficientemente centrales en nuestra fe que en la oración que el mismo Jesús nos dio, la oración que como sacerdote anglicano obligado al servicio diario recito al menos cinco veces cada día, nuestro propio perdón está ligado a nuestra capacidad de perdonar a aquellos que nos ofenden. Seguir a Jesús en este punto podría presentar una compleja dificultad ―muchos comentaristas patrísticos del sermón del monte se extienden en lo referente a cuán poco nos gusta amar a nuestros enemigos― y, en efecto, podría significar una prueba distribuida desigualmente entre las personas. Pero somos llamados a eso y, por lo tanto, ¿cómo podemos desobedecer a nuestro Salvador misericordioso y bueno?

Y, lo que es más, creo que tenemos más razones que solo el ejemplo de nuestro Señor para conmovernos, ¡aunque eso debería ser más que suficiente! En una cultura cada vez más carente de gracia, el testimonio público de los cristianos como la clase de personas que perdonan y aman incluso a aquellos que los han ofendido podría ser, en efecto, atractivo; por experiencia personal sé que pertenecer a comunidades que se rehúsan a extender la gracia o el perdón es algo desagradable. Por lo tanto ¿cómo podemos adherir al mandato claro de Jesús acerca de perdonar y amar a nuestros enemigos mientras también apoyamos la justicia?

Las preocupaciones acerca de que la ética cristiana del perdón y el amor a los enemigos funcione como un medio de herir más a los oprimidos no debieron haber resultado una sorpresa para Howard Thurman. En las primeras páginas de su magistral Jesus and the Disinherited (1949), escribe:

Pertenezco a una generación que encuentra muy poco de significativo o inteligente en las enseñanzas de la iglesia en lo que respecta a Jesucristo. (…) La desesperada oposición al cristianismo se apoya en el hecho de que parece, según el último análisis, resultar una traición a los negros en manos de sus enemigos enfocar su atención en el cielo, el perdón, el amor y demás.

Sin embargo, Thurman desea defender el valor del cristianismo de Jesús ―si no el del amo― para aquellos “con la espalda contra la pared” y ofrece una lectura de las enseñanzas de Jesús como una “técnica de supervivencia para los oprimidos”.

Uno podría esperar que Thurman lo hiciera minimizando o ignorando los mandatos de perdonar y amar a los enemigos que traen al cristianismo el desprestigio de ser inútil, si no extremadamente perjudicial, para aquellos preocupados por la justicia y el remedio a los males sociales. Pero Thurman no hace eso. En su lugar, aborda el odio como una de las tres grandes tentaciones éticas de los desheredados, junto con el miedo y el engaño, y sostiene que el rechazo de Jesús al odio y el mandato de amar a los enemigos y perdonar es, quizá de un modo contradictorio, particularmente necesario para aquellos “con la espalda contra la pared”.

Este rechazo se deriva de un análisis cuidadoso y no poco compasivo del modo en que el odio funciona para los desheredaos. Según Thurman, la prédica simplista y moralizante contra el odio falla en comprender el rol psicológico que juega el odio, especialmente para los desheredados. Sugiere que el odio a nuestros opresores a menudo funciona como respuesta a “la opinión que su entorno coloca sobre ellos”, esto es, que de algún modo los oprimidos merecen lo que les sucede. El odio se vuelve “un sentido de importancia que lanzamos desafiantemente al rostro de su opinión sobre nosotros”. En este sentido, el odio puede cumplir un rol vital en la autorrealización en medio del tormento psicológico de la opresión. Más aún, permite a los oprimidos valerse de todos los medios de cualquier tipo contra sus opresores sin “desintegración moral”, delimitando una esfera en la cual “todo el tiempo es temporada de caza” ―en relación con los odiados opresores― en tanto preservan una esfera donde las reglas morales normales se aplican. Por lo tanto, para los oprimidos, según piensa Thurman, el odio funciona para preservar un sentido de identidad y una integridad moral.

Mary Farrell, El desafío de la injusticia, grabado, 2007.

Y, sin embargo, a diferencia de algunos de los críticos contemporáneos del perdón y el amor a los enemigos, Thurman no se detiene ahí. El odio puede ser psicológicamente productivo, pero, no obstante, es un “can Cerbero” que debe ser combatido. Pues, según Thurman, a pesar de sus aparentes beneficios, “el odio finalmente destruye el núcleo de la vida del odiador”; no puede ser confinado a aquellos cuyo comportamiento opresivo provoca inicialmente odio, sino que llega a dominar todas nuestras relaciones con los otros. Y así “Jesús rechazaba el odio”. Thurman es cuidadoso al señalar que esto es así no porque careciera de “fuerza” ni de “vitalidad” ni siquiera de “incentivo”, sino porque “veía que el odio significaba la muerte de la mente, la muerte del espíritu, la muerte de la comunión con su Padre”. En definitiva, el odio es “la gran negación” de la vida; Jesús “afirmaba la vida”. Jesús nos llamaba ―también a los desheredados― a amar a nuestros enemigos, no solo a nuestros enemigos personales, no a los adversarios dentro de nuestro grupo de pertenencia, sino a los enemigos que son para nosotros lo que los romanos eran para Jesús. Como dice Thurman, “la religión de Jesús dice a los desheredados: ‘Amen a sus enemigos. Tomen la iniciativa de buscar modos en los que puedan tener la experiencia de compartir mérito y valor mutuos. Puede ser arriesgado, pero deben hacerlo’”.

Ciertamente, esto no significa que el discernimiento no deba ser ejercitado en nuestro modo de amar a nuestros enemigos, que no debamos decidir qué riesgos deben ser afrontados y cuáles es mejor evitar. El perdón no siempre debe implicar reconciliación; hay personas con las que ―incluso si deseamos su bien y no les recriminamos sus ofensas― quizá no podamos relacionarnos hasta que Jesús vuelva para poner todo en orden.

Juan Calvino nos aconseja con respecto a cómo luce en la práctica el amor a los enemigos (que él lo haya puesto en práctica o no es otro asunto). El comentario de Calvino de los evangelios sinópticos distingue entre dos formas de perdón al abordar Mateo 18. La primera forma es que, sin tomar en cuenta si la persona se arrepiente, el cristiano debe “dejar de lado el deseo de venganza, no dejar de amar a la persona, sino incluso devolverle bondad a cambio de ofensa”. Eso significa que, en respuesta a la ofensa, el cristiano siempre debe perdonar en el sentido de amar y tratar bien a quien lo ofende. Si quien ofende se arrepiente, entonces el cristiano debe “acoger al hermano, de manera tal de respetarlo, y estar convencido de que la remembranza de su ofensa ha sido borrada de la vista de Dios”.

Para perdurar, uno debe estar basado en un amor que busca liberar tanto al oprimido como al opresor de una relación que distorsiona y daña a ambos.

Pero aquí es donde Calvino añade lo siguiente: “Cristo no priva a los creyentes del ejercicio de juzgar”; en tanto los cristianos siempre deben ofrecer la primera forma de perdón y ofrecer la segunda forma de perdón generosamente en respuesta a un arrepentimiento genuino, no estamos obligados a “tener una tonta disposición a creer hacia cada expresión liviana”. En efecto, en algunos casos, cuando alguien nos ha ofendido, “podemos conceder el perdón cuando esa persona nos lo solicita, y, aun así, hacerlo de un modo que implique vigilar su conducta en el futuro, para que nuestra tolerancia y nuestra mansedumbre, que provienen del Espíritu de Cristo, no se conviertan en objeto de su burla”. El perdón requiere exponernos al riesgo, requiere equivocarnos por exceso de misericordia y paciencia, pero no requiere la aceptación de disculpas insinceras ni la tolerancia a un patrón de abuso seguido por una disculpa seguida por más abuso. El esquema de Calvino admite las complicaciones de extender el perdón en tanto, no obstante, nos llama a “imitar la bondad de nuestro Padre celestial, quien a distancia sale al encuentro de los pecadores para invitarlos a la salvación”.

Por lo tanto, sin negar la posibilidad del daño característico asociado con el perdón y el amor a los enemigos, aún podemos aceptarlo como el mandato claro de nuestro Señor, una oportunidad de emular a nuestro Dios al extender una gracia fuera de lo común. Podemos tener presente a Dirk Willems como un ejemplo a emular.

Además, no debemos temer que nuestra capacidad de perdonar se apoye solamente en nuestro propio poder, sino que podemos darnos ánimo en el hecho de que Dios nos da la fuerza para hacer aquello que nos manda. En El refugio secreto, Corrie ten Boom describe cómo recurrió a este poder divino cuando fue confrontada con un exguardia de las SS que recordaba de Ravensbrück, quien se regocijó al enterarse de que sus pecados habían sido perdonados. Ella, que había estado predicando acerca del perdón, ahora no podía encontrar en su corazón la capacidad de perdonar, y oró por ayuda.

Al tomar su mano, sucedió lo más increíble. Una corriente pareció pasar desde mi hombro a lo largo de mi brazo y a través de mi mano hacia él, en tanto de mi corazón brotó un amor hacia ese extraño y me sentí bastante abrumada.

Y así descubrí que la sanación del mundo no gira en torno a nuestra capacidad de perdonar ni en nuestra bondad, sino en la de Dios. Cuando él nos dice que amemos a nuestros enemigos, junto con el mandato nos da el mismo amor.

Comparar los pecados que ella debía perdonar y aquellos que muchos de nosotros somos llamados a perdonar puede parecer francamente ridículo, pero su reacción inicial es sin duda reconocible incluso para aquellos de nosotros que hemos soportado ofensas mucho menores que las de un campo de concentración. Y entonces necesitamos preguntar: ¿El amor a su enemigo que ella recibió también puede ser nuestro?

En mis días de coordinador sindical comencé a preocuparme porque mi trabajo con el sindicato me estaba formando mal, porque al sufrir maltrato yo mismo y ver el maltrato de otros me estaba volviendo una persona enojada, agria y amargada. Le confié esta preocupación a mi coordinadora. Su propia relación con la iglesia y con el cristianismo no era simple, pero la respuesta que me dio fue un sermón al estilo de Howard Thurman: el único modo de perdurar verdaderamente en la lucha por la justicia es estar motivados por el amor, dijo; el amor no solo hacia nuestros compañeros trabajadores, sino también hacia los jefes. Aquellos que están motivados por el odio se consumen o se derrumban. Para perdurar, uno debe estar basado en un amor que busca liberar tanto al oprimido como al opresor de una relación que distorsiona y daña a ambos.

Nosotros, cristianos, tenemos un ejemplo perfecto de este amor: aunque éramos sus enemigos, sin derecho a reclamar su amor ni su buena voluntad, Jesucristo murió por nosotros, para poder hacernos suyos y transformarnos de enemigos a amigos (Ro 5:10). Dios nos da su ejemplo y la gracia para (de un modo imperfecto, pero real) seguirlo en nuestra vida, derramando su amor en nuestro corazón a través del Espíritu Santo de manera tal que podamos amar y servir incluso a nuestros enemigos (Ro 5:5). Que nosotros, que nos atrevemos a llamarnos amigos de Cristo (Jn 15:15), lavados en su sangre y llenos del Espíritu Santo, lo sigamos en una vida llena de costoso amor hacia nuestros enemigos, amando y perdonando con valentía como él nos amó y perdonó.


Traducción de Claudia Amengual.