Era el día de preparación (es decir, la víspera del sábado). Así que al atardecer, José de Arimatea, miembro distinguido del Consejo, y que también esperaba el reino de Dios, se atrevió a presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato, sorprendido de que ya hubiera muerto, llamó al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Una vez informado por el centurión, le entregó el cuerpo a José.

Marcos 15:42-45

También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, llegó con unos treinta y cuatro kilos de una mezcla de mirra y áloe. Ambos tomaron el cuerpo de Jesús y, conforme a la costumbre judía de dar sepultura, lo envolvieron en vendas con las especias aromáticas. En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no se había sepultado a nadie. Como era el día judío de la preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Juan 19:39-42

Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea siguieron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. Luego volvieron a casa y prepararon especias aromáticas y perfumes. Entonces descansaron el sábado, conforme al mandamiento.

Lucas 23:55-56

 

Leonello Spada, Lamentación de Cristo muerto, 1610. Fuente: Wikimedia Commons

El trabajo de reconciliación había culminado. El Hijo había entregado su espíritu en las manos de su Padre, pero su pálido cuerpo aún colgaba en la cruz a la luz del atardecer. El Gólgota estaba ahora tranquilo y desierto. Solo las mujeres de Galilea y, tal vez, Juan estaban de luto a los pies de la cruz. El amor aún ardía en sus corazones, pero toda su esperanza había muerto con el Maestro. Esperaban a Nicodemo y a José, dos miembros del consejo, que querían ver el entierro. Ellos no habían aceptado el plan del enemigo sino que, hasta ahora, habían seguido a Jesús en secreto. Sin embargo, con el fuego ardiente del sufrimiento y la muerte del Maestro, la escoria había sido fundida por su fe y el oro refinado había salido a la luz. Los admiradores secretos se habían convertido de repente en valientes creyentes.

José había rogado a Pilatos por el cuerpo de Jesús y ahora traía un lino fino. Nicodemo también vino con un suministro de mirra y aloe. Cuando miró el rostro muerto, pudo recordar las misteriosas palabras del Señor: "Como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así también tiene que ser levantado el Hijo del hombre" (Juan 3:14).

Cuidadosamente, bajaron de la cruz el precioso cuerpo, lo lavaron y envolvieron en lino lleno de especias. Luego, los dolientes lo llevaron en silencio al jardín cercano de José, a la nueva tumba excavada en la roca. Allí, lo pusieron en un lecho de mirra y aloe y la entrada de la tumba se cerró con una gran piedra. Como se había profetizado, aunque Jesús en vida no tuvo un lugar dónde recostar su cabeza, fue enterrado como un hombre rico. Y aquél que había muerto por culpa de otros, fue puesto en la tumba de otro hombre.

Llevamos a Jesús en nuestros corazones y cuando nos vamos a dormir, esperamos un alegre despertar en la brillante mañana de la eternidad.

Mientras sus discípulos se hundían en la desesperanza, sus enemigos recordaron con temor lo que repetidamente decía, que al tercer día resucitaría. En su temor, se aseguraron de que la tumba santa fuera sellada y se apostara a un guardia. Mientras tanto, las fieles mujeres se sentaron en el jardín de José hasta que se puso el sol, mirando con ojos llenos de lágrimas la tumba donde yacía su tesoro.

Conscientes de que nuestra vida también está escondida con Cristo en Dios, unámonos a estas mujeres en espíritu; contemplemos la tumba de nuestro Salvador. Todo el pecado y la culpa de nuestra vida están enterrados para siempre. La tierra ha sido santificada por el descanso sabático del Señor en el jardín de José, la tierra en la que los suyos están desde ahora en reposo. Nuestras tumbas se han convertido en lugares sagrados donde los hijos de Dios descansan en paz, después del trabajo y esfuerzo, del sufrimiento y las lágrimas. Llevamos a Jesús en nuestros corazones y cuando nos vamos a dormir, esperamos un alegre despertar en la brillante mañana de la eternidad.

Así, a la luz de la tumba de Cristo, nuestras tumbas se han transformado en lugares de la más maravillosa esperanza. Esta tumba no pudo contener al Príncipe de la Vida, al tercer día, Cristo rompió el sello, atravesó la roca y resucitó como vencedor del pecado, la muerte y la maldad. Nuestra esperanza también está en la resurrección.


Traducción de Clara Beltrán de un capítulo de The Crucified Is My Love.