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The Santa María volcano Cantel, Quetzaltenango, Guatemala

Gloria y belleza

por Dorothy Day

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Radicalmente comprometida en favor de la paz, de la no-violencia, de la justicia radical y de la causa de los pobres y los marginados, Dorothy Day, fundador del Movimiento “Catholic Worker”, ha servido de inspiración a generaciones de activistas. Su vida la llevó desde su juventud como periodista en el crisol del pensamiento político y literario que era el neoyorkino Greenwich Village de los años veinte, a su conversión al catolicismo, que significó el final de una vida un tanto bohemia.

Este artículo está compuesto por extractos de su libro autobiográfico La larga soledad, publicado por Sal Terrae.

¿Cuántas veces oí hablar de religión en mi niñez? Muy pocas. Y, no obstante, mi corazón daba saltos de júbilo cuando oía el nombre de Dios. Creo que todas las almas tienden a Dios. San Francisco de Sales escribe: "Tan pronto como un ser humano recuerda la Divinidad, un dulce movimiento llena su corazón...Nuestra razón nunca experimenta un gozo tan grande como cuando piensa en Dios".


Ahora no penséis que me he vuelto loca, pero os voy a decir una cosa: cuando contemplo algunas de mis postales, las imágenes de los pobres, de los mineros del carbón, pintadas por Van Gogh, o las figuras de Daumier, ¡me pongo a hablar con ellas! Miro y hablo. Obtengo fuerzas de la manera como esos escritores y esos artistas retrataron a los pobres; así es como he seguido adelante durante todos estos años: rezo a Dios y acudo a visitarle a las iglesias, y tengo mis conversaciones con Van Gogh o con Dickens; quiero decir que miro una pintura reproducida en una postal que utilizo como señalador en mis lecturas o leo una de las páginas subrayadas de uno de mis viejos libros, y –¡Dios mío!– ya tengo fuerzas para toda la mañana o toda la tarde. Cuando muera, espero que la gente diga que procuré vivir de acuerdo con lo que Jesús nos dijo –sus maravillosos Evangelios–, que hice cuanto pude para vivir de acuerdo con su ejemplo (¡aunque caigamos continuamente!) y que procuré tomarme en serio a esos artistas y escritores y vivir de acuerdo con su sabiduría (gran parte de ella procedía de Jesús, como vosotros [estudiantes] probablemente sabéis, pues Dickens, Dostoievski y Tolstoi pensaron en Jesús durante toda su vida)".


Escrito cuando Dorothy tenía quince años:

¡Cómo me gusta el parque en invierno! Tan solitario e impresionante en el más verdadero sentido de la palabra. Dios está allí. Por supuesto, él está en todos partes; pero bajo los Árboles, y mirando por encima de la espaciosa superficie del lago, el mismo se comunica conmigo y me infunde una profunda y sosegada paz. Necesito aquellas horas de la tarde en las que estoy sola con el bebé [su hermano menor John] y siento como si los problemas de la vida fueran aplazados hasta que regreso a casa y todo vuelve de nuevo a mí.


El canto [del Benedicite y el Te Deum] llenaba de emoción mi corazón y, aunque sólo tenía diez años, a través de estos Salmos y cánticos pedía a toda la creación que se uniera a mí para bendecir al Señor. Yo le daba las gracias por haberme creado, por librarme de todo mal y por llenarme de todo lo bueno.

Quería vida, y quería vida abundante. Y la quería también para otros.

Cada vez que sentía la belleza del mundo mediante el canto o la palabra, en el mundo material alrededor de mí, o la descubría en el amor humano, me entraban ganas de ponerme a gritar de júbilo. Los Salmos eran una forma de dar salida a estos accesos de júbilo o tristeza, y supongo que el escribir también era una válvula de escape. Después de todo, uno tiene que comunicar ideas. Yo siempre sentí la común unidad de nuestra humanidad; el corazón humano anhela esta comunión. Si yo supiera cantar –pensaba–, lo haría a gritos delante del Señor y pediría al mundo que cantara conmigo: “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos”. Mi idea del cielo estaba hecha de campos y prados, golosinas con flores y melodías indecibles, en las que participaban incluso la gaviota reidora y las olas de la playa.


Los niños ven las cosas de manera muy directa y simple. Yo no veía a nadie que se quitara el abrigo y se lo diera a un pobre. No veía que nadie organizara un banquete e invitara a los lisiados, a los cojos y a los ciegos. Y los que lo hacían, como el Ejército de Salvación, no me atraían. Yo quería una síntesis, aunque entonces no lo supiera. Quería vida, y quería vida abundante. Y la quería también para otros. Yo no quería que sólo unos pocos, personas con mentalidad de misioneros como los integrantes del Ejército de Salvación, fueran amables con los pobres, fueran como los pobres. Quería que todo el mundo fuera amable. Quería que todas las casas estuvieran abiertas a los lisiados, los cojos y los ciegos, como había ocurrido después del terremoto de San Francisco. Sólo entonces la gente vivió de verdad, había amado realmente a sus hermanos. En semejante amor había vida abundante.


Imagen: Volcán Santa María y Quetzaltenango, Guatemala. Fernando Reyes Palencia. Fuente: Wikimedia Commons.

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