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    someone holding a screwdriver

    Tecnología anabautista

    Lecciones de una empresa comunitaria

    por John Rhodes

    January 9, 2020

    Otros idiomas: English

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    En 1998, Community Playthings, la empresa de fabricación dirigida por nuestra iglesia desde Nueva York, en la cual trabajo, trató de dejar de usar el correo electrónico. No fue idea mía, a pesar de que había estado dirigiendo la compañía durante cinco años. Más bien, el impulso para ese cambio provino del personal de la compañía. Muchos de ellos estaban molestos por los efectos que estaba teniendo el correo electrónico.

    Hoy día puede parecer curioso que gente haya considerado alguna vez el correo electrónico, esa rara reliquia de la época anterior a las redes sociales, como una tecnología amenazante. Pero las quejas de los trabajadores eran bastante reales. En su parecer, el correo electrónico exacerbaba las tensiones entre colegas, que lo utilizaban para pasar por alto a los demás cuando tomaban decisiones o para evitar resolver conflictos cara a cara. En lo que había sido un ambiente de trabajo igualitario con fuerte énfasis en la colaboración, creó una división entre los que tenían un acceso constante a la comunicación instantánea, porque trabajaban en una computadora, y los que no tenían tal acceso, porque estaban ocupados fabricando los juguetes y mobiliario de madera que vendíamos. El equipo administrativo también se dio cuenta de cómo el correo electrónico producía una pérdida de tiempo, cuando los trabajadores de oficina se distraían de sus responsabilidades con listas de distribución recreativas dedicadas a noticias o deportes. (Sí, existía tal cosa.) Con todo, con la llegada del correo electrónico algo había cambiado en nuestra compañía. Incluso yo mismo, que apoyaba las aplicaciones de la tecnología empresarial y que había trabajado en el desarrollo de sistemas computarizados desde la década de 1970, tuve que admitir que no todo era para mejorar.

    La cultura particular de Community Playthings hizo que esta situación fuera especialmente dolorosa. Fundada en 1948 por pacifistas comunitarios en Georgia, desde la década de 1950 la compañía ha sido la principal fuente de ingresos y trabajo para los miembros del Bruderhof, un movimiento de comunidades cristianas en la tradición anabautista, cuyos miembros comparten todas las cosas en común en el espíritu de la iglesia primitiva (Hechos 2 y 4). Todos los que trabajan en la compañía son mis compañeros miembros del Bruderhof; al mantener nuestros votos de pobreza personal ninguno de nosotros posee un activo ni gana un salario, todas las ganancias que se generan se destinan a mantener a la comunidad y a financiar sus proyectos filantrópicos y misioneros.

    two men building a green Rifton trike

    El trabajo compartido en armonía es fundamental para los negocios del Bruderhof. Fotografía de Clare Stober, cortesía de Rifton

    A pesar de su contexto de vida compartida en comunidad, Community Playthings ha prosperado en la economía capitalista. Junto con Rifton Equipment, otra empresa dirigida comunitariamente, que fabrica equipos terapéuticos para personas con discapacidades y lo vende a clientes de todo el mundo; en 1998, las ganancias cubrían todos los costos para dos mil personas en ocho localidades del Bruderhof en Estados Unidos y Europa. Ambas empresas, aunque de tamaño mediano en términos de su proporción en el mercado, son reconocidas como líderes en la industria por la durabilidad de sus productos y sus diseños vanguardistas. Tal éxito se debe, por lo menos en parte, a nuestra adopción de tecnologías innovadoras. La empresa se había informatizado ya desde 1979, cuando compró una minicomputadora Wang; una década después, la adopción de la filosofía de fabricación japonesa «Just-in-Time» (Justo a tiempo), que hacía un amplio uso de los datos de fabricación y ensamble, produjo un segundo impulso en el crecimiento.

    Sin embargo, el secreto fundamental de Community Playthings es nuestro compromiso de trabajar juntos con todos los demás en la empresa en un espíritu de armonía. Profundamente arraigada en la cultura de nuestra compañía está el repudio a cualquier jerarquía corporativa. Puesto que el propósito de la compañía es simplemente ser una extensión de nuestra vida común como comunidad cristiana, somos hermanos y hermanas, no gerentes ni empleados. Aunque algunas personas obviamente tienen responsabilidades de liderazgo, todos ganamos el mismo pago: nada. En palabras de Eberhard Arnold, fundador del Bruderhof: «El amor es el gozo en los demás», y este amor debe impregnar todo lo que hacemos, incluso al costo de la eficiencia empresarial. Fiel a este espíritu, la compañía necesita acomodar a una amplia variedad de trabajadores: jóvenes y ancianos, mujeres y hombres, con buenas condiciones físicas y sin ellas, calificados y no calificados, miembros de la comunidad de toda la vida y los recién llegados.

    La tecnología nunca es neutral. Una vez introducida, corre por su cuenta.

    Hasta finales de la década de 1990, la adopción de nuevas tecnologías en la empresa rara vez había sido motivo de controversia. El personal administrativo, especialmente, le daba la bienvenida a todo lo que redujera la monotonía de la mecanografía repetitiva. Anteriormente, las principales preocupaciones se habían enfocado en la introducción de máquinas de CNC (control numérico computarizado) para la producción; algunos miembros veteranos habían planteado inquietudes sobre la pérdida del antiguo proceso artesanal y la repentina importancia de los operadores jóvenes expertos en tecnología.

    Pero fue el correo electrónico el que demostró ser un cambio de largo alcance. La frustración con las consecuencias indeseadas de la comunicación electrónica se acumulaba, y no pasó mucho tiempo antes de que hubiera propuestas de prohibir en toda la empresa los correos electrónicos. Para los que estábamos a cargo de dirigir una compleja operación en múltiples localidades, con una variedad de procesos productivos y comerciales que dependían del sistema de correos electrónicos, tuvimos definitivamente un período de emergencia crítica.

    En conversaciones con mis compañeros miembros, reconocí que el correo electrónico era una tecnología con poca capacidad de transmisión emocional: era excelente para compartir información, pero pobre y a menudo mala para crear y mantener la calidez en las relaciones. Pero argumenté que en un ambiente rico en comunicación, donde vivimos y trabajamos juntos, nos reunimos cara a cara diariamente para las comidas comunitarias y los servicios de adoración, y compartimos un compromiso de evitar todo chisme y murmuración, las desventajas de los correos electrónicos deberían ser manejables.

    El hecho de que no sucedió así me enseñó una valiosa lección: la tecnología nunca es neutral. Como lo reconoció el pensador francés Jacques Ellul, las tecnologías que usamos siempre tienen un efecto en nosotros, y ese efecto es tanto una carga como una bendición. Por eso es importante destacar que el resultado de una determinada forma de tecnología depende menos de nuestra intención que de la estructura de esa tecnología. Una vez introducida, corre por su cuenta. Nuestra tarea es mantener nuestros ojos abiertos y comprender lo que está sucediendo.

    No es una tarea fácil, ya que los cambios producidos por la tecnología a menudo son imperceptibles e impredecibles. Pueden afectar nuestro mismo concepto de la vida y nuestro lugar en ella. Neil Postman, en su libro Technopoly (Tecnopolio), nos da un ejemplo de cómo sucede:

    Quién hubiera imaginado, por ejemplo, los intereses y la cosmovisión que serían finalmente promovidas con la invención del reloj mecánico. El reloj tuvo su origen en los monasterios benedictinos de los siglos xii y xiii. El impulso detrás de la invención era proveer una regularidad más o menos precisa para las rutinas de los monasterios, lo que requería, entre otras cosas, siete períodos devocionales durante el transcurso del día. Las campanas del monasterio sonarían para señalar las horas canónicas; el reloj mecánico era la tecnología que podía dar precisión a esos rituales de devoción. Y por cierto, lo hizo. Pero lo que los monjes no previeron fue que el reloj no es simplemente un medio para llevar la cuenta de las horas sino también de sincronizar y controlar las acciones humanas. Y por ello, para mediados del siglo xiv, el reloj ya había salido de los muros del monasterio, y produjo una regularidad nueva y precisa en la vida de los obreros y comerciantes.

    «El reloj mecánico —escribió Lewis Mumford— hizo posible la idea de la producción regular, horas de trabajo regulares y productos estandarizados.» En resumen, sin el reloj, el capitalismo hubiera sido totalmente imposible. La paradoja, la sorpresa y la maravilla es que el reloj fue inventado por hombres que querían consagrarse a sí mismos de manera más rigurosa a Dios; pero terminó como una tecnología de máxima utilidad para hombres que deseaban dedicarse a sí mismos a la acumulación del dinero. footnote

    several Bruderhof members working in a community workshop Viejos y jóvenes, expertos y novatos trabajan juntos en una fábrica comunitaria. Fotografía de Mark McCarty, cortesía de Rifton

    Las consecuencias imprevistas no son el único efecto de la tecnología. Como argumenta Postman, no es posible contener los efectos de la tecnología en una esfera limitada de la actividad humana: «un cambio significativo genera un cambio total». Da una serie de ejemplos para ilustrar el punto: «Si se eliminan las orugas de un determinado hábitat, no estás dejando el mismo ambiente menos las orugas. Tienes un nuevo ambiente, y has reorganizado las condiciones de sobrevivencia. Lo mismo es verdad si añades orugas a un ambiente que no tiene ninguna». De la misma manera, en el año 1500: «cincuenta años después de la invención de la imprenta, no teníamos la antigua Europa más la imprenta, teníamos una Europa diferente». Lo mismo ocurrió después de la invención del automóvil, la radio, la televisión y cualquier otra tecnología importante. Este efecto inevitable, y la incertidumbre de este efecto, es lo que nos inquieta tanto de las nuevas tecnologías.

    La solución no es un repliegue legalista hacia el tradicionalismo.

    Mientras nuestra compañía debatía cómo usar la comunicación electrónica, me encontré estudiando a fondo el libro de Postman, el cual condensa el pensamiento de docenas de los primeros pensadores sobre la tecnología, incluyendo a Ellul, Ivan Illich y Marshall McLuhan. Dado el contexto de nuestra compañía, como parte de una comunidad cristiana, el relato de Postman sobre la historia espiritual de la tecnología me pareció especialmente esclarecedor. Antes del siglo xvii, argumenta, la mayoría de las culturas encontraron una manera de integrar la tecnología dentro del patrón de vida existente en lugar de ser dominados por ella. Con frecuencia, las culturas que poseían el centro filosófico o religioso más sólido fueron también las más capaces de llevar a cabo este logro de integración: donde la gente estaba segura de que su existencia tenía orden y significado, era «casi imposible para las técnicas subordinar [los] a sus propias necesidades». Los desarrollos tecnológicos lograron cambios, algunos significativos, pero aun así los valores e instituciones de la cultura guiaban las invenciones y limitaban sus efectos.

    Sin embargo, Francis Bacon pregonó una nueva actitud cuando escribió en Novum Organum, su obra maestra de 1620, que la única meta de la ciencia es «dotar a la vida humana con nuevos inventos y riquezas». El progreso, con su énfasis en la eficiencia y la producción, había nacido. Para finales del siglo siguiente se desarrolló el sistema fabril, escribe Postman, y «la mano de obra en pequeña escala, personalizada y calificada —dio lugar— a la producción a grande escala, impersonal y mecanizada». Nuestro concepto de la naturaleza humana comenzó a cambiar. Las personas ya no eran hijos de Dios, sino unidades económicas, tratadas como máquinas durante el trabajo, y como consumidores fuera de él.

    Comprendí que era la tendencia de la tecnología hacia la deshumanización, a la que mis compañeros miembros de la comunidad estaban reaccionando en sus objeciones al correo electrónico. Aunque era profundamente inconveniente para los que dirigíamos la empresa, la reacción fue saludable, y estaba arraigada en nuestra tradición como comunidad. Eberhard Arnold, al establecer el fundamento para la estructura del Bruderhof en las décadas de 1920 y 1930, abordó ampliamente el tema de la tecnología. Habiendo visto de primera mano la deshumanización de trabajadores en las fábricas, estaba escéptico de sus beneficios: «Muchas máquinas no permiten que el hombre ponga su alma, mente y corazón en el trabajo; es una maldición que el hombre tenga que hacer algo sin poner todo su corazón en ello».2 Le horrorizaba que los cristianos aceptaran pasivamente los males de la tecnología, como las decenas de miles de muertes de tráfico que acompañaban la proliferación de los automóviles.

    Pero para Arnold, la solución no era un repliegue legalista hacia el tradicionalismo. En lugar de eso, insistió en recobrar la antigua integración de la tecnología en una visión holística de cómo los seres humanos pueden desarrollarse mejor. Como escribió en 1921:

    Todavía no podemos decir en detalle cómo este amor de trabajo comunitario, con su naturaleza voluntaria y su alegría por la creatividad, se convertirá en una realidad práctica. No sabemos hasta qué punto la industria mecanizada se verá afectada cuando se destruyan las obras del diablo. La evolución del trabajo ha llegado a un punto muerto: división del trabajo y victimización de las personas. El amor también debe volverse ingenioso en el área técnica, para que el alma, la supervisión y la unidad se incorporen una vez más en cada obra.3

    Entonces, la tecnología ha encontrado su lugar apropiado cuando facilita que la gente trabaje bien con todas las facultades de su ser, y que trabajen bien unos con otros.

    La crisis del correo electrónico en Community Playthings pasó pronto. Después de una o dos semanas de descanso del correo electrónico, comenzamos a usarlo de nuevo con precaución, ahora con una conciencia común de los peligros a evitar y un compromiso renovado para no permitir que crezcan barreras entre nosotros. Dos décadas después, el correo electrónico se considera obsoleto. Pero los principios que aprendimos de este episodio siguen guiando a nuestras comunidades en los años transcurridos desde entonces, y no solo en la vida empresarial. Aquí hay cuatro de ellos:

    1. Primero las familias y la comunidad. Cualquier uso de la tecnología que socave la riqueza de las relaciones humanas es un presunto sospechoso, especialmente las tecnologías que fomentan la pasividad más que la creatividad. Por esa razón los miembros del Bruderhof minimizan su uso de las redes sociales, y por ello mismo los hogares en el Bruderhof no tienen televisión. No es que los consideramos un pecado, sino simplemente que hemos visto cuánto nos distraen de las maneras más importantes en que ocupamos nuestro tiempo, como leerle un libro a un niño, invitar a un vecino solitario a tomar té, o pintar un cuadro. Por razones similares, buscamos resistir la presión, fomentada por la tecnología, para permitir que nuestro día de trabajo se alargue a las horas que deben estar reservadas para nuestras familias o para la comunidad. Las computadoras portátiles se quedan en la oficina cuando son la cinco en punto.
    2. Las tecnologías tienen una agenda. Con frecuencia la agenda es la del materialismo: muchas tecnologías están diseñadas para convertirnos en consumidores. (La televisión, de nuevo, es un ejemplo muy usado, pero sigue siendo relevante.) Ya que es el caso, debemos aproximarnos a ellas con el mismo escepticismo que tenemos que mostrar hacia un vendedor de autos usados poco confiable. Como señala Postman, es la estructura de la tecnología, no nuestras intenciones al usarla, la que con frecuencia nos cambia más.
    3. Las pantallas y los niños no se combinan. Este es un corolario de los puntos 1 y 2. Por varios años, las escuelas del Bruderhof adoptaron con entusiasmo la tecnología educativa. Los resultados fueron alarmantes, y nuestras comunidades hicieron un giro total, sacaron las computadoras de los salones de clases, excepto en la escuela preuniversitaria. La razón: la esencia de la educación no es la transferencia de conocimientos, sino la formación de relaciones; del niño con el maestro, de los niños unos con otros, y de los niños con la naturaleza. El aprendizaje académico, aunque es importante, ocupa el segundo lugar en la tarea educativa más central que es el desarrollo de relaciones, y de hecho a menudo ocurre como un beneficio paralelo. En este proceso, la intrusión de una máquina es contraproducente. (Muy diferente es el uso de tecnologías para niños con discapacidades, por ejemplo los tableros de comunicación para los que no pueden hablar. Más que sustituir relaciones, esas tecnologías las hacen posibles.)
    4. No temas abandonarla. Ser experto en tecnología no es una virtud; «benditos son los primeros usuarios», no es una regla sabia para vivir. Si una forma de tecnología está demostrando ser perjudicial para las relaciones con los demás, debemos tener la fortaleza para dejar de usarla.

    A veces, como en el intento abortivo de nuestra comunidad para dejar de usar el correo electrónico, terminaremos revirtiendo el curso, ya sea adoptando una nueva tecnología que hemos evitado o volviendo a adoptar una de la que tratamos de prescindir. Incluso entonces, el ejercicio de evaluar los buenos efectos de los malos es casi siempre fructífero, pues asegura que somos nosotros los que controlamos la tecnología, con nuestras herramientas que sirven para promover el desarrollo humano, y no al revés.


    Traducción de Raúl Serradell

    a man spraying green paint on a metal frame La tecnología está incorporada en la vida comunitaria, pero no la domina. Fotografía de Mark McCarty, cortesía de Rifton

    Notas

    1. Neil Postman, Technopoly: The Surrender of Culture to Technology (Nueva York: Vintage, 1993), 15. Los tres párrafos siguientes se basan ampliamente en el libro de Postman.
    2. Eberhard Arnold, «The Problem of Machines», charla impartida el 8 de agosto de 1935, trad. al inglés por Nicoline Maas y Hela Ehrlich (Bruderhof Historical Archive, EA 439).
    3. Eberhard Arnold, «Community and the Future of Work», manuscrito inédito, 1921, trad. al inglés por Emmy Barth Maendel (Bruderhof Historical Archive, EA 20/21a).
    Contribuido por

    John Rhodes es director de desarrollo de Community Playthings y Rifton Equipment.

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