No todo está bien, amigo
Las iglesias están en declive. ¿Cómo deben responder los cristianos?
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Las iglesias están en declive. ¿Cómo deben responder los cristianos?
[.article__paragraph--cap]Declive. Reducción. Ser menos. Ser más pequeños. No son hechos divertidos. Estas palabras, pronunciadas o leídas, no te levantan el ánimo. Sin embargo, describen la experiencia de muchas denominaciones cristianas en Europa y Norteamérica desde más de medio siglo.[.article__paragraph--cap]
¿Cómo debe responder una teóloga a esta situación? En el curso de mi carrera he visto dos estrategias generales, por parte de colegas teólogos, como respuesta al declive de la iglesia. En última instancia, ambas me parecen formas de negación.
Un primer abordaje posible es diagnosticar teológicamente aquello que salió mal, para luego sugerir un remedio. Este enfoque intenta identificar cuándo exactamente se dio el error intelectual definitivo; quizá fue a comienzos de siglo XIX, en el pensamiento de Friedrich Schleiermacher, el “padre del liberalismo protestante”. Otros se remontan a la Ilustración de los siglos XVII y XVIII, o incluso antes, hasta las ideas del fraile franciscano Duns Scoto durante la Baja Edad Media. También se puede razonar de manera contraria: quizá el problema surge de que la iglesia y la teología no han estado a la par de los cambios culturales e intelectuales de nuestra época, reaccionando con demasiada lentitud, atadas a la tradición. A cualquiera de estos diagnósticos le sigue una cura. Si el error provino de Schleiermacher en el siglo XIX, o de Kant en el XVIII, o de Scoto en el XIV, la solución será volver a proclamar y recuperar la escuela de pensamiento que hubo antes. Si el error es una incapacidad de adaptarse a los tiempos modernos, el remedio debe consistir en reformular el mensaje cristiano como una respuesta a las preguntas más profundas de la cultura contemporánea.

Varios de estos diagnósticos de nuestros problemas son fascinantes, y ciertamente tienen algo para aportar. Pero he concluido que es iluso pensar que apuntan a la respuesta; que, si lográramos enderezar nuestra teología, revertiríamos el declive de la iglesia y todo sería magnífico. Estoy convencida de que la teología importa, pero no creo que los teólogos seamos tan poderosos ni estemos en el centro de las cosas, o que todo dependa de nuestro acierto o error.
Un segundo abordaje general no busca el diagnóstico y la cura, sino la reevaluación. En mis momentos más irreverentes, inspirada por el conocido personaje de Bob Odenkirk, he pensado en dicho enfoque como la estrategia Saul Goodman. Como sabrán algunos lectores, el nombre del protagonista de la serie de televisión Better Call Saul proviene de su propio lema, “it’s all good, man” (“todo está bien, amigo”). Según esta segunda respuesta teológica, lo que aparenta ser una pérdida es en realidad una ventaja. ¿Números decrecientes, edificios a la venta, creencia cristiana en decadencia? Parece oscuro, pero si sabes cómo mirarlo, todo está bien, amigo.
Esto suele articularse como una liberación del constantinismo. Constantino el Grande, emperador romano del 306 al 337, se convirtió al cristianismo alrededor del 312 o 313; además de legalizar la fe cristiana, ofreció varias ventajas financieras y políticas a la iglesia. En el clásico relato de Eusebio sobre la conversión de Constantino, el emperador tuvo una visión de una cruz en la víspera de una batalla importante (y finalmente exitosa), junto a la frase “en este signo vencerás”: así, la cruz empezó a asociarse a la grandeza militar, y la iglesia a vincularse con el poder imperial.
Una amplia gama de teólogos argumenta que lo que experimentamos como la secularización y declive de la iglesia es el fin del constantinismo, y por lo tanto debe celebrarse: una liberación de las garras de la política. La iglesia está perdiendo lo que nunca debió haber tenido: el patrocinio del poder, los lazos con el estado, los beneficios del establishment. Estas eran influencias corruptas. Despojada de ellas, la iglesia puede ser más ella misma, más fiel a Cristo. Entonces, de hecho, todo está bien, amigo: lo que parece pérdida es, en realidad, beneficio.
Quizá el reciente crecimiento del nacionalismo cristiano podría poner en duda la idea de que estamos dejando atrás la época constantiniana de la iglesia. Pero, en cualquier caso, hay otro problema con este relato. Lo que perdemos a raíz de una menor presencia en las iglesias y la decreciente práctica religiosa no son solo los aspectos malos. Es posible que haya algo de purga beneficiosa cuando las iglesias pierden su posición establecida en la sociedad, su relación con el statu quo, su acceso al poder. Pero también desaparecen muchas otras cosas, que valoramos y nos son preciadas.

Daré un par de ejemplos. Los giro de mi carrera como teóloga católica laica me han llevado, en los últimos años, a pasar tiempo con mujeres religiosas, monjas contemplativas y hermanas dedicadas al ministerio activo, la enseñanza, capellanía, asesoramiento espiritual, entre otras actividades. En particular, en el marco de un proyecto de investigación, disfruté la cercanía con la congregación de La Retraite, una comunidad religiosa con orígenes en la Bretaña del siglo XVII, que ahora se enfrenta a la posibilidad de su propio final. Ha sido una serie de encuentros enriquecedores, probablemente el único momento en mi vida laboral que me ha hecho sentir genuinamente fuera del mundo neoliberal y corporativo. Las hermanas que conocí son buenas escuchando; suelen transmitir cierta calidad de presencia, pareciéndome gente santa. Mi sensación general es que representan una contracultura serena, pero muy poderosa.
Muchas congregaciones como ella se están enfrentando a su propia decadencia, a veces incluso a su final inminente. Hay algo emotivo en la manera tranquila y sin resentimiento en que las hermanas que conozco navegan esta realidad. Por lo general lo hacen sin reclamos ni quejas, pero sin dejar de negar la dificultad y dolor que conlleva el proceso. Sin embargo, tengo la sensación de que la pérdida de sus comunidades será un golpe verdadero tanto para la iglesia como para la sociedad. Hay una forma colectiva de pertenecer al mundo y a la iglesia que es distintiva y valiosa, y dejará de estar disponible para nosotros (al menos de esta forma particular) en el futuro.
O, por otro lado, pensemos en una parroquia que deja de existir. En el momento que cierra, la congregación puede ser muy pequeña y avejentada; quizá habría sido poco realista, demasiado sentimental y nostálgico, que hubieran intentado permanecer abiertos. Pero la pérdida es real. Es real para quienes tienen vínculos de toda la vida con este lugar en particular, y el dinamismo que solía representar; quizá hasta recuerdos de sus padres juntando los fondos para abrir la iglesia. Pero hay otra pérdida, que no se distingue con tanta facilidad. Se trata de lo que no estará disponible para los que vengan luego, o más bien para los que no vengan; los que podrían haber tenido algo profundo y valioso, una fe viva, encendida por lo que habrían encontrado si la parroquia hubiera continuado existiendo. Por supuesto que, en el pasado, algunos habituales de una iglesia asistían por convención y hábito. Pero no son solamente estos cristianos meramente nominales, sociales, quienes no encontrarán la iglesia en el futuro. También están aquellos para quienes la fe habría sido algo real, para quienes esta habría reformado su interior, la forma en que ven el mundo, el curso de su vida; ellos quizá nunca conozcan realmente el evangelio debido al cierre de esta u otras parroquias. Uno no necesita preocuparse por el infierno, o estar ansioso por cuestiones de salvación o condena eterna, para entender tal ausencia como una pérdida genuina.
A veces el declive de la iglesia se describe en términos de kénosis, “autodespojamiento”. El famoso himno que cita Pablo en su carta a los filipenses habla de Cristo, quien “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo” (Fil 2:6-7). Si el auto despojamiento fue el movimiento que Cristo hizo en la Encarnación, seguramente también sea bueno para la iglesia. Suelo ver a teólogos encomendar una iglesia kenótica y alentándonos a pensar en esos términos el decrecimiento que estamos viviendo.

Estas apelaciones a la kénosis eclesiástica me resultan sospechosas, por un par de razones. Ciertamente hay formas de riqueza e influencia que la iglesia ha tenido, y nunca hubiera debido. Quizá sea algo bueno que estas formas se marchiten. Pero ¿de veras deberíamos concebir esta pérdida de privilegios y poder en analogía con la generosidad perfecta de la Encarnación del Hijo de Dios? Esto parecería ratificar sutilmente la misma arrogancia que necesitamos dejar atrás; una forma de aferrarnos, incluso mientras nos debilitamos, a nuestra grandiosidad.
Cuando lo que se cuestiona es la pérdida del poder y el prestigio que la iglesia nunca debería haber poseído, el lenguaje que debemos usar describe la purga eclesiástica, quizá algo como el arrepentimiento colectivo o metanoia. Por otra parte, cuando el problema es otro, un cambio que le quita potestad a la iglesia de ser testigo del evangelio en cierto lugar o de cierta manera, ¿por qué disfrazar esta pérdida real de forma positiva? ¿Por qué proyectarla como imitación de la Encarnación de Cristo?
Pero, si debemos rechazar el abordaje de Saul Goodman, si las cosas no “están bien, amigo”, ¿qué nos queda? ¿Es compatible creer en que no todo está bien con confiar en la Providencia y el Espíritu Santo guiando a la iglesia? Si estoy sugiriendo que no confiemos en el diagnóstico y la cura al declive de la iglesia, ni intentemos reinterpretar nuestra situación para reconciliarnos más fácilmente con ella, ¿qué voy a proponer a cambio?
[.pull-quote]¿Es compatible creer en que no todo está bien con confiar en la Providencia y el Espíritu Santo guiando a la iglesia?[.pull-quote]
Pensar en el declive de la iglesia como una forma de sufrimiento, mi intuición me dice, puede echar luz sobre el asunto. Para algunos, al menos, esto necesita ser así. El encogimiento de la iglesia no será, para la mayoría de nosotros, la forma de sufrimiento más punzante que podamos imaginar, la más dramática o profunda. Pero observar el decaimiento de lo que uno trabajó para construir; sentir que las cosas que llevamos cerca del corazón, las que más nos motivan e iluminan, importan cada vez menos a los demás; ser testigos de una pérdida en la transmisión entre generaciones, de que la institución se vuelve más vieja, más débil, menos relevante, menos respetada; lograr menos y menos validación externa de lo que para uno es lo más significativo. Todas estas cosas se juntan para imponer una suerte de sufrimiento colectivo, al menos para quienes quedan en las iglesias de Occidente.
Durante años he explorado el papel del sufrimiento en el pensamiento cristiano, llegando a la conclusión de que estamos situados entre dos tentaciones: huir del sufrimiento, o abrazarlo. La huida suele ser lo más simple de reconocer: como cultura nos inclinamos a asociar el sufrimiento con el fracaso; a asumir que, con el suficiente progreso científico, técnico o económico, y llevando nuestra vida con suficiente optimismo, es últimamente posible evitar todo el sufrimiento. Uno podrá sentirse feliz y pleno, y productivo a la vez, si mantiene la actitud correcta, lee ciertos libros de autoayuda, y adopta una rutina matinal saludable.
El abrazo del sufrimiento es menos obvio, pero también me parece una tentación, particularmente dentro de la iglesia. Sabemos que hay algo equivocado en la cultura secular de escapar del sufrimiento. Por ende, adoptamos la cruz como paradigma central, donde el amor y el sufrimiento alcanzan un punto cúlmine. Puede volverse tentador sacralizar el sufrimiento, fusionarlo con el amor o con lo sagrado; ver al sufrimiento como el camino en sí mismo que nos lleva a Dios. Hay una diferencia sutil, pero importante, entre soportar el sufrimiento que a veces es necesario en el camino a Dios, y abrazarlo como el camino a Dios.

Sin embargo, creo que hay una relación entre estas dos tentaciones contrapuestas y las dos estrategias que describí al comienzo. La actitud de “diagnóstico y cura” al declive de la iglesia puede ser una forma de huida del sufrimiento. Es difícil contemplar que el proyecto en el cual estás involucrado, la iglesia que amas, está en su ocaso; que la tradición espiritual enormemente rica, longeva y fascinante en la que estás inmerso es cada vez más marginal e irrelevante. Quizá la cacería del momento teológico donde todo empezó a ir mal, y el cambio de rumbo teológico que lo solucionará todo, es una manera de mirar para el costado, de suprimir el dolor, de no enfrentar la oscuridad y dificultad del momento.
Pero el abordaje Saul Goodman, las temáticas constantinianas y kenóticas, están alineados con una tentación potencialmente peligrosa a abrazar el sufrimiento. Cuanto más pequeña se vuelve la iglesia, más irrelevante parece; podremos regocijarnos cada vez más, porque se volverá más secretamente santa. Si miramos con ojos lo suficientemente espirituales veremos que la pérdida puede resultar en ganancia: todo está bien, amigo.
¿De qué otra manera podemos interpretar el declive de nuestras iglesias? Me gustaría proponer que la reflexión sobre la muerte, tal como se presenta en las vidas de los individuos ordinarios, puede resultar útil. Lo que está en juego en la decadencia eclesiástica no es la muerte de la iglesia de Cristo como tal, sino un potencial final para comunidades, movimientos y culturas particulares.
A veces, cuando alguien muere, es su propia “culpa”: no ejercitó lo suficiente, no cuidó su colesterol, no miró antes de cruzar la calle. Pero todos sabemos que la muerte, incluso la muerte temprana, no es siempre culpa de quien muere. Las personas pueden morir habiendo concluido con gracia todos sus principales proyectos y anhelos, alcanzado todo el potencial que había dentro de ellas; pero la muerte no siempre espera por ese momento: a menudo interrumpe una vida aún no vivida al máximo, proyectos que no se completaron, potenciales que no se realizaron.
Cuando algunas expresiones de la iglesia (una parroquia, un movimiento juvenil, una forma tradicional de predicar, una orden religiosa) alcanzan su fin, podemos decir algo similar. Es posible que algún líder religioso haya fallado en su lectura del mundo a su alrededor, o fallado de alguna otra forma en transmitir una tradición o visión particular. Pero también es posible que no. Puede no ser culpa de nadie, simplemente el resultado de fuerzas sociales mayores que nosotros. Repito: a veces una institución, un movimiento o una orden religiosa llegará a su fin cuando sus dones particulares ya no se necesiten, cuando hayan completado su misión. Pero, quizá, no. En nuestros fragmentados tiempos actuales necesitamos más que nunca el testimonio, la presencia y la atención distintiva que he encontrado entre las hermanas católicas. Sin embargo, muchos de estos grupos desaparecerán, al menos de Europa y Norteamérica.
Por eso estoy convencida de que la tristeza y el duelo, junto con algo de gratitud por lo que alguna vez existió, en toda su belleza, es a veces la respuesta justa al declive y encogimiento. No siempre debemos asignar culpa o cargarnos con encontrar una solución.
Junto a la tristeza y el duelo, siempre debemos reconocer que la pérdida no cuenta toda la historia. En algunas partes del mundo la iglesia está creciendo, no encogiéndose. Incluso donde no, emergen nuevas cosas, nuevos movimientos, nuevas posibilidades y formas de ser testigos. Y confiamos en que la gracia de Dios trabaja de formas que no conocemos y no podemos imaginar, fuera de los límites de lo que reconocemos como “iglesia”.
No es una cosa o la otra. La tristeza por lo perdido y el reconocimiento de las nuevas posibilidades no se contradicen: podemos pensar y sentir dos cosas a la vez, y una no cancela a la otra como en una fría ecuación matemática.
Aunque no soy muy partidaria del enfoque Saul Goodman, sí siento una atracción al de Juliana de Norwich, que insiste famosamente en que “todo irá bien, y todo irá bien, y toda clase de cosas irán bien”. ¿Cuál es la diferencia? ¿No son eslóganes alternativos para el mismo optimismo exagerado? La diferencia radica en el tiempo verbal. Juliana no nos pide creer que todo está bien ahora, que toda clase de cosas a nuestro alrededor y en nuestra iglesia ya son como deberían. En vez de eso, ella nos transmite una confianza en que todo irá bien, más allá de lo que podamos entender o planificar. Su visión teológica es profunda, hermosa, esperanzadora y llena de fe; pero, al menos como yo la leo, es extremadamente moderada en lo que se jacta de comprender, integrar y explicar.
Creo que es una postura cristiana adecuada. No todo está bien, amigo. Es triste y deprimente ver el declive de las iglesias a nuestro alrededor. Pero la tristeza y la amargura nunca pueden abarcarlo todo. Hacemos lo que nos corresponde, apreciar y gozar del surgimiento de nuevas posibilidades y el crecimiento que logramos detectar en medio del contexto de declive; y, finalmente, confiamos en que el Espíritu Santo no abandonará la iglesia. Sabemos que su futuro último, junto con el futuro de todas las cosas y toda clase de cosas, no depende de nuestros propios análisis y estrategias.
[.smalltext]Traducción de Micaela Amarilla Zeballos[.smalltext]