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    Abstract painting with yellow, red and blue tones

    Una espiritualidad del cambio

    La espiritualidad cristiana es esencialmente una experiencia comunitaria.

    por John Driver

    jueves, 26 de mayo de 2022
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    • Juan Pablo

      Son muy edificante sos redacciones. Me llenan mucho. Agradezco el ministerio que ejercen. Dios los siga bendiciendo.

    Una espiritualidad de convivencia radical en el Espíritu de Jesucristo

    Luego de su muerte y resurrección, Jesús otorgó su Espíritu a sus discípulos. Desde entonces, Jesucristo sigue presente en su Cuerpo, mediante su Espíritu. El Espíritu Santo, presente en la iglesia, es el mismo Espíritu con que Jesús fue ungido para su misión mesiánica. Por lo tanto, la espiritualidad cristiana no consiste sólo en seguir a Jesús (que es el Camino) sino también en convivir la vida de Cristo (que es la Vida) mediante su Espíritu. 

    Una espiritualidad cristiana auténtica es trinitaria: es una convivencia radical de absoluta dependencia del Padre, orientada mediante el seguimiento de Jesús y vivida bajo el impulso y la inspiración de su Espíritu. 

    El Antiguo Testamento presenta al Espíritu de Dios como fuente de vida, y también como quien sostiene la vida de su pueblo. En el Nuevo Testamento, la actividad del Espíritu se da en el contexto de la creación de nueva vida y del sostén continuo de esa vida. 

    En el Evangelio de Juan se señala que Jesucristo ha reemplazado el status quo judaico y sus instituciones: la participación en el Reino de Dios —restaurado por el Mesías— requería la transformación del fariseísmo — representado por Nicodemo—, que era lo «mejor» que ofrecía el judaísmo del primer siglo. Ser transformado por el Espíritu de Cristo implicaba «nacer de nuevo». La creación de una nueva humanidad inspirada por el Espíritu de Dios era un aspecto fundamental de la esperanza profética para la restauración mesiánica (Ez 36.25-28). La vida que correspondía al «siglo venidero» (vida eterna) llegó a ser una realidad mediante el Espíritu que Jesús otorgó a sus seguidores. 

    El Espíritu —la presencia continuada de Cristo— sigue sosteniendo la convivencia del pueblo de Dios. Una de las principales funciones del Espíritu es la de clarificar la enseñanza de Jesús a la comunidad de fe con el fin de facilitar un seguimiento obediente (Jn 14.26). El Espíritu Santo también inspira la profecía en su medio de la comunidad de fe para ayudarla a discernir el futuro y determinar los rumbos que correspondan (Jn 16.13). Muy especialmente, el Espíritu capacita a la iglesia para dar un testimonio (marturía) fiel. En su función de continuar el testimonio de Cristo en el mundo, el Espíritu Santo fortalece a la iglesia para su testimonio de sufrimiento y martirio (Jn 15.26-27; 16.1-4; cf. Mt 10.10; Mc 13.11; Lc 12.11-12; 21.12-15). 

    Pintura abstracta en rojo, celeste, blanco y amarillo.

    Pintura de Steve Johnson/ Unsplash

    La presencia y la obra salvíficas de Jesucristo son continuadas por el Espíritu Santo a través de la iglesia en medio de la humanidad. La obra del Espíritu abarca toda la gama que constituye la obra salvífica de Jesús: incluye la creación de una comunidad de fe que lleva la imagen de su Señor; inspira a esa comunidad de fe en su obediencia fiel a las enseñanzas de su Señor; fortalece a los discípulos de Cristo a fin de poder ofrecer fielmente su testimonio en el mundo: guía a la iglesia a glorificar a Cristo en una convivencia radical que incluye la posibilidad del sufrimiento por su causa.

    Esparcidas a través de las epístolas, hallamos una serie de frases que reflejan la visión del Nuevo Testamento sobre esta nueva espiritualidad cristiana: «andar en el Espíritu», «ser guiados por el Espíritu», «vivir en el Espíritu», «ocuparse del Espíritu», «ser morada del Espíritu», «manifestar el fruto del Espíritu», «ser llenos del Espíritu», etc. Los principales textos son Gálatas 5.16-6:10 y Romanos 8.1-30. 

    Vivir según el Espíritu de Cristo es tomar a Jesús como modelo, pues el Espíritu que inspira e impulsa nuestra espiritualidad es el Espíritu de Jesús; es lo contrario de «vivir según la carne». «Espíritu» y «carne» no son dos aspectos contrapuestas de la naturaleza humana sino dos esferas en que podemos desarrollar nuestra existencia. Una es la esfera orientada por el Espíritu de Jesús, y la otra es la esfera de la oposición a Dios y sus propósitos salvíficos. 

    En Gálatas 5.19-23 aparecen dos listas que caracterizan los contrastes entre la esfera del Espíritu y la de la carne. Son representativas de una serie de listas similares que encontramos esparcidas en las epístolas (Col 3.5-15; Ef 4.23; 5.3-5; 1 Co 6.9-11; 2 Co 6.4-6). Los vicios que aparecen en estas listas probablemente reflejan las áreas donde el conflicto entre las dos esferas arreciaba más profundamente en la sociedad grecorromana del primer siglo. Por otra parte, las virtudes —o fruto del Espíritu— son aspectos que caracterizaban a Jesús y se necesitaban destacar para fortalecer la espiritualidad de la comunidad cristiana. Aparentemente en las iglesias del Nuevo Testamento se empleaban listas como éstas para la instrucción de nuevos miembros que ingresaban al cuerpo de Cristo. 

    Todos los elementos en estas listas de virtudes describen concretamente la forma que tomaba la espiritualidad de las comunidades mesiánicas, reflejan la firme convicción en la iglesia primitiva de que la vida y los valores del Reino que el Mesías encarnó y enseñó seguirían formando la espiritualidad de la comunidad de fe bajo el impulso del Espíritu del Cristo resucitado. Los que instruían a los catecúmenos en el camino del Reino no se cansaban de invitarlos a acompañarlos en su seguimiento de Jesús, andando bajo el impulso de su Espíritu. 

    «Andar en el Espíritu» significa continuar en la vida propia del Reino de Dios restaurado por el Mesías en la nueva comunidad del Espíritu. Jesús mismo ha sido el ejemplo más claro de una convivencia radical caracterizada por el fruto del Espíritu. Un papel fundamental del Espíritu en la comunidad era asegurar la comunidad de la vida de Jesús mediante su fructificación en la espiritualidad del cuerpo de Cristo.  Una espiritualidad alimentada y compartida en la comunidad de fe

    La espiritualidad cristiana es esencialmente una experiencia comunitaria. El Espíritu de Cristo está presente y actúa principalmente en, y a través, de su Cuerpo. Una espiritualidad netamente individualista y privada carece de fundamento bíblico y no tendrá futuro, pues pronto se degenerará en una ideología, o en una mera ética. Pero una espiritualidad auténticamente cristiana —que se expresa en términos de convivencia radical según el Espíritu de Cristo— encontrará su fuente de alimentación en la iglesia, que es la comunidad del Espíritu.

    Según la Biblia, la santidad es una realidad corporativa. La Biblia desconoce el concepto del «santo» solitario o del «puro» individualista. Cuando se refiere a la santidad de personas, casi sin excepción aparece en su forma plural. La expresión «los santos» es sinónima de la Iglesia. Sólo en la comunión del pueblo de Dios es posible ser santos como Dios es santo (1P 1.16). El individualismo que caracteriza a la sociedad occidental moderna ha distorsionado la óptica a través de la cual enfocamos la vida de los grandes hombres y mujeres de Dios de otras épocas. En lugar de ser los gigantes espirituales solitarios que nos imaginamos, eran hombres y mujeres de convivencia radical en la comunidad de fe y en el mundo. Su espiritualidad era nutrida por las fuentes que Dios provee en y a través de la comunidad mesiánica. 

    El seguimiento de Jesús sólo puede hacerse con autenticidad en la comunidad de los seguidores de Jesús. Seguir a Jesús es participar con hermanos y hermanas del «Camino»: ésta es una de las primeras metáforas con que la comunidad cristiana primitiva en el Nuevo Testamento empezó a comprender su identidad corporativa. Unas nueve veces Hechos de los Apóstoles se refiere a la comunidad mesiánica como «el Camino» (9.2; 16.17; 18.26; 23; 22.4; 24.14, 22). Y si sumamos las muchas ocasiones en que el término es empleado en los Evangelios en forma metafórica para referirse a las relaciones entre Jesús y la comunidad de sus discípulos —además de las alusiones metafóricas en las epístolas— estamos en presencia de una imagen sumamente importante para comprender el carácter esencial de la iglesia. 

    La imitación de Dios, el seguimiento de Jesús y la convivencia radical en el Espíritu deben realizarse en nuestra historia personal y colectiva. 

    En realidad, la metáfora del éxodo/camino juega un papel fundamental en la comprensión bíblica de la historia de la salvación, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. No sería una exageración decir que la espiritualidad del pueblo de Dios es fundamentalmente una espiritualidad del Camino. 

    La vocación de Abraham en Génesis 12 era, en un sentido concreto, un éxodo. Consistía de un llamado a seguir a Yahveh en su camino. Pero más que una mera mudanza geográfica, se trataba de toda una nueva espiritualidad: «Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y juicio» (Gé 18.19). 

    La liberación de Israel de la esclavitud egipcia era, por cierto, un éxodo en el sentido literal, pero también metafórico. Con su «brazo poderoso» Yahveh redimió a su pueblo, liberándolo de Egipto: no sólo de las condiciones esclavizantes sino de Egipto mismo. El conflicto era entre Yahveh —Dios de este pueblo oprimido— y Faraón —señor de Egipto y encarnación de su dios—. La vida para la cual Israel fue liberado de Egipto también consistía en una espiritualidad del «Camino». 

    Posteriormente el profeta vería, en la vuelta del pueblo de Dios desde el exilio, un nuevo éxodo (Is 40.1-11). El éxodo anterior servía de paradigma para esta nueva acción liberadora de Yahveh. Los presos saldrían libres y Yahveh tendría misericordia de los pobres (Is 49.8-13). El camino de salvación consistía de nuevo en la restauración de una espiritualidad auténtica. 

    En los Evangelios la restauración mesiánica es descrita también como un nuevo éxodo. Abundan referencias al éxodo: Jesús, el nuevo Moisés, da una nueva ley de parte de Dios sobre una nueva montaña para el nuevo pueblo de Dios (Mt 5-7); incluso la muerte de Jesús, que sucedió como la culminación de toda una vida dedicada a la liberación de la humanidad esclavizada, se describe en términos de un nuevo éxodo (Lc 9.31). La metáfora más clara para describir la espiritualidad de la nueva comunidad mesiánica que participa en todo esta proceso salvífico es la del seguimiento de Jesús por su «camino». 

    Por lo tanto, la espiritualidad del pueblo de Dios a través de toda su historia se caracteriza por transitar el Camino de Dios: camino de liberación de todos los poderes malignos que esclavizan; un camino que no sólo conduce a la Vida sino que es el camino en que ya experimentamos la Vida; es en este camino que conocemos y reconocemos al Dios de nuestra salvación (Dt 8.2-6). Conocer a Dios, según la enseñanza de la Biblia, es experimentarlo en relaciones humanas concretas. Le conocemos en la medida en que le seguimos obedientemente en su camino. El pueblo de Dios, según la visión bíblica, está integrado por los del Camino. La espiritualidad de los del Camino encuentra su fuente, su prototipo y su dinámica en Jesús, a quien siguen. 

    Una espiritualidad encarnada en la misión de la iglesia

    El amor de Dios para la humanidad ha tomado forma concreta en la misión de Jesús en el mundo. Hemos reconocido este amor más claramente no sólo en la forma en que Jesús ha vivido sino también en la forma en que él ha jugado la vida por los demás, muy especialmente por los marginados, los alienados y los enemigos de Dios. En esta misma forma, el amor de Dios se ha de encarnar en su comunidad de fe (1Jn 3.16-17). Ésta es precisamente la forma concreta en que somos llamados a «ser imitadores de Dios como hijos» que somos (Ef 5:1-2). De esta manera Pablo imitaba a Jesús y esperaba que otros le imitaran a él (1Co 11.1; 4.16; Fil 3.17). 

    La espiritualidad del pueblo de Dios se encarna en toda dimensión de la vida. La imitación de Dios, el seguimiento de Jesús y la convivencia radical en el Espíritu deben realizarse en nuestra historia personal y colectiva. El Señor sigue haciéndose presente en el mundo a través de la iglesia. La espiritualidad de la comunidad cristiana no es solamente edificante sino esencialmente misionera. La misma espiritualidad que contribuye a la edificación plena del cuerpo de Cristo es también aspecto fundamental de su testimonio en el mundo. 

    La espiritualidad misionera de la iglesia en el mundo consiste esencialmente en el seguimiento de Jesús. Él es el modelo único para la misión de la iglesia. El llamado de Jesús al discipulado es un llamado a participar con él en la misión que el Padre le ha encomendado. Seguir a Jesús, el «enviado del Padre», es encarnar su espiritualidad en la misma misión. 

    La misión de los apóstoles —los Doce— se describe brevemente en Mateo 10, aunque no es solamente la misión de los Doce la que está a la vista en este texto. El pasaje refleja, en realidad, la espiritualidad misionera que caracterizaba a la comunidad cristiana primitiva en que Mateo participaba. La vida completa de Jesús –pero muy especialmente su sufrimiento y su muerte— provee los ingredientes para la espiritualidad de la comunidad de Mateo. Esta espiritualidad se encarnaba en su participación en esta misión: «El discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor» (Mt 10.24). 

    La espiritualidad auténticamente cristiana es la que se encarna en la misma misión de Cristo. Por eso, en su sentido más profundo, es una espiritualidad de la cruz. «El que no toma su cruz y sigue en pos de mi, no es digno de mí. El que halla su vida la perderá y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» (Mt 10.38-39). 


    Extracto de Convivencia radical: Espiritualidad para el siglo XXI.

    Contribuido por JohnDriver John Driver

    John Driver es un teólogo menonita quien trabajó en América Latina durante décadas. Escribió varios libros sobre la vida cristiana desde una perspectiva anabaptista.

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