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Injertados en Cristo

Cristo es la raíz y la vid, y nosotros somos injertados en él por medio de la fe.

October 29, 2026

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[.article__paragraph--cap]Dios se acerca a aquellos cuyos corazones están llenos de temor, que se arrepienten de su pecado y que no saben a dónde acudir en su angustia. El mundo mismo les resulta demasiado limitado y elevan sus corazones únicamente a Dios. Dios se les revelará, les dará consuelo en su dolor y les señalará a su Hijo, quien dice: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso. Carguen con mi yugo, porque es suave y mi carga es liviana” (Mt 11:28–30). Tal es la llamada que el Señor nos extiende a través de sus siervos, a quienes él ha escogido del mundo para que sean sus testigos. Aquellos que escuchan su voz y acuden a él nunca serán rechazados.[.article__paragraph--cap]

Enseñamos, además, que Cristo vino al mundo para traer la salvación a los pecadores. Como está escrito: “Y esta es la voluntad del Padre: es que todo el que ve al Hijo y crea en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final” (Jn 6:39–40). Enseñamos también que una persona puede ser plantada e injertada en Cristo por medio de la fe. Así es como ocurre. Tan pronto como las personas escuchan el evangelio de Cristo y creen en él de corazón, reciben el sello del Espíritu Santo. Como dice Pablo: “Después de que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu de la promesa. Ese es el Espíritu Santo, quien es la garantía de nuestra herencia, la promesa de que nosotros, los que pertenecemos a Dios, seremos redimidos, para alabanza de su gloria” (Ef 1:10–14).

illustration of grapevines
William Morris, Motivo de enredadera, 1873. [.smalltext]Fotografía de Bill Waterson / Alamy Stock.[.smalltext]

Este Espíritu de Cristo, prometido y dado a todos los creyentes, los libera de la ley o del poder del pecado y los injerta en Cristo. Los hace uno con él en mente, en su mismo carácter y naturaleza, de modo que se convierten en una sola planta y un solo organismo con él. Cristo es la raíz o el tronco; nosotros somos las ramas. Como él mismo dice: “Yo soy la vid verdadera, y ustedes son las ramas” (Jn 15:1–6). Así, somos una misma sustancia y esencia con él, verdaderamente un mismo pan y un mismo cuerpo. Él es la cabeza, y todos nosotros somos miembros, pertenecientes unos a otros.

Cristo es la raíz y la vid, y nosotros somos injertados en él por medio de la fe. Así como la savia sube de la raíz y hace fructíferas las ramas, así también el Espíritu de Cristo sube de la raíz —que es Cristo— hacia las ramas y las ramitas para hacerlas todas fructíferas. Las ramitas son de la misma naturaleza que la raíz y dan su mismo tipo de fruto. Cristo lo ilustra en una parábola: “Nadie recoge higos de los cardos ni uvas de los espinos. Un árbol bueno no puede dar fruto malo y un árbol malo no puede dar fruto bueno; cada árbol se conoce por su propio fruto” (Mt 7:16–20).

Cristo es un árbol bueno, una vid verdadera; por lo tanto, solo lo bueno puede florecer y dar fruto en él. Así, cada persona se hace una con Dios y Dios uno con esa persona, como un padre es uno con su hijo. Cada persona es reunida e incorporada a la iglesia de Cristo para que cada una permanezca en Dios con la iglesia y le sirva en un mismo Espíritu. De esa manera, cada uno puede ser hijo y heredero del pacto de gracia confirmado por Cristo.

[.smalltext]Traducción de Coretta Thomson de un pasaje de Peter Riedemann’s Hutterite Confession of Faith (Plough, 2019), una traducción del original en alemán, de 1565.[.smalltext]